Martes 21 de Noviembre 2017

Ignacio Bañon

Dejándonos la señora descompuesta

Por: Ignacio Bañon 31-07-2012

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor,

aun primero que muramos,

las perdemos.

 

Estos versos de las famosas Coplas de Jorge Manrique tienen tanta vigencia hoy como hace cientos de años. O acaso más. Efectivamente, los hombres tenemos una inclinación asombrosa por afanarnos en cosas que no nos sirven, sino que más bien nos hacen infelices. 

Un poco más abajo las Coplas son visionarias respecto a una realidad actual que era impensable entonces: la capacidad de embellecer nuestra cara. 

Una cantante de ópera italiana (encantadora y con gran atractivo, pese a no encajar en los increíbles cánones de belleza actuales) decía hace poco en una entrevista “hoy todos quieren ser altos, delgados y jóvenes. ¡Es una locura!”. También hace poco leía declaraciones de la otrora bellísima actriz  Emmnanuel Beart en contra de la cirugía estética. Ella se sometió a un “rejuvenecimiento” de cara, y quedó marcada para siempre por unos rasgos extraños que le hurtaron la posibilidad de una madurez y una vejez bellas. Y de conservar los rasgos de su afortunada cara.

Mientras, sin embargo, las “mejoras de cara” avanzan imparables, tristemente empujadas por referentes sociales, por actrices y por princesas. 

Manrique, en sus maravillosas coplas, nos arroja luz cuando explica qué ocurriría si tuviéramos medios para embellecer nuestra cara: nos dedicaríamos, dice, a mejorar la “cautiva” (la cara) y nos olvidaríamos de la “señora” (el alma). Ese alma que sí podemos mejorar y cuya mejoría nos hace verdaderamente felices.

Si fuese en nuestro poder

hacer la cara hermosa

corporal,

como podemos hacer 

el alma tan gloriosa,

angelical,

¡qué diligencia tan viva

tuviéramos a toda hora

y tan presta,

en componer la cautiva

dejándonos la señora

descompuesta!

 

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Juramento Hipocrático

Por: Ignacio Bañon 28-07-2012

Hace unos días, en la consulta de un buen médico,

vi colgado en la pared el famoso Juramento Hipocrático, originalmente redactado en el siglo V a.C. Mientras lo miraba con el interés de leer un documento que había oído mencionar tantas veces, el médico se acercó.

“El Juramento Hipocrático es impresionante”, me dijo mientras yo leía el inicio del texto, que me parecía más bien pintoresco, con una referencia a los antiguos dioses griegos muy superados por la historia Juro por Apolo médico, por Esculapio, Hygia y Panacea, juro por todos los dioses y todas las diosas…

Me dijo: “Fíjate que está todo aqu… la eutanasia”. Y señaló la frase que decía Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo….  “El aborto…” y señaló la frase tampoco administraré abortivo a mujer alguna. “La corrupción…”  apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, y principalmente de toda relación vergonzosa con mujeres y muchachos, ya sean libres o esclavos…

Me pareció asombroso que el famoso juramento hipocrático, redactado hace 2500 año hiciera referencia tan clara a cuestiones éticas tan discutidas en nuestros días. Y que los médicos hayan venido jurando esta fórmula, que deja lugar a pocas dudas, durante tantas generaciones.

Los dioses están superados, pero las cuestiones éticas no parecen haber cambiado. Ya Hipócrates pensó que los médicos deberían estar alejados de prácticas que atentan contra la vida, seguramente respondiendo a prácticas o demandas que existían entonces, como existen hoy. Como la eutanasia o el aborto.

 ¿Ha cambiado la respuesta ética a estas cuestiones? Creo que tampoco. Si asumimos que la vida está por encima de todos los bienes, la respuesta a las cuestiones planteadas sigue siendo la misma que escribió Hipócrates y que ha permanecido a lo largo de los años. En cualquier caso, no parece que la respuesta a las grandes cuestiones éticas pueda cambiar, ya pasen años, siglos o milenios.  Los problemas que nos planteamos hoy parecen estar resueltos por referentes éticos como este juramento, desde hace milenios.

Nada nuevo bajo el sol. O sí, cuando las sociedades legislan en contra de la ética y los retrocesos se presentan como avances.  

Y los médicos, ¿siguen asumiendo el Juramento Hipocrático?

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¿Consumir, o no consumir?

Por: Ignacio Bañon 02-07-2012

Aunque he estudiado y leído economía, a veces me resulta difícil entender cosas muy simples.

Como el consumo. ¿Tenemos que consumir más, o tenemos que consumir menos? Por una parte, el consumo en España ha caído y parece claro que para que se vuelva a generar empleo, el consumo debe recuperarse. Si no crece el consumo (o si no sigue cayendo), las empresas no venderán más y no contratarán a nuevos empleados. Es más, mientras no se recupere el consumo, muchas empresas seguirán reduciendo plantilla, e incluso cerrando. 

Pero también parece que la crisis económica se ha producido, en parte, por aquéllo de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. O sea, que consumíamos mucho, nos endeudábamos para consumir más todavía, y todo iba estupendamente… hasta que dejaron de prestarnos dinero. Entonces aterrizamos en la cruda realidad: veníamos consumiendo demasiado, estábamos demasiado endeudados y ahora nos toca pagar los excesos. Pero entonces, ¿realmente tenemos que volver a las andadas para que millones de personas tengan oportunidad de encontrar trabajo? No está claro.

Pero hay otra dimensión del consumo todavía más difícil de encajar. En occidente vivimos en una sociedad consumista. Consumimos demasiado. Compramos demasiadas cosas que realmente no necesitamos y que, lamentablemente, no nos hacen felices, sino todo lo contrario. El consumismo nos hace materialistas, nos aleja de las cosas importantes de la vida, nos crea necesidades aparentes, y nos llena de frustraciones. Por cada cosa nueva que tenemos, parecería que necesitáramos otra más, en un círculo vicioso del que es difícil salir. Recuerdo una frase del gran libro La muerte de Ivan Illich, cuando el protagonista compra una casa que, como todas las casa, siempre tiene una habitación de menos.

No hace falta poner muchos ejemplos. Pero el otro día me contaron en Caritas que hay muchas personas que viven con una renta precaria de pocos cientos de euros al mes, y que  a veces compran ropa de marca para que sus hijos no sean menos que los demás. Y el dinero no les da para comer, claro. Es más importante la marca de la ropa, aunque haya que pasar hambre.

Realmente para que nuestro país vuelva a crear empleo ¿tenemos que seguir adorando al becerro dorado del  consumismo, cayendo en gastar lo que no tenemos para obtener cosas que no necesitamos y nos hacen infelices? No puede ser. Tiene que haber una solución. Tiene que haber un consumo distinto, más justo, de cosas más necesarias por parte de una mayor parte de la población, de cosas que nos hagan a todos más libres y menos esclavos. Y una economía que cree empleo sin hundirnos en esta miseria moral.

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Pentecostés en Salzburgo

Por: Ignacio Bañon 14-06-2012

Tuve la fortuna de pasar el pasado fin de semana en Salzburgo,

 haciendo turismo musical. Salzburgo es una cuidad preciosa, pero como otras ciudades bellas es también víctima de su belleza. Se ha convertido en un “parque temático de Mozart”, con hordas de turistas que se fotografían en las plazas y comen dulces. Pero la belleza de la cuidad se impone al turismo casi siempre feo (aquí me incluyo), y es fácil encontrar un rincón precioso y tranquilo, escuchar un concierto inolvidable, o vivir alguna experiencia sorprendente.

Nuestra experiencia sorprendente fue visitar la Catedral coincidiendo con las celebraciones juveniles de Pentecostés. Maravillados por el ambiente, fuimos tres veces a la Catedral. La tercera vez para asistir a la misa del domingo. Una misa de más de dos horas de la que entendimos pocas palabras (mi alemán se limita a lo que he aprendido escuchando óperas de Wagner, y llegué a la conclusión mediada la ceremonia de que Geist seguramente querría decir Espíritu), pero que difícilmente olvidaremos. 

La Catedral estaba abarrotada de gente. Muchísimos jóvenes, pero también menos jóvenes. Gente con camisetas junto a elegantísimos austriacos con trajes locales. Muchos sentados en el suelo del crucero, donde una banda de música con guitarras, batería, teclado y trompeta cantaba preciosas canciones, amplificadas con un señor equipo de sonido. Un coro opuesto a la banda añadía todavía más música (que no ruido), e incluso coreografías. Y las cientos de personas que asistían a la misa coreaban las canciones (coreábamos, aunque yo por lo bajito porque vi enseguida que desafinaba demasiado). La misa fue cantada en casi su totalidad. La primera palabra no cantada llegó en la homilía. Las lecturas, incluyendo el Evangelio, fueron cantadas por sacerdote, con una voz asombrosa, por cierto (como le dije a Adela, aquí el más tonto hace relojes, en el tema musical, claro). La música era preciosa y sonaba de forma impresionante.

Pero más allá de la música, allí, en el corazón de esta Europa relativista, pasota y descreída del sigo XXI, se vivía la Eucaristía con una contagiosa alegría y devoción. Nadie tenía prisa, nadie bostezaba, nadie miraba el reloj. Todos cantábamos (o casi) y rezábamos. Fue un espectáculo maravilloso. Y vivimos esa Eucaristía sin entender apenas las palabras, pero entendiendo y viviendo intensamente todo lo demás.

Pensé a la salida que estos tiempos de crisis constante de fe en Europa, estos tiempos en que la Iglesia parece retirarse a sus trincheras en medio de tanta crítica e indiferencia, estos tiempos quizás sean también tiempos de poda, en que mueren muchas ramas pero otras, menos numerosas y más pequeñas, crecen con más fuerza y alegría, como seguramente crecían las primeras comunidades cristianas. Gracias al Geist, claro, que estuvo con nosotros también esa mañana.

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