Martes 21 de Noviembre 2017

Caminar ¿hacia dónde?

Por: Juan María Laboa 31-12-2011

Tengo un amigo feliz, pero progresivamente inquieto,

 señal inequívoca de que piensa y se plantea la razón de ser de las cosas. Me pregunto con frecuencia por qué tantos conocidos inteligentes nunca se preguntan sobre las últimas preguntas, esas que plantean la razón de ser de las cosas, de las pasiones, del desamor y del odio, del egoísmo y de la vida. Se disgustan, claro, y se alegran, pero siempre por motivos inmediatos. La muerte, la razón de ser y el sentido de la propia existencia, el amor ofrecido sin contrapartida, en lugar de la vida ególatra con el egoísmo por montera, no llegan a convertirse en interrogaciones o desasosiegos serios ni, naturalmente, en preocupaciones.

Mi amigo está inquieto porque empieza a interrogarse sobre la razón de ser de su vida, es decir, se interroga sobre la finalidad del recorrido de su realidad. ¿Nacer por que sí o por algún designio? ¿Morir para nada o para encontrar la verdad de las cosas? ¿Estar irremediablemente solo o contar con Dios? Son las preguntas de siempre pero para cada uno son sus preguntas definitivas, que pueden condicionar su talante y la densidad de su existencia.

El no es especulativo y no le va la filosofía, pero quiere vivir los años que le quedan con perspectiva. Amará igual a su mujer y sus hijos, pero su existencia dejará de ser plana para ir adquiriendo una nueva perspectiva de sus años, de sus amores, de sus inquietudes. Mantendrá los mismos elementos vitales pero con más sentido y ordenación.

Por otra parte, a medida que aclara dónde está, se le van delimitando con más claridad los perfiles de quienes conviven con él. Los ciudadanos sin atributos van convirtiéndose en hermanos por quienes se preocupa. Su capacidad de amar, a medida que extiende a más personas, se purifica y enriquece. Su mundo personal va dilatándose y la calidad de sus afectos se depura. Sigue siendo un vaso de arcilla, como todos nosotros, pero el Espíritu se encuentra más y mejor acogido.  

Empieza un nuevo año, 365 hojas en blanco que podemos llenarlas de sentido y de razón de ser, vivirlas para algo y para alguien. Se trata de padecer la historia o de escribirla.

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SECRETAS PALABRAS DE VIDA 10. DAMAM, estar en silencio

Por: Dolores Aleixandre 31-12-2011

"La palabra es infinitamente más peligrosa que el silencio,

que es discreto por naturaleza. Mediante el silencio no es posible manipular a nadie. Con el silencio es imposible manejar la realidad; la realidad, con el silencio, queda ahí, virgen y misteriosa. El silencio es, por ello, la forma más sublime de respeto existencial” (Pablo D’Ors).

Sublime, si, pero de difícil conquista este habitar el silencio en medio de una cultura dominada por el ruido. Nos lo ofrecen ya como experiencia exótica las agencias de viaje y el costo es alejarse del escenario cotidiano y buscar silencio en lugares muy distantes aún no  alcanzados por la civilización y sus estrépitos. Cuando no está a nuestro alcance, podemos recurrir a la imaginación y escapar del centro bullicioso de la ciudad y su  tormento de rugidos, embotellamientos y claxones para trasladarnos mentalmente, como si fuéramos espeleólogos,  a una sima profundísima y absolutamente silenciosa. 

        Debió ser algo parecido a eso los que le pasó Elías el profeta que, sin moverse de la cima del monte Horeb, pasó de oír el bramido de la tormenta, el estruendo del terremoto, el gemido del huracán o el crepitar pavoroso de un incendio, a escuchar “la voz de un silencio tenue” (1Re 19,12). Y entonces se le fue el miedo, salió de la gruta en que estaba acurrucado y se puso en pie envuelto en su manto porque aquel silencio, como un heraldo, le anunció que Dios se estaba acercando.

Repetía a su manera lo que había hecho Moisés cuando subió al mismo monte con dos tablas de piedra sin nada escrito en ellas y sin palabras en su boca para aprender a esperar calladamente lo que Dios quisiera comunicarle (Ex 34).

           Otos creyentes de la Biblia supieron también de silencios: aquel salmista que se sentía en brazos de Dios tranquilo y silencioso, como un niño satisfecho después de mamar (Sal 131) O aquel orante que, como hablando con su yo profundo, decía: Descansa (permanece silenciosa, quieta…) sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza… (Sal 62,6).

            Cuenta también una tradición de Israel  que Josué mandó detenerse  al sol y él se quedó quieto y callado (en hebreo su significado es parecido) (Jos 10,12). También Jesús acalló la tempestad cuando despertó de aquel profundo y asombroso  sueño que le tenía tranquilamente dormido en la barca mientras sus discípulos gritaban atemorizados (Mc 4,19).

        A Isaías se le acabaron las palabras después de tanto tiempo de gritarlas sin resultado alguno  y entonces decidió callarse y quedarse a la espera (Is 8,17).  Jeremías también recurrió a  gestos acompañados de silencio y, sin decir nada, estrelló un cántaro contra el suelo en presencia de mucha gente. Y sólo cuando le preguntaron anunció que así iba a ser el final del reino, tan sin remedio como un cacharro roto (Jer 19). Jesús recogió  esta tradición profética de realizar en silencio algún signo sorprendente que despertara atenciones dormidas y, en la noche en que iba a ser entregado, agarró una jofaina y una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos, desconcertados y mudos.

        Tampoco se atrevían a abrir la boca aquellos reyes de los que habla el Segundo Isaías  cuando contemplaron que el misterioso personaje que aparece como “Siervo de Yahvé” ni siquiera tenía aspecto humano (Is 52,15). Era el mismo que había sido enviado por el Señor a proclamar su palabra pero sin gritar, ni clamar, ni vocear por las calles (Is 42,2).

          En el Evangelio aparecen personajes de los que sólo se recuerda lo que hicieron y ni una sola de sus palabras:  José acogió calladamente a María en su casa (Mat 1, 24);  Lázaro salió fuera de su tumba convocado por la orden de su amigo Jesús (Jn 11); una viuda pobre  echó cuanto tenía en las ofrendas del templo (Lc 13 41-44);  las mujeres que ungieron a Jesús, (Lc 7 36 ss; Mc 14,3-11; Jn 12,1-11) derramaron silenciosamente sus perfumes sobre sus pies o su cabeza. Eran gestos tan elocuentes que no necesitaban el apoyo de las palabras.

           También Jesús guardó silencio en su Pasión (Mc 15,17; Lc 23,9) porque con su seguir amando fielmente hasta el final,  ya lo estaba diciendo todo.

 

            La palabra silencio (damamah) es femenina en hebreo y posee la belleza  casi inaccesible de una novia a la que se ronda con delicadeza y respeto. No se entrega de una vez por todas, hay que irse aproximando a ella con cuidado. Si nos sentimos atraídos por ella, podemos empezar por cosas muy sencillas: apagar cualquier artilugio emisor de ruido, poner nuestro índice en el pulso y sentir los latidos de nuestro corazón; estar atentos al ir y venir de la respiración; juntar una palma con otra y sentir el flujo de energía que fluye de ahí… 

                   Aprender también de los pájaros que, como cuenta Thomas Merton, piden permiso a Dios antes de salir de su silencio de la noche: Los primeros gorjeos de los pájaros diurnos que despiertan marcan el point vierge, el «punto virgen» del amanecer bajo un cielo aún como sin luz auténtica, un momento de respeto e inocencia inexpresable, cuando el Padre abre los ojos en perfecto silencio. Empiezan a hablarle, no con un canto fluido, sino con una pregunta que despierta, que es su estado auroral, su estado en el point vierge. Su situación pregunta si es hora de que «existan». Él responde «sí». Luego despiertan uno a uno y se hacen pájaros. Se manifiestan como pájaros, empezando a cantar. Al fin, son del todo ellos mismos, y hasta vuelan” (Conjeturas de un espectador culpable p.161).

            Quizá ellos participan de la sabiduría del creyente bíblico que afirmaba:  “Es bueno esperar en silencio la salvación de Dios” (Lam 3, 25). 

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Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar

Por: Alfonso Carcasona 29-12-2011

Y sin embargo, somos muchos los que tenemos, y no acertamos a dar.

 

Dar con mayúsculas, no de lo que sobra, sino de lo que nos falta.

Mi amiga Ana andaba preocupada, porque no podía hacerme un regalo por Navidad. “Muy preocupada”, como me escribió. Desde hace tiempo no tiene dinero, ni una sola prestación, vive en la calle, sobre todo cuando se enfada con su compañero, con el que comparte una caravana. Nos conocemos desde hace un par de años, y nos vemos casi todos los miércoles cerca de la calle Atocha. No la he visto nunca triste, siempre se acerca con una sonrisa. Confiada en Jesucristo, como ella dice, que no le abandona nunca, sobre todo cuando duerme entre cartones. Ana es todo carácter, no se arredra ante ninguna dificultad. A pesar de que la vida no ha sido amable con ella, no le reprocha nada, si acaso, sus errores. No ha estudiado carrera alguna, pero no le hace falta para dar lecciones. De esas verdaderas, las que se dan con el ejemplo no aprendido.

Como decía, Ana andaba preocupada, aparentemente no tenía nada que dar, según los criterios de nuestra consumista sociedad que parece obligar a buscar regalos con el lazo rojo más estridente posible. Pero ayer, sin saberlo, se disfrazó de rey mago, y en la misa del día de Navidad, en el que celebramos no el que nos vayan a hacer muchos regalos, o nos vayamos a saciar en una comida pantagruélica, ni siquiera el que nos reunamos familia y amigos, sino el nacimiento de un niño pobre que se abajó para salvarnos, me hizo uno de los mejores regalos que haya podido recibir en mi vida. Una sencilla carta, con su sobre cosido a mano, sus sellos pintados con boli, en la que podías escucharla según leías la carta.  “…nadie es tan pobre que no tenga nada que dar… y a mi me enseñaron a leer y escribir, así que te puedo regalar esta felicitación…” Palabras escritas desde el corazón, sencillas palabras que cumplen el mensaje que les dio Jesús a sus discípulos cuando vio a la vieja viuda echar el cuadrante que no le sobraba en la ofrenda del templo.

Ana me hizo, ni más ni menos, este regalo por Navidad. 

 

 

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BLANCA NAVIDAD

Por: Jose Maria Marquez Vigil 29-12-2011

Me he venido a pasar unos días a Holanda,

 patria de mi familia política, y la Navidad aquí tampoco es “blanca”. Un poco más de frío quizá que en España, pero la nieve brilla por su ausencia…

Así que os voy a hablar de otra blanca navidad, la del Norte de Tanzania, la de Moshi, en las faldas de las nevadas cumbres del Kilimanjaro.

Hace ya un año que iniciamos un proyecto muy bonito. Con financiación española (de la Comunidad de Madrid y de Bestinver) y la dirección de unos laboratorios de cosmética también españoles (Fridda Dorsch) pusimos en marcha un proyecto de producción de fotoprotectores desde un contenedor en el Hospital denominado KCMC. Es el vivo ejemplo de dar la caña en vez del pescado… Los albinos se han venido protegiendo de las quemaduras/tumores solares por medio de protectores que les iban llegando según épocas, cuando había una donación de cremas llegada desde Europa. Pero el sol abrasa cada día, y muchos de los albinos han desarrollado unos tumores cutáneos que, en algunos casos, son ya inoperables. Un equipo de dermatólogos del Ramón y Cajal formaba a los cirujanos locales, pero lo dicho, lamentablemente ha habido demasiados casos inoperables que dejan la esperanza de vida de los albinos tanzanos en apenas 30 años de edad.

La verdadera esperanza de vida pasa por el desarrollo de estas cremas localmente, mucho más baratas (y por tanto mucho más sostenible), que están siendo un verdadero éxito… Por estas fechas, hace ya 2.012 años mas o menos, los Reyes Magos llevaron mirra al niño, y esta bonita iniciativa lleva una crema salvadora a los albinos de Tanzania recordándonos una vez más que más vale prevenir que curar.

Un verdadero regalo navideño estar con Mafalda, la farmacéutica voluntaria que está desarrollando estas cremas y que nos dice, riendo, que cuanto más blanca se les queda la cara al ponérselas, más les gusta. A mí me gustaría compartir con vosotros una presentación con muchas fotos para que disfrutéis también de nuestra blanca navidad:

http://dl.dropbox.com/u/5393906/1112_Tanzania_bestinver_RDTC_Fotoprotectores.ppt

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Seamos realistas

Por: Juan María Laboa 29-12-2011

Hace años, en una manifestación juvenil,

apareció una pancarta que decía: “seamos realistas, busquemos lo imposible”. Parecía contestatario y casi revolucionario, pero, en realidad, solo respondía al anhelo humano de cambiar, reformar y mejorar. Se trataba del ansia de romper rutinas, límites y marcas. Así surgieron las catedrales, levantadas por pueblos en difíciles condiciones económicas, pero con anhelos más fuertes que sus debilidades y condicionamientos. Hoy tenemos muchos más medios y técnicas, pero nuestros impulsos van a ras de suelo y nos contentamos con construir buhardillas. 

Considero que buscar lo imposible significa adoptar una actitud abierta y posibilista, dispuesta a no quedar encadenado por la rutina, por la autoridad de lo repetido, de lo cómodo y de lo que no me exige esfuerzo. Una actitud permanentemente autocrítica y exigente, dispuesta a renovarse para mejorar, para ayudar y ser solidarios.

En el matrimonio y en la amistad, con los hijos y en el trabajo y, sobre todo,  en la religión, debemos mantenernos alerta para vivir, pensar y actuar siempre responsablemente, huyendo de la comodidad mediocre, de la cobardía, del corto plazo, del egoísmo incapaz de sacrificarse por el bien común. Mantenernos conscientes de nuestras posibilidades, de nuestra capacidad de colaborar en una familia más unida y autoexigente, en una sociedad más igualitaria y corresponsable, en una comunidad creyente de hijos de Dios que se sienten miembros de una familia.

Comienza un nuevo año en unas condiciones difíciles. Podemos intentar vivir más austeramente, restaurar una identidad creyente más solida, mimar los lazos de amistad. Seamos más valientes y creativos en nuestros proyectos personales, en nuestras relaciones familiares, en el testimonio de nuestros valores y convicciones. No estaría mal exigirnos ser más coherentes con nosotros mismos. 

Feliz Año Nuevo!

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GRANEROS Y PESEBRES

Por: Dolores Aleixandre 26-12-2011

Vivimos atemorizados por los mercados,

esa especie de ogro corporativo y siniestro al que hay que tener contento aunque nos esté asfixiando y triturando. Giramos en torno a sus estados de ánimo y al punto de la mañana ya estamos pensando: ¿cómo se habrá despertado? ¿estará irritado y nos pegará un zarpazo? ¿qué podemos hacer para que no frunza el ceño?   Bramamos contra él y lo colmamos de vituperios sin darnos cuenta de que, en el fondo, nos está prestando el servicio impagable de que como “el malo” es él con su codicia insaciable y su carencia absoluta de ética,  no necesitamos mirarnos al espejo y preguntarnos: “Espejito, espejito ¿no me estará contaminado  a mí el estilo mercado, aunque sea en talla junior?”

En una de sus parábolas, cargada de cierto humor negro,  Jesús cuenta la historia de un hombre que tuvo una gran cosecha (o se apañó un retiro millonario) y se puso a echar cálculos: “¿Qué puedo hacer? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros mayores para meter mi trigo y mis posesiones (o conseguiré un ERE)  y después me diré: Querido, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta ( y búscate un paraíso fiscal…). Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida (estás al borde del infarto…). Lo que has guardado ¿para quién será? (se lo va a llevar Hacienda…) (Lc 12,16-21). Es curioso que el reproche merecido no sea de índole moral sino intelectual: más que como un sinvergüenza aparece sencillamente como un imbécil.

Aquellos graneros son el símbolo de ese modo de vivir que tan bien conocemos: hay que defender “el grano” de lo que poseemos de cualquier tipo que sea  y, para eso,  hay que levantar muros protectores que lo pongan a salvo. Si no estamos con cien ojos, nos comportaremos como clones del personaje de la parábola y su modelo granero: “Ya sé lo que hacer” , repetimos como él,  “blindaré los accesos a “mi grano”, que ya está bien de tanta solidaridad;  protegeré mi sensibilidad y cambiaré de canal en cuanto empiecen esos documentales espantosos de niños famélicos;  buscaré los informativos que refuercen mis convicciones: “a los que piden en las calles los ponía yo a asfaltar carreteras”, “los parados que espabilen”, “los inmigrantes, que se vuelvan”…

Pero, aunque  estamos para pocos villancicos y bombillitas de colores, llega la Navidad con su modelo pesebre: sin puertas,  sin alarmas, sin defensas, abierto a  cualquiera que quiera acercarse y llevarse  ese “grano” que descansa sobre él.  Es la otra manera de vivir inaugurada por Jesús que intenta seducirnos con su estilo alternativo. Hay que reconocer que él llevaba ventaja porque  nacer en un establo en vez de en una casa como Dios manda, lo marcó para siempre y con poco remedio. Y es que como te descuides en la elección de relaciones y se te arrimen peones agropecuarios no cualificados, ya no te vas a quitar nunca de encima a esa gente: te rodearán, te empujarán y te incordiarán a todas horas: “Tengo a mi hijo endemoniado con el paro”. “No tienen vino ni papeles tampoco”. “No soy digno de que entres en mi casa, que tengo alquiladas todas las habitaciones para pagar la hipoteca”. “Señor, que vea cómo llegar a fin de mes”;  “Aumenta mi fe que todos mis amigos son de los “indignados” y no entienden que yo sea creyente”…  Y detrás de todo eso, un deseo desvalido y acuciante: si rozaras mi vida, si me hablaras, si te sintiera cerca, si me dijeras por qué vale la pena vivir…

Y él ahí, entonces y ahora, tan a la intemperie como en Belén, tan expuesto como un pan que se parte. Acogiendo todos los gritos y todas las lágrimas de un gentío abatido y derrotado: “Ánimo, no tengas miedo, yo no te condeno, vente conmigo,  tus pecados te son perdonados, levántate, sal fuera, vete en paz.  Mi vida es para vosotros: tomad, comed…

 

No sabemos ser como él, pero si su existencia nos sigue deslumbrando, podemos dejarnos caer esa noche por las afueras de Belén, contemplar un rato el pesebre y repetirnos de nuevo la pregunta: “¿Qué puedo hacer?” 

Quizá la respuesta no nos resulte cómoda ni placentera, pero es de las que llegan al corazón y lo desbordan con esa alegría que nadie puede arrebatarnos. 

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Fuera del sistema

Por: Xabier Azcoitia 20-12-2011

Llevo algún tiempo desvinculado de la hoja blanca.

Hay veces que uno necesita callar, hacer silencio para que todo se ordene en el interior. Así llevo un tiempo. ¡Qué bien viene un poco de silencio en medio de tanto ruido!

No sé si he aprovechado el tiempo o no. Quizá porque la idea de aprovechamiento se asienta sobre algunos principios o criterios que pocas veces se explicitan. 

Nadie habla de su idea de productivo, ni de su idea de valioso; pero eso no es óbice para que juzguemos las cosas como valiosas o productivas. No sé si me explico. Quizá por eso me gusta hablar del mito del progreso y de otras cosas parecidas, que nadie suele decir en qué consisten y que en mi caso tanto me gusta intentar desentrañar.

Esta primera reflexión en clave de adviento, que empecé al principio y termino casi al final, tiene que ver con la crisis económica. Tomando café hace unos días con un amigo querido me decía algo así: “la crisis lo que demuestra es que todo lo que hagas lo haces necesariamente dentro del sistema. Incluso si tu dinero se lo quieres dar a eso que llaman la banca ética, esta jugará dentro del sistema. Más aun, si incluso estuvieses dispuesto a poner tu dinero en un banco “solidario” y a cambio de ello recibir un interés negativo por tu dinero, lo harías dentro del sistema”.

Llevo días pensando en esto, ¿existe algo fuera del sistema? Y si existe algo fuera del sistema, ¿qué es? ¿Es deseable vivir fuera del sistema? ¿Es posible? Y si fuese deseable y posible, ¿estaría o estaríamos dispuestos a vivir fuera del sistema?

Cada día lo veo más nítido, incluso más claro. Fuera del sistema están aquellos a los que el sistema no necesita y aquellos a los que el sistema, habiéndolos necesitado, los ha expulsado porque ya no le resultan necesarios. Pero pensándolo mejor, quizá sí los necesite. Hay una última pasadita por la prensa y que puede extraer un último jugo. 

Del mismo modo que los desechos se reciclan para que recuperándolos puedan de nuevo volver a formar parte de la cadena de producción y de ese modo volver a crear bienes de consumo que puedan abastecer el mercado; siempre viene bien tener a mano a alguien a quien hacerle un bien, cuanto más en estos tiempos navideños, y de ese modo reciclar nuestras conciencias, por lo menos lo suficiente, como para que puedan sobrevivir un año más sin que el mercado, el ídolo nos libre, se vea siquiera puesto en duda.

De la misma manera que hay un ecologismo reciclador que para nada pone en duda el sistema de producción, la explotación de los recursos, la creación y generación de riqueza, el reparto de la tierra, de los recursos de ella o la sostenibilidad del mundo y todo lo hace pensando en la sostenibilidad del sistema; del mismo modo hay un oenegeismo  o solidarismo de “joven rico” que asentado sistemáticamente en la beneficencia y en la acción puntual benevolente realiza su acción benéfica de llegarse a los más necesitados sin analizar, cuestionar o poner en duda ese mismo sistema.

¡Cuántos beneficios secundarios tiene la beneficencia! El primero y quizá el más importante es no tener tiempo para la justicia. 

Os deseo una Navidad justa que permita un 2012 más reconciliado.

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La partícula de Higgs y los macarrones con pollo

Por: J. Lorenzo 20-12-2011

Había mucha expectación, que se ha traducido, finalmente, en fustración

Andaba hace unos días la comunidad científica internacional muy alborotada a la búsqueda, en un sofisticadísimo laboratorio, del llamado Bosón de Higgs, traducido popularmente como “la partícula de Dios”, porque, se dice, gracias a su hallazgo, se explicaría la interacción entre el resto de partículas y no sé qué fuerzas que permitirían comprender el origen de la masa. Vamos, el todo de la nada, el secreto de Dios.

Partidario del diálogo entre la ciencia y la fe, no piqué en los llamativos titulares de prensa ni presté más atención al asunto, que algunos suelen tratar de reducir, al final, a si Dios existe o no. Para ese misterio ya me las voy apañando solo. Hasta que unos días después, leyendo una carta del obispo de Lleida, Joan Piris, se me aceleraron todas mis partículas. Daba cuenta el prelado de un manifiesto-denuncia sobre el aumento de la pobreza en la diócesis realizado por un colectivo de entidades cristianas de acción caritativa y social. Miembros de esa red le contaban a Piris algunos casos que ellos mismo habían visto entre los niños y jóvenes, el colectivo más afectado en estos momentos por la falta de recursos. Como siempre, testimonios sangrantes, historias de perdedores a los que la vida saca de la carretera y los manda directamente a la cuneta, a la espera de que la prisa no contagie también a los samaritanos del mundo y pasen de largo sin verlos siquiera. Uno de los testimonios narrados era el de una niña que, en una fiesta, pidió permiso para llevarse el pollo a su casa porque ella ya se había comido los macarrones que le habían dado y su madre, ese día, no comería nada. Ahí me acordé del científico Higgs y de su teoría sobre la partícula de Dios. Allí estaba ella –toda pollo, si me permiten– en el gesto pleno de amor de la pequeña. En su preocupación infantil encontré la explicación más sencilla del origen y la esencia de todo lo que somos y de para qué lo somos.

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Sin cambios para el cambio

Por: Jose Maria Marquez Vigil 20-12-2011

Aunque pudiera parecer lo contrario,

no voy a hablar de política ni de la reciente investidura, sino del cambio climático, que por lo que parece, va a seguir sin cambios…

Tal vez me repita un poco, pero cuando veo a toda esa gente viajando a Durban a costa del erario público (ya sea del segundo o del tercer sector), acumulando cantidad de puntos en su aerolínea favorita, hospedándose en hoteles de lujo, disfrutando del veranito surafricano, recibiendo unas dietas por una semana de “trabajo” que alcanzan importes que no ganaría un trabajador normal arrimando el hombro “de verdad” durante varios meses…

Pongámonos en su pellejo por una vez. ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? Si tenemos una reunión de vecinos, y nos preocupa mucho el estado de seguridad en la comunidad, o la limpieza, o los altos costes que pagamos por el mantenimiento del ascensor… Aunque sea invierno, llueva o nieve, iremos a la reunión en la sala parroquial a defender nuestros derechos, al igual que lo hacemos en la APA para mejorar el sistema educativo de nuestros hijos. Pero, ¿acudiríamos esa fría tarde de invierno a ese mismo local parroquial para discutir algo que sabemos a ciencia cierta que no va a producir ningún cambio en nuestras vidas, que a priori tenemos muy claro que no vamos a llegar a ninguna conclusión…? ¡Ni por todo el oro del mundo! ¿O si? Por todo el oro del mundo tal vez sí, y ese parece ser el objetivo de muchos de los que siguen acudiendo a lugares tan exóticos a discutir el sexo de los ángeles, sabiendo que no van a llegar a ninguna conclusión. Cada uno tiene su previsión de crecimiento, y nadie reducirá las emisiones de CO2 por debajo de dichas previsiones. Entre tanto, muchas familias africanas, asiáticas, latinoamericanas, verán morir a sus hijos porque las lluvias no llegan o los ríos se desbordan, pero como dice Juan Mari, los humanos nos fijamos tan a menudo en el futuro inmediato y tan poco en el futuro final… 

Siempre me llamó la atención este antiguo dibujo de Mingote… “Congreso para arreglar las cosas” se titula. Y los conferenciantes se dicen orgullosos que tan solo les queda ponerse a trabajar para organizar el congreso del año que viene. Lamentablemente hay demasiadas dietas e intereses que invitan a repetir congresos en vez de coger el toro por los cuernos.

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Peor imposible

Por: Alfonso Carcasona 17-12-2011

La verdad es que alucino con la noticia

 “ERC se da de baja del grupo mixto un día después de apuntarse, para cobrar 200.000 euros” (El Mundo 16/12/2012)

Por lo visto, una de las estupideces –por no prever un fraude tan poco sofisticado como el que se denuncia en las páginas del periódico de hoy- de nuestra legislación parlamentaria permite a un partido político juntarse con otro, formar un grupo parlamentario, y acceder a una serie de prebendas. Una de estas prebendas es que les paguen una cantidad por voto alcanzado para pagar gastos de la campaña. 

Pues nada, a un gurú de la política independista e izquierdista catalana, en connivencia con un colega de la izquierda unida nacional, de esos que aceptan la Constitución “por imperativo legal”  (valiente demostración adicional de incoherencia manifiesta), no se le ha ocurrido otra cosa que hacer un uso torticero de ese agujero legislativo para apropiarse de nada menos que 200.000 euros de dinero público para sus gastos particulares.

Y es que para mucha gente, y más de esos que se autodenominan progresistas, el dinero público no es de nadie. Viven en la ignorancia de que, como el mana, cae del cielo. O es de los impuestos de los que pueden pagarlos, ricos, clase media y otros afortunados con posibles para pagarlos. En su ideología, de aquellos fascistas que, con independencia de que se esfuercen o no, deben pagar al estado, es decir, a ellos, prohombres de la patria (en este caso, de una patria distinta a la que ellos aceptan).

Esos mismos delincuentes, strictu sensu, no por descalificarles, son los que han de sacarnos del atolladero en el que nos encontramos. En Cataluña no tienen ni para pagar nóminas de los funcionarios, pero eso sí, que a ellos se les reponga los gastos en sellos para convencer a votantes de sus programas que incluyen esquilmar a los que tienen algo en nombre del bien común. Esos delincuentes que se rasgan las vestiduras ante atropellos infinitamente menores a los que ellos cometen.

Otro espectáculo lamentable es el que se está dando con Amaiur, a cuenta de la formación de grupo parlamentario. Hasta esta legislatura no recuerdo que esto fuese un tema tan polémico, de manera que hoy los españoles entendemos un montón de primas de riesgo y grupos parlamentarios.  Unos con triquiñuelas para acceder al mismo, los otros con otras triquiñuelas para no aceptarlos como tal. Si tienen derecho a formarlo que lo hagan, y si no, no. Y que se reforme la ley para que sea justa. Da la sensación que no lo es. 

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La Loteria

Por: Santos Urias 17-12-2011

Llama la atención estos días pasear por el centro de Madrid.

Largas colas de gente que a veces dan casi la vuelta a la manzana. Yo pensé: ¿habrá algún espectáculo o algunos almacenes en oferta? Y no, la gente se agolpa para comprar lotería, buscando ese golpe de suerte que les haga cambiar la vida, que difumine los nubarrones de la crisis o, que al menos, les ayude a sobrellevar mejor los apuros económicos con los que muchas familias se enfrentan. 

He de decir que a mí no deja de sorprenderme. Quizá porque nunca he jugado o tal vez porque el juego de la vida me ha ido regalando con algunos “reintegros” y con muchos “gordos”: disfrutar de lo que se tiene y de lo que se es; no aspirar a más que al sencillo oficio de apurar el sorbo del día a día; recibir y ofrecer escucha, sonrisas, acogida, humanidad. Me encantó aquel video que aparece en internet donde unos jóvenes con un cartel al cuello ofrecen abrazos gratis, y no había cola para recibirlos. La gente se extrañaba, algunos los eludían, sin embargo otros se dejaban acariciar por el ofrecimiento. 

Tal vez habrá un día en que caigamos en la cuenta de que la lotería nos ha tocado ya y sin hacer cola: por el hecho de nacer, por hecho de vivir, por la posibilidad de compartir, de comprender, de pensar, de amar, de servir, de perdonar, de abrazar, de reír, de llorar. Me decía un compañero recién llegado de Haití: “Lo que más me llama la atención dentro del desastre, de la injusticia, de las violaciones, de la impotencia, de la violencia, es que ellos siguen dando gracias a Dios y siempre hay una sonrisa en sus rostros”. 

El bombo sigue girando, nuestra bola esta dentro. Se abre la portezuela y los niños cantan: ¿has escuchado tú número? 

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Dios con nosotros

Por: Juan María Laboa 17-12-2011

Borja es casi sobrino mío por sangre y sobrino del todo por afecto.

Es trabajador, simpático y servicial. Tiene dos hijos bautizados por mí, que tienen la suerte de llamarse Juan, a quienes quiere entrañablemente. Es un poco despistado y, probablemente, necesita algún suplemento de catequesis, pero tiene buen sentido.

 Hace unos días se puso en la cola de quienes iban a comulgar con la pequeña en brazos. Parece que se encontraba contento y no cabe duda de que se sentía muy orgulloso de su hija. Al llegar junto al sacerdote, comulgó y señaló a su hija de casi cuatro años para que le diese también la comunión. Días más tarde, contándome su hazaña, me dijo: “Se puso muy nervioso y  me dijo: ya hablaremos en la sacristía”. “Nunca me había pasado esto” dijo más tarde el sorprendido párroco a Borja. “¿En qué estabas pensando?”.

“Yo pensé que era una niña buenísima, que estaba en gracia de Dios y que a Jesús le gustaría estar con ella”, me comentó Borja con la sonrisa que le caracteriza. Creo que me estaba pidiendo mi opinión y que le apoyara.

Estoy convencido de que Borja no está muy al tanto de las condiciones necesarias para recibir la comunión, pero me hizo pensar su insensatez o su buen sentido, según se mire. Por una parte, los ortodoxos dan la comunión al niño que bautizan, es decir, en sus primeras semanas de vida, mientras que los católicos consideran que para comulgar se debe ser consciente de lo que se recibe y, además estar en gracia. Ambas tradiciones tienen su justificación, aunque la lectura del Evangelio nos ofrece, además, otros puntos de reflexión. Jesús vino al encuentro de pecadores y despistados varios. Comía con ellos, curaba a quienes ni le reconocían ni, necesariamente, le estimaban. El nos anunció que venía para estar con nosotros y acompañarnos en nuestra debilidad. Hoy por el contrario, negamos la comunión a muchos que necesitan de su fuerza para superar sus debilidades y sus contradicciones, a pesar de que, a menudo, su presencia en nuestro interior, en nuestra vida, podría darnos ganas de continuar y de ser mejores discípulos suyos.

Pensándolo bien, ¿dónde estaría Jesús más a gusto que en el corazón de Juana, la hija de Borja? De hecho, tanto los pastorcitos como los magos y los habitantes de Belén no le conocieron y no sabemos si estaban en gracia, pero acompañaron al niño y consiguieron que sus primeros días fueran inmensamente felices.

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Ajuste de cuentas en la COPE

Por: J. Lorenzo 13-12-2011

Del amplio catálogo de miserias que trasluce del libro

 con el que Federico Jiménez Losantos pretende saldar cuentas por su “linchamiento” de la COPE, las que más apenan son aquellas que dejan ver los defectos de algunos de los eclesiásticos que aparecen retratados en él, algunos coincidentes con los males que aquejan a la Iglesia denunciados por  Benedicto XVI en su discurso en Friburgo.

Como oyente taquicárdico que fui de su programa, más por obligación que por devoción, no me sorprende el escandaloso maridaje entre periodismo y política que desarrolló durante sus largos años como “locutor estrella” de la cadena de la Conferencia Episcopal. Ni tampoco que el mismo fuese bendecido por un nutrido grupo de obispos, cuya ideologización previa no hizo más que radicalizarse con la llegada de Zapatero al poder, y que creyeron encontrar en el periodista a un contrapoder sin querer ver que aquel solo se servía a sí mismo y a sus intereses comunicativos personales, que iban creciendo a la sombra de la cadena de emisoras

Lo que realmente era intolerable en la “deriva” de la COPE, como la definió el cardenal Sistach, a quien Losantos no parece guardar mucho cariño, era la absoluta falta de caridad en su particular concepción de la verdad o su obsesión por emponzoñar la convivencia en el país, hasta el punto de haber contribuido, y no poco, a elevar la crispación social y política en España a unos niveles realmente preocupantes. Y, lamentablemente, una parte de la Iglesia ayudó, con su silencio cómplice, con su mirar para otro lado, a fomentar la división entre los españoles cuando, paradójicamente, sacralizaban la unidad moral del territorio.

De este triste episodio, que sigue pasando factura en la credibilidad social de la Iglesia, cabría extraer lecciones positivas si, por ejemplo, se estudiase en las facultades católicas de periodismo como paradigma de lo que no tiene que ser una política comunicativa de un medio de titularidad eclesial, por mucho que se le etiquete de generalista. Hay un término medio entre eso y Radio María. Pero no albergo esperanzas. 

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Mantenerse enlazado

Por: Juan María Laboa 12-12-2011

Hace unos días he tenido el gozo de ser padrino de confirmación de Alfonso,

hijo de un buen amigo mío. Nos tratamos desde hace años, hablamos y nos estimamos, aunque, como sucede en relaciones con mucha diferencia de años, son más importantes los signos que las palabras, conscientes de que mutuamente formamos parte del horizonte del otro.

Sabemos que en los primeros siglos del cristianismo, el esquema primitivo contaba con la comunidad como padrinazgo colectivo. Todos se sentían responsables de la marcha de sus miembros, les formaban, les corregían, les acompañaban. Con el tiempo se relajó el intenso sentido comunitario, sobre todo, al multiplicarse desmedidamente el número de los cristianos, y con ello las responsabilidades compartidas, de forma que nació el padrino individual.

Por desgracia, demasiado a menudo, estos padrinos solo reflejan los lazos familiares, de amistad o de interés ya existentes, sin que se aborde la especificidad de los sacramentos, de forma que el nuevo lazo no añade nada nuevo a lo ya existente. 

Por el contrario, desde siempre he sentido intensamente el significado del “parentesco espiritual” que, en realidad, comparte el ámbito espiritual y el humano. Es propio de los padrinos de bautismo, de confirmación y de boda. En su sentido primigenio estos padrinos establecen lazos de cariño, de amistad y de responsabilidad, pero son conscientes de que su origen es el sacramento. Se sienten cercanos, están a disposición, son conscientes de su responsabilidad en los momentos buenos y, sobre todo, difíciles, de sus ahijados. 

Siempre me he sentido muy cerca de mis ahijados, que no son pocos, me alegro y lloro con ellos, les aconsejo si me lo piden y, a veces, aunque no lo hagan, les ayudo en lo que puedo y les llamo la atención si creo necesario. Saben que cuentan conmigo y yo con ellos, porque, obviamente, no existe padrino sin apadrinado

Por estas razones estoy contento y siento mi responsabilidad con Alfonso. No se trata de ser una carga ni de ejercer un cargo sino de mantenerse como un punto de referencia siempre alerta y a disposición. 

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"Diostenibilidad"

Por: Jose Maria Marquez Vigil 12-12-2011

En el mundo de la ayuda internacional,

comúnmente llamada “Cooperación Internacional”, se habla constantemente de la “Sostenibilidad”. Como economista, no puedo estar más de acuerdo con la idea, aunque difiera en el modo de entenderla.

El mercado nos proporciona una cierta sostenibilidad (un agricultor cultiva tomates, que vende en el mercado a un precio más o menos adecuado, lo que le debería permitir vivir y cultivar más tomates para volverlos a vender). Una sostenibilidad a menudo distorsionada, pero cuando retiramos de este esquema el “ánimo de lucro”, la distorsión puede ser aún mayor.

En esta situación, nos encontramos con diferentes actores de la cooperación internacional sostenible sin “ánimo de lucro”. Por un lado están los Gobiernos y las grandes Agencias Internacionales, así como las grandes ONG, en los/as que muy a menudo podemos encontrar un cierto “ánimo de lucro” que los/as lleva a no ser sostenibles en absoluto. Nos encontramos con muchos actores, unos más eficientes y otros menos, unos más queridos y otros más odiados… Pero entre todos ellos nos encontramos también con los Misioneros, a los que los grandes donantes siguen considerando ineficientes, asistencialistas (en ocasiones como opuesto a sostenible) y faltos de profesionalidad y de una visión/estrategia dotada de cierta lógica.

Por supuesto, yo los sigo defendiendo y os aseguro que… ¡Me da una rabia! Cada vez que un gran donante me solicita que me haga cargo (como ONG) de un proyecto perfectamente planteado y ejecutado por misioneros/as… ¡Como si fueran los leprosos del siglo XXI y nos diera vergüenza salir en la foto con ellos! Mejor que los fondos los reciba una ONG, unos laicos “profesionales”, y luego que ellos se las entiendan o no con los misioneros/as…

El otro día me escribía un email el Padre German Arconada, (Padre Blanco, también conocidos como Misioneros de Africa, que ha vivido casi 50 años en Burundi, dando testimonio directo de las matanzas de hace casi dos décadas entre los hutus y tutsis). Germán ha demostrado una gran visión a la hora de ayudar a este pueblo, y por supuesto un enorme compromiso al quedarse con ellos durante su terrible guerra civil, cuando las organizaciones laicas se esfumaron de Burundi… Y Germán estaba el otro día relativamente contento, con el vaso medio lleno. Le había comunicado que dos donantes financiarían su proyecto de distribución de agua para 19 comunidades y la construcción de un dispensario. Una gran alegría, pero… Me comunicaba a su vez la enorme tristeza por la muerte de una religiosa y un seglar asesinados recientemente en Burundi (un voluntario italiano, Francesco Bazzani, y una religiosa croata, la hermana Lukrecija Mamic, en la fotografía).

La otra hermana secuestrada, gravemente herida, decide volver a la misión en cuanto sane. Las demás han decidido volver ya. Es una idea de sostenibilidad que a menudo se nos escapa. Una sostenibilidad de la Misión que se sostiene en algo mucho más importante que en nosotros mismos. “Lo hacemos por Jesús” decía la madre Teresa de Calcuta mientras recordaba el episodio bíblico: “¿cuándo no te dimos de comer o de beber…? ¡Cuando lo hicisteis con mis hermanos menores…”. Un verdadero ejemplo de lo que ellos dan, más de lo que nosotros podamos dar nunca. ¡Ellos dan la vida porque su vida no les pertenece, no es para ellos un apego, sino un don que debe ser a su vez entregado para amar y alcanzar así la vida eterna! Sostenibilidad, “Diostenibilidad” que fundamenta este gran trabajo que realizan para los mas necesitados.

(Os copio, resumido, el email de Germán:

Queridos Jose-Mari y Guadalupe y todos los que trabajan con vosotros:

Vaya día! Por la mañana lluvioso e hiriente y por la tarde resplandeciente, es decir vosotros!!! El ambiente exterior del tiempo era así. Pero había otro ambiente más interior.
A medio día participaba en una misa funeral por la monja croata y el seglar italiano que el domingo por la noche fueron asesinados en Kiremba, a unos 160 km de Bujumbura. Al lado del altar los dos cadáveres que por la tarde serán evacuados a Europa. Los dos trabajaban en un hospital financiado por la diócesis de Brescia a instancias del papa Pablo VI. Entre los asistentes estaban las dos monjas que quedaban de la comunidad que trabajaba en Kiremba. Una de ellas con muchas heridas de arma blanca en sus brazos y la otra es la que se propuso generosamente remplazar a la que despues hirieron en sus brazos. Se trataba de dos jóvenes estudiantes de 24 y 20 años que vinieron a robar al hospital. Al día siguiente los dos bandidos han sido cogidos por la policía con el botín del dinero que habían robado. Al final de la misa, lo que me impacto fueron las palabras del responsable de los javerianos en Burundi. Las monjas estaban de acuerdo para volver a Kiremba para seguir siendo testigos del amor de Dios. La monja herida en los brazos deberá primero curarse en Italia para que no pierda ninguno de sus brazos. Y a su vuelta de italia, vuelta a Kiremba.

 Por mi parte volví al trabajo en la hoja dominical y me encuentro con vuestra mensaje de finaciación para el dispensario de Tenga y otra financiación para que puedan disponer de agua potable.  El sol de la generosidad y del amor brilla de nuevo para esta región de Tenga. Hay que ganar la batalla en nuestro mundo a base de generosidad y amor. Es así como las cosas cambiarán. Felicité al P. Javeriano después de misa: Dos jóvenes poseídos por el afan del lucro a toda costa no pueden frenar la marcha de nuestro mundo hacia la fraternidad. (…) Un abrazo y que Dios bendiga vuestra generosidad. Germán Arconada)

 

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Peligro bicicletas

Por: Alfonso Carcasona 10-12-2011

Leo en el periódico de hoy

que se va a endurecer las sanciones por el incumplimiento de las normas relativas a circular en bicicleta por las ciudades. Estas normas, por lo visto, regulan cómo hemos de ir vestidos, con chaleco reflectante y casco, la velocidad a la que podemos ir, la distancia que hay que guardar con los viandantes, dónde se pueden atar las bicicletas y donde no, los accesorios que se les pueden poner… y seguro que infinidad de cosas más. Las sanciones, en ciudades como Valencia van de 90 a 500 euros.

Leía a su vez esta mañana un artículo de Timothy Radcliffe, sobre la evolución que ha sufrido nuestra sociedad, de manera que hoy nos encontramos con la sociedad del control. Todo está regulado, hasta el más mínimo incidente. Los gobiernos inventan miles de leyes, de reglamentos que controlan nuestra vida. Los datos se cruzan a través de la informática, de manera que unido a las cámaras de video que inundan las ciudades, el ojo que todo lo ve (no el de Dios, sino el de papa estado) sabe todo de nosotros. Llamadas telefónicas, emails, sms…

Y nosotros ciudadanos asistimos felices a esta revolución. Si no tenemos nada que ocultar porque somos cumplidores de las normas, por qué preocuparnos. Eso sí, como se infrinja alguna, sanción al canto. Y si además es susceptible de ser publicada, bien por el estado, o mejor aún por los medios de comunicación, mejor aún. La reputación, o su daño, es lo de menos.

Somos hijos de la Ilustración, que sin duda dejó grandes ideas para el progreso de la humanidad, entre ellas esta necesidad de control de nuestros actos por parte del estado. Pero estamos llegando a unos niveles de asfixia, en los que las máquinas serán responsables de hasta nuestros más pequeños quehaceres diarios, que se encontrarán regulados por alguna de las miles de leyes que emanan de nuestros reguladores.

Hoy son las bicicletas, mañana los corredores que practican deporte por las ciudades, y pasado los viandantes. Como dice Radcliffe, nuestras sociedades pasan de ser organismos a mecanismos. Y a mi, siendo partidario de que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro,  eso no me gusta.   

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411

Por: Juan María Laboa 07-12-2011

El emperador Galerio promulga en Nicomedía un edicto que pone fin a las persecuciones, acordando el perdón a los cristianos que se habían negado a ofrecer sacrificios a los dioses, ordenando la restitución y la reconstrucción de los lugares de culto y reconociendo el cristianismo como religión lícita. Fue el final de una época difícil, pero apasionante del cristianismo, en la que se reafirmó la fidelidad y la identidad de los creyentes probados por la incomprensión, el rechazo y las acusaciones de sus conciudadanos. En la debilidad y la persecución reafirmaron su fortaleza.

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Caminando hacia la Navidad

Por: Juan María Laboa 06-12-2011

En el evangelio, Jesús da gracias al padre

señor del cielo y de la tierra porque ha escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y las ha revelado a la gente sencilla (Lc. 10, 21-24).

Insistimos con razón en que hay que estudiar, conocer y profundizar la Sagrada Escritura y la Historia de la Iglesia si deseamos ser creyentes responsables. Es verdad que en un mundo globalizado de pluralismo y desconcierto no es admisible una actitud frívola en este tema, pero somos conscientes, también, de que la actitud religiosa no se agota con esta pretensión y necesidad de formación doctrinal.

Para esperar, encontrarse y dialogar con Cristo hace falta, sobre todo, una actitud de escucha, un sentimiento de indigencia, una necesidad de salvación, que nos obligue a salirnos de nosotros mismos, de nuestras seguridades, para salir confiados al encuentro de Jesús el Salvador.

Sucede que pensamos tan habitualmente en Dios en términos convenidos, que esta inmensa presencia, que es la realidad única, se encuentra difuminada por las frases aprendidas y por las imágenes tópicas. Sería preciso que tratáramos de pensar en la novedad de Dios, en su amor por las criaturas, en su cercanía misteriosa y maravillosa…No permitamos que este sentimiento nos abandone, que cese de resonar en nosotros la voz silenciosa que nos repite: “Tú me perteneces, no te dejaré marchar”.

Intentemos abandonar el racionalismo de pacotilla que nos acogota tan a menudo, el tinglado posmoderno o contracultural o como se llame que nos rodea y dejémonos impregnar de esas necesidades vitales siempre presentes en nuestra existencia y, sin las cuales, no seríamos nada: el amor, el cariño, la amistad, la entrega. A Dios no le conocemos por medio de silogismos, pero podemos sentirle, intuirle, añorarle, desearle, buscarle, amarle, seguirle, servirle. Un sentido de insoportable mediocridad constituye el punto de partida para alcanzar la grandeza, el convencimiento de la inmensa necesidad de apoyo y de amor presente en nuestra alma puede empujarnos a buscar a Cristo. “Heriste mi corazón con tu palabra, señor, e inquieto está hasta descansar en ti”, confesaba San Agustín. Tantas veces le buscamos sin saberlo, le llamamos sin darnos cuentas, pedimos su ayuda inconscientemente. Aprovechemos del Adviento y de la Navidad para bucear en nuestro interior y caer en la cuenta de que también nosotros necesitamos de su venida, es decir, del Dios con nosotros, en nuestra vida, en lo más íntimo del corazón.

La amistad, el amor y el sentimiento religioso son como un sendero: si no se transita nacen hierbas. Si permanecemos alerta, el señor está cerca, nos llama y le escuchamos. Basta con que no seamos ciegos y sordos, basta con que permanezcamos con los brazos abiertos, basta con que susurremos: Ven Señor Jesús!

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SECRETAS PALABRAS DE VIDA 9: AHAL, ACAMPAR

Por: Dolores Aleixandre 06-12-2011

Los indignados y sus acampadas han conseguido

de un tiempo a esta parte, instalar sus tiendas en nuestro imaginario y familiarizarnos con esa precaria manera de vivir, tan distinta de la de quienes vivimos asentados y domiciliados de manera estable y segura. Una tienda es frágil y  está expuesta a todos los vientos, lluvias e intemperies; el que acampa no suele disponer de un terreno ni ejercer derechos de propiedad sobre él: ni siquiera puede estar seguro de que no será arrojado fuera. Una tienda se instala casi sin hacer ruido, como pidiendo tímidamente permiso y asegurando que no va a molestar. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia.

Fue el modo de vivir de los patriarcas  y también después, en la etapa del desierto;  por eso el vocabulario bíblico habla con frecuencia   de pieles, lonas, estacas, clavos, cortinas  y cuerdas. Muchas historias de mujeres suceden en las tiendas o en sus alrededores: Sara  se había refugiado del calor del mediodía en la suya, plantada bajo las encinas de Mambré y  fue allí donde escuchó, con sonrisa incrédula, la  promesa de fecundidad  que le hacían unos extraños visitantes (Gen 18,11).  La bellísima Rebeca se encontró con Isaac en medio del campo y cuando él la introdujo en su tienda para hacerla su esposa, ella le devolvió la alegría que había perdido con la muerte de Sara, su madre (Gen 24,67). Raquel, la esposa de Jacob,   antes de emprender la huída de la casa de Labán, se apoderó de los amuletos que pertenecían a su padre y , para esconderlos, se sentó sobre la montura de un camello dentro de la tienda y alegó que no podía moverse porque le había venido “la cosa de las mujeres” (Gen 31,33-36). Sísara y Holofernes, dos enemigos feroces de Israel, sucumbieron a mano de Yael y Judit cuando descansaban en sus tiendas (Jue 4,21; Jdt 13).

Durante la travesía del desierto, Moisés levantó “la tienda de Dios”,  la plantó a distancia del campamento y la llamó “Tienda del encuentro” y cuando Moisés entraba en ella, “la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés, como habla un hombre con un amigo…” (Ex 33, 7-11)

Cuando estaba ya instalado en Jerusalén, David  se sintió avergonzado un día pensando: “Yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca de Dios vive en una tienda” (2Sam 7,2), a pesar de que el proyecto de construir un templo fue rechazado desde el comienzo por los profetas: como si Dios mismo temiese el momento en que su pueblos ya no lo querría como caminante y vecino, sino como un Dios separado dentro de un recinto sagrado a quien se denegaba el acceso a la vida “profana”. 

Pero un día, ese mismo Dios a quien nadie había visto nunca, envió a su Hijo a plantar su tienda entre nosotros. La Palabra “que estaba junto a Dios” –lo  dice Juan en el comienzo de su evangelio- buscó  ser vecino nuestro. Nosotros sabemos bien qué es eso de estar unos junto a otros; somos conscientes de necesitar el cobijo y el calor que da la cercanía humana pero sabemos menos qué puede significar eso de «estar junto a Dios». A decir verdad, no sabemos gran cosa sobre ello: Somos habitantes de la noche y por nosotros mismos no podemos alcanzar el ámbito de la Luz.

Pero Él decidió acampar entre nosotros: no venía a imponer nada, ni a ejercer la fuerza de su señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos categóricos. Le oiremos decir: «Si quieres»..., «si alguno se quiere venir conmigo...», «estoy a la puerta y llamo: si alguien me abre...» Sabremos que es él, porque la caña cascada se enderezará entre sus manos. Porque su aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritará ni se impondrá con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a su autoridad, y alguien reconocerá con asombro: «Tú tienes palabras de vida eterna».

El que «estaba junto a Dios» no plantó su tienda en ningún centro de poder y eligió el descampado de un pueblo del que había que precisar que era «de Judea», como habrá que precisar también que Nazaret era «de Galilea». Belén y Nazaret no tienen categoría por sí mismos, no son conocidos como lo serían Roma o Jerusalén: pertenecen a esa esfera poco significativa habitada por una masa anónima de gente de abajo, de pequeña gente que no cuenta a los ojos del mundo. Pero es su cercanía y no otra la que ha buscado en primer lugar la Palabra al tomar nuestra carne. 

Y  desde entonces  ya sabemos junto a quiénes tenemos que plantar nuestra tienda si queremos tener como vecino al que ha venido a vivir entre nosotros. 

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Anticlericalismo de chiste

Por: Alfonso Carcasona 06-12-2011

Disfrutamos el pasado fin de semana de un par de días en el convento de la Verna,

recogido en lo alto de una montaña en la frontera de Umbria con Toscana. Fue regalada por el conde Osvaldo (la montaña, no el convento, que se construyó años después de su muerte) a San Francisco en los primeros años del siglo XIII. Fantástico lugar para apreciar otro tipo de belleza de la naturaleza, envuelta en una neblina permanente, solo rota por la fuerte lluvia y el recio viento. La verdad es que dan escalofríos solo transportarse a los años del santo, en los que solo se guarecía en pequeñas cuevas, cubierto por su pobre túnica y con unas sandalias en los pies, y vivía a expensas de fieras y bandidos –aunque con esa dureza del clima éste último no debía de ser gran problema, al menos en invierno)

Hoy el convento es mucho más confortable, al menos para los huéspedes que como nosotros acudimos en busca de un poco de tranquilidad cerca de donde el santo recibió sus estigmas. Lo habita una comunidad de frailes franciscanos y unas pocas clarisas (franciscanas clarisas del Sagrado Corazón, para ser más exactos), dedicados a la oración y al trabajo, como buenos seguidores del de Asís. Hemos compartido con ellos sus oficios, sus laudes y vísperas, e incluso la misa del último día. La del domingo tuvimos el privilegio de oírla en una capilla al lado de la de los estigmas, de apenas diez metros cuadrados. Preciosos cantos, fraternidad en estado puro. 

El lunes volvimos a Madrid, como no puede ser de otro modo en nuestro veloz siglo XXI, en avión. Volvíamos en una de esas aerolíneas low cost, donde como en los cines de antaño, los asientos están sin numerar. 

Fue un aterrizaje en la realidad sin solución de continuidad. Estábamos en la cola cuando un pequeño incidente hizo que esta se moviese un poco y apareciesen a nuestro lado un grupo de checoslovacos. Los que teníamos detrás, con un acento extremeño que no dejaba dudas acerca de su procedencia, empezaron a quejarse, como si les fuese la vida en ello, ya que entendían que se habían colado. Las típicas frases en tercera persona dirigidas hacia nuestros compañeros de viaje. “Hay que ver”, “pero que cara tienen”, “y no hacen ni caso, ni se mueven”… Les hice notar que era evidente que no les podían entender ya que no hablaban español, pero su desconfianza era máxima “seguro, anda que no tienen morro”, “uy, pero si hay hasta un cura entre ellos”. Eso fue lo que ya les encendió del todo, y los comentarios, ahora que sabían además que no podían entenderles, iban aumentando de grado. Al cabo de un rato, me di cuenta de que había una cola al lado de la nuestra que iba a Brno, así que les pregunté que si iban a Madrid (en inglés, porque checo no sé). Obviamente no iban a Madrid, así que salieron corriendo para ponerse los últimos de la cola de su avión.

La reacción de nuestros colegas de viaje no fue de arrepentimiento por supuesto. Muy al contrario, incluso verbalizaron su deseo de que perdiesen su avión. “Si es que estos curas…” fue la última frase que les oi antes de que anunciasen que nos cambiaban de puerta y la desbandada llevase a todo nuestro pasaje a la otra punta del aeropuerto. ¿En que posición quedaron? Solo diré que parecía que Dios les hubiese jugado una pequeña pasada por su maledicencia.

Paz y Bien

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