Martes 21 de Noviembre 2017

Divorcio de cardenales

Por: J. Lorenzo 30-09-2014

Así como las abuelas,

 que cuando remiendan lo hacen con tanta delicadeza, así debe ser la corrección fraterna. Si no eres capaz de hacerla con amor, con caridad, en la verdad y con humildad, harás una ofensa, una habladuría más que hiere”. El día que Francisco pronunció estas palabras en una de sus misas en Santa Marta parece que no se encontraban en los primeros bancos los cardenales Müller, De Paolis, Burke, Caffara y Brandmüller. O, simplemente, es que estos purpurados no querrían hacerle ninguna corrección fraterna a su hermano el cardenal Kasper, sino, directamente enmendarle la plana en el libro a diez manos en donde rechazan la posibilidad de la comunión para los divorciados vueltos a casar.

No es que Kasper, ese cardenal que hace teología de rodillas, según Francisco, plantee tesis revolucionarias; tan solo, y por indicación del Papa, en el consistorio de febrero, planteó preguntas y consideraciones al respecto. Se trata, sin duda, de un tema a debatir en el inminente Sínodo sobre la familia, una cuestión –ni siquiera la más importante– que también salió a relucir en los cuestionarios que recabaron algunas conferencias episcopales de cara a los temas a abordar en la asamblea sinodal. Por eso llama la atención el cortafuegos que los cinco cardenales han levantado en tono al asunto, con una forma que dista de tener la delicadeza de las abuelas que cita Bergoglio. Al menos, a Kasper, cuyo libro La misericordia (Sal Terrae) fue ensalzado por el Papa en su primer ángelus, no se lo tomó como una caricia, sino que mostró su tristeza por haberse enterado por los periodistas, que sí tenían el libro que a él nadie le había enviado. Pero sabe que con este proceder poco fraterno, a quien se busca desacreditar es a Francisco, un papa que cojea en teología, como humildemente reconoce, pero para quien la misericordia es piedra angula, capaz de casar en San Pedro, nada menos, a parejas que a ojos de algunos vivían en pecado, y de cuyo no merecerían salir.

El de Kasper es un caso claro de la Iglesia accidentada que pide Francisco, aunque nadie se esperaba que la pedrada viniera desde tan arriba. Salir de los palacios y las sacristías se ha puesto muy peligroso, incluso para algunas eminencias reverendísimas. Cuesta imaginar que esto sucediese con los dos anteriores pontífices, pero ya se sabe que ninguna primavera se ha librado del pedrisco.

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"Cuéntame" cómo fue la Iglesia enfurruñada

Por: J. Lorenzo 19-09-2014

Si algún día la serie más exitosa

 de la televisión en nuestro país, Cuéntame, llegara a narrar estos últimos años, ¿cómo saldría retratada en ella nuestra Iglesia? En la temporada pasada, la familia Alcántara cenaba con las imágenes de fondo de Juan Pablo II en su primera visita a España, en 1982. Coincidiendo con esa época, aquel curita que en la serie colgó la sotana tras engancharse en los ojos de la hija mayor, desaparece del encuadre, como también empezaban a difuminarse, fruto de los cambios que traía consigo Wojtylaaquellos sacerdotes hondamente comprometidos con la justicia, mano a mano en los barrios y pueblos con los más necesitados, y que tanto habían irritado en sus estertores a un régimen que pensaba que la Iglesia le era infiel.

Así pues, de retratar Cuéntame aquella Iglesia que empezaba a asomar la patita desde mediados de los 80 hasta hoy, el rostro habría de salir enfurruñado, regañando desde los púlpitos, miedosa con unos políticos y sacando pecho con otros, silente ante la guerra de unos y pancartera con las políticas sociales de otros, una Iglesia fracturada en su comunión interna, que con una mano alejaba a algunos de sus hijos mientras que con la otra iba sembrando un desamor que perdura en las encuestas

Como en aquellos 80, ahora también hay “movida”, pero en la Iglesia. Algunos están tristes. Los han dejado así los últimos nombramientos episcopales. Temen la novedad, por más que esté aquilatada en años de silencio. Deberían escuchar más a este Papa, que no lo hacen:

A la novedad, novedad; a vino nuevo, odres nuevos. Y no tengan miedo de cambiar las cosas según la ley del Evangelio.

Otra de sus misas en Santa Marta. Un filón, aunque algunos periodistas no se enteren de que de allí sale más oro que de las reuniones del C-9. Otra pepita en la misma veta: ha pasado el tiempo –dice el Papa– de cuando los doctores de la ley hicieron al pueblo “esclavo de tantas pequeñas leyes, de tantas pequeñas cosas que se debían hacer”. Corroborando así esas sutiles campañas ya en marcha que, aquí, entre nosotros, están diciendo a doctores y escribas, con las palabras de Bergoglio en Santa Marta: “Dejemos de lado las estructuras caducas: no sirven. Y tomemos odres nuevos: los de Evangelio“. Vamos, una Iglesia que dé gusto volver a contar.


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COCHES DE CHOQUE

Por: Santos Urias 15-09-2014

Al igual que en una feria vamos dando tumbos.

Las luces nos atraen, nos convocan y nos guían. Tomamos el volante, introducimos la ficha y comenzamos a conducir, como si de un juego se tratara. 

De niños chocamos con la autoridad de los adultos. Ellos nos corrigen, nos guían. Muchas veces con acierto, otras con confusión o desatinos; “Eso no los hagas”; “cuidado con aquello”; “cuantas veces te lo he dicho”… Límites que nos ayudan a comprender, o al menos a saber que existen. 

Crecemos y es la propia vida la que se erige en maestra. Primeros excesos por beber, por comer, por jugar en el precipicio. Los golpes de la amistad, de los amores, de la autoestima, de la familia. Y parece que la ficha se va consumiendo, que el tiempo pasa y no pasa en vano. 

Y ese mismo tiempo es el que nos golpea en sus últimos choques. Como si nos quedáramos encajonados en un rincón de la atracción. Sin la misma agilidad, perdiendo las fuerzas y la energía. Viendo como se agota la fiesta y suena la sirena. 

 

Así es nuestra existencia, como los coches de choque. Golpeándonos una y otra vez como si de una atracción se tratara, aprendiendo que somos limitados y que apenas conducimos nuestro pequeño vehículo. Con la humildad y la grandeza de lo que somos y tenemos. Agradecidos porque anhelamos el día en que todo lo aprendido nos lleve de la atracción de chocar a la atracción de volar. 

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Esta es mi casa

Por: Juan María Laboa 09-09-2014

Esto que os cuento sucedió hace unos años,

 nada menos que en el Vaticano. El cardenal Pujolini acababa de recibir por parte del papa su dimisión reglamentaria al cumplir los setenta y cinco años. Su reacción fue lamentable pero humana,  aunque incomprensible en un hombre de Iglesia que siempre había exigido pronta obediencia a los mandatos de los superiores. Se sentía príncipe de la Iglesia, imprescindible, maltratado, cabreado. Pensaba que había trabajadp bien y se consideraba con derecho a mantenerse en el puesto. Naturalmente, al conocer su sucesor, aumentó su ira ya que lo consideraba incapaz de mantener su ritmo y sus logros.
 
No tuvo más remedio que ceder su despacho oficial en la Congregación que de manera tan autócrata había dirigido, pero se apuntaló en su casa, una hermosa casa con terraza sobre la plaza de san Pedro. En su delirio puso como escusa que durante su mandato había renovado la casa, sin caer en la cuenta de que el dinero utilizado no era suyo sino del Vaticano y que, en cualquier caso, era la casa de quien ocupaba el cargo.
 
El cardenal americano que le sucedía en el puesto vino con maletas y toda clase de material, necesario para quien iba a vivir en Roma, previsiblemente, durante bastantes años. Le indicaron que el eminente Pujolini se mostraba intratable y se negaba a razones. Quedó desconcertado, indeciso, a la espera, pero su carácter americano y amante de la justicia comenzó a escaldarse, alcanzando pronto el punto de efervescencia. Anunció que estaba dudando en plantar una tienda de campaña en plaza san Pedro o en ir a una casa conocida de vagabundos situada en el Lungotevere.
 
El papa se enteró, naturalmente, del poco ejemplar incidente y envió al cardenal Secretario de Estado para que, sin contemplaciones, explicara al okupa eminentísimo que tenía tres días para mudarse.  En el siguiente consistorio de cardenales explicó que, de la misma manera que estaba aconsejado que un obispo no quedara residiendo en la diócesis que había pastoreado, estaba pensando seriamente en decidir que los cardenales que ya no trabajaban en la Curia romana volvieran pacíficamente a sus diócesis de origen tras su jubilación. Allí podrían rezar y reflexionar con devoción durante los años que Dios les concediera de vida.

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