Domingo 23 de Julio 2017

Meten miedo

Por: J. Lorenzo 29-02-2016

De paso por España, una misionera

en África cuenta las miserias morales de los políticos de su país. Y su punto final suena con estrépito: “Pero aquí no estáis mucho mejor”. Y le asoma el miedo incluso a la violencia física contra los cristianos. Parece exagerado hoy, aunque los mensajes políticos con respecto a la religión anuncian un fin de ciclo, cuando no una marcha atrás no solo en el respeto, sino en la consideración. Así pues, a nadie le extrañe que desde la Iglesia se mire hacia el PP, por más que huela a podrido… El PSOE, en donde menudea el desprecio, a duras penas mantiene algunos puentes con los católicos. Están rotos los levantados en los años 50 del siglo pasado en lo que hoy es Izquierda Unida, abonada al laicismo de exclusión. Pero es en Podemos y en sus afluentes donde se escucha atronadora la corriente neolaicista que baja amenazando con llevarse consensos que han facilitado la convivencia. Vienen embistiendo con el ariete de una ignorancia travestida de retórica intelectual, todavía enganchada en el discurso alienante de la religión. Ahora que nos ha dejado Umberto Eco, ay, es inevitable el sonrojo cuando algunos se parapetan en su condición de profesores o alumnos aventajados mientras chapotean con encono en los lugares comunes. No es solo lo de asaltar las capillas, que lo curan la edad y el diálogo. Son esos tuits donde miembros del think tank de Podemos lamentan que se quemen iglesias sin nadie dentro; son seudopoemas que ofenden gratis a quien también los paga, como también pagan esos carteles en Barcelona donde, con dudoso gusto, se dice que la única iglesia que ilumina es la que paga los recibos de la luz… Son palabras lanzadas como dardos que evidencian que, lamentablemente, no hay más cera que la que arde. 

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DOLOR DE MADRE

Por: Santos Urias 24-02-2016

Una madre joven

 se acerca para hacer una confidencia. Su sufrimiento crece. Sus dos hijos, pequeños todavía, llevan diez días sin hablarse. Comida separada. Juegos sin cruzar miradas. Frialdad y desapego. Es como una herida que la rompe el corazón, que se desangra cada día que pasa.

Otra madre de mediana edad llora por sus crianzas. Jóvenes aun, llevan diez meses distanciados. Opiniones diversas, encontronazos frecuentes. El contacto es inexistente. Bajo el mismo techo, pero con los cuchillos afilados; esas pocas palabras que cuando se utilizan, son para herir o desgarrar.

La gran madre, ya anciana, sufre en sus últimos alientos. Sus hijos, incapaces de compartir nada juntos, tienen diez años a sus espaldas de reproches, de insultos, de rencores… El dolor se mide por ese tiempo que puede ser puente o abismo. Y cuando el abismo asoma, el pecho maternal tiembla, suspira, gime en silencio.

¿Os imagináis mil años sin hablarse? ¿Qué madre aguantaría este calvario? Viendo a sus hijos caminando sin cruzarse,  en sus proyectos y en sus mundos. Con el orgullo de ser hijos pero sin dirigirse la palabra. Así la Iglesia llora. Ese Dios Padre- Madre seca sus lágrimas porque mil años de dolor son muchos años esperando un abrazo. Y ese abrazo ha llegado: Francisco y Cirilo, dos hermanos de sangre, han visualizado la ternura de Dios.

Es tiempo de encuentros. Gente diferente: culturas, religiones, formas de pensar, ideologías, procedencias, razas, sensibilidades sociales. Pero por encima de todo, hijos de un mismo Dios. Una madre que nos mira, y que se debate entre el dolor de observarnos ausentes y confrontados, y la confianza del encuentro y del abrazo. Tiempo para buscar zonas comunes. Para la escucha y la paciencia. Para calzarse los zapatos de nuestros hermanos. 

Todo es posible después de mil años… 

 

 

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¿Alguien escucha a Francisco?

Por: J. Lorenzo 23-02-2016

Los gurús de la economía miran de reojo a China

 y anuncian otra crisis cuando no se han pasado los efectos devastadores de la Gran Recesión. En Davos, donde cada año se juntan quienes diseñan la economía global, anuncian una cuarta revolución industrial cuando en tantos lugares del mundo están esperando las ondas gravitacionales de la primera. Son las dos velocidades de un mundo que echa más madera a una locomotora a la que no le responden los frenos siquiera de una ética de mínimos, un mundo “en el que la fuerza de algunos ya no puede sobrevivir sin la vulnerabilidad de otros”, como ha dicho el papa Francisco en su nueva incursión en la geografía del descarte, esta vez en los agujeros negros de México.

¿Hay alguien de los que tienen la posibilidad efectiva de cambiar este mundo que escuche a este Papa? Sus discursos son aplaudidos (menos por una parte de los obispos mexicanos) y los jefes de Estado le consideran un líder moral, pero sigue clamando en el desierto, aunque lo haga desde las arenas movedizas de Washington, la ONU o Bruselas. Incluso los de Davos le pidieron un discurso –que leyó el cardenal Turkson– en donde, en las narices de un puñadito de ese 1% que posee más riqueza que el restante 99% de los habitantes del planeta, les rogó “por favor, no se olviden de los pobres”, inmediatamente antes de que el puñadito diera la bienvenida a la robotización de millones de empleos en el mundo…

En Chiapas, Bangui, Lesbos…, quienes se han acostumbrado a sentirse disminuidos, como dijo el Papa de los indígenas, buscan la justicia de las víctimas. Si no queremos dársela, habrá que pensar qué hacer cuando el 99% reclame lo que no son sino sus derechos humanos básicos. Ya ha pasado otras veces en la historia

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TRANSFIGURACIONES

Por: Dolores Aleixandre 19-02-2016

Leo en la autobiografía de Oliver Sacks:

 “Fue solo entonces, es esa extraordinaria reunión, cuando comprendí plenamente la riqueza de la personalidad de Wystan, su genio para las amistades de todo tipo. Allí estaba, con una sonrisa radiante, en medio de sus amigos, totalmente relajado, o eso me pareció. Y sin embargo, entreverada con todo eso, también flotaba una sensación de ocaso, de despedida"[1]

Tengo la impresión de que tanto él como Lucas en el evangelio de este domingo, están contando, cada cual  a su manera, una experiencia de transfiguración. Estamos ante dos narradores que dan cuenta de algo que les ha impactado  profundamente a nivel relacional y, a partir de ahí y con diferente grado de intensidad,  se salen de la esfera plana de las descripciones precisas y  exactas y se expresan en el lenguaje de lo excesivo, lo simbólico y lo totalizante: “solo entonces”, “extraordinaria reunión”, “comprendí plenamente”, “totalmente relajado”, “riqueza”, “genio”, “radiante…”  Son expresione vigorosas de Sacks que comunican la emoción de haber descubierto el 

“rostro otro” de un amigo. También Lucas quiere transmitir algo de la experiencia límite de conocer a Jesús de una manera “otra” y emplea para ellos un lenguaje  intenso:  “subió a un monte”,  “oraba”, “cambió de aspecto”,  “sus vestidos resplandecían de blancura”,  “su rostro se volvió otro”, Moisés y Elías, dos nombres que hacían estremecerse a cualquier judío, “aparecieron gloriosos”; una  “nube hizo sombra”, y  una “voz”,  saliendo de la nube, llamó “Hijo” a Jesús dejándolo amparado y envuelto en una ternura torrencial.  Una palabra grave: “éxodo”,  tiñe también esta escena de la “sensación de ocaso y despedida”. Y como contraste oscuro frente a tanta luz, tres hombrecillos asustados que balbucean desatinos y que preferirían  dormir y quedarse al margen de tanta desmesura.

 

También nosotros lo preferiríamos, seguramente. Quedarnos tranquilos, entretenidos en lo inmediato, ajenos a la capacidad de transfiguración que se esconde tras la aparente trivialidad de las personas y las cosas. “El mundo está lleno de esplendor espiritual y de secretos maravillosos”,  decía el Baal Sem Tov  fundador del judaísmo jasídico, “pero basta una pequeña manita sobre nuestros ojos para esconderlo todo”. También Job reconocía esa ceguera al decir: “Cruza junto a mí y no lo veo, pasa rozándome y no lo siento” (Jb 9,11).   

El Evangelio de hoy nos propone precisamente lo contrario: una atención despierta capaz de detectar el  roce de la vida y del  Señor que la habita;  una terca convicción de que toda realidad esconde en su entraña el poder de resplandecer, de “volverse otra”. Y una escucha expectante que nos permita oír, en medio de la algarabía de  tantas voces, la Voz que se nos dirige a cada uno y que nos susurra las palabras que poseen el poder de  transfigurarnos: “Tú eres mi hijo amado”. 

 

 

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El mar, santuario y faro

Por: Santos Urias 08-02-2016

Los puedes ver,

como zurcidos en el litoral por haces de luz. 

El océano inmenso, insólito, desbocado. Revolviéndose y mordiendo con dientes de espuma. Cada golpe es como un tambor celebrando la vida. Algo religioso: entre el misterio, el temor, lo inabarcable, el asombro.

Otra puntada en el Santuario. Serena piedra con ojos de madre. Viendo pasar náufragos y aventureros, conquistadores y esclavos. Repartiendo bendiciones a golpe de campanas y encomiendas. Cuantos deseos se habrán amarrado a sus torres dichas con la mirada, pronunciadas sin mover los labios.

Y en el último pespunte la luz que guía. Esa torre que en la humildad de su cabo, pide permiso para que nadie tropiece. Cuántas vidas se habrán salvado por esa pequeña luz pálida e intermitente. Fuegos que despiertan, que encauzan, que orientan. Vocación de traslucir la claridad, de romper oscuridades, de evitar naufragios. Como mirando con un ojo. Como un sol que parpadea o una estrella que rutila.

 

Mar, Santuario y faro. Vamos a coser el tiempo haciendo presencia; y que esta aguja nos pinche porque seguimos despiertos.

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