Lunes 25 de Septiembre 2017

No temáis al extranjero

Por: Juan María Laboa 27-03-2011

El patio de gentiles nos circunda, ya vivimos con los gentiles a nuestra espalda y de frente

A la escuela municipal al pie de mi casa acuden niños de padres católicos, cristianos de diversas nominaciones, musulmanes, ateos y desconcertados. En el colegio en el que ayudo hay niños de padres fundamentalistas, cristianos de diversas sensibilidades, agnósticos y ateos. En mis misas participan familias católicas y otras en las que, al menos, uno de los padres no es creyente.

 

Solo si nos hemos recluido en un gueto nos libramos de este pluralismo y, aun así, necesariamente trabajamos y nos relacionamos permanentemente con no creyentes. Podemos optar por ser políticamente correctos y no hablar nunca de nuestra fe, ni de nuestros sentimientos ni de política, y ceñirnos al tenis o al balonmano, deportes socialmente asépticos. Conviviremos, poco, con nuestros vecinos, y, sobre todo, no participaremos con ellos. De cuanto nos interesa y nos preocupa.

 

Benedicto XVI y el cardenal Ravasi han decidido salir a la intemperie y dialogar con libertad e intensidad con los conciudadanos de las cosas que nos preocupan e interesan. Han ideado la posibilidad de crear en ciudades de diversos países espacios de encuentro y reflexión a partir de las grandes preguntas de la existencia humana, de aquellos temas que en la historia y en la cultura de la humanidad han resultado siempre esenciales: Dios, la vida, la muerte. Se trata de dialogar, escuchar, proponer, acoger, entre seres humanos que comparten la existencia, pero manifiestan convicciones diferentes y difieren en cuestiones importantes.

 

Muchos no pertenecen a una religión, pero desean un mundo nuevo y más libre, más justo y más solidario, más pacífico y más feliz. Esto implica poner en juego no solo la razón sino también los sentimientos. Nos exige salir del ámbito de seguridad de la fe compartida para abrir nuestra conciencia a la de los demás, acercándonos con humildad y capacidad de acogida. Dispuestos a escuchar y a aprender. En realidad, entre los gentiles se encuentran, también, muchos que comparten nuestra fe, pero no nuestra sensibilidad.

 

En París se ha hablado de la existencia humana en el cosmo, de la fragilidad de la vida, de los caminos que conducen al amor y a la belleza. Pablo VI pidió a los jesuitas entablar el diálogo con los ateos y Benedicto XVI nos emplaza a los cristianos a ser capaces de convivir con el extraño desde nuestro amor al hermano.

 

El Espíritu Santo no actúa solo en instituciones duraderas que persisten a través de los siglos, sino, también, en aventuras que parecen no tener futuro y que siempre han de empezar de nuevo, pero que lo tienen porque dependen del Espíritu.

 

En París se ha reunido gente interesante, muy plural, que han planteado con libertad y respeto muchos temas, han discutido y cambiado impresiones, dando a entender que hay muchos puntos de encuentro, con ánimo de seguir dialogando.

 

Se pensó continuar la experiencia en Madrid, pero se han puesto dificultades que señalan la cerrazón y el orgullo persistente en algunos ambientes. No hacen, pero no dejan hacer. Y, sin embargo, el tema ha echado a andar. Si muove…

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La verdadera libertad

Por: Alfonso Carcasona 24-03-2011

Encontré el Convento de las Clarisas de Belorado por casualidad, como se suelen producir los grandes descubrimientos.

Retomábamos nuestro discurrir por el camino de Santiago donde lo habíamos dejado un par de años atrás. Recuerdo que era la última etapa del camino de 2008, y que el pueblo no nos decía nada. Si acaso, el recuerdo que teníamos era más bien prosaico, comercial. Las grandes tiendas de piel nos despidieron, devolviéndonos a nuestra realidad, a nuestro siglo, si queréis. Dejábamos atrás cinco días de duras caminatas y esas tiendas nos devolvían al mundanal ruido. Nos lanzamos a comprar bolsos, zapatos…

 

En 2010 volvíamos a Belorado, esta vez como punto de partida. Como es tradición, iniciamos el camino con una eucaristía, y por casualidad, Juan Mari conocía a gente con acceso al convento, que hacía dos años ni habíamos visto. Con algo de estrés, el último que sufríamos antes de imbuirnos de peregrinos, llegamos para la misa de 9:00. La pequeña iglesia del convento, con su reja para proteger la vida de clausura de la vorágine con la que convive, nos acogió y la belleza de las voces de las monjas nos transportó sin demora a la espiritualidad del camino. Tras la misma, tuvimos la fortuna de ser agasajados con un espectacular desayuno y con el saludo de todas las monjas. Desde ese momento quedé prendado y prometí volver.

La ocasión se presentó pronto, y a los pocos meses pasé un par de días allí. Volvimos a tener la fortuna de compartir la eucaristía con las monjas, de aprender a vivirla al verlas y oírlas, y de charlar con alguna de ellas.

Este año hemos repetido, con el grupo de matrimonios que nos reunimos todos los meses. Han sido unas pocas horas, ya que nuestro complicado siglo no da para más, por ahora. Además de nuestras reflexiones, de una carrera espectacular la mañana del domingo hasta Villambistia, volvimos a tener la fortuna de poder conocer mejor la vida de clausura y su sentido. Para unos laicos como nosotros, presumo que no muy por detrás de la media de conocimiento del tema, la clausura parecía carecer de sentido. Enclaustrase de por vida, renunciar a todo. Vale, que es por Dios, por Jesús… Pero aún así, nuestra economicista formación hace que difícilmente lo entendamos. Parece que debes tener algún defecto en tu personalidad para ingresar en un convento de clausura.

Sin embargo, viendo su felicidad, su seguridad, la sencillez con la que nos explicaron su vocación, la importancia de la oración, la humildad, su enorme humanidad… su compromiso. Su pasión por la Humanidad, por la que entregan su vida a la oración. Su huida de nuestro tiempo no les hace ser ajenas a él. De hecho, si lo piensas, su procupación por nuestro hoy, por nuestro mañana, es mucho más verdadera y profunda que la de muchos que, a diferencia suya, no paramos de dar pedales en nuestra bicicleta estática.

Belorado se ha convertido en uno de mis referentes, al igual que lo es la Verna en Umbría. Me atrae de Belorado el lugar y sus moradoras. De la Verna por ahora, su historia y significado. Nada como acercarse a lo desconocido para poder entenderlo. Nada como aprender de lo sencillo para avanzar pasos de gigante. Gracias hermanas por lo que hacéis por nosotros, de manera tan gratuita que muchos no solo no nos damos cuenta de ello, sino que incluso desacreditamos.

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Porque sí

Por: Santos Urias 21-03-2011

Me he levantado de la cama porque sí. Hoy no he visto mi agenda, la cascada de ocupaciones, las tareas por realizar.

No han sido el resorte que me ha hecho saltar del colchón. Simplemente me levante y disfruté de un café saboreado despacio, en silencio.

Hace un día soleado no porque lo haya anunciado el hombre del tiempo, ni por la fuerza del anticiclón del atlántico: brilla porque sí. Muchos darán sus fundamentaciones sobre las constelaciones, el universo, teorías que desde siglos cambian, evolucionan, se aproximan, se alejan. Yo me dejo seducir por sus rayos y cierro los ojos porque sí.

He llamado a un amigo, un compañero de trabajo, y lo he hecho porque sí. No buscaba que me resolviera nada, ni que hiciéramos planes, ni que arregláramos un problema, ni tan siquiera que me comprendiese en mis desahogos. Le he llamado por hablar con él, por escuchar su voz, simplemente porque quería llamarle. Porque sí.

Me detuve un rato a escuchar una música que me envió alguien desde lejos, y lo hice porque sí. Su música es como la banda sonora de muchas vidas, suave, sencilla, tierna y melodiosa. Que mayor placer que cerrar los ojos y dejarme invadir por sus arpegios, porque sí.

Me acerqué a aquel chico que vende mecheros en el metro. Algunos se preguntarán: ¿y por qué se acerca a alguien desconocido y con esas pintas? Pues lo hice porque sí. Su sonrisa me invitaba continuamente a parar, a decirle algo, a que escuchara el tono de mi voz. No le dije gran cosa, pero no había ningún interés por medio, nada que comprar, nada que vender, nada con lo que comerciar, sólo con un hola y un adiós, una mirada, un gesto… Porque sí.

Al pie de una cama, cuando alguien sufre se pueden buscar mil excusas para estar: es mi familiar; ¿cómo voy a dejarle?; sereno mi conciencia; le ayudo y me hace sentir bien. Pero quien permanece día tras día, contra viento y marea, aguantando risas y reproches, adioses y silencios, lo hace porque sí.

Hoy he salido al desierto donde el sol quema, el alimento es escaso y el agua breve. Donde no hay nada, sólo tiempo. Las cosas giran entre la arena y las estrellas son como los lunares de Dios. Un por qué para tanta belleza. Un por qué para tanto abandono. Un por que en la sequedad, en la ausencia. Un por qué que se haga verbo de lo infinito. Como todo lo verdadero, lo realmente importante la vida, se responde con un único y humilde por qué: porque sí.

Gratuidad y regalo, ¿es tan difícil de comprender?

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