Lunes 25 de Septiembre 2017

El jardín de cemento

Por: Santos Urias 25-08-2014

Salgo a pasear por las calles del centro.

 Las vecinas que preparan las fiestas del barrio me saludan desde su silla en la puerta de al lado; la mayoría no se levantan, son mayores y están cansadas, pero siguen sonriéndole a la vida, sacando sus guirnaldas de colores para recordar que la celebración no se termina, que seguimos vivos y viviendo.

Tomando la calle me encuentro sentado en el banco con una cerveza a Manuel. Acaba de salir del hospital. Desahuciado por su cáncer, sabe que está en la prórroga. Me siento a su lado y me dice que quisiera hablar con su mujer: ella murió hace unos años. Las lágrimas le corren por las mejillas. Le digo que lo haga, que no la olvide y que para los que tenemos fe, pronto se encontrará con ella. Sonríe.

Bajando la cuesta están Pedro y su padre. Pedro me lo presenta. Lleva aquí unos días porque su esposa ha fallecido en Vigo. No me habían dicho nada, no vieron la ocasión. Están en paz, sus caras lo expresan. Les doy un cálido abrazo y les digo que saben dónde encontrarme. Una mirada cómplice evita las palabras.

Llego a la Plaza. Un grupo de cinco personas canta y toca Opera. Tres instrumentos y dos vocalistas. Suena a gloria. La gente hace círculo y escucha con respeto. Yo disfruto con una música que hace de la ciudad un lugar más sagrado, más mágico, más maravilloso. Cuando terminan los saludo y dejo algo para los artistas.

Al subir de nuevo me encuentro con Conchi. Vive enfrente de las monjas, entre unas cajas, y se mueve con dificultad. La pierna está muy hinchada y apenas se maneja con las muletas. La invito a un bocadillo, “de atún, de atún”, me repite insistentemente, y conversamos un rato. No sabe que es peor si la adicción o la soledad. Le doy dos besos y ella no para de llamarme cariño.

Ya regreso a casa. Me imagino a Jesús por las calles, en los caminos, en los mercados y en las fuentes, en las plazas y en la sinagoga. Quizás hay que pasear más por el jardín de la ciudad y dejarse rozar por sus flores… 

 

 

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Que se sigan muriendo los feos

Por: Jose Maria Marquez Vigil 25-08-2014

Vuelvo de Africa y escucho las noticias.

 ¿Estamos en 2014? ¿O en 1984? Casi todo me recuerda a aquel momento en el que se detecta por primera vez el SIDA. ¿Una enfermedad que mata a homosexuales, drogatas y africanos? ¡Que se mueran los feos!

Las cosas cambiaron cuando rostros conocidos empiezan a verse afectados. El guapo Rock Hudson apoyado en todo momento por su amiga Elizabeth Taylor, y Mercury, la voz de “We are the Champions”, empiezan a ablandar nuestros corazoncitos… Y ya se sabe lo que pasó luego… Los primeros antiretrovirales aparecieron en escena, pero tenían un coste que los hacían inaccesibles a los más desgraciados del planeta. ¡Que se sigan muriendo los feos! Por aquel entonces ya empezaba yo a hacer mis primeros pinitos por Africa y fui testigo de los efectos devastadores de la enfermedad: Muerte y Pobreza. Décadas de retroceso en el desarrollo de unas poblaciones que se quedaban sin su generación trabajadora. Los que no morían por la enfermedad, se veían afectados en sus posibilidades de subsistencia económica y/o educativa por esas cifras escandalosas de orfandad que borraban de un plumazo toda esperanza de salida del círculo de la pobreza a esos hijos de nadie…

En aquella época di muchas charlas llamando a la cordura. Junto con muchos misioneros religiosos, voluntarios, cooperantes, clamábamos por una medicación accesible y universal. A los que me escupían que se trataba de un problema “de ellos” siempre les respondí que sin nuestra intervención, el SIDA no se habría propagado con tanta intensidad. Paranoicamente, muchos sospechábamos que el origen de un arma tan mortífera podría estar infectada por la mano del hombre, pero que en todo caso, aun comprando la idea de que el SIDA tenía su origen en un mono sin ningún tipo de influencia humana, ¿cómo se propagó la enfermedad? Si hubiera existido siempre, al menos no se habría extendido por que no existían anteriormente carreteras que transportaran el virus. Poblaciones desaparecerían sin infectar a las poblaciones vecinas. Pero mientras en nuestro mundo occidental se había desarrollado a la vez la transmisión de las ideas y de las personas, mientras que en nuestro mundo se movía a la misma velocidad el transmisor del virus que la noticia en los periódicos y telediarios avisándonos del posible contagio… Eso no ocurría en Africa. Un camionero transportaba refrescos a los poblados más alejados y a cambio de unas monedas transmitía la enfermedad a una mujer del poblado que no había sido informada de las posibilidades de contagio…

No voy a repetirme en lo que, hasta hace unos meses parecía ya “agua pasada”. Como todos sabemos, algunos países en vía de desarrollo como India o Brasil desafiaron a los laboratorios y aparecieron los primeros genéricos. Nosotros los comprábamos gracias a la ayuda de generosos donantes y amigos. Y al cabo de unos años, pasamos el testigo a otras instituciones internacionales que se hicieron ya cargo de la distribución gratuita de los antiretrovirales.

¿En qué fase estamos ahora? ¿Ocurrirá lo mismo? ¿Tendremos que volver a esperar una década o dos para distribuir estos fármacos que actualmente empiezan ya a tratar a algunos europeos y americanos, y extenderlos a los más empobrecidos? ¿Tendremos que volver a dar dos pasos atrás en el desarrollo y pulverizar los famosos objetivos del milenio?

¿Estamos en un caso fragante de repetición de la Historia? Nuevos orígenes inciertos de la enfermedad, nueva infección descontrolada, nuevo tratamiento para unos pocos y, nuevamente, que se mueran los feos…

Pero desgraciadamente hay una diferencia. Parece que hay otra nueva enfermedad que se ha extendido en nuestros hogares durante esta nueva década. En los años 60 era impensable que dejáramos morir a ese Superman que salvaba a ciudades enteras y con ellas a Luisa Lane. Cualquiera habría alejado de él la kriptonita que podría acabar con su heroica vida. Y en los años 80, la Madre Teresa de Calcuta recibía el premio Nobel de la Paz, y su reconocimiento internacional con ayuda de esa novela que describía su labor en favor de los seropositivos: Más grandes que el amor.

La prensa de hace unos días me recordó de repente que no estábamos en 1984, sino en 2014, y el título ahora podría más bien parodiarse: más pequeños que el odio… ¿Quién iba a pagar el coste de retirar la kriptonita que está matando a Supermán? Se llegó a proponer que pagaran los Hermanos de San Juan de Dios la curación del Padre Miguel, que al fin y al cabo tan “solo” ha dado su vida por los más empobrecidos… Entre tanto, se repetían en el telediario las imágenes de ese Hospital Carlos III que iba a ser cerrado por falta de fondos. ¡Que se sigan muriendo los feos!

 

Desgraciadamente el Padre Miguel ha fallecido ya, y ahora sigue discutiéndose la decisión tomada, sus costes, sus riesgos… La corrupción es mucho más costosa, y si hablamos de riesgos, no puede haber riesgo más grande que el de perder nuestros valores, nuestras referencias, estos ejemplos de entrega y amor a los demás. Puestos a desviar a alguien varios miles de millones de euros, me quedo con los que son “más grandes que el amor” a ver si “nos contagian eso”, su humanidad y su entrega. Gracias Padre Miguel. Descansa en Paz…

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El gueto de Gaza

Por: J. Lorenzo 01-08-2014

Tras asistir en Jerusalén como enviada especial

 al juicio contra el jerarca nazi Adolf Eichmann, Hannah Arendt habló de “la banalización del mal”, ese que son capaces de perpetrar sin pestañear amantísimos padres de familia, los mismos que pueden poner todo su cariño en el beso de buenas noches y luego seguir perfilando la monstruosa “solución final”.

Esa banalización sigue ahí afuera, rigiendo destinos ante la indiferencia de muchos y la impotencia de otros tantos. Una sociedad hiperconectada, embrutecida, apenas se escandaliza ya por ella, la consume sin procesar. Así, la maldad se cronifica y, aunque cambien los escenarios, los decorados y los actores principales, los de reparto, los figurantes, son siempre los mismos: las mujeres, los niños, los ancianos… Hoy ya no es el gueto de Varsovia; hoy asistimos en tiempo real con imágenes vía satélite a una caza indiscriminada en Gaza que se reviste de operación militar de castigo. Israel ha encontrado en Hamas a un tonto muy útil que le permite mantener los oídos sordos a los requerimientos de la comunidad internacional, a buscar una salida basada en el diálogo. Pero de Israel todos podemos esperar –y exigir– mucho más. Su derecho a la propia defensa no conlleva un cheque en blanco contra sus enemigos. El holocausto que padeció, y del que el mundo aún se conmueve, marcó un punto de inflexión en esa banalización del mal, esa mancha en la conciencia universal que no debemos consentir que se borre, si no queremos que se repita. Pero el propio Israel, que pudo crear su Estado contando con el beneplácito de la mayoría, tiene que empezar a hacerse preguntas. Como lo hizo Arendt. Ya no vale con lamentar que las manifestaciones contra su política son arrebatos antisemitas.

Dicho esto, y visto el éxito de la mediación papal para frenar una intervención en Siria, ¿es casual este nuevo episodio de violencia ciega tras el histórico encuentro en el Vaticano entre Francisco, Simon Peres y Mahmud Abbas? La llama que prendió la ira israelí es una mala excusa de película de serie B: secuestro de inocentes, asesinato, venganza, desolación, la paz de los muertos y, finalmente, un odio entre ruinas que volverá a fecundar la violencia. Y que hace de la maldad una compañera de viaje que apenas nos interpela, una fatalidad consentida.

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