Martes 21 de Noviembre 2017

Carta abierta a Luis Lezama en sus bodas de oro

Por: Alfonso Carcasona 23-06-2012

Querido Luis,

Muchos han sido tus logros en estos últimos 50 años que hoy celebramos. Me sería imposible glosarlos en este momento, ya que la liturgia que nos espera, preciosa, pero ya de por si larga, lo haría insoportable. Las hemerotecas y tus libros ya se ocupan de ello.

Me gustaría robaros dos minutos para agradecerte lo que has hecho por nuestro barrio, por nuestra comunidad, en la que aterrizaste hace solo seis años. Lo que hoy somos era por aquel entonces un descampado con esqueletos de viviendas sin comenzar. Tan solo unas calles asfaltadas sin gente que las transitase.

Nos encontramos por primera vez en el santuario de Valverde, que más allá de las fiestas de la patrona, albergaba cada domingo a no más de diez feligreses, cuya edad media sobrepasaba los 80 años.

Cualquier otro se hubiese desanimado ante tal panorama, pero desde el primer día comenzaste tu predicación. Donde había un problema lo convertiste en una oportunidad. Tu primer reto, atraer a los nuevos inquilinos del barrio a la parroquia. Dicho y hecho,  un año más tarde, la misa de las 12:30 estaba atestada de gente. Los niños disfrutaban de la hora larga que duraba la celebración, donde los guiñoles catequizaban no solo a los pequeños.

Pero nuestra parroquia estaba de prestado en el santuario, por lo que había que construir un templo. Salía a concurso una parcela cuyo destino debía ser un colegio. Creatividad e innovación, dos de tus conceptos favoritos, entraron en juego. Construyamos pues un colegio, con una capilla que pudiera servir de iglesia. El colegio será  de inspiración cristiana, abierto a todos, y de esa manera prestaremos otro servicio a la comunidad. Será un colegio que innove en los métodos de enseñanza, que forme personas, que no les dé solo información.  

Hoy, Santa María la Blanca es uno de los mejores y mayores colegios de Madrid,  gracias a tu valiente apuesta, que tuvo que afrontar un nuevo reto…

La capilla que había dado lugar a toda esta historia no podía, por motivos canónicos, albergar una parroquia. Pero como nos habías enseñado, no hay que arredrarse ante las dificultades, y encomendándote a la Virgen continuaste predicando con el ejemplo. Luchando contra viento y marea, sin más apoyos que los de tus amigos y algunos feligreses, te pusiste  manos a la obra, y hoy podemos celebrar gozosamente tus bodas de oro en este templo del Señor, proyectado como capillita de un colegio cristiano.  

Termino dándole gracias a Dios por la vida de Luis de Lezama, por su obra y por lo que ha significado no solo para esta comunidad sino para todos aquellos que han tenido la suerte de conocerte y recibir tu legado. 

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Falso pudor

Por: J. Lorenzo 22-06-2012

Coincidiendo con la celebración de la solemnidad del Corpus y del Día de la Caridad,

decenas de parroquias en toda España organizaron mercadillos solidarios ese fin de semana para conseguir fondos que destinar a Cáritas.

No es ninguna novedad, forma parte del ADN de la comunidad cristiana, pero en tiempos recios como los que vivimos, no está de más destacarlo, sobre todo cuando llueven bofetadas a cuenta de los “privilegios” de la Iglesia y la respuesta que desde algunos sectores de la misma se está dando a ese mantra laicista dispara la prima de credibilidad y aprecio de toda la institución.

En una parroquia de Madrid, la organización de ese mercadillo, la catalogación, etiquetación, reparación, preparación, disposición, captación… de los productos de todo tipo para su venta mantuvo ocupados durante varias semanas a 130 voluntarios. Las ventas ascendieron a 46.000 euros, todos destinados a la mucha faena que tiene Cáritas, ella misma desbordada en la parroquia.

Son datos muy buenos, que darían para un puñado de minijobs como los que hay en Alemania o, si no, para un par de empleos medianamente dignos. Pero no han salido en las noticias. Y no les importa.

Lo han comunicado durante las eucaristías y la satisfacción era patente. Y no han bajado los brazos. La comunidad sigue trabajando, visitando a enfermos, acompañando a inmigrantes, zurciendo los rotos que le están saliendo al Estado del bienestar. Saben por qué y por quién lo hacen.

La suma de todos estos esfuerzos de los hombres y las mujeres de la Iglesia en España acaban de ser presentados, de manera más genérica, lógicamente, en la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia. Un montón de datos que dan cuenta de una ingente y poco conocida labor.

“Nosotros nos dedicamos a hacer cosas, y de vez en cuando las contamos”, se dijo a modo de justificación. Pues contarlas también es hacer algo, y más en estos días en que se trata de dar forma a la nueva evangelización.

La frase está bien para la clase política. De hecho, parece sacada del equipo de Rajoy. Pero no debe darnos pudor decir lo que hace la Iglesia, y más después de haber organizado ruedas de prensa para hacerle fotos a un gran cheque regalo.

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Europa: Heroína al rescate

Por: Jose Maria Marquez Vigil 20-06-2012

Mi padre era psiquiatra.

 Siendo yo un niño, compartía conmigo numerosas anécdotas de enfermedad y superación, diferentes casos clínicos ya fueran esquizofrénicos, paranoicos, psicóticos de todo tipo, y por supuesto, en plena movida de los 80, de “sus drogatas”, con el paternalista posesivo con el que siempre los nombraba.

Y aun recuerdo como me sorprendió cuando, preparando una conferencia, me enseñó un anuncio como el de la imagen, el anuncio de un “maravilloso” medicamento producido por la casa Bayer, los de la Aspirina, un medicamento que, según anunciaban a bombo y platillo, a diferencia de otros opiáceos no creaban adición. El nombre comercial lo decía todo: “Heroína”. Se esperaba que cometiera una heroicidad al “rescatar” a los adictos al opio.

¡Menudo rescate el de esta “heroína”! Que se lo digan a los millones de damnificados…

¿Y por qué me acordé de todo esto cuando anunciaron el “heroico” rescate a la banca española?

La administración de heroína a un morfinómano no le permitía superar su adicción, del mismo modo que la inyección de fondos a entidades como Bankia no pueden resolver la situación en la que nuestros políticos, primero los de la rosa, y luego los de la gaviota, nos han metido de lleno. Si la burbuja inmobiliaria nos ha dejado más de tres millones de viviendas vacías, si los políticos apoltronados en las cajas se han dedicado a jugar a promotores para llevarse un bonus, recalificar terrenos, quedarse en definitiva buenos trozos del pastel saltando siempre con red, sin ningún tipo de riesgo… Soltar más pasta a los celadores de tantas viviendas que no acaban de bajar al nivel en el que deberían estar desde hace ya un par de años es obviar una realidad que no interesa reconocer en las esferas más altas del poder si quieren perpetuar su sistema, su abuso, su estafa…

El rescate, la heroína, el opio del pueblo… Pero dicen que no somos Uganda. ¡Vaya! ¡Con lo que me gusta a mi Uganda y sus gentes!

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Tribulaciones

Por: Alfonso Carcasona 17-06-2012

Vivimos tiempos difíciles.

Y cuándo no han sido difíciles se nos objetará. Todos los momentos de la historia han tenido su lado oscuro. 

Sin embargo hoy, gracias a la democratización de los medios de comunicación, al acceso a la información por parte de todos, somos capaces de sufrir más. Hoy todo el mundo tiene su opinión acerca de la prima de riesgo, de los embates financieros, de las políticas europeas. No hace falta haber estudiado, ni leído nada para ser un experto en cualquier tema. Se decía antes que cada uno de nosotros lleva un seleccionador de fútbol dentro. Hoy podemos decir que cada uno de nosotros puede ser ministro de economía, presidente del gobierno, o peor aún ¡tertuliano de cualquier medio de comunicación!

Decía Vargas Llosa en su último libro, “La civilización del espectáculo”, que el haberse extendido la cultura a todo el mundo, más allá de las élites, ha causado la banalización y posterior desaparición de la cultura. Quien más quien menos ha visitado las grandes ruinas de la Humanidad, y ha estado en museos. Pero para la gran mayoría esto no es más que tachar un To Do en su lista. No se disfruta de la literatura, ya que solo se busca información. Lo mismo ocurre con el resto de las artes, donde además se mezclan los intereses comerciales más espurios.

Otro tanto podríamos decir sobre la información. Hoy los medios de comunicación se han convertido, en su mayoría, en los grandes medios de desinformación. Sólo valen los titulares, con independencia de su rigor. La noticia que los desarrolla contendrá, en el mejor de los casos, una aproximación a la realidad. Nosotros, que transitamos por la vida a toda velocidad, compraremos el titular, que unido a otros nos formará opinión. Ya no hace falta profundizar en las causas de las cosas. Con el titular nos basta. Y eso hace que con poco se nos manipule, y que se demonice a quien trata de explicar el por qué de las cosas.

Victor Frankl, en “El hombre en busca de sentido”,  nos enseña como sobrevivir ante situaciones muchísimo más extremas que las que estamos afrontando en nuestra adormecida sociedad occidental. Eso sí, exige lectura tranquila y sosegada. Absténgase los buscadores de titulares.

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SUSURRA AL OIDO

Por: Santos Urias 15-06-2012

La hija de una amiga mía me llamó este fin de semana.

Su voz entrecortada y nerviosa expresaba una angustia no del todo contenida: “Mi abuela está muy mal. Han sido, otra vez, unos infartos cerebrales y los médicos se han puesto en lo peor. Mi madre no para de llorar, no quiere ni coger el teléfono ¿podrías venir a verla?” 

La agenda de finales de junio es como un tetris que se va llenando sin dejar apenas huecos libres, pero intuía lo imprevisible del tiempo y la urgencia de la situación: la muerte es lo único que no puede esperar y sin embargo lo que principalmente nos lleva a esperar. 

Alcancé a llegar al hospital después de comer. No pude entrar inmediatamente, las enfermeras estaban atendiendo, limpiando, curando. Mi amiga llegó. No nos dijimos nada, sólo un abrazo intenso, prolongado. Luego comentó: “Los niños están estudiando, luego vendrán por aquí.” El rostro de su madre estaba desencajado, el oxígeno, las vías; aferrándose a la vida como a una tabla en medio del mar, una tabla… de cemento. Le hable mientras acariciaba su mano: “Hola soy yo”. Miraba con ojos limpios, y después de un breve instante esbozó una tenue sonrisa. La bese en la frente y me despedí de ella. Me atreví a insinuarle a su hija: “Háblala. No dejes de expresarle todo lo que está dentro de ti en este momento. No guardes nada que quieras decirla.” 

Al día siguiente por la noche nos volvimos a encontrar, esta vez en el tanatorio. Estaba serena y un poco antes de entrar en la sala me dijo: “Gracias. Hice lo que me dijiste. Le susurré al oído todo lo que sentía. Me siento mucho más tranquila, mucho más en paz.” 

No te lleves nada o llévate todo, pero no dejes de susurrar al oído, de dar una caricia, de expresar un sentimiento, de mostrar un arrepentimiento o decir un te quiero. Mañana puede ser demasiado tarde. 

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¿Rescate al Vaticano?

Por: J. Lorenzo 15-06-2012

Gian Franco Svidercoschi, antiguo subdirector de L' Osservatore Romano,

 influyente periodista que ha trabajado de cerca con relevantes personalidades que han marcado la historia de la Iglesia en las últimas décadas, está en crisis. Lo cuenta en Me duele la Iglesia (Editorial San Pablo), una especie de desahogo espiritual, el lamento de un indignado que, en vez de ir a acampar en solitario a la Plaza de San Pedro, ha puesto por escrito sus dudas –también sus esperanzas– sobre el presente y el futuro de la Iglesia justo cuando se cumple medio siglo de la apertura del Vaticano II. Un hecho este que también a él le cambió la vida, o mejor, la forma de vivir su fe.

Con dolor, por las páginas desfilan los graves hechos que están conmocionando a una parte importante de la comunidad creyente (abusos sexuales, escándalos financieros, intrigas curiales…). Es un dolor que nace del desconcierto, de la pena, incluso de la rabia.

Pero con amor, también al Papa, al que percibe solo y desasistido, lanza un grito para enderezar el rumbo, para volver a fijar la mirada en la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que no solo sea maestra, sino también madre, que predique el Evangelio de la esperanza, de la alegría, del consuelo y la acogida.

Su alegato nace también de una constatación: los propios cristianos ya no están dispuestos a agachar la cabeza ante los comportamientos inmorales de quienes se han consagrado a Cristo, desvirtuando el concepto asumido de “servicio” y, además, causando “una fortísima carga de sufrimiento” a los creyentes, que ven a la institución eclesial a los pies de los caballos de un mundo descreído, que apenas es capaz de contener la risa burlona ante el espectáculo.

Ahora que estamos con rescates, estas páginas semejan una petición en toda regla al pueblo de Dios para rescatar al Vaticano de los cuervos y demás pájaros que anidan en él al calor del carrerismo. Una llamada para que la Iglesia de mañana siga teniendo un pueblo y esta sea capaz de acampar en medio de él. Y cree que, para eso, habría que retomar lo que empezó hace cincuenta años. Volver al Vaticano II. Recapitalizar de fe las estructuras.

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Pentecostés en Salzburgo

Por: Ignacio Bañon 14-06-2012

Tuve la fortuna de pasar el pasado fin de semana en Salzburgo,

 haciendo turismo musical. Salzburgo es una cuidad preciosa, pero como otras ciudades bellas es también víctima de su belleza. Se ha convertido en un “parque temático de Mozart”, con hordas de turistas que se fotografían en las plazas y comen dulces. Pero la belleza de la cuidad se impone al turismo casi siempre feo (aquí me incluyo), y es fácil encontrar un rincón precioso y tranquilo, escuchar un concierto inolvidable, o vivir alguna experiencia sorprendente.

Nuestra experiencia sorprendente fue visitar la Catedral coincidiendo con las celebraciones juveniles de Pentecostés. Maravillados por el ambiente, fuimos tres veces a la Catedral. La tercera vez para asistir a la misa del domingo. Una misa de más de dos horas de la que entendimos pocas palabras (mi alemán se limita a lo que he aprendido escuchando óperas de Wagner, y llegué a la conclusión mediada la ceremonia de que Geist seguramente querría decir Espíritu), pero que difícilmente olvidaremos. 

La Catedral estaba abarrotada de gente. Muchísimos jóvenes, pero también menos jóvenes. Gente con camisetas junto a elegantísimos austriacos con trajes locales. Muchos sentados en el suelo del crucero, donde una banda de música con guitarras, batería, teclado y trompeta cantaba preciosas canciones, amplificadas con un señor equipo de sonido. Un coro opuesto a la banda añadía todavía más música (que no ruido), e incluso coreografías. Y las cientos de personas que asistían a la misa coreaban las canciones (coreábamos, aunque yo por lo bajito porque vi enseguida que desafinaba demasiado). La misa fue cantada en casi su totalidad. La primera palabra no cantada llegó en la homilía. Las lecturas, incluyendo el Evangelio, fueron cantadas por sacerdote, con una voz asombrosa, por cierto (como le dije a Adela, aquí el más tonto hace relojes, en el tema musical, claro). La música era preciosa y sonaba de forma impresionante.

Pero más allá de la música, allí, en el corazón de esta Europa relativista, pasota y descreída del sigo XXI, se vivía la Eucaristía con una contagiosa alegría y devoción. Nadie tenía prisa, nadie bostezaba, nadie miraba el reloj. Todos cantábamos (o casi) y rezábamos. Fue un espectáculo maravilloso. Y vivimos esa Eucaristía sin entender apenas las palabras, pero entendiendo y viviendo intensamente todo lo demás.

Pensé a la salida que estos tiempos de crisis constante de fe en Europa, estos tiempos en que la Iglesia parece retirarse a sus trincheras en medio de tanta crítica e indiferencia, estos tiempos quizás sean también tiempos de poda, en que mueren muchas ramas pero otras, menos numerosas y más pequeñas, crecen con más fuerza y alegría, como seguramente crecían las primeras comunidades cristianas. Gracias al Geist, claro, que estuvo con nosotros también esa mañana.

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Se buscan mártires

Por: J. Lorenzo 14-06-2012

La muerte es una cosa muy seria,

 que no se toman a broma ni los cómicos más conspicuos. Le acaba de pasar a Santi Rodríguez, conocido humorista sobre todo tras su papel de frutero en la serie “Siete vidas” a pesar de su título, descatalogada de la parrilla televisiva hace ya unos años. Pero Santi, además de chistes, no tiene reparos en contarle su fe a quien se la pregunte. Y a alguno de sus más de cien mil seguidores en Twitter, eso no le ha hecho gracia y le han amenazado de muerte “por ser católico”. No es la primera vez que le sucede a un personaje popular. Hay mucho zumbado emboscado entre esos 140 caracteres, y para meter miedo nos basta una palabra. El caso es que Santi, junto con la denuncia al troll que le ha amenazado, le ha echado el cierre a su cuenta en esa  red social.

El asunto es triste, pero querer convertirlo en un caso paradigmático de la persecución a los católicos en España, país cuya Constitución cita expresamente a la Iglesia, parece un poco desproporcionado. Y da la sensación de que algunos están deseando encontrar un mártir (lo han intentado también con algún obispo) con el que puedan justificar su inquina al ver refrendadas sus teorías sobre el acoso que sufriría todo lo católico en nuestro país, cuando en la mayoría de los casos son sarpullidos que surgen de la mera convivencia democrática, algo a lo que parece que aún no nos hemos acostumbrado. 

Es cierto que crece en una parte pequeña de nuestra sociedad un cierto resentimiento contra Iglesia, la mayoría de las veces fruto de lo que les han contado y de lo que nos han entendido. En ambos casos brotan de prejuicios y desinformaciones que en nuestra mano está saber corregir simplemente con la verdad por delante, esa que nos hará libres y más dignos. Para empezar, podríamos preguntarnos, con humildad, por qué no nos quieren… Pero no lo haremos, porque empieza a escasear la caridad. Los mismos que buscan mártires para la causa emplean el tiempo sobrante (que es mucho) en perseguir a herejes y a denunciar heterodoxos con el mismo ahínco, pidiendo credenciales de cristiano viejo a obispos, laicos, curas, monjas… La diferencia es que estos nuevos policías de la fe lo hacen en nombre de Dios, aunque sea difícil de reconocer.

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Seamos amables

Por: Juan María Laboa 14-06-2012

Dice Jesús en el Evangelio de hoy:

” Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Sospecho que se puede ser mejor que los fariseos de muchas maneras, en aspectos transcendentales diarios, en pensamiento, palabra y obra, pero hoy quisiera centrarme en un aspecto, aparentemente, trivial, pero que considero importante.

A Henry James le preguntaron en una ocasión: ¿Qué es lo más importante que ha aprendido en esta vida”? y respondió: “Lo más importante es ser amable, ser amable, ser amable”. En el evangelio, la amabilidad aparece como una actitud muy propia de Cristo, y en la vida diaria constituye una cualidad propia de los seres buenos y humanamente grandes.

Ser amables, hacer felices a los demás, introducir un ambiente de simpatía y optimismo en las relaciones humanas, constituye un elemento fundamental de convivencia. Vivir civilmente, vivir amorosamente, vivir educadamente, favorece la vida comunitaria y la maduración de la sociedad civil.

Con un poco de buen sentido, un poco de tolerancia y un poco de buen humor, podríamos encontrarnos mucho mejor en una sociedad, a menudo, bronca y conflictiva, una sociedad en la que, a menudo, nos encontramos rodeados de masas, pero en la que vivimos con un individualismo atroz. La amabilidad, la paz y la alegría interior transforman a los interlocutores en ciudadanos y compañeros de camino. 

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Viernes de VIDA ETERNA

Por: Jose Maria Marquez Vigil 14-06-2012

Frente a la búsqueda de la trascendencia, de eternidad,

 por medio del apego y la acumulación de los que hablaba en cierto modo hace una semana, existe una rara avis que la busca en la generosidad, la entrega y el difícil desapego.

Hace cerca de seis años, con las vacaciones a punto de finalizar, uno de esos luminosos días previos al mes de Septiembre, recibí una dolorosísima llamada en la que me comunicaban que Pablito no estaba ya con nosotros. ¡Se nos iba con solo 11 años! ¡Dios mío! ¿Cómo iban a superarlo sus padres, Ana y Peter? ¿Y sus hermanos?

A Ana, una de las personas más inteligentes que conozco, una muy querida y admirada amiga, la había conocido hace ya muchos años, estudiando inglés cuando éramos casi niños, y nuestras vidas se cruzaron nuevamente en Africa, donde puso sus conocimientos de medicina al servicio de los más pobres en una de las áreas más inhóspitas del continente.

Ana y Peter lo tuvieron muy claro. Pablo seguía con nosotros y en su memoria se constituiría una Fundación: www.fundacionpablo.org

Este pasado viernes hicieron, como cada año, balance de sus principales actividades. El Hospital pediátrico Pablo Horstmann que construyeron hace unos cuatro años sigue creciendo en Lamu, Kenya. Desde él siguen ofreciendo la mejor atención médica a decenas de miles de niños cada año. También siguen apoyando a las escuelitas de los turkana, en la frontera entre Kenya y Sudán, y han inaugurado ahora una clínica en Meki, Etiopía, haciéndose cargo también de una casa de acogida que con 35 niños huérfanos va a abrir sus puertas a otros treinta huérfanos más. En España realizan también una labor de voluntariado que llega a los más chicos ingresados en las unidades oncológicas trayéndoles alegría, compañía y diversión en tres de los principales hospitales madrileños.

El viernes por la tarde fuimos muchos los que acudimos un año más a escuchar a cada uno de los voluntarios y protagonistas, a disfrutar con tantas fotografías, con esos videos, a viajar con la imaginación a cada uno de los lugares a los que se extienden las cálidas manos de esta fundación.

Pero no era un acto más de otra organización. Os aseguro que los que allí estuvimos abrazamos y besamos a Pablito, lo tuvimos muy presente, lo escuchamos reir y aplaudimos su fortaleza escondida tras lágrimas emocionadas que recorrían esas mejillas que estoy seguro de haber visto y tocado este viernes.

Y una vez más recordé que la respuesta de Jesús cuando le preguntaban por el modo de alcanzar la vida eterna fue la parábola del buen samaritano.

Va por ti Pablito! Sigues con nosotros, y con Ana, y con Peter, y con tantos familiares y amigos, y con los niños de Lamu, y los huérfanos de Meki, y los niños de la planta de Oncología del Gregorio Marañón, o de la Paz… Y que gran regalo de fe la que tus padres nos siguen dando. ¡Muchas gracias Pablo por cuidar también de ellos!

Y por mostrarnos a los que somos más burros y aún nos cuesta reconocerla… ¡la vida eterna!

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El aborto fallido

Por: Alfonso Carcasona 10-06-2012

Una noticia que debería sobrecogernos solo ha tenido un pequeño hueco en las noticias de la semana

joven de 24 años ha conseguido que el médico que le practicó un aborto fallido le costee los gastos de su hijo nacido hasta su mayoría de edad.

El caso es que la responsable joven acudió a las ocho semanas de embarazo a que le practicasen un aborto. Algo fue “mal” (o bien, según se mire), y el embarazo siguió adelante. Creyendo estar embarazada de nuevo acudió, imagino que ya como una rutina, a que se le practicase un segundo aborto (que se sepa era, como mínimo, el segundo). Pero fíjate tú por donde, el mismo médico le dice que en este caso está de 22 semanas, y que legalmente no se lo puede practicar. Ante el follón que se le avecinaba, la “clínica” abortiva le dio diferentes soluciones –imagino que menos legales- costeándole todos los gastos de viaje y estancia. Pero la joven renunció, no porque le asaltase un atisbo de humanidad o de maternidad, sino que se asesoró y como le dijeron que podía ser ilegal, siguió adelante con el embarazo y denunció al médico.

Ahora la criatura ha nacido, un juez de palma ha condenado al médico (o a su seguro) a pagar 600.000 euros a la desconsolada madre. Esta ha comparecido ante los medios de comunicación y ha explicado, sin rubor, el caso. La única pregunta comprometida, políticamente incorrecta para nuestra cínica sociedad, representada por la joyita entrevistada, es la referente al hijo. ¿Y qué le dirá cuando crezca? ¿Cómo le explicará este desagradable incidente? La respuesta, más o menos fue la siguiente: “Bueno, intentaré que no se enfade mucho. Antes no quería que naciese, pero ahora que ha nacido, pues nada, sí que le quiero”. Ni un ápice de arrepentimiento en sus palabras. Mal futuro le auguro al chaval, y a nuestra atontada y dormida sociedad.  

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Prisioneros del silencio

Por: Juan María Laboa 10-06-2012

El cardenal Martini ha sido durante un cuarto de siglo

 testigo eminente del catolicismo renovado y propositivo. Para muchos constituía un punto de referencia y de esperanza y, en Italia, mantuvo intacto su prestigio en el mundo laico y más reticente con la Iglesia. Sus conversaciones públicas con intelectuales y exponentes de los medios fueron seguidas y comentadas, y sus opiniones nunca dejaban indiferentes. Se habló de que en el último cónclave, habiendo conseguido votos,  el cardenal anunció que estaba enfermo y no podía considerarse candidato.

Ahora tiene grandes dificultades para hablar y, en unas preciosas reflexiones, comenta que poco a poco se va convirtiendo en prisionero del silencio. Recuerdo lo que sucedió al papa Juan Pablo II cuando viéndose incapaz de comunicarse dio con la mano un fuerte golpe sobre la mesa. En realidad, estos dos personajes pueden o han podido expresarse de muchas maneras y quienes estaban con ellos tenían muchos medios para conocer su pensamiento. 

Siempre me ha parecido un elemento humano inapreciable la capacidad de administrar nuestros silencios. Los pastores en sus soledades, los cartujos y tantos otros religiosos en sus tiempos de encuentro con Dios y consigo mismos, los sordomudos o los ancianos que pasan sus días en puro abandono y silencio. ¿Qué hace con su tiempo un enfermo, aparentemente, en coma pero consciente?

¿Prisioneros del silencio o prisioneros de sí mismos, de la vaciedad de muchas vidas, de muchas maneras de ser? Dice el proverbio chino que, si no tienes nada que decir que sea mejor que el silencio, conviene callar. En realidad, el silencio nos confronta a nosotros mismos y es en ese momento cuando somos capaces de detectar nuestra insignificancia, la falta de riqueza interior, de ideas propias, de pensamientos contrastados.

En las comunidades de creyentes la dificultad de una oración personal tiene mucho que ver con la incapacidad de adentrarnos en nuestro interior  y de quedar en manos de Dios. Vivimos tan pendientes de la imagen que el discurso abstracto puede resultarnos muy penoso.

A menudo, se confronta en el creyente la fe serena de sus creencias y las dudas más o menos angustiosas. Una vida de oración, de reflexión y de lectura puede conseguir una síntesis personal en la que sobresale la autenticidad. En ese momento uno es capaz de adentrarse en los senderos más personales de la vida del espíritu y para ello es necesario el silencio, el descubrimiento de un mundo que nos hace más intuitivos, más conscientes de la complicidad de alma, cuerpo y naturaleza. Los místicos y los poetas y los grandes orantes saben mucho de esto y sobre ello han escrito páginas preciosas.

 

El silencio bien llevado, sobre todo, cuando uno es rico interiormente, lleva a hablar con el corazón. Para el que ama el tiempo es la eternidad y el silencio está poblado de afectos, de ternura, de generosidad. Me encontré hace unas semanas con una señora de 85 años en el descansillo de un hospital. Se sostenía sobre taca taca y caminaba abstraída. Hablamos largo rato y me explicó el abandono y marginación en el que había quedado. Cuando le pregunté si se encontraba angustiada o se sentía inútil, me contestó con una cierta sonrisa de complicidad: “sabe, creo que, mientras sea capaz de amar, todavía puedo ser útil”. Un silencio poblado de amor constituye un inmenso tesoro capaz de mantener airosas las bóvedas celestes y este mundo nuestro.

Nosotros que creemos en el Cuerpo místico de Cristo, en esos misteriosos vasos comunicantes que traspasan la bondad y la generosidad de tantos para compensar tanta vaciedad y egoísmo de otros, somos capaces de comprender que el estalinismo, que asesinó tantos millones de personas, o el nazismo que llegó a los extremos conocidos o Pol Pot, que realizó el genocidio de dos  millones de camboyanos, o tantos otros que en el mundo han sido, no han conseguido acabar con el futuro y la esperanza de la especie humana gracias a los millones sin nombre que con su dolor, su amor y su humilde sostén han sido capaces de mantener el fuego del espíritu y de la humanidad.

Creo que puedo afirmar algo parecido de este mundo de vaciedades, mediocridad, palabras inútiles, noticias y murmuraciones pestilentes, basura y pestilencia de todo orden, tan presentes en una era de comunicación malgastada. No consiguen contaminar del todo gracias a tantos silencios nutrientes, a reflexiones mantenidas, a caricias y sonrisas en los rostros de tantos ancianos doloridos que se han vaciado de sí mismos para darse a los demás.

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"Creer a"

Por: Xabier Azcoitia 07-06-2012

Las personas que participamos en ámbitos

 que tienen que ver con el final de la vida, más en concreto en la enfermedad avanzada en fase terminal, solemos describir como resultado de nuestra labor con personas que mueren “sentimientos de satisfacción y gratitud y una apreciación aumentada del ámbito espiritual y existencial de la vida”. Poco importa si quien se manifiesta  así es un profesional o un voluntario. Es cierto que no todo el mundo lo experimenta así, pero somos muchos quienes reconocemos que nuestra vida ha sido enriquecida, profundizada o potenciada tras la dicha de haber podido acompañar a pacientes o familiares que viven mientras mueren. Ellos son nuestros maestros y es de ese legado, de ellos recibido, de lo que quisiera dar testimonio mediante estas líneas.

Tal como dice K.D. Singh yo también he observado en el desempeño de mi trabajo con moribundos, que independientemente de lo complicado que haya sido el tiempo de enfermedad, el tiempo de morir es, en sí, seguro. Las personas que se encuentran en esa circunstancia poco a poco se van desentendiendo de lo exterior, muchos hacen un giro hacia el interior, hacia el centro de su Ser; en no pocos aparece un mayor sentido de lo sagrado, una sabia lectura de la vida, una actitud comprensiva y bondadosa sobre uno y sobre los demás. 

Es cierto que la mayoría de las personas cuando se encuentran en las fases iniciales de su enfermedad no desean morir,  pero tan cierto como lo anterior es que quienes en el proceso de la enfermedad ahondan en la profundidad de su Ser y se encaminan al centro de su yo, allí en lo más profundo, independientemente de que hayan practicado o no alguna vez en su vida, descubren la gran oportunidad espiritual de encontrarse con Alguien que es “más intimo a mí mismo que yo mismo” y en consecuencia, muchos finalizan este itinerario con el deseo de abandonarse en los brazos de Dios.

El término Fe proviene del latín fider y quiere decir confiar. Las creencias, como diría Gabriel Marcel son “creer que”, la fe en cambio es “creer en”. La fe cristiana  es “creer a”. 

Desde nuestra visión, la fe es un don. Nadie se da la vida a sí mismo, nadie se da la fe a sí mismo. No es extraño ver cómo las creencias se resquebrajan, como se resquebrajan los apegos y los egos y aparentemente todo tiende al caos; pero es más cierto aun que por las grietas resquebrajadas de esas creencias surge una fe que lleva a las personas en el final de su vida a confiar en el amor de Dios. A confiar en la plenitud de Dios. Y citando a Willigis Jäger a confiar que “el presente es el ahora eterno de Dios”. 

No son pocos quienes se acercan a Jesús al modo de la hemorroisa, o al de aquella samaritana que se acerco al pozo. Otros se acercan al estilo de aquel  ciego de nacimiento, y otros al modo de aquel leproso. Unos se asemejan al paralítico y muchos familiares a aquel centurión. Sino todos, muchos se acercan, inicialmente, creyendo en que Él puede hacer algo por ellos. Poco a poco observas que se acercan solo “a Él”. No lo dicen así, pero percibes que se acercan porque “solo Tú tienes palabras de vida eterna”. 

Y cuando parece que la muerte me lo va a quitar todo, y tras haberle dicho múltiples veces "aparta de mí este cáliz", desde la más humilde debilidad escuchas como hay quien dice "Confío en Tí. Hágase tu voluntad".  Aun me queda la libertad de confiar y abandonarme. No solo rendirse o resignarse, sino abandonarse.

Abandonarse como dice Edward Farrell es “cortar los hilos mediante los cuales se manipulan, controlan y dirigen las fuerzas de la propia vida. Abandonarse es recibir todas las cosas del mismo modo que se recibe un regalo, con las manos y corazón abiertos”. Abandonarse es lo que hizo Jesús. Quizá por ello, solo por ello, abandonarse a Dios, al modo de Jesús, es el punto culminante de la vida de todo hombre. Abandonarse y confiar. Confiar que a pesar de todo, nada malo va a pasar porque Tú estás conmigo.

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"DESHERENCIA"

Por: Jose Maria Marquez Vigil 05-06-2012

Hace 13 años tuve la enorme suerte de visitar

 un parque maravilloso en Zambia, un auténtico paraíso en el que pude ver al anochecer un leopardo cazando un pequeño antílope. Y como tantas veces en Africa, bajo las estrellas, en comunión con ellas, ese episodio me hizo pensar en nuestra naturaleza humana, en nuestra avaricia en este caso… El leopardo subió a una rama su recién cazado (inmenso) trozo de carne y lo degustaría los días siguientes hasta que volviera a tener hambre y se viera nuevamente obligado a cazar. El “Pan nuestro de cada día” propiamente dicho en contraposición con un ser vivo (nosotros) que decidiera que eso no era suficiente, que dejara a otro leopardo asalariado vigilando esa pieza mientras iba a cazar otro antílope más, y así infinitamente llenando las acacias de antílopes degollados, usando información privilegiada para robar antílopes a sus hermanos, corrompiendo a los leopardos vigilantes de otros árboles para repartirse su custodiado tesoro, o tal vez creando activos basura con opciones sobre antílopes inexistentes, e incluso, porque no, recalificando el parque de al lado para quedarse más antílopes que acabarían putrefactos colgados de la arboleda del parque.

Escapamos del Paraíso, de la ley de Dios, porque no queremos morir, queremos ser eternos, y para eso acumulamos indefinidamente convencidos de que así no moriremos nosotros ni nuestra estirpe. ¿Y cuál es el límite de ese juego de codicia? Yo no creo que lo haya. No hay más que mirar a personas que lo tienen todo y aún así se lo juegan todo para poder tener aún más. ¡No cabrían tantos nombres en esta bitácora!

Pero igual que existe la suma, también existe la resta. Uno de los hombres más ricos del mundo, Warren Buffet, cuando le preguntaban por la futura herencia de sus hijos contestaba que les dejaría “lo suficiente para poder ser algo pero no tanto como para ser nada”. Pues este es un comienzo, que podría ser mejorable si fiscalmente se potenciara un mayor reparto de las herencias… Pero ese no es el tema del que quería hablar, sino de la “desherencia” que debería potenciarse en los casos delictivos para la acumulación de capital (robo, corrupción, información privilegiada, estafa…).

Heredamos la calva, o la inteligencia, o la gordura, o cualquier virtud o defecto de nuestros progenitores, y del mismo modo heredamos también sus bienes legalmente transmitidos a sus hijos. ¿Y por qué no la obligación de restituirlos en casos como los ya comentados? Entiendo que al hijo de un asesino no haya que meterlo en la cárcel por el delito cometido por su padre, pero el hijo de un secuestrador, si a la muerte de su padre siguiera manteniendo en un zulo a la persona secuestrada por su padre, sería encubridor y cómplice al principio, pasando a la muerte de su padre a convertirse en autor penalmente responsable. ¿Por qué no se responsabiliza al hijo que se adueña de los bienes que el padre robó en su día y continúa produciendo el mismo daño a los accionistas estafados o a los ciudadanos desposeídos?

Prescripción le llaman…

 

Poderoso caballero… 

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Exenciones y otras drogas

Por: J. Lorenzo 04-06-2012

Bien, ya estamos donde solemos en estos pagos:

enfrascados en diálogos glandulares, ocupados en secreciones variopintas. La polémica sobre la exención del IBI a la Iglesia ha entrado en una nueva fase tras el golpe de pecho dado por el PSOE impulsando en todos los ayuntamientos un modelo de moción para solicitar que se gire este impuesto a los inmuebles registrados a nombre de la Iglesia (ahora añaden también el de otras confesiones religiosas) cuyo destino no esté vinculado al culto, así como una revisión de los Acuerdos de 1979 entre España y la Santa Sede. Era previsible en un partido que se quedó con las ganas de una reforma de la ley de libertad religiosa cuando pudo hacerla; no lo fue tanto que quienes comenzaran este acoso fuesen ayuntamientos vinculados al PP. Como también es previsible que la medida se quede en poco más que en fuegos de artificio, porque las corporaciones poco podrán hacer frente a las disposiciones legales, a las que los responsables de todas las confesiones afectadas se agarrarán, hurtando un debate sobre la conveniencia de este modelo en este momento de recesión brutal, y ahondando en el descrédito de las religiones (bueno, de unas más que otras). Y hablando de descrédito, ¿cómo hemos podido dilapidar en tan poco tiempo el que la Iglesia había levantado durante los últimos años del franquismo y en la Transición? ¿Podrá volver a recuperarse algún día?

En todo caso, este asunto del chocolate del loro que es el IBI para el agujero negro que tiene nuestra economía tiene un tufillo claramente narcotizante. Se agitan los tópicos de los privilegios, se vierten en un molde laicista y se le añade un poco de elixir comercial y el vapor resultante te lleva del estado de malestar en el que está la sociedad a culpar a Rouco de la caída de Lehman Brothers. Y de paso nos olvidamos de Bankia, de los 20.000 millones que nos va a costar y de investigar el papelón que jugaron en ella los consejeros políticos y sindicales (de todos los colores) que estuvieron bajo sus ubres hasta antes de ayer. 

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La Roma sin mayordomos

Por: Juan María Laboa 01-06-2012

Roma cristiana nació gracias a la solidaridad

 de unos pocos cristianos nuevos, alejados de la corrupción existente y desentendiéndose de los caprichos de los emperadores. Fue una comunidad admirada por su generosidad para con los necesitados de todo género, se sentían hermanos y actuaban en consecuencia.


Muchos de ellos murieron en el coliseo por fidelidad a su fe causando la admiración de gente descreída que jamás se hubieran sacrificado por nadie. Aumentó el numero de las comunidades y no faltó el pecado, pero la mayoría mantuvieron con entusiasmo su identidad, Comenzaron los herejes a crear dificultades y, a medida que aumentaba su importancia, aparecieron los interesados, pero el sentido de comunión de las pequeñas iglesias prevaleció.


El Imperio era mucho Imperio y el ansia de poder constituye una de las pasiones y de las tentaciones más comunes al género humano. Con la protección del Imperio aumento el prestigio eclesial y su influjo y, a menudo, los hombres de Iglesia olvidaron el mandato de Jesus: "vosotros no así", pero nunca faltaron los santos, los profetas y los locos de Dios que recordaron "polvo eres y en polvo te convertirás".


En la Iglesia no tiene que asombrarnos que exista el pecado en todas sus formas en los pliegues de los mantos y de las mitras. Tendría que preocuparnos si no contamos en todo momento con cristianos que aman, que reprendan, que señalen el mal, que azoten con su ejemplo y su palabra a cuantos son incoherentes con cuanto representan y predican.

En Roma y en la Iglesia entera han abundado siempre los mayordomos infieles, pero no importa si sobreabundan los pobres de Jahvé, las hermanitas de Calcuta, los hermanitos de Foucauld, los obispos que trabajan hasta extenuarse por el reino de los cielos.


Sigamos defendiendo cuanto sonó el concilio: más comunión y austeridad, menos tramoya y ambición en una curia desproporcionada, inflada y degenerada en su concepción, más responsabilidad en las Iglesias locales y, sobre todo, más presencia operante y respetada de los laicos.


Aunque no se admita, ha llegado el momento de la esperanza y del cambio: quitar el polvo acumulado por los siglos, poner al ser humano en el centro de la atención de la Iglesia, Cristo es el único Señor, la única piedra angular, y cuando predicamos a Cristo no tenemos que predicarnos a nosotros y tenemos que hacerlo de forma que los cristianos entiendan, y cuando celebramos la eucaristía tenemos que hacerlo de forma que los fieles entiendan y participen, y cuando presidamos la comunidad tenemos que hacerlo que solo Cristo preside y nosotros no le sustituimos sino que somos solo siervos infieles.

En este momento de chismes, dimes y diretes, desconcierto y escándalo, seamos conscientes de que no tenemos que quedarnos mirando el dedo sino lo que este señala, y en la Iglesia sólo se señala a Cristo. Todos los demás, del papa a bajo somos siervos inútiles. Y no digamos nada los mayordomos infieles, por mucho solideo que luzcan.

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