Domingo 23 de Julio 2017

El Camino de Santiago

Por: Alfonso Carcasona 28-04-2014

Hace 7 años, durante un almuerzo familiar,

 propuse ponernos en camino hacia Santiago. No sabía entonces lo que significaría aquella idea peregrina. Se me antojaba como un reto más bien deportivo, al que podría darle un barniz espiritual.

Hoy, pocos días después de haber abrazado al apóstol (en mi caso con el corazón), me doy cuenta del gran acierto que supuso seguir a la providencia en aquella comida dominical

De San Juan de pie de puerto salimos 8 peregrinos (contando con el valiosísimo coche escoba), y hemos llegado a Santiago 24. Nos hemos ido multiplicando año a año.

He visto crecer a mis hijos y a mis sobrinos en el camino, al que se han ido sumando a medida que su edad les permitía caminar las etapas. Repasando las fotos de los primeros años me emociona ver cómo se han convertido en personajes, aquellos renacuajos…

He compartido buenas etapas con mis hermanos, sobrinas y cuñada, riendo y poniéndonos al día de la vida que los kilómetros que nos separan nos impide disfrutar.

He estado cerca de mis padres, compartiendo durante varias noches al año ese techo que dejé hace tiempo para asentarme en el mío propio.

He andado muchos kilómetros con buenos amigos, que quisieron sumarse a este camino. Hemos compartido confidencias, preocupaciones, ambiciones. Amigos, con sus familias, que se unían a la nuestra para caminar juntos en una sola.

Juan Mari nos ha ayudado desde el principio a completar el sentido del camino. Hemos disfrutado de las misas de salida y del domingo de ramos, año tras año, con la fortuna de celebrarlas en nuestra pequeña y creciente comunidad.

Y he tenido la fortuna de hacerlo con mi mujer, con mi compañera no solo de este camino, sino de cualquiera que emprendo.

Las etapas del camino son la vida misma. Las hay duras y menos duras. Las hay frías y calurosas. Las hay ventosas, lluviosas e incluso nevadas. Las hay empinadas y las hay llanas. No es un contrasentido afirmar que el camino se recorre de manera individual, como se hace en la vida, y rodeado de personas, en mi caso muy queridas.

En el camino se ríe, en el camino se sufre. En el camino se medita, se reza, se conversa. En el camino se vive. El camino te enseña a vivir de otra manera. Te enseña a despojarte de lo antiguo, de lo superfluo.

La primera lección la aprendes con el peso de la mochila. Qué cantidad de tonterías metemos. A los pocos kilómetros el camino nos enseña a dejar lo mucho que hay de prescindible en ella, y con lo imprescindible nuestra espalda, nuestras piernas, nuestros pies son más felices.

Y la última se aprende al llegar  a Santiago. Cuando empiezas algo parece que la satisfacción principal está en terminarlo. Pero al llegar a la catedral te das cuenta que lo importante no es tanto llegar, sino ir. Saber que estás en el camino, buscando llegar.  Ir, estar, buscar. No llegar. Abrazar al apóstol no es sino el comienzo de una nueva etapa. ¡Ultreia peregrinos!

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Domingo de Resurrección

Por: Alfonso Carcasona 20-04-2014

"Y sabed que yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el final de los tiempos".

Mateo cierra su Evangelio con esta afirmación rotunda de Jesús ya resucitado.

 

Para los cristianos el domingo más importante del año. Aquel en el que celebramos que Cristo, encarnado, asesinado por nuestra ceguera, vence a la muerte y nos salva de ella.

 

Asistí anoche a la vigilia pascual que se celebra en mi parroquia. Es una celebración distinta a las demás. Comienza a medianoche, con la iglesia en penumbra. Venimos del sábado santo, en el que nos hayamos huérfanos por la muerte de Jesús. Salimos afuera, donde una pequeña hoguera proporciona el fuego, la luz que prende el cirio pascual, símbolo de la luz de Cristo. Volvemos al templo, compartiendo esa luz. Antes de las lecturas, Charles, un sacerdote ruandés que hace una semanas apenas hablaba español, canta el pregón. Comienzan las lecturas. Un rabí judío canta en hebreo el primer capítulo del Génesis. Varios salmos y lecturas del Antiguo Testamento le siguen. La lectura del Evangelio según Mateo nos recuerda la escena de la Resurrección, y medito sobre la ceguera. La ceguera inicial de los primeros discípulos, la incredulidad. Esa ceguera que me acompaña a mi también. Pero Jesús es paciente y se aparece de diversas maneras. Está con ellos, está conmigo, a pesar de que ni los ojos de mi corazón le vean. Las mujeres lloran pidiendo que les entreguen el cuerpo. Los guardias mienten sobre lo que ven por una monedas –a pesar de tener la suerte de tener la certeza de conocer lo que ha sucedido-. Las autoridades tapan el escándalo de la Resurrección. Incluso aquellos que estuvieron más cerca de Jesús dudan de la noticia que les fue dada en vida por el propio Maestro. Los dos discípulos de Emaús solo le reconocen al final de la jornada, por un gesto cotidiano, el partir el pan. ¿Y yo? ¿Dónde encuentro a Jesús resucitado? Los gestos pequeños son una pista, sin duda. Rezando para que me sea retirada la venda que me tapa los ojos en forma de soberbia, de egocentrismo. Pero no solo rezando, sino trabajando para que esa venda caiga y me deje ver la luminosa realidad que es nuestra vida. Y todo pasa por esforzarme en ver al hermano en todo prójimo. Y cuando le vea, en amarlo como amo a mis seres más queridos. Pero el primer reto es verlo.  

 

Esa fue mi meditación de anoche, en la vigilia pascual que acabó pasadas las 2 de la madrugada con espectaculares fuegos artificiales, compartiendo chocolate con picatostes. ¡Feliz Pascua de Resurrección!  

 
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VIERNES DE CUARESMA

Por: Jose Maria Marquez Vigil 18-04-2014

"Cuando ayunéis, no desfiguréis vuestra cara como los fariseos..."

 El Maestro lo dice muy claro. No es cuestión de cumplir un rito para cubrir el expediente… “El hombre no se hizo para el Sábado sino el sábado para el hombre”. El ayuno no es el fin en sí mismo, más bien parece un instrumento. “Perfumaros la cara, que no se os note que ayunáis…”. Sin lugar a dudas, Jesucristo pide ir aún más allá del simple hecho superficial de ayunar y con ello esperar la aprobación de los demás. El premio no debe estar en los demás sino en uno mismo, en el mundo interior del que ha ayunado…

En otro Evangelio reconoce el valor de la anciana sin recursos que da una limosna, que da de lo que no tiene… Me recuerda a aquella frase de la Madre Teresa de Calcuta: “Da hasta que duela”.

La Iglesia nos propone la preparación a la Semana Santa durante la Cuaresma, y nos sugiere un sacrificio para dar sentido a esta preparación. Este sacrificio se ha traducido en “no comer carne”. Y a menudo se entiende como comer unos langostinos en vez del bocata de chopped, o un buen rodaballo al horno o unas cocochas de merluza en vez de unas salchichas o unas “pecaminosas hamburguesas”. ¿Realmente nos va a purificar esta preparación para la Semana Santa?

Conocí el otro día un instrumento para financiar proyectos de diferentes ONG llamado “Ufeed” (www.ufeed.org ). ¡Muy original! Por medio de una aplicación en el móvil (las famosas app), puedes ir haciendo pequeños sacrificios con un objetivo. Por ejemplo, pulsas el icono del café de media mañana cuando decides renunciar a él, y automáticamente te cargan el precio del café en tu tarjeta (¿1,20 € o algo así? Que le pregunten a Zapatero…). Y así, vas ahorrando las palomitas del día que vas al cine, o el refresco del sábado, para ayudar a una ONG a comprar medicamentos para la malaria, para rehabilitar a los malnutridos o para becas escolares. Un sacrificio mucho más valioso que el de no comer carne. Te cuesta más, porque te quedas sin el café, pero el ahorro es real (el donativo no sale de lo que te sobra, sino directamente de tu sacrificio, y para un objetivo concreto).

El día que nuestra Iglesia empiece a proponer la utilización de instrumentos como éste en vez de dar continuidad al “rito del pescado del viernes de cuaresma”, habremos avanzado un peldaño más en el camino de la ansiada renovación y de la coherencia frente a ese ayuno que podría llegar a asemejarse en ocasiones al de los fariseos.

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SACAR LA SONRISA A LA LUNA

Por: Santos Urias 09-04-2014

Cuando la veo, allí arriba,

mirándonos altivamente, con su cara empolvada y sedienta de océanos. Ella sabe del dolor de los niños. Por las noches escucha sus gemidos: los hijos de la guerra, los que pasan hambruna, los que le susurran lágrimas al oído. Y juega con las mareas para mecer su sueño, como la mano de una madre. Por eso el mar es hipnótico. 

También sabe de poderes invisibles. De los que se juegan a las cartas el destino de los otros. Y ese halo numinoso la protege de los necios que pretenden ser como Dios. Esos que en la oscuridad se disfrazan, se esconden, culebrean por los campos o por las ciudades, buscándose a sí mismos. No son de una casta: hay jueces, políticos, artistas, religiosos, comerciantes, sindicalistas, maestros. Son los hijos de la noche, y la luna los observa moviéndose con cautela, enredados en sus pesadillas. 

 

Pero el brillo de la luna, que no es propio si no prestado, es como un mágico telón. Y… ¡tachán! La cara oculta revela los corazones de una oculta humanidad. Los que compran el pan cada día, los que abren las puertas, suben escaleras, piensan que es lo adecuado, duermen sin fantasmas, bailan en la noche, trabajan sirviendo. Tampoco son una casta: hay jueces, políticos, artistas, religiosos, comerciantes, sindicalistas, maestros. Y ellos con sus manos le hacen cosquillas en los pies. Porque aunque no lo parezca la luna tiene pies. Y por las noches cuando ya todos duermen, baja por las escaleras de las estrellas, sonriente, como luna creciente, y planta un beso en la frente de los niños para desearles buenas noches. Y que el mañana, gracias a nuestras cosquillas, sea más bello y mejor. 

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LUJO INHUMANO

Por: Jose Maria Marquez Vigil 06-04-2014

Visitaba el otro día

 el campo de desplazados de Tong Pin (en Juba, Sur Sudán), donde mal viven 26.000 personas que han tenido que huir de sus casas, de la zona de conflicto… La situación allí es totalmente caótica, y por supuesto tremendamente trágica.

Nos encontramos con la coordinadora del campamento, una Argentina de la FAO muy concienciada, experimentada y comprometida. Se ve que conocía bien a las hermanas DMI con las que nosotros trabajamos, y que comulgaba con sus ideas y su trabajo en el campo. Comentaban un caso verdaderamente dramático. Una niña de 7 años había sobrevivido con su pierna rota sumergida literalmente entre 300 cadáveres. Una película de horror con final feliz. La niña fue rescatada, la operaron, y ahora está recuperada, viviendo en el campo de desplazados. Ana Luisa, la Argentina, decía que ahora tenía una vida de lujo en el campo, y lo repitió varias veces. “¡UNA VIDA DE LUJO!”, me comentaba ironizando Rafa, un voluntario de África Directo. “¡UN LUJO INHUMANO!”. me recalcó Rafa pensando en la situación de esta niña tan pequeña huida de su hogar, sin saber nada de sus padres y el resto de su familia, recién operada, con dolores, mal viviendo en una tienda de lona y cartón, con la comida y agua racionadas... Será mejor que sobrevivir en la guerra sin comida, pero “lo del lujo” dista mucho de la realidad de Tong Pin.

Pensaba en aquellas muñequitas rusas en las que aparece una más pequeña cada vez que abres la anterior, y así me acordé de mi querido amigo Seydou que trabaja de interno en una casa cuidando a un señor mayor por unos pocos cientos de euros al mes, ahorrando al máximo para ayudar a su familia en Mali. ¿Acaso tiene un trabajo inhumano? Sin lugar a dudas, el día que consiguió este trabajo fue uno de los más felices de su vida porque venía de algo mucho peor desde donde calificaba esta situación como una vida de lujo.

Anteriormente estuvo muchos años sin trabajo. Sentía una enorme presión porque debía enviar dinero a su familia y supongo que también a esos acreedores que surgen cuando te ves obligado a viajar a España desde la lejana África. Y por supuesto tenía que sobrevivir en Madrid malamente. Pero no se podía quejar. Tenía papeles y a veces le salía algún trabajillo, una suplencia de unos días, etc. Con sus papeles podía disfrutar de los beneficios de la sanidad pública y un día sus hijos podrían beneficiarse de la escolarización gratuita en un centro de enseñanza público.

Antes vivía en Madrid sin papeles. Le atemorizaba encontrarse con la policía y sufría pesadillas visualizando como le encerraban en el CIE le deportaban a Mali con los bolsillos vacíos y el rabo entre las piernas... Pero a veces ganaba unos euros descargando fruta de madrugada en Mercamadrid, y daba gracias esos días por su “Vida de lujo”.

Las muñequitas rusas anteriores a éstas en el tiempo son fáciles de imaginar aunque dificilísimas de vivir. Antes de llegar a Madrid conoció los jornales en el campo español, el aprendizaje de un idioma desconocido, y por supuesto antes de todo esto vino el cruce de la valla tras haber sobrevivido años de espera en el Monte Gurugú. Ese momento era ya de por sí un momento de lujo porque quedaban muchos años de espera tras otros muchos años de viaje desde su pueblo natal. Y por delante muchos años y tantos sueños para alcanzar esta “vida de lujo”. La verdad es que Maslow era un listo, y nosotros unos auténticos idiotas cuando nos quejamos del estupendo cole al que van nuestros hijos, de la localización o el tamaño de nuestra casa, o de nuestro trabajo.

Entre tanto, ha empezado la época de lluvias en Juba (véase la foto), donde nuestra amiga, la niña del Campo de Desplazados de Tong Pin vive esa “vida de lujo”.

El pasado viernes cené con varios matrimonios amigos y nos acompañó Juan Mari, el guía espiritual de estas bitácoras. Y en cierto momento nos recordó que si cada día rezamos el “Padre Nuestro” es porque, en teoría, nos consideramos todos hermanos, tanto los de sangre como los que no lo son. Y eso de ser hermanos, la verdad, no casa muy bien con el hecho de estar en la cúspide de la pirámide, sufriendo por poder alcanzar la franja siguiente, mientras nuestros auténticos hermanos están en la base de la pirámide, y aún por debajo de la base, tal vez enterrados en las catacumbas de la pirámide de Maslow. Lo verdaderamente increíble es que, al final de nuestras vidas, es muy posible que el que vivió el lujo inhumano del campo de desplazados ha podido reír más y ser más feliz que el que se angustió ahí en lo más alto.

Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.” (Mateo 11, 25)

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El Misterio

Por: Xabier Azcoitia 06-04-2014

Quizá hoy más que nunca

sea necesaria una Iglesia diestra en el oficio de la mistagogía que en el de la administración de la Verdad, una Iglesia capaz de iniciar en el Misterio para que como Jacob, los hombres y las mujeres de este tiempo puedan exclamar de nuevo ¡Está Dios en este lugar y yo no lo sabía! (Gen 28,16).

Es necesario más que nunca una Comunidad de testigos experta en distinguir y reconocer su Voz y la "musica callada" en medio del estruendo ensordecedor de nuestras sociedades secularizadas, y ducha en iniciar a otros en el secreto de su escucha justamente allí donde los gritos incontenibles de dolor de las víctimas parecen hacerla imposible.

Este DaD reflexiona de la mano de Xabier Azkoitia sobre el Misterio de Dios en nuestra de cultura, a la luz de la acción de Camilo que desde una "mística de ojos abiertos" hace en su vida que el pobre con rostro de enfermo sea el lugar de Dios, lugar teo-fanico privilegiado.

En estos inicios del S. XXI se hace bastante evidente que la interpretación o traducción (Hermenéutica) que la Iglesia ha hecho del mensaje de Jesús (Kerygma), apoyándose para ello en el paradigma greco-romano, se ha quedado sin capacidad de iluminar la realidad.    La cultura moderna, en la que vivimos, nos obliga a reinterpretar el cristianismo si queremos que éste sea significativo para el ser humano de hoy.  ¿Es posible ser religioso en la cultura moderna? Sí, si es posible, pero solo en la medida en que creamos en el Dios oculto y liberador.  Aquel Universo que antes estaba habitado de dioses, ángeles y demonios, hoy en cambio se presenta como un lugar enigmático y lleno de incertidumbre. Dios ya no es Patente. La Historia es un lugar dramático donde el sufrimiento del ser humano se hace patente ante los desastres de la naturaleza y ante la perversidad del ser humano. El hombre vive su existencia ante el silencio de Dios. Se sitúa ante un Misterio Tremendo y Fascinante, ante el cual el ser humano confía que ese Misterio Oculto esté habitado de sentido, sea liberador y no un absurdo. Tal como dice Pablo en 1 Cor 2,9, Misterio no es algo incomprensible para el ser humano, sino el plan de Dios para la salvación integral del ser humano. El problema no es quién es Dios, sino dónde está. ¿Es posible el conocimiento de Dios?  La autocomunicación de Dios no se produce al margen de las circunstancias históricas en las que esa comunicación se produce. En un mundo asimétrico en el que se ha producido la ruptura de la comunión humana, la autocomunicación de Dios incluye la solidaridad de Dios con los pobres. La parcialidad de Dios con los pobres pertenece a la desvelación misma del Misterio de Dios. En la situación del pobre como anti-historia y anti-vida donde hemos de buscar el lugar de la manifestación del Dios escondido. ¿Es posible acceder a él? Sí. Tal como lo hacía Camilo, orando y sirviendo. Sólo desde el terreno de la mística y de la práctica es posible elaborar un discurso auténtico y respetuoso acerca de Dios. El misterio se revela en la contemplación y en la solidaridad con los pobres.  

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El hombre del extraño juego

Por: Dolores Aleixandre 01-04-2014

"si alguien quiere seguirme,

 que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera ganar su vida  la perderá pero, quien la pierda por mí, la ganará. ¿Qué le aprovecha a alguien ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Qué precio pagará por su vida?” (Mt 16,24-26).

 

Para Jesús la vida de los que le siguen está configurada desde su misma razón de ser por un dinamismo de pérdida/ganancia, afectada radicalmente por él y con-vocada a entrar en  ese juego.  La identidad del discípulo consistiría en ser alguien que, como respuesta a una llamada, desea “pensar y sentir” como Dios mismo y, a causa de Jesús y de su Evangelio y por la alegría de haberlo encontrado, está dispuestos a entrar en el juego perder/ ganar propuesto por Jesús.

Sabía de nuestras dificultades para “pensar y sentir como Dios”, pero a pesar de ello no dejaba de proponer el discipulado como un vuelco radical que exige conformar con los criterios del Evangelio la idea de lo que es  salvar la vida o perderla.  Era consciente de que nuestro deseo más perentorio es el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida y por eso decía: “Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia  por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél  de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de “por mi causa”.”

 Desde sus comienzos, hizo la experiencia de la pérdida: gastó sus mejores años haciendo chapuzas en una aldea, se rodeó luego de un grupo de gente incompetente,  eligió una bicicleta (o un burro que viene a ser lo mismo) en vez de en un coche oficial blindado, decidió quedarse con los suyos partiendo el pan cuando aún estaba a tiempo de huir, dejó que le arrastraran por las calles como un delincuente, aguantó en silencio hasta el final. No es de extrañar que los que pasaban ante su cruz menearan la cabeza y comentaran: “Hay que ver qué final tan desastroso el de este pobre muchacho. Se estaba viendo venir y es que lo que mal empieza, mal acaba. Mira a dónde ha ido a parar tanto ocuparse de otros, tanta utopía y tanta solidaridad, y ese ajetreo de vida de acá para allá, que parecía un feriante.  Y tanta insistencia en lo de Dios y lo del Reino y con lo de mirar los pájaros y los lirios… ¿Dónde están ahora ese Reino y los pájaros y los lirios y  ese Padre del que tanto se fiaba. Más le hubiera valido pensar un poco en sí mismo, comprarse un piso, formar una familia y poner un negocio que le asegurara el futuro. Ahí le tenéis desnudo, que no le ha quedado ni la túnica y lo único que es capaz de dejar es su último aliento, menuda herencia…”

Pues sí, precisamente esa es la ganancia que nos deja. Él ya sabía de nuestra torpe memoria, de nuestra habilidad para acostumbrarnos a su Evangelio, para desactivar su memoria peligrosa. Por eso nos envía su Espíritu,  para crear en nuestras vidas en las que todo está previsto y acomodado, el riesgo, la alarma y el sobresalto que provoca el juego. Un juego que Jesús se atrevió a jugar antes que nosotros.

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