Domingo 23 de Julio 2017

EL TRANSPORTISTA DEL CARREFOUR

Por: Santos Urias 29-07-2013

Hay gente sencilla, gente corriente que camina por las calles,

 que no brilla, pero que tiene luz en su interior. Gente que cambia el mundo día a día, sin aspavientos, sin ruido. Gente que, como decía el escritor y el poeta, forman parte de esos imprescindibles

Una llamada a un amigo que trabaja en Cáritas anunciaba un traslado inminente a una vivienda social. La familia había llegado y se encontraron con la casa vacía: pero vacía, vacía. Con la urgencia del momento había que actuar y sin dilación avisó a un gran almacén para que cuanto antes llevasen al menos unas camas, una nevera para que no se estropeasen los alimentos y un microondas para poder preparar algo de comer. 

Era el último reparto del día, el transportista llegó con el encargo y subió al piso. Cuando entró, vio a la familia y la situación de emergencia que tenían: los niños jugando, sin muebles, sin electrodomésticos. Y no habló, no se enojó; no protestó de la sociedad, del mundo; no miró hacia otro lado. Se fijó en los ojos de aquellas personas. Y sin más se hizo dos viajes “por cuenta propia” para “redecorar” un poquito mejor la casa y empezar a tener sabor de hogar. 

Este pequeño trabajador, este encargado, transportaba útiles y mercancías, pero se convirtió en un transportista de esperanzas, de sueños, de sonrisas, de dulzura, de sensibilidad. 

En cada forma de actuar, en cada elección, podemos ser piezas de transformación, de nueva humanidad, o quedarnos impasibles, instalados en la queja para que otros hagan lo que nosotros no nos arriesgamos a hacer. 

Gracias a Dios por las calles caminan anónimos cientos, miles de mensajeros de luz que timbran a tu puerta y preguntan: ¿Me han llamado? 

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Experiencia comunitaria de fe

Por: Juan María Laboa 28-07-2013

El sábado por la noche pudimos ver y vivir

una de esas raras y extraordinarias experiencia de fe eclesial. Jóvenes de todas las naciones concentrados ante la cruz y el Papa. Gracias a la televisión, millones de personas de todos los continentes nos sentimos integrados en esa comunidad de fe. No resultaba difícil considerar que, de acuerdo a su promesa, Jesús se encontraba entre nosotros. Éramos conscientes de que innumerables familias se encontraban ante la pantalla unidas a la oración de los jóvenes que nos revelaban su vida y su encuentro con el Señor. Constituía una auténtica catequesis familiar. Jóvenes junto a los suyos integraban la cercanía de sus padres con el testimonio de los jóvenes de otras comunidades. No resulta fácil compartir situaciones semejantes.

Durante el encuentro, conmemorando la experiencia de Francisco de Asís, los jóvenes levantaron una capilla mientras todos cantábamos el Cantico de las criaturas. Desde el presente hacíamos nuestra la memoria histórica y Francisco y Clara nutrían nuestra ansia de un cristianismo generoso, solidario, austero y fraterno.

Millares de caras de los allí presentes fueron apareciendo a lo largo del encuentro. Nada era teatro ni rutina sino reacción natural y compartida de oración y de convivencia. Pocas veces he visto una multitud tan recogida y tan aparentemente feliz. La música y los movimientos espontáneos de los cuerpos salían del corazón.

Las palabras del papa parecieron dirigidas con voz de amigo a cada uno de nosotros. No fue una homilía ni un manifiesto. Consiguió que fuera una conversación del Padre con sus hijos desgranando la alegría de la presencia de Cristo y animándonos a ser testigos y misioneros al modo de Francisco de Asís y de tantos cristianos anónimos como en la historia han sido.Se trató verdaderamente de una oración personal y comunitaria.

Estoy seguro de que muchos de nosotros hemos atrapado y gozado con esta experiencia, en muchos sentido, única: una comunidad global creyente, unida por una misma pertenencia, movida por el Espíritu del Señor, sintiéndose Iglesia, rezando unida, meditando juntos, exigiéndose juntos.

Que el Señor os de su paz

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Los españoles y la solidaridad

Por: Alfonso Carcasona 27-07-2013

Hemos asistido esta semana a una de esas tragedias

que acentúan la unidad de los países. El accidente ferroviario que ha causado la muerte a casi 80 personas nos ha dejado a todos sobrecogidos. Antes de nada, te pido una oración por ellos cuando leas esta reflexión.

Los españoles somos un pueblo que últimamente no sufre acontecimientos de esta magnitud. Y cuando ocurren, reaccionamos de manera muy solidaria. No solo en el momento de la catástrofe, en donde individualmente se suele sacar lo mejor (y en ocasiones lo peor) de cada uno. A nivel colectivo también somos muy dados a los minutos de silencio, y a ayudar con lo que tenemos. Me han impresionado las largas colas en los centros de donación de sangre, hasta el punto de encontrar cerrado alguno por no poder atender el stock que se ha ofrecido.

La cobertura informativa ha sido la de siempre. Largos programas en los que además de la información básica se adornaban con imágenes o entrevistas innecesarias desde el punto de vista ético, con un objetivo más mercantil que informativo. Pero es el mundo en el que vivimos, y desgraciadamente el circo necesita de esta estructura para seguir viviendo. 

Otro aspecto que me ha llamado la atención es la incidencia de las redes sociales en nuestra vida. Nos permiten desnudarnos ante el mundo (probablemente sin ser conscientes de ello). Y dejar a merced de los carroñeros nuestras opiniones, nuestros chistes o anécdotas. Aquellas historias que compartiríamos solo con la familia o buenos amigos, potencialmente son públicas, accesibles a cualquiera que las pueda interpretar alegremente o en función de sus intereses. De eso sabe ya el maquinista del tren (juzgado anticipadamente gracias a la publicación de un comentario suyo en Factbook hace años). Ojo que no estoy diciendo que no sea culpable, solo que Facebook ha juzgado por adelantado. O cualquier cometario hecho en un email, sms, Twitter o whatsapp, sacado o no de contexto, es potencialmente una prueba de nuestros actos futuros.

Empecé pidiendo una oración por los afectados por el trágico accidente, y termino pidiendo que incorporemos a nuestras oraciones una petición por todos los que sufren a diario no solo en nuestro país. Accidentes, atentados hay todos los días. Gente que sufre por ellos muchos más que las pobres familias de los viajeros de ese tren maldito. El papa en el JMJ nos pregunta “¿Tú eres de los que se lavan las manos ante el sufrimiento ajeno?”. Inquietante, ¿no?

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UNA FLECHITA AMARILLA

Por: Jose Maria Marquez Vigil 22-07-2013

Comienzo esta semana que ya acaba

con una maravillosa escapada de lunes a miércoles. Qué enorme suerte y qué gran idea. Cojo mi bici y salgo desde La Isla, en Asturias, camino de Galicia. Espero cada año escaparme así unos días para completar en los próximos tres años las diferentes etapas del Camino de Santiago.

Para el que no haya hecho el Camino, éste consta por supuesto de un camino físico y en cierto sentido “de desapego”, consistente en desplazarte andando o en bici por etapas más o menos duras, con la casa a cuestas (mochila), comiendo lo que encuentres y durmiendo en albergues, en dormitorios compartidos en ocasiones con otros 100 peregrinos de los que roncan 99… Otro camino cultural o de conocimiento, aproximándote a la historia, a la belleza, al arte y las tradiciones de numerosos pueblos por los que transitas… Y tu propio camino espiritual en el que cada cual lleva su ritmo, respira la energía de millones de peregrinos que por ahí han pasado desde hace cientos de años, comenta y aprende con los peregrinos que se encuentra (nunca por casualidad, siempre por “causalidad”), y aprovecha interiormente para meditar, reflexionar… En mi camino en bici puedo decir que la parte cultural fue más flojita, pero volví renovado físicamente, y en parte también con algo de esa paz que te aporta tener la mente constantemente limpia en el “Padre Nuestro” tratando de emular en cierta forma a aquel admirado “Peregrino Ruso”.

No llevaba guía alguna ni mapas, con lo que me decidí a seguir las flechitas amarillas que te indican el camino (eso sí, con el As en la manga que siempre te proporciona el móvil que en caso de necesidad se convierte en gps y te dice dónde estás y como ir…). Las flechitas amarillas son como las de la foto. Te indican el camino, pero… ¿Quién te lo indica? ¿Qué seguridad nos dan? ¿Tienen alguna certificación de calidad tipo “ISO” que autentifique su procedencia e idoneidad? Puede haberla pintado con brocha y pintura amarilla la autoridad competente, una asociación de peregrinos, otros peregrinos anteriores, el dueño del Bar al que la flechita te dirige y que quiere vender a toda costa su “Menú del Peregrino”, o por supuesto un bromista, un bolinga, o un perturbado... ¡Quién sabe!

La mayoría de estas flechitas te llevaban perfectamente por el camino más adecuado para caminar seguro, para visitar, para seguir la mejor dirección… Pero una de esas flechitas en la que alguien puso la palabra “bici” me adentró en un sendero maravilloso, un vergel, un paraje que nunca olvidaré, pero que tampoco lo olvidarán en mucho tiempo mis brazos y piernas llenos de arañazos. ¿Quién y por qué puso lo de “Bici” en un sendero lleno de barro, zarzas, ortigas y cientos de dificultades en el que tuve que subirme a hombros la bici junto a la mochila y el saco de dormir en más de una ocasión?

Como se dice vulgarmente, “hecho un Cristo”, salí con los brazos ensangrentados meditando sobre todo ello y recordando el Evangelio que me acompañaba desde el primer día, el Evangelio del lunes (Mt 10, 34). ¿Quién escribió ese Evangelio? ¿A ver si va a ser como la flechita amarilla del sendero de las zarzas? ¿Qué nos quiere decir San Mateo cuando escribe que el Maestro “no vino a sembrar paz, sino espada”, cuando nos dice que “los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”, cuando nos pide que “tomemos nuestra propia cruz” y le sigamos y concluye: “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. ¿O es la flechita que nos manda por las zarzas y ese paraje sin igual la que es como éste Evangelio?

Yo decidí volver a dejarme llevar por las flechitas y una vez más, justo al final, volví a perderme, no sé si por mi culpa, por la flechita, o porque tenía que ser así… Y entonces apareció un señor por un balcón que me hizo señas y gritando me dijo que me había equivocado, enviándome por el camino mejor. Y es que a veces, cuando no entendemos las flechitas o los Evangelios, nos aparecen Ángeles que nos ayudan a seguir el Camino.

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Los jesuitas y la regeneración pública

Por: J. Lorenzo 22-07-2013

Si habrá sido oportuna la declaración conjunta

 de las universidades jesuitas españolas comprometiéndose, desde su ámbito específico y desde los postulados que emanan del humanismo cristiano, a trabajar por la regeneración democrática de la vida pública en España, que ha pasado casi totalmente desapercibida. El breve texto, presentado en Madrid, en Comillas, por los rectores de estos centros de la Compañía de Jesús, tenía que fajarse en esos días con nuevos capítulos de la exitosa serie “Bárcenas & Friends” y dejó su buen fundamentado puñado de buenos propósitos (para los que demandaron el concierto de toda la sociedad) navegando a la deriva en las redacciones periodísticas. Una oportunidad perdida y, quizás, de las últimas que nos podamos permitir el lujo como sociedad, pues, aunque la ciudadanía tiene el derecho y el deber de saber de qué pie cojean quienes la gobiernan, en estos momentos necesita también algunos faros que iluminen la travesía en esta noche de abatimiento moral. Por eso, aunque solo sea por haberse revestido de coraje y asumido como una obligación moral el sentarse a reflexionar y a hacer propuestas de sentido para salir del atolladero a un país que asume los retos de un cambio de ciclo histórico en un marco dominado por una crisis económica y una degeneración ética espeluznante, hay que agradecer este esfuerzo. Y perseverar para que no caiga en saco roto, pues sus propuestas y líneas de trabajo nos marcan un camino ineludible, porque “nos resistimos a aceptar como algo inevitable que no existan valores y criterios éticos, o a resignarnos y desinteresarnos por la vida común”. Pero esta declaración nos habla, al mismo tiempo, del papel que tiene que ocupar la Iglesia en medio de la sociedad. Sin imponer nada, pero ofreciendo su caudal de conocimiento y bondad al servicio del bien común. Y esto no siempre se ha sabido hacer y a menudo no se ha agradecido. Esta declaración coincide con la publicación de un documento de la CEE sobre la Iglesia particular y la Vida Consagrada. Un texto donde se nota que esta, a veces, incomoda porque saca los colores a quien siente la obligación de controlarla. Aunque a menudo, como con esta declaración tan necesaria y poco escuchada, nos lave la cara a todos. 

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Educar en el mal

Por: Alfonso Carcasona 22-07-2013

Mi sobrino Marco tiene 5 años

 Le encanta jugar con muñecos, ya sean de animales como de monstruos. Yo no fui muy dado a los muñecos, pero sí recuerdo a los famosos Madelman, y las figuritas de soldados de guerra. Animales en cromos,  no recuerdo haber jugado con figuritas.

 

Pues bien, ayer domingo estábamos en familia disfrutando de una calurosa tarde estival, con sus tormentas y todo. Marco jugaba con sus primos, hasta que vio su bolsa de muñecotes (unos monstruos de plástico). Por lo visto, forman parte del merchandising de una serie de dibujos animados con la que se educan hoy nuestros hijos.

 Muy orgulloso me enseñó uno verde, bastante feo. “Este  se llama Obscurio y es el malo”, me dijo. A renglón seguido cogió otro, de color negro, tan feo o más que el anterior, y me dijo “este es el bueno”. Yo le pregunté por qué era bueno, y me dijo que porque tenía misiles, pistolas y bombas. ¿Y qué tiene el malo? le pregunté, “Nada” me contestó. ¡Nada! ¡Y el bueno armado hasta los dientes!

Y luego nos sorprendemos y nos rasgamos las vestiduras ante la sociedad que estamos creando. Pues apretémonos los machos, porque nosotros somos de la generación de los Madelman, los que teníamos claro quiénes eran los buenos y por qué.  Aún así, se cometen hoy las tropelías que se cometen.

Quiero creer que el objetivo de los productores de la serie, y de los programadores del canal de televisión que las emiten no es contribuir a crear una sociedad enferma, donde el fuerte sea el bueno. Pero la conclusión de mi sobrino Marco no dejaba lugar a la duda. El bueno es el poderoso, el que puede hacer daño. El malo, que seguro que lo es, no tiene armas, por lo que seguro que pierde. Es feo, como el bueno, pero no tiene armas…

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Querido hermano Francisco

Por: Santos Urias 14-07-2013

No quiero hablar del antes,

 del después, del luego, del ahora. Sólo quiero hablarle de miedos, de temblores, de alegrías, de sueños. Me he agarrado a este tobogán de bendiciones suplicadas, de autobuses compartidos, de firmas de facturas, de lavatorios a cautivos, de pastores oliendo a ovejas, de cruces sencillas, de pocos ropajes, de festejar los concilios, de denunciar arribismos. Es como si de repente un viento de normalidad me golpease en las mejillas, fresco, zalamero, y me sacase los colores. No sé por qué extraña razón la simplicidad gana los corazones. Francisco. Es la oportunidad de lo sencillo. De las abuelas que se emocionan viéndole saludar a la gente, besar un enfermo, predicar corto y claro. “Qué simpático”, dicen, y quien se gana a las abuelas se ha ganado el corazón de la Iglesia. 

Tendremos que pedir mucho todos para expulsar los temores. Esos que agarrotan, que esclerotizan, los que impiden el amor (no hay temor en el amor). Para afrontar cambios de fondo, cambios difíciles, inercias y ensimismamientos. Los que hemos dejado anidar en nuestras vidas, en nuestras estructuras y en nuestros corazones. No envidio su tarea. Pero creo que ese Espíritu que le ha traído hasta aquí, nos conducirá a todos para dinamizar la sensibilidad hacía este mundo sediento de escucha, de comprensión, sediento de Dios. 

A veces creo que como comunidad creyente tendríamos que ser como una gran oreja, dispuestos a escuchar sin duda, al Espíritu en la oración, pero también al Espíritu en cada hermano y en cada hermana: al que se acerca porque llora por dentro y a veces por fuera; al que sufre conflictos morales y no sabe muy bien cómo colocarlos en una atormentada vida; a la que nunca se ha sentido reconocida, nombrada, valorada; al excluido, al que está solo. Me quedó grabado lo que por lo visto le dijo otro cardenal y fue una de las razones que le impulso a adoptar el nombre de Francisco: “Por favor no se olvide de los pobres”. Y quizás es uno de los retos de nuestro tiempo: volver a ser discípulos. Caer en la cuenta de que hay que ponerse a la cola y que estar el último no es ningún problema, al contrario. Y allí en la cola, compartir, dedicar tiempo y tiempo y más tiempo a escuchar y hablar con la gente de lo divino y de lo humano que a fin de cuentas converge en lo más profundo, en las verdades últimas. 

Pediré para que el Señor le conceda ser intérprete que ayude a traducir a nuestro mundo moderno y tecnológico el mensaje de la fe. Un mundo que cambia deprisa, a veces sin dar ocasión a digerir tantas cosas, tan diversas, tan desconocidas. Reconozco que me supera. Veo a mis sobrinos inmersos en los nuevos lenguajes y comprendo que vivimos un momento diferente, lleno de desafíos pero también de posibilidades. Y al final los anhelos siguen siendo los mismos: salir al encuentro de los otros, salir al encuentro con El otro. 

Voy a acabar con una acción de gracias. Creo que somos bendecidos continuamente. Que a pesar de nuestras fragilidades, o precisamente por estar inmersos en ellas, el Señor se sirve del tiempo que nos toca para ofrecernos un abanico de posibilidades para el crecimiento y volver siempre a ese Principio y Fundamento que sostiene nuestras vidas. Dicen que hemos tenido buenos pastores en este último periodo de la historia. Sin duda. Pero lo grande de un pastor o de un cristiano o cristiana de hoy es volverse transparente, que se pueda ver a través de él al que verdaderamente es el centro de nuestras vidas: a Cristo. Agradezco todo lo que de transparencia nos está haciendo llegar, pequeños gestos (“cuando vayáis a decir viva el Papa, decid más bien viva Jesucristo”), aquello que aunque sólo sea formalmente, acerca, vivifica, reconstruye. Seres transparentes caminando por un mundo bendecido. Interpretes de Dios. Corazones agradecidos y llenos de luz, capaces de ponerse a la cola, y escuchar, y acoger, y abrazar lo bello y las miserias propias y de nuestro entorno. 

Mi comunidad le saluda: gente maravillosa, extraordinariamente sencilla y en muchos casos entregada. Con sus alegrías, complejos, dificultades y valores. Mis compañeros y amigos, con los que oro, comparto cenas, pequeños encuentros, ocio y desahogos, están también subidos al tobogán de dejarse sorprender, de dejar que el Espíritu nos lleve a esa anhelada transparencia, más allá de nuestras múltiples fragilidades o sirviéndose de ellas. Ellos también le saludan. 

Sintiéndome unido en la oración y en la tarea le dejo esta pequeña carta y mi más afectuoso saludo 

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¿Instaurar el reino?

Por: Juan María Laboa 14-07-2013

Jesús predicaba, defendía a pobres y marginados,

curaba a los ciegos y resucitaba a los muertos, pero sus allegados insistían ¿cuándo vas a instaurar el reino? Su anuncio de la paternidad del Padre y de la urgencia de recrear el hombre nuevo les parecía distracciones baladíes. Lo importante era instaurar el reino, tan importante como etéreo para ellos. Papa Francisco señala, palada a palada, las insuficiencias del cristiano de a pie, la mundanización de los clérigos, las prioridades inmediatas e improrrogables de una Iglesia que insiste en la importancia de la comunión en la boca y de que la profesora de religión este canónicamente casada mientras los jóvenes y los maduros desertan en manada. Algunos clérigos y teólogos sesudos indican con sonrisa autosuficiente que la nueva encíclica ha sido escrita en un 89,9999% por su antecesor, pero el taxista de pueblo me dice con ternura “yo le entiendo hasta lo que escribe”.

Resulta divertido(escandaloso) el que tantos prohombres eclesiásticos y miembros de movimientos y asociados sonrían desdeñosos ante los gestos y las palabras del papa:” no basta con gestos, necesitamos las grandes decisiones para instaurar el reino!, repiten estos audaces defensores del “santo súbito”. Les convendría recordar la indignación de Cristo en su conversación con los saduceos:” Estáis muy equivocados porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios”.

En Lampedusa Francisco ha denunciado la globalización de la indiferencia y ha exigido a los gobiernos, a las poblaciones y, de manera especial, a los creyentes, una apertura fraterna en nuestros intereses y decisiones globales, regionales y eclesiales valientes y justas.  Sus preguntas han sido radicales e incómodas, no vanas ni rutinarias. El cantautor Claudio Baglioni, allí presente, ha comentado:” Me ha impresionado su disponibilidad con todos y su simplicidad. Con sus palabras ha conseguido crear un viento de cambio que por fuerza marcará las conciencias”. El papa se ha convertido en el testigo autorizado, privado de sus abalorios multicolores, pero decididamente impulsado por el rechazo de la injusticia y por su cercanía a cuantos sufren y mueren injustamente (“El celo por tu casa me devora”).

La corrupción no se encuentra solo en los papeles de Bárcenas sino también en la mixtificación de los grandes ideales y de las doctrinas sublimes relegadas a códigos de comportamiento y a liturgias de autoexaltación. Si el papa consigue que el católico y todo hombre de bien se pregunte con seriedad “dónde está tu hermano”,  habrá conseguido más que todos los papas juntos.

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Masterchef y las becas de Wert

Por: J. Lorenzo 10-07-2013

Dicen las malas lenguas

 –¿o son, sin más, lenguas viperinas?– que la mujer que puede suceder a Griñán al frente del PSOE andaluz tardó diez años en acabar su carrera de Derecho, disciplina que la inmensa mayoría consume la mitad de tiempo en meter en la cabeza. Ignoro si esta todavía joven mujer, y de futuro prometedor, ha tenido que compaginar su década universitaria con algún trabajo, porque no creo que haya ido tirando de convocatorias gracias a becas públicas. Quizás su labor orgánica en el partido, su trabajo desde casi siempre en la administración pública, la hayan eximido de tener que demostrar su valía, además de a sus correligionarios, ante los baremos oficiales por los que ha de pasar todo hijo de vecino. Si algún lector está pensado a estas alturas, como si fuese un Bárcenas cualquiera, que esto es cosa de los socialistas, que de qué nos extrañamos, decirle rápidamente que en el PP cuecen con garbanzos muy parecidos unos potajes que permiten a cualquier niñato capaz de hacerse el nudo de la corbata de tres maneras distintas ocupar un puesto de asesor de la nada en cualquier junta municipal de distrito cobrando lo mismo que un médico que se ha dejado diez años las pestañas estudiando.

Estos dos ejemplos –y ambos verdaderos– son también un ejemplo dominante para una buena parte de nuestra juventud. Se trata de encontrar la mejor colocación en el menor tiempo posible y con la mayor remuneración imaginable para esas aptitudes y actitudes. No se trata tanto de formarse como de colocarse, de buscarse una sombra que nos cobije el mayor tiempo posible. Por eso, España va camino de convertirse en un país de camareros, acorde con una política mediopensionista que reduce las cuantías de las becas –y luego la puntuación para acceder a ellas, como si quisiera consagrar la mediocridad por ley– y mete un hachazo a las ayudas públicas a la investigación y a la innovación. ¿Es que queremos caer en la memez de que o todos Ramón y Cajal o ninguno? En resumen, España –la de ahora, pero también la de antes de ayer– renuncia a la excelencia y se conforma con seguir representando el papel de botones para los turistas europeos, en una nueva versión del landismo, en donde, eso sí, hemos ganado unos centímetros de altura.

Que no es sólo cosa de los de ahora, sino que parece mamado de generación en generación, nos lo evidencia José Ortega y Gasset, quien en un artículo de prensa en 1908, sostenía que “la cultura es un acto de bondad más que de genio, y sólo hay riqueza en los países en donde tres cuartas partes de los ciudadanos cumplen con su obligación”.

Pero en nuestro país, no existe esa cultura de la obligación. Acostumbrados a vivir –y no valorar– lo que significa un Estado del Bienestar, el centrarnos sólo en nuestros derechos en lugar de tener en cuenta también nuestros deberes, nos ha dejado en un Estado Catatónico como sociedad, que nos hace seguir reclamando imposibles cuando no estamos dispuestos a ofrecer nuestros talentos.

Por eso, me indigna el ministro Wert cuando baja la media para las becas y me indigna la monserga de algunos grupos que dicen que lo que quiere el ministro más quemado del PP es que no estudien los hijos de los obreros. Por eso, en este país de camareros, me quedo con Juan Manuel, ese joven camarero de Almería al que la muerte de su padre le privó de seguir estudiando y tuvo que ponerse a trabajar. Pero su talento y determinación le llevó a ganar hace unos días Masterchef. No digo yo que sea la panacea, pero, por lo menos, el espectáculo es, moralmente, más edificante.

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El esfuerzo y la educación

Por: Alfonso Carcasona 10-07-2013

Rios de tinta y de protestas ha acompañado

 la polémica propuesta del ministro Wert de solicitar una nota media del 6,5 para acceder a una beca escolar, es decir, para que el alumno en cuestión tenga derecho a que su educación sea pagada por los ciudadanos que pagan impuestos. 

Vivimos en una sociedad esquizofrénica. Por un lado queremos garantizar el derecho universal a una sanidad y a una educación pública. Por otro lado no queremos renunciar a otros derechos que consumen los recursos necesarios para garantizarlas, y tampoco queremos acordar qué servicios, o hasta dónde, tenemos capacidad de pagarlos. Y nos encontramos ante un juego de suma cero, donde los impuestos de los afortunados que tienen capacidad de pagarlos deben ser suficientes para sostenerlos. 

En el caso de la educación, de manera más sencilla que en el caso de la sanidad, es importante definir que se entiende por educación básica universal. Una vez determinado, parece claro que estará en función de la riqueza de esa sociedad el que se pueda incluir más gente durante más tiempo en este concepto. Pero como se ha demostrado a lo largo de la historia, y es especialmente claro en los últimos tiempos, las sociedades se enriquecen y empobrecen cíclicamente. Y por lo tanto, parece evidente que deberíamos ser capaces de establecer unos mínimos, que eventualmente, en momentos de vacas gordas, puedan ser superados.

Una vez establecidos esos mínimos, parece evidente que la cultura del esfuerzo debería tener algo que decir, y que para que la sociedad, los pagadores de impuestos, sigan costeando la educación el alumno se haga acreedor a ello. Si una matrícula universitaria cuesta 6000 euros, pero sólo se pagan 1000, eso quiere decir que alguien esta pagando por cuenta de ese alumno 5000 euros anuales. Parece obvio que a cambio de esa inversión se solicite un retorno, que no puede ser sólo el retrasar el acceso al mercado laboral de un número grande de jóvenes. Y a mi me parece obvio también que como mínimo se exija un esfuerzo o calificación.

Que duda cabe que es un acto de justicia el que toda persona, con independencia de la familia en la que haya nacido tiene derecho a recibir una educación. Nadie, por carecer de recursos económicos, debería no tener acceso a la misma. La cuestión está en hasta donde debe llegar la obligación de formar y desde dónde el esfuerzo de cada uno debería contribuir a sufragarla. Educación básica universal sí, educación más allá de lo básico, también, para el que lo merezca. Y aquí esta uno de los problemas a resolver: definir la educación básica, a la que todo individuo suena sociedad civilizada debería tener acceso. Y para mi, quede claro, el costear estudios universitarios a todo el mundo, no me parece educación básica. Más cuando el índice de absentismo es el que es, y la excelencia brilla por su ausencia en las aulas. Se busca igualar por debajo a todo el mundo, lo que conlleva a la mediocridad a su tiranía.

La solución pasa ser más exigentes con el acceso a la formación "no básica". Esa formación, si es subvencionada, debe contener criterios justos que ofrezcan las mismas oportunidades a todo el mundo. Parece ridículo subvencionar a quien ni lo necesita, bien sea porque tiene los recursos, bien porque no tiene la capacidad. Establézcanse criterios justos.

Se me objetara que las familias pudientes no se encuentran con la dificultad de facilitar dicha formación, al menos en la universidad publica, a sus hijos, por zotes que sean.  Cierto. Pero esas familias pagan la educación de sus hijos, por zotes que sean, y con las reglas actuales, la de los hijos zotes de los demás. Y pueden en un momento determinado decidir que su hijo zote deje de estudiar, pero no que el hijo zote del prójimo deje de estudiar. En mi familia pediré un esfuerzo para costear los estudios de mis hijos, pero la sociedad me exige que fondee los estudios de los demás con una exigencia de esfuerzo menor. No parece lo más justo, al menos desde el punto de vista "microeconómico".

 

Una sociedad justa no es aquella en la que se da lo mismo a todo el mundo. Es aquella que ofrece igualdad de oportunidades a todo el mundo, oportunidades que sean sostenibles económicamente. El estudiante becado tiene la responsabilidad de devolver a la sociedad lo recibido de ella. Debemos impregnarnos de obligaciones, no sólo de derechos.

 

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La pescadilla que se muerde la cola

Por: Jose Maria Marquez Vigil 08-07-2013

Pensando últimamente en el famoso "6,5"

me acordaba el otro día de aquella vendedora de zumos y refrescos que se paseaba con su cubo lleno de hielo, botellas y tetrabricks por la estación de autobuses de Nairobi (Kenya). Como bien decía Manolo, estaba condenada a casarse con el vendedor de anacardos que aparecía por la ventanilla opuesta. Tras un largo día de trabajo llegarían juntos a su chabola en Kibera (el slum o barrio chabolista más grande de Nairobi). Allí mismo negociarán la dote con sus familias y al cabo de un tiempo llegaría un niño que probablemente acabará vendiendo, pasados unos años, o bien anacardos, o refrescos…

Mientras tanto, casi todos los niños sueñan con ser futbolistas y las niñas fantasean con ser princesas. Es el único modo conocido para salir de su círculo pobreza.  De la chabola te sacan sólo las piernas o un buen culo, casi nunca la cabeza…

Aunque una vez escuché una historia, cuya veracidad pongo en duda, pero que no por ello dejo de “creer en ella”, o al menos en el bonito mensaje que encierra. Se cuenta que un campesino inglés salvó la vida de un Lord, y éste, para recompensarlo decidió pagar los estudios del hijo mayor del labriego. Poco después nació Winston Churchill, quién no hubiera nacido nunca si aquel campesino no hubiera salvado la vida de su padre. Pero el propio Winston Churchill salvó también la vida cuando superó una grave enfermedad infecciosa gracias a la penicilina descubierta por el Dr. Fleming, el hijo del campesino que pudo cambiar su destino en los trigales por una brillante carrera universitaria gracias a una beca financiada por el adinerado padre de este prestigioso paciente…

Sea o no cierta esta historia, es evidente que el padre de Churchill disponía de los recursos necesarios para financiar esta beca, y Fleming hubiera sido merecedor de la misma. Pero, ¿qué pasa cuando no hay dinero suficiente para invertir en becas, o cuando el solicitante no es merecedor de la misma? “¡Qué inventen otros!”, acabaremos diciendo mientras mueren los “Fleming”, y con ellos nuestras oportunidades de salir de la mediocridad…

Creo que es sumamente injusto que tan solo unos pocos podamos pagar los estudios de nuestros hijos, y que sigamos dándoles una oportunidad tras otra para que vayan a un psicólogo si tienen un trastorno de déficit de atención, y les paguemos unos cursos de idiomas, un portátil con acceso a internet, o un profesor particular… Yo fui un privilegiado y saqué buenas notas en el colegio, y pude estudiar dos licenciaturas universitarias, pero cuando intenté hacer un máster mientras trabajaba, fracasé estrepitosamente. En la mesa de estudio de mi dormitorio podía estudiar perfectamente mientras mi madre se ocupaba de mis necesidades más básicas, pero no me resultó tan fácil cuando compaginé mis estudios con un trabajo que me quitaba el tiempo y la posibilidad de concentrarme. ¿Conseguirá siempre un 6,5 el chico o chica que ha nacido en una familia desestructurada, que debe compaginar sus estudios con numerosas tareas o trabajos, que vive en un barrio marginal en el que la droga, la violencia, las bandas, campean a sus anchas?

En Uganda iniciamos hace ya varios años un proyecto para otorgar becas educativas a cientos de chicos de la calle que recibían así una segunda oportunidad para poder finalizar la escuela secundaria. Ninguno tenía un 6,5 pero sus necesidades eran enormes y su futuro desesperanzador. Todos ellos están finalizando ahora la Escuela Secundaria, una gran parte han concluido el Bachillerato, y muchos de ellos han pasado a la Universidad. Por supuesto que todos tenemos claro que es algo justo, pero… ¿económicamente? ¿qué es mejor? Está claro que para Uganda va a ser mucho mejor tener una juventud bien formada construyendo que cientos de chicos de la calle destruyendo… Pero ya lo dijo nuestro Presidente: “España no es Uganda”. Y así, a la chita callando, vamos fortaleciendo esa pescadilla que se muerde la cola y que nunca podrá inventar la penicilina que nos saque de esta grave crisis de valores en la que preferimos “becar” los créditos personales de los políticos antes que las necesidades financieras de los emprendedores, y en la que seguimos aún becando parte de los gastos educativos de nuestras clases altas y medias (créditos fiscales por la compra de uniformes en colegios privados, o para las clases de inglés o, hasta hace muy poco, para comprar los libros de texto, para una gran mayoría, como con el cheque bebé universal, sin importar las necesidades económicas del beneficiario al que ahora le pedimos, indiscriminadamente, el 6,5).

Como dice el chiste, la gente en España no sale a la calle a pesar de la que está cayendo, ¡excepto cuando gana la selección! Y ahora que ya no gana, pues ni eso…

 

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APROBADO GENERAL

Por: Santos Urias 08-07-2013

Ay, ay, ay que he suspendido.

Claro no he tocado un libro. Es que los libros no son para tocarlos, son para leerlos. Y yo toda la vida escuchando esta expresión. Entonces voy y me leo un libro y tachan: ¡sorpresa! me ha gustado la sensación. Es así como unas cosquillitas en el cerebelo. Hasta me da un poco de risa. 

Hay que prepararse que con la que está cayendo necesitas tener formación para competir. Y me pongo a correr: detrás de la gente, mirando, observando, escuchando. Me pongo a correr por el mundo, que ahora el mundo está muy cerca, se puede visitar navegando, internet arriba, internet abajo. Caliento moviendo mis cejas, mi nariz, mi lengua. Recorro las bibliotecas virtuales como si fueran gimnasios. Y si puedo turistear algún sitio físicamente me lo meto en la mochila. 

¿Quieres aprobar? Pues estúdiate bien esto. Y yo no he querido nunca aprobar, siempre he querido aprender. ¿Es que no lo entienden? Y algunos profesores se ponen muy serios. Y muchos alumnos se reivindican bebiendo y fumando. Y otros alumnos se creen diferentes porque sacan muy buenas notas y van a vivir muy bien. 

Pero cuando un profesor quiere enseñar y ama lo que enseña, se nota. Y si encima ama a los que enseña, ni te cuento. Y cuando un estudiante quiere de verdad aprender, más allá de su nivel cognitivo, y se preocupa y lucha, y pregunta y se interesa, se nota. 

Quizás habría que educar más en amar lo que se hace, en valorar lo que se tiene. Quizás habría que educar más en amar, y punto. 

Excelencia, becas, competitividad… son instrumentos (a veces perversos y otras veces útiles). Formación, motivación, crecimiento personal, solidaridad, espíritu crítico, dignidad humana, son fines, asignaturas ineludibles para afrontar la vida. 

No es sólo educar, es en qué educamos. 

Ay, ay, ay, que me han aprobado. ¿Pero si no he estudiado? ¿Pedagogía del estímulo? ¿Pedagogía de Dios? Ufffff, vaya tela… 

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