Domingo 23 de Julio 2017

La fidelidad de Boby

Por: Juan María Laboa 21-03-2014

Nos encontramos frente a frente hace dieciséis años,

a las ocho de la mañana camino del quiosco donde iba a comprar los periódicos del día. Había ido a San Sebastián casi precipitadamente, alertado de una grave enfermedad de mi hermana, preocupado por el diagnóstico, angustiado por el poco tiempo que parecía quedaba para el desenlace. Salí del portal, giré a la derecha y me encontré de frente con los ojos de un pequeño Yorkshire apoyado en sus patitas traseras. Me miraba seguramente con curiosidad, con una pizca de atrevimiento y de desconcierto. Estaba abriéndose a la vida con los puros ojos. A pesar de mi habitual desconsideración para con perros, gatos y otros animales, en aquel momento me sentí enganchado. Aquella mirada me captó y atrapó. Una hora más tarde, bajé de nuevo y lo compré.

Me obligó a cambiar algunos ritmos y hábitos bien establecidos. Salía media hora antes por la mañana para caminar con él un buen rato antes de celebrar misa mientras él me esperaba pacientemente en una pequeña sala del convento. Hacia las ocho de la tarde volvía a salir para que hiciera un poco de ejercicio mientras se cruzaba alegremente con otros perros. El médico me dijo que me vendrían bien aquellos paseos y en poco tiempo comprobé la capacidad de los chuchos de suscitar una rica vida social entre sus acompañantes. Corros en los que desarrollábamos toda clase de conversaciones, por supuesto, no siempre a cerca de nuestras mascotas.

Naturalmente, en la vida casera se notó su presencia y los ritmos que imponía. Era un ser vivo con necesidades, de forma que condicionó mis viajes y algunos de mis horarios. Comía lo que le ponía, pero no con el mismo entusiasmo. Prefería siempre lo que yo comía, considerándolo más sabroso y variado. Demostraba cautamente sus preferencias y solo en último caso señalaba que no era un convidado de piedra. En comidas con invitados supo desarrollar un protocolo cuidadoso. Lejos de donde yo me sentaba, con cuidado y silenciosamente, iba señalando, uno a uno, a cada comensal, su presencia y su aspiración a compartir su condumio. No insistía si no recibía nada y pasaba al siguiente. A menudo, quedaba satisfecho con su ronda y pasaba a la terraza silenciosamente para iniciar su digestión.

Un día, mientras escribía en la mesa de mi despacho, escuché un cierto runruneo que tomé, ingenuo de mí, como signo de satisfacción de mi chucho. Al rato, dejé la pluma y le miré, viéndole con un pequeño libro de 1520 en su boca deglutido ya en buena parte. Le miré horrorizado y él me devolvió la mirada con satisfecha tranquilidad. Le sonreí y comprobé que mi caso ya no tenía remedio. Desde ese momento, Boby se consideró un intelectual y no necesitó digerir ningún libro más. 

En realidad, esta presunción se debió también a que yo le leía, a menudo, algunos párrafos que me resultaban complicados y algunas afirmaciones de mis escritos que consideraba debían ser repensadas. Cuando Boby se daba cuenta de que le estaba pidiendo ayuda, se sentaba, levantaba la cabeza y me miraba con atención. Tengo que admitir que ha mostrado mucha paciencia porque me ha escuchado repetidamente con atención y complicidad. Muy pocas veces le ha resultado lo que le leía tan poco interesante como para levantarse y marcharse quedamente. En una ocasión en la que había colaborado con verdadera intensidad, le dije que tendría que poner su nombre en el libro que estaba escribiendo, pero me callé enseguida porque me pareció que comenzaba a considerar que la idea era acertada.

Desde el inicio, cuando me disponía a salir de casa, él se preparaba a salir conmigo. Nunca comprendió que yo me fuese de casa sin él. Quedaba desconcertado, me escrutaba y muy lentamente se retiraba desilusionado a su colchoneta. Los domingos a mediodía le encontraba siempre en la puerta cuando yo me disponía a salir para celebrar la misa. Un día le dije que comprendiese que era un perro y que no tenía alma. Me miró fijamente y creí escuchar su convicción de que san Francisco pensaba y hubiera actuado de otra manera. 

Viajó muy a menudo conmigo en coche, tren y avión. Las azafatas, en general, le trataban con cariño e interés y él se dejaba mimar. No miraba por la ventana sino a las personas. Jamás ladró o molestó. Quedaba acurrucado convencido de que la situación era especial. En los primeros años, sentado en mi regazo, sacaba la cabeza por la ventanilla del coche con las crines al aire y cara de velocidad. Daba la sensación de que disfrutaba muchísimo. Años más tarde pasó al sillón trasero, pero no se dormía sino que permanecía durante horas atento a cuanto podía ver, que sospecho no era mucho. En cualquier caso, era un compañero de viaje mudo pero comprometido y muy presente.

En los últimos meses su salud fue deteriorándose imparablemente: cataratas, sordera, cansancio. Me impresionó su capacidad de adaptación a sus progresivas limitaciones y la ausencia de lamentos o quejas. Todo lo hacía más lentamente, dormía más y caminaba menos, pero siguió oliendo y pretendiendo compartir mis comidas aunque insistía menos. Aumentó su necesidad de ternura. Dentro de casa me acompañaba a todas partes y cada media hora se acercaba a mí para que le tuviese algún minuto en brazos. En una ocasión le comenté que envejecíamos al unísono, pero que, al mismo tiempo, aprendíamos a ser más cariñosos y dependientes. No sé si lo entendió pero actuó hasta el final como si estuviera, una vez más, de acuerdo.

 
Ver más

EL ULTIMO CORREO

Por: Santos Urias 21-03-2014

Mi amiga María Encarna me escribía de vez en cuando:

 una oración, unas fotos, un enlace, un artículo interesante. Últimamente sus correos se habían espaciado en el tiempo y su demanda en los mismos era para que no la olvidase delante de Dios: “tú oración vale mucho”, me insistía. La enfermedad se estaba cebando con su cuerpo, pero también dejaba su alma tocada, sobretodo de cansancios y de silencios.

Tuve la oportunidad de ir a verla en el hospital hace bien poco. Yo no lo sabía, pero fue casi como una despedida. Estaba mucho peor de lo que imaginaba y cuando entre en la habitación dormía, no sé si por los calmantes o porque en esos momentos se mezcla ya el sueño con asomarse al otro sueño de eternidad. La tomé de la mano, sonreía o a veces eran muecas de dolor, pero rezamos juntos.

Justo una semana después me llego un correo suyo. Pensé: “la habrán llevado a casa para que esté más tranquila”, pero no. Unas breves palabras me conmovieron: El Señor me ha llamado a su presencia, pero mi amor y mi espíritu permanecerán con vosotros para siempre. A reglón seguido un lugar para despedirla y acompañarla en este adiós.

Fue para mí como un pequeño brillo de resurrección. Ya no estaba, pero seguía entre nosotros. Un breve correo, escrito de forma intemporal, haciéndonos caer en la cuenta de que la vida es mucho más de lo que contemplamos a primera vista.

 
Ver más

¡Eres un "Sarongo"!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 16-03-2014

A uno le han llamado de todo,

pero siempre resulta un poco impactante que dos monjas gemelas como las de la foto te llamen “Sarongo”.

En época carnavalesca, buscas la goma que muestre la careta, pero no había goma. La causa tampoco podía estar en el whisky, ya que mis periplos africanos suelen ser bastante monásticos y poco dados a excesos. Sin lugar a dudas me encontraba realmente frente a dos monjas gemelas que me llamaban “Sarongo”, ni más ni menos...

Parece ser que el padre de gemelos es, en Uganda, un “Sarongo”, un hombre bendecido y por tanto muy respetado, y la madre una “Narongo”, igualmente bendecida y respetada. Al menos aquí hay igualdad.

De vuelta ya en nuestro hemisferio trato de pensar en el significado de ser un “Sarongo”. Soy padre de gemelas, y por tanto me he ganado el apelativo. Y cuando las miro, a mis hijas, realmente me siento muy “Sarongo”.

No seré yo el que critique abiertamente algunos de los beneficios del proceso evangelizador, sobre todo en un país en el que hace ya más de un siglo, un reyezuelo llamado Mwanga ordenó quemar vivos a los Mártires de Uganda. Ese tal Mwanga decidió matar a todo aquel que rezaba. Supongo que rezar es, de algún modo, reconocer un poder más importante que el terrenal, y eso desconcierta mucho a los ególatras reyezuelos.

Lo que ya no sé es si deberíamos ahora ser nosotros los evangelizados. Aquí, en este otro hemisferio en el que nos ha tocado vivir, seguimos concediendo todo el valor al poder terrenal y al material. Ser padre de gemelas es tan solo una casualidad genética, como tener dos brazos, o dos piernas, o haber nacido en este hemisferio norte lleno de posibilidades.

Pues a mí no me disgusta tanto considerarnos bendecidos por la vida que tenemos, por la salud, por la familia, por los alimentos, o por el aire, aunque un poco contaminado, que respiramos… Dar las gracias por todo aquello, rezar como los Mártires de Uganda… No creo que pueda haber nada que nos haga más felices que el reconocimiento de un poder superior al que dar las gracias. ¡¡¡Además es un alivio!!! Si fuera yo el único dueño absoluto de mi destino y el de mi familia, ¡qué soledad! Y… ¡qué responsabilidad!

Pero ser un Sarongo mola… Como ser cualquier apelativo que denote que estamos bendecidos, que no estamos tan mal, que damos gracias, y que tenemos un amigo en el que confiar.

Pues me voy ahora mismo a rezar, aunque tal vez cambie eso del “Padre nuestro…”, por “Padre suyo”. ¡Otro alivio! ¡Que los hijos no son nuestros! Yo voy a ir preparando los papeles de adopción a favor del Santo Padre, que como es Santo, aguantará mucho mejor esos momentos en que a mí me llevan los demonios…

Ver más

No apagar el pábilo vacilante

Por: Juan María Laboa 16-03-2014

Este primer año de pontificado del papa Francisco ha resultado sorprendente,

desconcertante, ilusionante. La sensación dolorosa de muchos cristianos sobre la situación de la Iglesia va transformándose en sentimientos de consuelo y esperanza. Vamos pasando de una imagen de Iglesia, a menudo, demasiado débil y desorientada, demasiado ajena a las necesidades de los humanos, demasiado pobre para responder a sus angustias e inquietudes, demasiado fría en sus relaciones, demasiado preocupada por sí misma, prisionera de sus propios lenguajes rígidos y anacrónicos a una Iglesia más dialogante y presente en las fronteras, más preocupada por comprender los valores profundos de los debates culturales, que busca a Dios en todas partes y en todas las cosas, en contacto con toda realidad humana. La gente sencilla, sobre todo, se ha sentido espontáneamente identificada con las palabras y el modo de actuar del nuevo papa. De hecho, en pocos meses, ha cambiado la percepción de cristianos y no cristianos sobre la Iglesia.

¿Cómo explicar en pocas palabras lo que me parece más sugerente de este papa? Nos enfrenta con nuestra situación personal: solo desde el cambio interior se puede comprender el cambio de las estructuras y tradiciones seculares, pero la veracidad de la conversión se comprueba con la valentía de afrontar las exigencias del “signo de los tiempos”, de afrontar las angustias y las esperanzas de nuestros hermanos, los hijos de Dios. Solo desde la experiencia interior se puede reformular la experiencia de Dios y reformar las estructuras. Nuestra Iglesia debe ser y presentarse como madre, anunciando sin desfallecer el amor y la misericordia de Dios Padre por sus hijos siempre débiles e inconsecuentes. Francisco nos ha puesto en guardia sobre una comunidad creyente de puros y encerrada en la pura autosatisfacción, guiada por obispos que enseñan y juzgan sin acompañar a los fieles con cercanía, ternura y caricia. Nos ha preguntado con frecuencia si nos consideramos todavía capaces de inflamar el corazón de los hombres con nuestro testimonio, de hacer volver a los fieles a Jerusalén, como llevó Jesús sus discípulos. ¿Somos una Iglesia que escucha, acoge y acompaña sin pedir nada a cambio?

Obviamente, el mensaje no es nuevo, pero sus consecuencias exigen de nuestra estructura y talante eclesial una transformación sustancial. En efecto, aunque resulta complicado compaginar una organización fundada en las exigencias del Evangelio con ritos, tradiciones y prácticas políticas tan mundanas, demasiado menudo lo hemos conseguido a lo largo de la historia. Con Francisco estamos asistiendo a una situación histórica apasionante: la transición de un régimen absolutista, obstinadamente clerical, exageradamente machista, incapaz de distinguir en la práctica el núcleo evangélico de tanto polvo y tradiciones como los siglos han ido depositando en nuestro derecho y manuales teológicos, a una Iglesia más humilde, más “normal”, más transparente, más amparada en el misterio y más anclada en los humanos, que son su razón de ser.

El ha afrontado desde hace exactamente un año la necesidad de compaginar la misericordia con la verdad, y de entender la verdad con los ojos del Dios que tanto amó al mundo que se encarnó para darnos vida y felicidad. Nosotros hemos sido capaces de quemar a herejes pero nunca hemos enviado a la hoguera a quienes vivieron contra el amor y la caridad. Roma comenzó presidiendo la Iglesia en la caridad y la función de obispos y sacerdotes es servir y darse a cuantos forman parte de su caridad, olvidando estilos y prioridades de un pasado que poco tiene que ver con una sociedad tan plural y con unos cristianos más autónomos como son los actuales.

Este es el reto inmenso de este papa y de la Iglesia actual. Con los mimbres que tiene, reconvertirse;  encauzar una nueva época con las mismas personas del pasado; con las tradiciones, púrpuras y mitras que conserva, ponerse al día del Evangelio de quien no tuvo donde reclinar la cabeza; con la autosuficiencia que, a menudo, le caracteriza, comprender que el verdadero testimonio consiste en dar la vida por los otros. En una palabra, si el cristianismo, con el Vaticano a la cabeza, decide volver honradamente a las fuentes, tendrá que poner en la cabecera de su peregrinación el “Vosotros no así” que enseñó el Maestro y al que nos anima Francisco.


 

Ver más

ESCANDALOS

Por: Dolores Aleixandre 16-03-2014

Sea lo que sea lo que están pensando al leer el título,

 no van por buen camino porque aquí va de traducciones. Resulta que antes de significar desvergüenza, desenfreno o inmoralidad,  la palabra aludía en griego a las trampas con que se cazaban animales salvajes: si en vez de un animal eres tú quien la pisa como en las  películas de Indiana Jones, te caes dentro y  quedas apresado.  Eso era precisamente lo que dice el evangelio de Marcos que les pasaba a los paisanos de Jesús cuando él apareció por allí a saludar, a contarles las cosas que iba aprendiendo del Padre y a tocar con sus manos sus vidas tan heridas.  Se encontró con gente entrampada/escandalizada en el hoyo de sus costumbres inmutables,  incapacitada para asomarse fuera a ver que algo nuevo estaba llegando: el chico que hacía chapuzas en sus casas para arreglarles cosas, el hijo de la señora María, decía cosas que ellos nunca habían oído y hacía en otros lugares signos que no correspondían a su condición.  “Hasta aquí podíamos llegar”, se dijeron unos a otros, recocidos dentro de su trampa.  “A nosotros nos va a dar el pego este listillo con saberes que no hemos controlado nosotros y poderes que no nos ha pedido permiso para ejercer”. Lo ya sabido se comió a lo nuevo, lo acostumbrado paralizó lo insólito, lo familiar bloqueó lo inédito y anuló la palabra del que les hablaba de otra familia, de otros parentescos, de otras patrias. 

Ojalá no nos pase a nosotros lo mismo.

 
Ver más

La corrupción de los ideales

Por: Alfonso Carcasona 16-03-2014

Asistimos hace pocos meses a una ola de revoluciones

que hace solo unos años parecían imposibles. Me refiero a las manifestaciones que surgieron en los países musulmanes. Empezaron por Túnez, donde la espita fue la inmolación de un joven en paro. Han seguido en Egipto, donde solo en un par de semanas consiguieron acabar con el régimen de hace más de 30 años de Mubarak.  Hubo revueltas en Marruecos, Libia, Barheim, incluso en Irán. Sudán se dividió en dos nuevos países, independizándose el cristiano sur del norte musulmán radical.  Hoy está en guerra, con las dos etnias matándose entre sí. Siria lleva mas de un año sufriendo una cruentísima guerra civil.

En todos estos casos, se trata de regímenes no democráticos, en sociedades oprimidas por una clase dirigente que ha perdido, si es que alguna vez los tuvo, los ideales que empujaron al pueblo a que confiasen en ellos. Como el común de los dictadores, llegaron al poder a través de un ejercicio de violencia, o incluso a través de las urnas. Pero a base de mantener al pueblo en niveles de educación paupérrimos han conseguido mantenerles bajo su yugo. Solo la democratización de los medios de comunicación, la aparición de internet, y fundamentalmente las redes sociales, ha conseguido que una pequeña llama se extienda como reguero de pólvora. No tengo duda de que subyacen innumerables intereses económicos y políticos, pero como toda buena revolución, los ideales que las inspiran en la primera fase son puros, ajenos a la probable corrupción que los amenaza.

Y eso es precisamente lo que temo. Desde el punto de vista histórico-político, creo que estamos asistiendo a un momento único. El devenir de la historia parecía empujarnos a una cruzada islamista contra occidente. A través de su particular guerra de guerrillas, con atentados por todo el mundo, la facción violenta del Islam había declarado la guerra al mundo. En sus estados al no existir libertad, de expresión, de reunión, de educación, se mantenía unida a la población, dirigiéndola al enemigo común. Hoy parece socavarse este enfrentamiento, dinamitando los cimientos del enemigo de occidente. Sin embargo, salvo Irán, los países donde ha estallado la revolución son considerados “amigos” de occidente. Son los muros de contención geopolítica del islam radical. Occidente se enfrentó abiertamente, en forma de guerras (contra los talibanes en Afganisthan, o la reciente de Irak), sin victorias reales. Ahora se alienta la revolución desde dentro. 

Estas “espontáneas” manifestaciones del pueblo nos llenan de esperanza. No cabe duda de que acabar con las dictaduras está bien. Acabar con regímenes asesinos, mejor. Con tiranos que explotan al pueblo, sin duda. Pero habrá que hacerlo teniendo claro cuál va a ser el recambio, o al menos, teniendo claro quién no debe serlo. El terreno parece abonado para las facciones más radicales religiosas. El peligro que existe es que en el caos consigan el poder, como ya ocurrió en Afganisthan. O que aparezcan caudillos, salvadores de la patria que invoquen a Dios (o a Ala, en su caso) para gobernar los pueblos, como en el caso de Irán. O poderosos militares que, invocando una transición corta, le tomen gusto al poder, y duren otros treinta años. Y todo ello, bendecido por las grandes potencias occidentales, basado en argumentos económicos, más que de justicia. 

Libia sucumbe al caos de las guerrillas, Siria está en guerra, Egipto ha sufrido un golpe de estado y los Hermanos musulmanes han vuelto a la clandestinidad, en Líbano se suceden los atentados, Irak y Afganistan  distan de ver la paz, Nigeria, Sudán del Sur, República centroafricana… 

Y aparece el papa Francisco con Evangelii Gaudium y su tería de la economía de la exclusión, no solo de los individuos, sino de los pueblos. ¿No iriamos mejor por este camino? Dice el papa, …”se acusa de violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultiuvo que, tarde o temprano provocará su explosión… esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema , sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.” Cristalino, ¿no?

 
Ver más

CREDO

Por: Santos Urias 05-03-2014

A veces, cuando tengo unos días tranquilos para meditar,

 pienso que creo en Tí. Y como la brisa arrastra las nubes hacia poniente, hoy me has dado la vuelta al calcetín: “No eres tú quien cree en Mí, soy yo quien cree en ti, quien siempre ha creído en ti, quien siempre creerá en ti.” Y me he quedado mudo. Como una estatua de sal. Pues claro, si algo he conseguido barruntar en esta jungla de dimes y de diretes, de esfuerzos, de luchas, soñando, cargando, de allá para acá, con las piernas y con el corazón, es porque has confiado en mí. Y aquí no se puede decir que haya engaño: yo soy como soy, y nadie mejor que Tú me conoce: alegre, luchador, un poquito orgulloso, sensitivo, generoso, cobarde y algo poeta. 

Con esta masa has hecho lo que has hecho. Y porque has creído en mí, todo se ha transfigurado, desde mis bajezas hasta mis grandezas. Pero Tú credo repetido así bajito, como una jaculatoria, es la sístole y la diástole de este pobre corazón. 

Tenía que existir una profesión de fe con nombre propio, con nuestro nombre propio, y Tú pronunciándolo con cálida voz. Esa es la principal fuente de nuestra salvación, es decir de nuestra bienaventuranza, de nuestra felicidad. 

 

Si al menos nos creyéramos esto. 

Ver más

Página 1 de 1, mostrando 7 registros de un total de 7, desde el 1, hasta el 7

<< anterior | | siguiente >>
Login de usuarios