Martes 21 de Noviembre 2017

Esperando el primer tropezón de Francisco

Por: J. Lorenzo 24-06-2013

Cada vez más gente alejada de la Iglesia

 confiesa su admiración por Francisco, por sus gestos, cercanía, sencillez, risa contagiosa, por la bondad que transmite, por lo que dice… Se maravillan de que hable con esa claridad del tema del dinero y el poder, del carrerismo en la Iglesia, del trabajo esclavo, del apoyo a las mujeres, de la avaricia…

Cosas que entienden a la primera y que suscitan una reflexión de urgencia: si de esto viene hablando la Iglesia desde siempre, ¿cómo es que no se habían enterado? Posiblemente, lo que oían estaba modulado como un “himno al no” –expresión del Papa–, lo que no les movía a ajustar su dial interno de sintonización.

Curiosamente, también hay gente muy de Iglesia que parece esperar de un día a otro el primer tropezón de este Papa con la opinión pública. Las encuestas que publican los diarios hablan abrumadoramente de la buena impresión que deja Francisco en la gente. Y eso parece molestar a algunos. Sus recelos vienen de un “ya veréis cuando hable del aborto, o cuando diga que es imposible la ordenación de mujeres, o cuando aborde la moral sexual, o condene las bodas entre homosexuales, como hizo en Argentina…”.

En la retahíla se adivina un poso de desconcierto, como un íntimo deseo de que se cometa un desliz. Pero, de momento, ni siquiera el provocado por una indiscreción tras su encuentro con la CLAR –fruto de la ingenuidad de algún responsable– le ha hecho mella.

Pero el problema no parece estar tanto en este Papa como en quienes tienen que ayudarle a serlo. Una manera de hacer descarrilar el proyecto que va hilvanando es que quienes tienen que ser sus primeros aliados –los obispos– sigan entonando el mensaje con el acento de la condena y la exclusión, hurgando en la herida de temas tan antiguos como el cristianismo y que ni siquiera Jesús dejó sentenciados. Se apresuran a rescatar doctrinas e infalibilidades como para marcar el paso por si se le ocurriera cambiar de dirección… En el fondo, este Papa les debe parecer un poco heterodoxo.

Pero, ¿qué temen, si solo ha cambiado el lenguaje sin tocar la ley? Ahora habla de misericordia, de los últimos, de profecía, de audacia, de perdón, de conversión, de vida, pero también de muerte, de aborto, de homosexualidad… y sin que a nadie se le erice el vello.

Quienes están esperando ese traspié, tendrían que empezar a cambiar su acento, ese regodearse en lo que no puede ser en vez de asomarse a todo lo que aún es posible.

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Con Francisco la coherencia es posible

Por: Juan María Laboa 23-06-2013

Hace unas semanas, tras concelebrar con el papa en santa Marta,

me arrodillé en uno de los bancos de la capilla para dar gracias por tantas cosas. Después de unos minutos, al abrir los ojos, lo encontré sentado a mi izquierda con la sotana blanca y con unos zapatos negros normales. No se trata de una campechanía sin más, sino del signo de un cambio transformador en la concepción del oficio.

Tras cien días de pontificado podemos considerar que aterrizó de pié y que sigue suscitando una masiva atención y simpatía tanto en los medios como en la gente normal cautivada por su sencillez y naturalidad. El nuevo oficio no ha cambiado su manera de ser sino que es él quien está cambiando el modo de ejercer sus nuevas responsabilidades: se niega a vivir aislado, no tiene un secretario todopoderoso, utiliza directamente el teléfono para sus llamadas, recibe a gente de toda clase sin que aparezcan estos encuentros en la agenda de audiencias, ha modificado, simplificándolo, el ropaje y el envoltorio del poder religioso. Adapta los usos pontificios a su talante y actuación pastoral. Es decir, está decidido a ser un pastor, al menos, tanto como un primado o un político. Creo que podemos afirmar que en el liderazgo espiritual, el estilo y las maneras reflejan la sustancia y que en este pontífice constituyen una expresión influyente y cautivadora de su magisterio. Por otra parte, aunque parezca ironía pura, este papa jesuita es el primero que parece considerar la humildad como una cualidad definitoria del liderazgo eclesiástico.

De hecho, esa simplicidad, humildad y accesibilidad responden a su convicción de que todo poder es servicio y de que los pobres constituyen el centro de su razón de ser y de la vida católica. El se dirige cada día a la humanidad instándoles a tener en cuenta la dignidad y las carencias de los más pobres, los débiles, los menos importantes. A los creyentes les recuerda que la prioridad en el mensaje de Jesús son los pobres. En cada homilía, sus palabras sencillas expresan un mensaje poderoso: No se puede hablar de pobreza en abstracto sin tener la experiencia de los pobres. Pidió a los embajadores ante el Vaticano que sus gobiernos controlen la economía y protejan a los débiles de una explotación que no tiene en cuenta a las personas.”El dinero tiene que servir, no gobernar”. Lo que llama la atención de sus palabras sobre los pobres es que lo sentimos comprometido con el tema. Ha tenido y tiene la libertad suficiente para poner en cuestión categorías convencionales presentes en la política y en la Iglesia. Desafió tentaciones marxistas de algunos elementos de la teología de la liberación y no cesa de desafiar el capitalismo salvaje. Deplora un relativismo que vacía la fe de su sentido y rechaza el fundamentalismo de quienes no quieren cambios  y mantienen el reloj en el pasado.

Creo que en un juicio futuro nos preguntaremos por su capacidad de inspirar a los pequeños y a los grandes, a los humildes y a los potentes, sin preocuparse por estrategias a largo o a corto término sino, simplemente, confiando en la potencia de la palabra de Dios, rechazando las ideas vacías, la rutina, los cristianos de salón o los cristianos de corazón pequeño a quienes definió como egoístas disfrazados de cristianos. Los rasgos que caracterizan a este papa y ojalá al cristianismo de nuestros días serán esos gestos, palabras y convicciones que admiramos hoy y que han cautivado a tantos millones de personas en tan poco tiempo. Su mensaje a los católicos de que necesitamos salir al mundo para encontrarnos con la gente sin esperar a que vengan a nosotros, construyendo puentes en lugar de vallas de separación, constituye su pauta pastoral: “Dios ha redimido a todos los seres humanos, no solo a los católicos. A todos, también a los ateos”.

Su cercanía no difumina la seriedad de sus  exigencias. En Argentina atacó la corrupción existente con contundencia y sin miramientos, tal como aparece en el librito que presenta El mundo de hoy. La corrupción destruye y esclaviza al ser humano, hace perder el pudor que custodia la verdad, destruye la esperanza y la amistad y solo conoce la complicidad. También en la comunidad cristiana “existen estos trepas, dice el papa, que buscan su propio beneficio y consciente o inconscientemente, fingen entrar por la puerta pero son ladrones y sinvergüenzas. Para ellos la religión es un negocio.” En su discurso a los jóvenes diplomáticos pontificios les exigió ser “libres de ambiciones o miras personales que tanto daño pueden causar a la Iglesia. Por favor: nada de carrerismo”. Será intratable con la pederastia, no permitirá un banco vaticano que no sea transparente ni un clero anestesiado por sus puntillas y juegos de manos. Si no acaban con él los “teólogos” o los “guerrilleros de Cristo” modernizados, podemos esperar tiempos mejores.

Dejo para otro momento lo que muchos consideran fundamental: el modo de gobernar la Iglesia, las personas que deben dirigir la Curia romana, el ejercicio de la corresponsabilidad de los obispos, de los sacerdotes y de los laicos en las diversas instancias eclesiales, aunque creo que pronto asistiremos a un movimiento sísmico reconfortante. Siendo este cambio muy importante, pienso que cuando el talante, los gestos, las palabras y la concepción antropológica del papa Francisco sean aceptadas y seguidas, todo lo demás se hará realidad por añadidura.  

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Indignados

Por: Alfonso Carcasona 23-06-2013

Vivimos en una época de total desafección con el sistema.

Un sistema que sólo tiene unas décadas de vida, pero qué parece que es el único que ha existido en la Historia, o al menos el más perfecto.

Y sin embargo, crecen y se multiplican las protestas de los llamados indignados en diferentes partes del planeta. Si en nuestro país fue un movimiento simpático en su inicio, al que se adhirieron personas de casi todos los talantes, en otras zonas derivó en el derrocamiento de sistemas dictatoriales. Ahora está de actualidad en Brasil, donde las protestas se hacen cada día más cruentas. ¿Hacia dónde vamos?

Las distintas primaveras árabes supusieron el derrocamiento de algunos sátrapas, pero desconozco el impacto real que ha supuesto para la población de esos países. ¿Son menos pobres, son sociedades más justas? ¿Más libres, más educadas? No tengo noticias de grandes cambios en Libia o Tunez. En Egipto tampoco parece que las cosas vayan significativamente mejor. ¿Y qué pasará en Siria? Por de pronto han muerto casi 100.000 personas, y su futuro, de ganar los rebeldes, tampoco aparece muy prometedor, al menos desde nuestra óptica occidental.

Ahora tenemos el caso de Brasil, donde turbas de personas salen a la calle para protestar por el gasto en estadios de fútbol en lugar de escuelas. Los ricos como Romario se unen a las protestas, y vemos múltiples actos de pillaje en las calles de sus principales ciudades. Se reclama que bajen el precio del subvencionado transporte. ¿Y quién lo debe pagar? No dudo de las injusticias que seguro tiene su sistema, pero como en en el resto de lugares y sociedades indignadas, echo en falta una idea de sociedad alternativa, en la que el sistema actual sea cambiado por otro mejor. Parece que buscamos solo mejorar algo que puede que haya tocado su techo.

En España, como en el resto de países “desarrollados” el movimiento se diluyó como un azucarillo, quedando en manos de grupos residuales, los “antisistema”, quienes no tienen, desafortunadamente, ninguna respuesta al problema, más allá de oponerse a todo, de manera más o menos pacífica o inteligente. El sistema ha sido capaz de engullir la iniciativa y la clase dominante, política, medios de comunicación y sus financiadores, ha salido más o menos indemne. Hoy más que nunca el estado aprieta las tuercas, adormeciendo a la sociedad y ofreciendo solo el palo como alternativa. Y la sociedad responde con desapego y con temor. El fin del ciclo se aproxima, y ojalá seamos capaces de superarlo de una manera civilizada. Hace 100 años incubábamos la semilla del odio de degeneró en una guerra fratricida. Esa guerra, a su vez, desembocó en un sistema distinto al existente. ¿Seremos capaces de evitar los mismos errores?

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DEBAJO DE LA PIEL

Por: Santos Urias 22-06-2013

¿Qué hay debajo de la piel?

Músculos, tendones, arterias… Carnes y vísceras. Debajo de la piel hay más. Mirando con los ojos puestos verás el alma, ese espíritu que se agarra a tu interior. Se mete por tus venas y sube y sube y sube hasta la cabeza, para luego bajar hasta los pies como en una montaña rusa. El espíritu está loco, no responde cuando le llamas; es como un niño malcriado que se marcha en busca de aventuras. Y corre detrás de otras almas. Y cuando toma carrerilla y se lanza a por ellas, ¡zas! choca con la piel y se enreda entre sus huecos. Como una pelota en un frontón, dándose golpes continuamente. Por eso baila, corre, se emborracha, coquetea, busca sus estrategias para levantar la piel, para colarse dentro y poder rozar el espíritu. 

Yo sólo tengo cosquillas debajo de la piel. Algunos me decían: “seguro que no”, y me rozaban los pies buscándome la sonrisa. Pero la risa me sale del verso, de los cuentos que imagino, de las canciones que canto. La risa no es un estado de ánimo, la risa es una amiga que camina contigo. A veces se esconde o se va a comprar el pan, pero luego vuelve radiante consciente de que la has echado mucho de menos. Por eso las sonrisas nos dejan ver algo de debajo de la piel. Si alguien te sonríe se enciende una pequeña luz en tu tripa que calienta tu interior. 

Así que camino sonriendo, con un espíritu loco que a veces no sabe dónde va, pero que choca con las pieles intentando hacerse un hueco allí, en ese rincón donde habita el alma, rascando un poquito, un poquito, debajo de la piel 

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¿Por qué hay que esperar a la reforma de la Curia?

Por: J. Lorenzo 17-06-2013

tres meses al frente de la Iglesia universal

 y el papa Francisco mantiene intacto el idilio no solo con buena parte de los medios de comunicación, sino con la inmensa mayoría de los fieles.

Como sucede también con los enamoramientos, vendrá el día en que aparecerá el primer desencanto, la rendija por la que se irá escurriendo esta especie de encantamiento obrado por un hombre al que se le entiende todo lo que dice y que, con sus gestos y palabras, ha rescatado el estilo genuinamente evangélico de las estancias en donde estaba confinado. Por eso es tan importante que se vaya asentando, consolidando con hechos concretos lo que ahora deslumbra, engancha y emociona, antes de que se empiece a reprochar que este papa habla con titulares pero no actúa.

Apenas cien días desde que un grupo de ancianos asustados rompiese el billete de vuelta a casa de otro anciano que se lavaba la ropa del día siguiente antes de acostarse, esa mayoría del pueblo creyente ha recibido un máster en eclesiología, teología, cristología y doctrina social juntas más valioso que bastantes encíclicas.

Así, saben que la Iglesia ha de ser pobre y para los pobres; que el poder es el servicio; que Dios no se cansa de perdonar; que los pastores han de oler a oveja; que lo que tiramos se lo robamos de la mesa a los pobres; que la Iglesia no es una niñera ni Dios un espray, difuso y diluido; que el dinero debe servir y no gobernar; que a la Iglesia no se entra para hacer carrera, sino para salir a las periferias… ¿A qué esperar, pues, para poner eso otra vez en práctica?

La prensa –pero no solo ella– cifrará sus expectativas sobre este pontificado una vez conozca los cambios que efectúe Francisco en la Curia romana. Y le juzgará por ello. Pero siendo importante esa reforma, ¿por qué dilatar ese otro cambio, más del día a día, deuna conversión personal que, consecuentemente, afectará a las estructuras de la Iglesia en las propias diócesis, conferencias episcopales, parroquias…? ¿Qué impide ya oler a oveja, erradicar la condena, recuperar la misericordia, relajar los rostros y las miradas?

Se dice que hay diócesis que, tras ver al Papa imponiendo sus manos a un enfermo, están desempolvando los manuales de exorcismo a toda prisa. ¿De verdad es eso lo prioritario? El Papa necesita ayuda ahora, y no solo la que le pueda brindar la Curia romana.

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Párroco global

Por: Juan María Laboa 16-06-2013

En el ritmo atemporal de la Iglesia

 tres meses pueden parecer nada, pero en este caso concreto ninguno lo siente así. Comprobamos una simpatía y una aprobación generalizada hacia el nuevo obispo de Roma, expectantes todos por los cambios importantes de talante, signos y modos de relacionarse, de forma que nos encontramos en un tiempo dulce, en medio de una tregua en la que todos vivimos de esperanza y con satisfacción creciente. Superando ingenuidades banales, me parece adecuado que pronunciemos cada interesado nuestra primera impresión.

Comprobamos una cercanía del papa, una simplicidad, una capacidad de escucha tanto para con los niños y jóvenes, como con las religiosas y sacerdotes y con cuantos se le han acercado tanto en ámbitos parroquiales como en audiencias públicas y privadas, que hace que nos sintamos miembros gozosos de la comunidad que él preside. Tiende en estos encuentros a preguntar, escuchar y responder. Es decir, dialoga abiertamente con cuantos encuentra. Pablo VI en la encíclica Ecclesian suam afirmó que la Iglesia era diálogo, pero, por desgracia, los cristianos viejos sabemos que, generalmente no ha sido así, incluso después del Concilio. El papa Francisco ha insistido en la urgencia de un mayor diálogo y colaboración entre papa y obispos y entre estos y el clero y los fieles, dando la impresión de que trata de redefinir una Iglesia más sinodal, es decir más participativa y más corresponsable entre todos los bautizados, consciente de que todos somos importantes en la comunidad. En sus homilías al pueblo de Dios insiste en la ejemplaridad de comportamiento, reclamando a los “cristianos de salón” a imitar a Cristo en sus vidas, a estar abiertos a la creatividad, a la novedad, a las exigencias y urgencias del hombre de hoy. En ningún momento da la impresión de hablar de memoria sino desde su experiencia más personal.

Nos atrae enormemente su transparencia. Sentimos la sensación de que ha plantado su tiende en la calle, junto a los cristianos de a pie, que los conoce de cerca y les extiende su mano. Es consciente de cuanto le rodea, tanto la santidad como la corrupción y las camarillas de poder, tan poco evangélicas pero tan presentes. Esta transparencia constituye un vendaval de aire fresco en un mundo viciado por los rumores, la murmuración, la autosuficiencia y el puñal por la espalda. Todo, aparentemente, para mayor gloria de Dios. El nuevo papa se enfrenta a este mundo con el evangelio de frente y con enorme naturalidad y franqueza. Resulta tan extravagante (poco frecuente) que no pocos esperan que resbale, de la misma manera que el clero judío esperaba con fruición que Cristo metiera la pata.

En estas circunstancias, muchos nos preguntamos si cuenta con respaldo real suficiente. En estos tres meses, en el mundo ha encontrado una acogida gozosa, pero da la impresión de que en la Roma oficial y en otros ambientes, por ahora, predomina un silencio obsequioso y expectante.  ¿Con qué apoyos cuenta? ¿Con los de la Iglesia en general? Por supuesto, pero ¿quién más? No se trata de un juego de palabras sino del convencimiento de que alguien que ha caído en paracaídas en el Vaticano sin siquiera un secretario privado, necesita con urgencia el apoyo y la colaboración de personas de valor, prestigio y valores congeniales con los suyos. En tres meses tenemos una idea bastante clara de sus propuestas para la Iglesia, pero ahora esperamos conocer a quienes las anunciarán a las Iglesias. No esperamos revoluciones ni cambios estrambóticos. Basta con que siga los caminos de Jesús. Espero, acaba de decir el papa, que las relaciones entre el papa y los obispos se multiplicarán e intensificarán. Yo, por mi parte, añado mi esperanza de que se multipliquen igualmente las relaciones de los obispos con el clero y los fieles diocesanos. Resulta más fácil convocar un sínodo en el año de la fe que convertirse y seguir los pasos del papa.

Solo estamos empezando, aunque todos empezamos a soñar con una nueva primavera de la Iglesia. Conviene tener en cuenta que debemos preguntarnos no solo qué ha cambiado en Roma con el nuevo soplo del Espíritu sino también que está cambiando en nuestras diócesis y en nuestras personas. 

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Papeles cambiados

Por: Alfonso Carcasona 16-06-2013

Recuerdo con melancolía

aquellos días en los que los españoles, además de nuestra profesión y conocimientos, éramos todos seleccionadores de fútbol. Todos nos sentíamos capacitados para llevar a la selección a las mayores cotas de gloría, ya que nuestros vastísimos conocimientos futboleros nos hacían acreedores a tener la última opinión acerca de los jugadores a los que seleccionar y la táctica a utilizar. Como además los resultados de la selección no solían acompañar nuestro siempre discrepante juicio debía recibir las más cálidas aprobaciones en las charlas de café o en cualquier tertulia que se preciase.

 

Hoy los españoles somos mucho más cultos –como no dejan de recordarnos los informes Pisa, o los elevados programas de televisión- y por lo tanto somos capaces de dictar sentencia (de manera casi literal) ante cualquier asunto, ya sea deportivo, económico, de política nacional o internacional. No tanto en aspectos religiosos, donde dejamos al descubierto nuestras vergüenzas a las primeras de cambio, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

 

Y no solo en tertulias, sino en el ejercicio de algunas profesiones. Hoy los jueces son expertos en decisiones de consejos de administración (sin haber estado nunca presentes en uno de ellos), y ya no se enjuicia solo la actuación de los administradores de las sociedades por sus accionistas. Antes, si no tomabas decisiones erróneas para una compañía, la junta general de accionistas, sus dueños, te echaban a la calle. Hoy el juez te mete en la cárcel si, a toro pasado, esa decisión, o no decisión, resulta equivocada. Y lo hace arrogándose todo el conocimiento al respecto, con epítetos propios de un experimentado gestor.  

 

Como no, dichas decisiones son refrendadas por los expertos medios de comunicación, que preguntan a la letrada sociedad si le parece justa una decisión judicial de cárcel. Nuestros pasados seleccionadores han adquirido estos años los conocimientos jurídicos necesarios para enviar a alguien a la cárcel, de manera que los resultados de las encuestas son abrumadores a favor de la lapidación. Y todo después de un sólido análisis de las pruebas y una profunda lectura del auto que la motiva, imagino.

 

Privar a alguien de libertad es un asunto serio, que requiere un convencimiento por parte de quien juzga sobre la comisión de un delito punible con dicha pena. Y que no es una buena noticia, ni digna de ser celebrada, que se encarcele a la gente. Castíguese al que roba, estafa, administra deslealmente, pero téngase cuidado con castigar más allá del ámbito mercantil o profesional a quienes son responsables de tomar decisiones.

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La transparencia le sienta bien a la Iglesia

Por: J. Lorenzo 10-06-2013

La futura Ley de Transparencia,

que obligará a todas aquellas instituciones que reciban fondos públicos no solo a ser igual de virtuosas que la mujer del César, sino a parecerlo, afectará también a la Iglesia. Así expuesto, algunos se han frotado las manos, intuyendo que debajo de las alfombras episcopales empezarán a revolverse cadáveres sin cristiana sepultura o que, ocultos en el revés ahuecado de tantas tallas milagreras que animan la piedad popular, aparecerán los libros de la contabilidad B de algunos curas trabucaires.

Pero se equivocan. A la Iglesia, la transparencia le sienta muy bien. Nada hay en su mensaje que merezca ser ocultado. Al contrario. Basta ver lo bien que entienden los fieles –y quienes no lo son– al papa Francisco. Y lo mal que han entendido las chapuzas en torno al Códice Calixtino, los tejemanejes del IOR, los Gescartera de distinto calibre y notoriedad habidos, u otros chanchullos que mejor no repetir para no ensuciar unas siglas aún muy respetadas y respetables.

En estos casos, la transparencia brilló por su ausencia, la cortina del silencio se impuso como método preventivo ante la curiosidad de quienes eran considerados enemigos de la Iglesia, y quienes, desde ella, buscaban esa transparencia seguros de hallar el infundio de las acusaciones, eran conminados, en nombre de la comunión, a retirar sus narices.

Definitivamente, sí, la transparencia le sienta bien a la Iglesia. Y así lo han comprendido sus responsables. Es más,ese debería ser su hábitat natural. Quizás así podría servir de ejemplo frente a esas otras instancias políticas y sociales a las que igualmente obligará la nueva ley. Algunas de ellas han recibido salivando de regusto la noticia de que la Iglesia habrá de salir del oscurantismo en el que la han colocado, cuando bastante tienen ellas con achicar la basura que les llega al cuello.

En todo caso, la Iglesia y sus instituciones (Cáritas, CEE, Manos Unidas…) ya presentan públicamente sus cuentas. Aunque muy pocos quieran enterarse, no vaya a ser que la realidad les estropee en sus periódicos, al lado del suplemento “Por tantos” –pagado por esa misma Iglesia–, un prejuicio literariamente bien construido. Pero eso ya es otra historia.

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CUSTODIOS, GUARDIANES Y CUIDADORES

Por: Dolores Aleixandre 09-06-2013

Cuando era niña en mi colegio rezábamos

en el mes de Marzo una oración que empezaba así: “Oh padre putativo del Verbo encarnado, glorioso San José…” A mí lo de putativo me sonaba por aquel entonces espantoso, aunque en clase de latín nos explicaban que era el participio pasivo del verbo puto, putas, putare, putavi, putatum  (pensar) y que aplicado al santo quería decir que, aunque “se pensaba” que era padre de Jesús, en realidad no lo era.  Lo he recordado porque en una de sus primeras homilías el papa Francisco ha llamado “custodio” a san José, animándonos después a ser custodios de la creación y  guardianes de los otros ejercitando el cuidado.  Tres tareas tres de urgente práctica que podemos aprender contemplando  al samaritano de la parábola que ejerció él solito de custodio, guardián y cuidador.

Vamos al texto: en el comienzo todo resulta tan sombrío que nos parece estar viendo un telediario de ahora: bandidos, mercados y otros depredadores con palos, políticas de austeridad, garrotes, desahucios, navajas o privatizaciones,  van dejando a las víctimas de sus desastres tiradas en las cunetas. Y mientras, las instituciones a las que correspondería vigilar y defender los derechos de los débiles,  entretenidas en sus asuntos propios y pasando de largo. “Cada  palo que aguante su vela”, declaran con chulería altas instancias gubernamentales.

Lo mismo entonces que ahora, la tentación es rendirse y poner a la realidad  la etiqueta de “irremediablemente catastrófica”: nos sentimos incapaces de descubrir en ella posibilidades viables de transformación o de imaginar "otro mundo posible".  Nos paraliza saber que solo somos una minúscula piedrecita de tropiezo frente al avance implacable de los tanques de la lógica neoliberal.

Sin embargo la narración no se detiene ahí e introduce  inesperadamente un factor de disidencia: "pero un samaritano...". Como cuando en las películas del oeste están ganando “los malos” y aparece de pronto “el bueno” cabalgando en su caballo (mula en este caso).  Nada lo hacía prever pero ahí está, con su silueta recortándose en el horizonte y a punto de toparse con el herido. Acodados en la barra del saloon con un vaso de güisqui en la mano,  mascullamos por lo bajo: –“Yo que tú no lo haría, forastero. No tienes pinta de ser competitivo, ni de contar con testaferros o contratos blindados; careces de apoyos para presentarte a primarias y encima eres portador de la “Marca Samaria” que está por los suelos. ¿Pero tú de qué vas, tío? ¿Quién te ha mandado  meterte a guardián o a custodio de otros? ¿No te das cuenta de que, aparte de que eso de cuidar es cosa de mujeres, ese sujeto ni es de los tuyos ni tiene ya remedio y, si te detienes ante él, te expones a echar a perder tus planes, tu tranquilidad,  tu tiempo, tu aceite, tu vino y tus denarios?”

             Pero él, impertérrito.   Indignado y conmovido por lo que ve, no se echa para atrás ante tantas señales de muerte: cambia su itinerario, se baja de su montura, se acerca al hombre medio  muerto,  le  toca, le cura, lo levanta del suelo, carga con él, le busca alojamiento y protección y crea una red de cuidado asociando a otros a la tarea. Quizá de noche, sentado junto al fuego, le confiesa al posadero que si hace lo que hace es por culpa de la obstinada lógica de un tal Jesús: "No midas, no calcules, deja que el amor te desapropie. Recorre junto a mí los lugares donde la vida está más amenazada, confía en la  fuerza secreta de la compasión y de la obstinada esperanza”.

“Vete y haz tú lo mismo”. Así de contundente es el final de la parábola, pero deja sin embargo abierta una cuestión de máximo interés: ¿se despidió el posadero del samaritano recomendándole: - “¡Cuídate!”? ¿Decidió cuidarse el samaritano?  Biblistas de todo el mundo lo debaten sin llegar a un acuerdo. Volveremos sobre ello en la próxima columna.

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¡Y SOBRARON DOCE CESTOS LLENOS!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 09-06-2013

Cuando, todavía siendo niño,

me invitaban a una fiesta de cumpleaños, me repateaban un poco “los abracadabras” del mago de turno. “¡He pillado el truco!”, le gritábamos al payaso los niños enfurecidos.

Más adelante miraba también con desconfianza al “Blake” o al “Copperfield” cuando los veía por la tele. “No sé cómo lo hacen, pero esto yo no me lo creo, y no me interesa la falsedad”, supongo que pensaba para mis adentros...

Llegado el momento, no me confirmé. Los “milagritos” éstos que con los que se multiplicaban unos pocos panes y peces hasta el punto de sobrar doce cestos llenos no me ayudaban a comprometerme con un texto sagrado que a su vez hablaba de la costilla de Adán o de zarzas en llamas….

Ahora en cambio, ya entrado en la cara B del disco de mi vida, este milagro diario de “los doce cestos” constituye probablemente la base principal de mi fe. ¿Y ese cambio?

Me reencontré con Dios al pasar por “la estación de Calcuta”, por la mirada de su Santa, por la vida de sus pobres, al vivir un día a día muy diferente al que estaba acostumbrado, al conocer una vida mejor dentro de nosotros, fuera de nosotros, y después de nosotros...

Y llegué también a Dios ahí mismo por medio de la lectura y posterior meditación de las inigualables historias del jesuita indio Tony de Mello, el cual, cuando le preguntaban “qué es la Religión”, contestaba convencido: “un dedo apuntando a la Luna”. Y a los que solicitaban más aclaraciones les explicaba que ante un dedo apuntando a la Luna, mucha gente se queda ensimismada mirando al dedo (podríamos acordarnos de aquellos “creyentes” que se lían a tortas por sacar a hombros una imagen), otros discuten cuál es el mejor dedo para apuntar a la Luna (¡hay tantas “sectas”!), y otros muchos (los “fanáticos”), arrancarían ese dedo para metérselo en los ojos unos a otros. Pero solo unos pocos pasan del dedo, siguen la dirección marcada por éste, y contemplan la Luna para recibir su hechizo. A muchos de éstos últimos se les ha quemado a menudo por herejes o blasfemos…

Digamos que alguno de estos milagros que tanto me repateaban podrían ser “dedos” con los que poder mirar a “la Luna”, y así lo recordaba el pasado domingo cuando escuchaba el evangelio y me sonreía visualizando esos doce cestos llenos. Porque tal vez merezca la hoguera por blasfemo, pero en el Sur, de la mano de tantos misioneros que he podido conocer, ¡he visto tantas veces este milagro! Unos lo llaman solidaridad, otros incluso “comunión”… Muchas personas juntas, “a Dios rogando y con el mazo dando”, cada uno como buenamente puede, rellenando muchos cestos.

En casa volvimos a celebrar una fiesta de cumpleaños a Maaike y Paz, mis hijas. Y otra vez pidieron a sus amigas como regalo, dinero para los huérfanos de Lamu, en Kenya. Ya he publicado en esta Bitácora la carta y el video que recibieron la vez pasada, pero vuelvo a copiar el link para el que pueda estar interesado:

http://www.africadirecto.org/index.php?m=Noticias&op=ver&nid=349

Comunión, solidaridad, amistad, muchos peces, varios cestos… ¡Así sí entiendo y comparto la grandeza del “Corpus Christi”! Con la grandeza de una Iglesia “que huele a oveja” porque, que me perdonen los teólogos y eruditos, pero a mí me sigue pareciendo que lo de los doce cestos es muy posible pero tiene truco… Y el truco está, muy probablemente, en el compromiso y generosidad de un buen rebaño que en comunión se multiplica.

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EN LA DISTANCIA

Por: Santos Urias 06-06-2013

El cariño verdadero es una escuela permanente.

Todos los días nos ejercitamos aprendiendo a querer. A veces equivocándonos: excesos de proximidad o distancias que separan. Buscando el punto de equilibrio, el peso de la ternura, la fórmula del respeto. Una escuela que nos examina con cada gesto, con cada omisión. 

Mi amiga sufría desde la soledad y el silencio. Un mensaje de madrugada fue como esos nudillos inoportunos que llaman a tu puerta cuando ya estas acostado: 

“¿Es posible que uno se odie a sí mismo inconscientemente? ¿Cómo puedo preferir lo que me hace daño y dejar lo que me puede hacer feliz? ¿Es posible que tenga miedo de ser feliz? 

Que infierno, no sé si voy a aguantar. Cómo puedo vivir conmigo misma, no sé hacerme feliz, no me sé cuidar, no me sé querer, no sé darme lo que quiero. Y me siento cansada, sin fuerzas, sin ánimo, sin motivación, sin energía. Tengo miedo de dar pasos, cada paso es un fracaso, un error. Ya no sé que es bueno y que es malo.” 

Su herida sangraba y su hemorragia de dolor se metía en mi piel como un aguijón venenoso. Su sentimiento era de incomprensión generalizada y yo tampoco alcanzaba a romper su armadura. 

Han pasado unos meses. No he dejado de mandar algún mensaje o de dar alguna llamada, siempre sin respuesta. Y el otro día paseando la vi: posaba con una niña para sacarse una foto. Sonreía. Su rostro brillaba con el reflejo del sol del atardecer. Pensé en acercarme, pero algo me echo para atrás. No quería romper esa felicidad, ese instante, esa sonrisa. No sé si acerté o no. Me hubiera gustado darle un abrazo, pero ese abrazo quedó atado a mi alma. Di las gracias a Dios y volví a matricularme en las asignaturas más importantes, las del corazón, las del silencio, las del saber estar sin aparecer, o aparecer y salir. 

Nos vemos en septiembre. 

 

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Carta al papa Francisco

Por: Juan María Laboa 05-06-2013

Querido papa Francisco,

escribo estas líneas con alegría y con esperanza, como creyente y confiado miembro de la Iglesia católica. Empiezo confesando que tanto durante la preparación como durante el cónclave sentí  miedo y, tal vez, desánimo. Me resultaba tan  descorazonador contemplar a más de cien cardenales vestidos de rigurosa púrpura, generalmente ancianos, que representaban desigualmente a la Iglesia universal, en un marco espléndido para cuantos amamos la historia, pero tan lejano y opaco para cuantos pretendemos seguir con sencillez los hábitos y las palabras de Jesús y, sospecho, de manera especial, para los miembros activos de nuestra Iglesia situados en el Tercer mundo. Sin embargo, estos cardenales se mostraban decididos a elegir a un discípulo muy significativo de Jesús de Nazaret, es decir al obispo de Roma, que preside a las Iglesias en la caridad. Tú confesaste pocos días después que ambicionabas una Iglesia pobre para los pobres, pero hay que confesar que nada en la preparación de tu elección nos llevaba a pensar en algo parecido.

Saliste al balcón, pediste nuestra oración y te inclinaste para quedar investido por la plegaría de los creyentes. Probablemente no resulte nada extraordinario en una comunidad de creyentes, pero quedamos sobrecogidos. Elegiste el nombre de Francisco, un nombre que es incompatible con el fasto, la soberbia de los ojos, el alejamiento de los hermanos, el poder y la gloria humanos; te quedaste a vivir entre cristianos, duermes pared con pared con otros, celebras la santa misa con miembros de la comunidad que escuchan la palabra que sale espontáneamente de tus labios; desayunas entre los tuyos, no apartado de los hombres. Ni siquiera Fellini tuvo imaginación suficiente para idear una película en la que un papa recién elegido volviera a la pensión en la que se había alojado los últimos días, hiciera con sus manos su maleta, bajara al mostrador y pidiera la cuenta.

¿Todo esto es extraordinario y desconcertante? No, lo que debiera desconcertarnos es que el obispo de Roma, el  llamado vicario de Cristo, navegue entre lujos, acompañado de guardias suizos, rodeado de obispos que actúan como monaguillos, en tronos, palacios, sillas gestatorias y rodillos mecánicos,  envuelto en sedas, puntillas, armiños, mantos, manteletas, zapatos de Prada y mil zarandajas semejantes, siempre acompañados de una cruz en la que cuelga nuestro fundador. Si volviera Cristo, ¿cómo se presentaría? No lo sabemos, pero ¿lo imaginamos disfrazado de tal guisa?

Por eso, papa y padre nuestro, nos hemos sentido confortados cuando te muestras con sencillez y llaneza, a portada de mano. “Le encuentro como uno de nosotros, entiendo lo que dice”, me contestó un taxista cuando le pregunté qué le parecía el nuevo papa. Sentimos más respeto por tí porque te presentas y nos hablas como hermano, consciente de que uno solo es el Maestro. Si tu cruz de plata vieja significa algo, nos sentimos esperanzados.

Me pregunto por qué se ha producido una corriente de simpatía y contento al verte y escucharte en estos días. Ninguno cuestiona la promesa de Jesús a Pedro sino la manera de presentarse y de ejercer su autoridad en los últimos siglos. Estamos convencidos de que el estilo es el hombre y, también, una manera de concebir la jurisdicción. Para no hablar del pasado, en nuestros días no se puede dirigir la Iglesia hacia Cristo sin tener en cuenta a los otros apóstoles y, también, el bautismo y la dignidad de los cristianos, sin respetar a los pobres del Señor que, en alguna manera somos todos los creyentes. En realidad no se puede representar a Cristo sin seguirle e imitarle en cuerpo y alma.

Los obispos, a partir del primero, el de Roma, deben regir según unos principios básicos: “Vosotros no así, el último será el primero, no habéis sido llamados para ser servidos sino para servir, has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…, perdonad setenta veces siete, amaos los unos a los otros”. Cuando recorremos el pasado y lo comparamos con la actualidad nos resulta imposible imaginarnos a Cristo como legislador y leguleyo de las minucias. Habló de un Padre que acoge permanentemente a tantos pródigos, acogió a todos, dispensó la lluvia de sus gracias a cuantos lo encontraron, corrió tras las ovejas perdidas, sin tener en cuenta a tantos puros institucionales que lo criticaron hasta odiarlo. Jesús no fue nada clerical sino que se convirtió en nuestro hermano universal y por esto sigue siendo el gran protagonista de nuestras vidas. Este es el obligado programa para un papa porque fue el testamento del Señor.

El prestigio y la autoridad no se basan en el boato, en el aislamiento o el autoritarismo sino en que los pequeños, los hombres que buscan y que aman, te consideren como el testigo fiable del Maestro. La reforma de la curia no consiste en su internacionalización ni en su disminución sino en que renazca de nuevo, con la humildad de saber que ellos no solo no recibieron ninguna promesa de Cristo sino que solo son siervos inútiles del siervo de los siervos del Señor.

Querría decirte tantas cosas querido papa Francisco, no cambies de casa ni de zapatero, mantén el estilo en contra de tantos consejos interesados que te irán asediando, suprime con dulzura el cardenalato, demasiado moderno, para quedarte con los obispos, los diáconos, los fieles y los pobres, es decir, los de siempre.

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Los obispos alemanes y las mujeres

Por: J. Lorenzo 03-06-2013

Mientras espero que la iglesia se indigne

verdaderamente con el resabio machista aún imperante entre nosotros, y condene también desde los púlpitos con ardor la violencia contra las mujeres en una semana en que cuatro de ellas han muerto a manos de quienes no las amaban, aunque dijesen lo contrario, me consuelo un tanto mirando a Alemania.

Allí, sus obispos están determinados a dar un paso adelante para reconocer no solo que ellas han sido testigos privilegiados de Jesús desde que este comenzase su actividad pública, sino en que su tarea en medio de la comunidad creyente ha de ir más allá de barrer suelos y encender velas.

En la inmensa mayoría de las curias del mundo, esos, y otros parecidos, son los roles que se les reservan. También en Alemania, por lo que su Conferencia Episcopal, tras comprobar que solo el 19% de los puestos directivos en organismos diocesanos están ocupados por mujeres, se ha comprometido a impulsar su acceso a mayores responsabilidades y a comprobar, dentro de cinco años, que esta demanda ha sido atendida. “La Iglesia –han dicho los prelados teutones– no puede permitirse renunciar a la competencia y a los carismas de las mujeres”.

Ya en febrero pasado, el cardenal Walter Kasper, invitado por la Plenaria de los obispos alemanes, habló ante sus paisanos, en una jornada de estudio dedicada a esa cuestión, sobre la colaboración entre hombres y mujeres en la Iglesia. Y se preguntaba si, ante los retos actuales, no se podría pensar, en un “ministerio” específico que pudiesen desarrollar las mujeres, y sin que fuese necesario para ello la ordenación.

El presidente los obispos alemanes, Robert Zollistsch, también ha defendido una especie de diaconado para ellas. El que insistiera en que en su modalidad no necesitaría de ordenación, no evitó una cierta controversia en su país.

No hay, sin embargo, nada nuevo, y no puede esperarse nada en esta línea de manera inmediata. Pero que ahora ya se plantee, resulta esperanzador tras tanto portazo en las narices. Si ya son la mitad del cielo, son la inmensa mayoría de las que mantienen encendida la llama de la transmisión de la fe, aunque den signos de cansancio ante el desprecio secular a su condición.

Incluso aquí, en Valencia, hace unos días, el cardenal Santos Abril reclamaba que no hubiese contra las mujeres “discriminación alguna por motivos religiosos ni de otro tipo”. Razón de que, por desgracia, siguen siendo miradas por encima del hombro de demasiados.

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