Lunes 25 de Septiembre 2017

LGTB

Por: Alfonso Carcasona 27-06-2015

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos

ha fallado esta semana reconocer los matrimonios homosexuales como legales. Es decir, todos los estados deben reconocer y celebrar la unión entre dos personas del mismo sexo.

Ello ha provocado una pequeña conmoción en el mundo católico, que me hace reflexionar sobre este asunto.

Como católico de base, me hago las siguientes preguntas:

1.- El matrimonio homosexual ha sido legalizado por una decisión de este mundo, por una resolución de un órgano del estado, la corte suprema. Tras la misma, tiene la misma validez que un matrimonio civil heterosexual, es decir, reconoce los mismos derechos y obligaciones a los cónyuges con independencia de que sean del mismo o de distinto sexo. Poco podemos decir los católicos en una cuestión que parece atañe más al César que a Dios, ¿no?

2.- El matrimonio católico, como sacramento, no está en cuestión. Una unión civil de dos personas que deciden no prometer su compromiso delante de Dios, sino solo ante los hombres ya ha recibido el nombre de matrimonio y es comúnmente utilizada por todos. Entenderé la discusión si algún estado trata de imponer su jurisdicción en el magisterio de mi iglesia.

3.- Probablemente deberíamos abrir un debate para analizar la trascendencia que tiene el amor en los matrimonios que se celebran hoy en día, su compromiso, con independencia del sexo de los contrayentes, así como la preparación de los padres para recibir y educar los hijos que en su caso vengan a este mundo. ¿Por qué los católicos no nos preguntamos qué debemos hacer para que nuestros matrimonios sean agradables a los ojos de Dios? ¿cuál es el compromiso que asumimos? ¿cuántos matrimonios católicos se rompen hoy? ¿o son infelices? ¿cuántos hijos vienen hoy al mundo de padres no preparados para ello? ¿por qué no trabajamos más en la preparación de los mismos? ¿por qué no ponemos en el centro del matrimonio al Amor?

Quizá estas preguntas sean más importantes para los católicos que una decisión sobre los matrimonios civiles, sobre los que ya no teníamos ninguna jurisdicción…


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Verdes en Ecología

Por: J. Lorenzo 23-06-2015

En los días previos

a la publicación de la encíclica de Francisco sobre ecología hemos asistido a una atípica floración de cartas pastorales en España. De repente, nuestros pastores se han puesto verdes (es una forma de hablar) y se han dedicado a cantar las bondades del sol y la luna, del mar y la arena, del cielo y las montañas… Era como volver, con casi medio siglo de retraso, a los años 70, donde una juventud que asustaba un poco con sus melenas al aire cantaba a la naturaleza, al amor y a la paz. No sabían aquellos greñudos de camisas floreadas y estampados imposibles que se estaban metiendo en honduras espirituales tales que, años después, en un discurso ante el Parlamento alemán, Benedicto XVI –el primer “Papa verde”, según el National Geographic–diría que aquel había sido “un grito que no se puede ignorar”. Ahora, sin embargo, la motivación es menos flower power y más pope power, es decir, en la estela de la papolatría al uso. No, no es nuevo. Aunque con Bergoglio algunos han sido más reacios a la cita, es costumbre inveterada mostrar el grado de comunión papal por el número de llamadas a pie de página. Mejor que piensen otros… 

En todo caso, bienvenidos, se les necesita a todos, aunque algunos ya estaban desde hace tiempo (Don Alberto  nunca ha escondido su corazón franciscano). El propio Bergoglio, en su encíclica habla de la necesaria “conversión ecológica”, una tarea que, reconozcámoslo, no ha estado en las prioridades pastorales en España, no así en otras Iglesias del mundo. De hecho, ¿cuantas diócesis cuentan con un departamento dedicado a estas labores? Valencia, once años después, sigue siendo un referente y una isla en un mar de indolencia. Es cierto que los problemas son muchos y contados quienes están para resolverlos. Los curas no dan abasto y tampoco es de recibo que los pastores se suban a las zódiac de Greenpeace, pongamos por caso, y aborden a los balleneros nipones o a los atuneros rusos. Bastaría con condolerse sinceramente del daño que causan a la vida los vertidos tóxicos que desparrama una mina a cielo abierto en espacios protegidos, levantar los puños al cielo ante un mar de chapapote o tener la audacia de denunciar el peligroso atajo que supone el fracking en una costa alicatada hasta el techo. Y eso sí lo entienden los jóvenes.

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Calvario

Por: Santos Urias 16-06-2015

Una fantástica película circula estos días por la cartelera,

se quedará en los video clubs y ojalá permanezca en los archivos para disfrute de todos. Bueno, disfrute, disfrute. La película es tremendamente dura. Tan dura como llena de luz, porque ofrece un retrato sincero, sencillo, de una vida entregada, con la mezcla de torpezas, normalidad, sentido común, prejuicios, estereotipos, retratos del alma… Todo un cuadro lleno de pinceladas, de matices, que aunque a veces estremece, actualiza un evangelio que sigue chocando contra las rocas de los acantilados, como en la preciosa Irlanda del film.

En un momento de la cinta el protagonista habla con su hija por teléfono. Este la dice que a veces estamos demasiado pendientes de los pecados y poco de las virtudes. Ella le pregunta que de estas virtudes cual sería la primera. Él le contesta que el perdón está muy infravalorado. “Yo te perdono”, dice la hija, “y ¿tú a mi?”. “Siempre”; es la respuesta de este hombre que busca, se enfada, reza, acude al bar, escucha, carga con su pasado, con su presente y con su futuro. Hace de su historia personal historia de salvación. En el barro, en el dolor, en la mueca, también en el valor de lo eterno.

Creo que no he dicho el nombre de este trabajo cinematográfico: Calvary. Nunca he compartido esa visión que hace del mundo y de la fe un valle de lágrimas. Pero sé que este Calvario sí que nos acompaña: cuando miramos de frente, cuando no nos escondemos, cuando amamos de verdad, cuando rozamos con la punta de los dedos ese cielo del perdón.

El final os lo dejo a los que tengáis el ánimo de ver la película.

 

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POR ALUSIONES

Por: Dolores Aleixandre 10-06-2015

En el Alandar de abril mi amigo Mariano Fresnillo me dedicó su artículo "Discapacidad"

 

y se lo agradezco:  además del  cariño con que lo ha escrito, me ha descubierto mi pertenencia al colectivo “discapacitados” por el que siento admiración y simpatía. De todas maneras quiero añadir algunas precisiones a lo que él decía. La primera es que la pérdida de la voz no me ha provocado  rebeldía contra Dios (sí fastidio, sí impaciencia muchas veces…),  y no se me ha ocurrido  nunca “echarle la culpa”, quizá porque estoy absolutamente convencida de que, a través de todo lo que nos va ocurriendo a lo largo de la vida, Él “trabaja” algo con nosotros y eso,  sea lo que sea, siempre termina por estar bien. Dios “no tenía la culpa” de que  el Mar de las Cañas estuviera ahí, ni de que los israelitas no supieran nadar, ni de que los egipcios se empeñaran en perseguirlos, ni de que tuvieran unos carros alucinantes;  pero estaba con ellos y les abrió un camino para cruzar el mar. De ahí mi terca seguridad en que no existe mar, por amenazador que resulte, que no pueda atravesar con tan buen Compañero. Se lo  repito muchas veces: aken avi (el hebreo le da un punto…), como un eco de aquel “Sí, Padre” de Jesús y que viene a ser también: OK, vale, de acuerdo, así está bien…

Junto a eso, además de huir del dramatismo,  hay también un par de cosas que trato de cultivar: el sentido del humor  y la decisión de descubrir lo positivo que esconde cada situación:  por ej. nunca me había gustado hablar por teléfono y ahora, como la gente que me conoce sabe que se me entiende fatal, se abstienen de llamarme y me ponen correos o mensajes.  Otra ventaja: he conseguido llevar una vida más pausada que era uno de mis objetivos cuando me jubilé: ha disminuido notablemente la demanda de charlas, conferencias, ponencias y mesas redondas que antes me agobiaba un poco. Hace un par de meses me llamó un cura para que fuera a dar una charla en su parroquia y, después de explicarle: “no voy a poder, ando regular de la voz”, me dijo: -“Regular no, ¡fatal!”.  Qué alivio no tener que alargar mucho las explicaciones.

Es verdad que una consecuencia cansina de esta limitación es su evidencia: si tuviera por ejemplo,  un granuloma en el escafoides (me lo acabo de inventar), se lo contaría solo a quien quisiera pero, en esto de la voz, en cuanto abres la boca, das el cante y todo el mundo pregunta y opina: “¿cómo estás?”,  “te veo mejor”, ”estás peor”,  “bebe más agua”,  “conozco un foniatra”… Suelo salir del paso con una frase insípida y absolutamente neutra: “Ahí vamos”,  que me sirve de  pértiga para  intentar saltar a otra conversación.

En lo que ya me he dado por vencida es en desmentir el bulo que circula en varias versiones sobre mi estado comatoso: “tiene cáncer de laringe”, “le ha dado un ictus”, “es parkinson”,  “es alzhimer” o, la más curiosa: “ha tenido una caída de carácter irreversible” (¿no habré podido levantarme del suelo?).  Tiene la ventaja de que, cuando me encuentro con gente que me creía próxima a expirar, me reciben con muestras de cariñosa efusión y eso es siempre muy de agradecer.  A otros les noto que no acaban de creerse  que, de momento, solo tengo averiada la voz y piensan que no quiero confesar mi estado terminal. En esos casos pongo cara de santa y digo con un tono de virtuosa resignación: “Ya voy mejorcita, muchas gracias”  y eso les deja más tranquilos.

Hablarlo con dos amigos del alma  me ha ayudado mucho: uno de ellos, muy averiado físicamente, me dijo que a él le daba  fuerza esta convicción: “Tal como estoy, soy enviado”. Así quiero saberme también yo:   faltaría más que para querer a la gente y  prestar servicio en lo que pueda, fuera imprescindible la elocuencia. El otro me dijo: -“Trata de vivirlo como algo que te vuelve más pobre”. Es verdad: la voz te concede “presencia” y carecer de ella te sitúa como por debajo, en una situación de no-poder;  pero ahí  te esperan  otras compañías y aprendes a respirar el Evangelio de otra manera. 

Y en eso estamos todos:  disfónicos y afónicos, tenores y sopranos, locutores y cartujos, ruiseñores y peces,  Luciano Pavarotti y  Harpo, el mudito de los hermanos Marx. 

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ROSA MOSQUETA

Por: Santos Urias 01-06-2015

Una amiga acaba de sufrir una operación importante.

Veintidós grapas en la tripa. La cicatriz bien visible recuerdo de esa intervención. En la farmacia la han aconsejado ponerse aceite de rosa de mosqueta. Un bálsamo que ayuda a regenerar, a restaurar, a revitalizar la piel. Hay recuerdos que son inevitables, pero que importante es una buena cicatrización que sane, que permita la movilidad, un ritmo recobrado; y porqué no, que maquille y de también belleza a la herida cerrada, para que no asuste el mirarla, el tocarla, el besarla. 

A veces siento que la mañana nos podría traer un rocío húmedo y despierto, un rocío aceitoso y aromático impregnado de rosa de mosqueta. 

Rosa de mosqueta para los oídos taponados y sordos. Los que sólo se escuchan a sí mismos. Saturados de ruidos y de palabrería. Incapaces de saludar el silencio, de meterse en los labios de los demás. 

Rosa de mosqueta para los que transitan huyendo de la guerra y del horror. Para los que el valor de la vida ha cotizado a la baja y se miran en el espejo del sol, del océano, del pan. 

Rosa de mosqueta para el que no quiere cerrar las heridas. Para que el que la memoria es rascarse continuamente la ulcera sanguinolenta. Para el que las palabras perdón y reconciliación, son sólo parte de un diccionario en el trastero. 

Rosa de mosqueta para pensar libres, para soñar libres, para cantar libres. Para que la libertad no sea la excusa de la agresión, sino el instrumento del respeto. Para seducir, para conocer, para aprender de los diferentes. 

Rosa de mosqueta que, cuando se agitan las alas del Espíritu, nos salpica a todos y nos deja gozosamente pringosos, como niños embarrados, como una tormenta junto al mar. 

 

Con todo y por todo rosa de mosqueta 

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