Martes 21 de Noviembre 2017

Santos Urias

Contador y cantador de historias. Aprendiz de lo eterno. Buscando día a día, en los margenes de la vida, esa sabiduría escondida y humilde, la sabiduría del corazón...

CON LAS TRIPAS

Por: Santos Urias 06-11-2017

Las tripas. Las entrañas. Lo que ayuda a digerir. Las que nos hacen llevarnos las manos a la barriga. Las que se asocian con las emociones. Las que mueven gran parte de nuestras opciones y de nuestras locuras.

La cabeza. La que racionaliza. La que mide. La que mira con más objetividad. La que también sueña, dispone, propone, decide. La que observa y pondera con equilibrio y serenidad.

Una cuerda imaginaria une estas dos realidades de nuestra vida. Una cuerda que cuando esta afinada suena con armonía y belleza. Pero cuando está desafinada animaliza o provoca neurosis, paranoias y trastornos evidentes.

Vivimos en una sociedad donde las libertades son una carta de presentación asumida. Donde la convivencia en democracia y los derechos se han consolidado a lo largo de los años. Donde la capacidad de expresarse sobrepasa incluso a veces los límites del respeto y nadie sufre persecución más allá de la injuria o la amenaza. Pensar con las tripas es no reconocer esto. Es desafinar la cuerda hasta no ver la realidad y instalarse en un mundo paralelo. Y es verdad que muchas veces estamos en mundos paralelos. Se necesitan afinadores no flautistas de Hamelin o cantos de sirena que luego se escandalizan por chocar contra las rocas. Poner cuerda y cordura. Pinchar las burbujas mentirosas, excluyentes, insolidarias, disfrazadas de princesa pero con corazón de bruja. 

Sufro viendo a tantos y tan buenos amigos invadidos por la bilis. Palabras manoseadas, ultrajadas, manipuladas: paz, participación, libertad, derechos, democracia…

Mi pregunta es siempre más de estar por casa: ¿qué haría Jesús?

Intento seguir afinando y sacar un sonido armónico, limpio, bello, inclusivo y fraternal. En clave de Sol.

 

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HARTO

Por: Santos Urias 25-09-2017

Redondo es este ombligo. Lo miro desde arriba: redondo. Lo miro desde abajo: redondo. Me siento así; me siento asa: redondo. Yo decido, tú decides: redondo. Mi tribu, mi raza, mi patria: redondo. Refugiado, inmigrante, foráneo, natural: redondo. Judío, griego, persa, romano, gentil: redondo. Hombre, mujer, medio pensionista: redondo. Esclavo, libre, presa de la trata, prisioneros: redondo. Carne, pescado, vegano: redondo. Calimocho, cerveza, tinto de verano, cava, rebujito: redondo. Mediterráneo, atlántico, caribeño: redondo. Jamón de Jabugo, fuet, foie, lacón con grelos: redondo. Rock & roll, sardana, jota, malagueña: redondo. Listos, tontos, puritanos, putas: redondo. Poetas, culturetas, bohemios, artistas, perro flautas: redondo. Políticos, magistrados, escribas, fariseos: redondo. Curas, imanes, monjes budistas, anarquistas: redondo. Mi cuerpo es un ombligo. La mano es un ombligo, el pie es un ombligo, la cabeza se ha hecho ombligo, el corazón salta en su cordón umbilical. 

Unos dos mil años desde que alguien nos ofreció educar la mirada para poder ver al otro, escuchar al otro, rozarse con el otro, amar al otro. Se salto los convencionalismos, algunas “tradiciones”, los odios históricos, las barreras culturales y religiosas. Para fijarse en lo esencial, en lo que de verdad dignifica y construye al ser humano.

Pero se ha seguido guerreando, discutiendo, dividiendo, incluso en su nombre. Lo diabólico ha seguido jugando su partida.

Y volvemos al ombligo, a mirar a la tripa, sentimientos, banderas, trincheras: ¿por qué?

Harto de ideologizaciones, de reduccionismos, de mentiras, de pensamiento débil y de ombligos de tamaño inabarcable.

Soy católico es decir: El que entiende o es común a todos en sus características y cualidades sin excepción de nadie o de ninguno. Universal.

Y en mi cuerpo el ombligo sólo es una pequeña parte dentro de un maravilloso universo de vida. Por cierto redondo, pequeño y feo.

 
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SENCILLOS COMO PALOMAS ASTUTOS COMO SERPIENTES

Por: Santos Urias 29-08-2017

 

Confusión. Ante la violencia gratuita, ante la sinrazón del odio, ante el horror. Confusión. Palabras de trazo grueso. Búsqueda de culpables. Estigmatizar por prejuicios ideológicos da igual el signo. Confusión. Ante los rostros de unos niños que se han hecho adultos en unos días jugando a ser soldados. Ante las preguntas que tantos se formulan, que tantos nos hacemos: ¿Cómo? ¿Por qué? Confusión. Cuando se propone hacer bandos: los buenos y los malos, porque el odio llama al odio, el sufrimiento llama al sufrimiento, el miedo llama al miedo. Confusión. Las buenas intenciones, la solidaridad, la catarsis colectiva. La ingenuidad, los análisis simplistas de problemas muy complejos. Confusión. Terreno abonado para mirar de reojo, para lanzar exabruptos contra instituciones, personas, grupos sociales, culturales, religiosos. Confusión.

Decía un compañero en parte molesto por toda esta confusión: “Es horroroso asomarse a muchos comentarios de las redes sociales”.

Nadie dijo que vivir el evangelio fuese tarea fácil ni cosa de masas. Más bien al contrario. La muestra ese Jesús sólo y abandonado en la cruz incluso por sus más cercanos. Huyendo del trazo grueso. Con palabras de comprensión y de misericordia hasta el último aliento. Sabiendo muy bien a lo que se enfrentaba: el mal que proviene de la soberbia; de creerse como dioses; de mirar, como la mayoría de los discípulos, hacia otro lado; de no asumir una lógica diferente: la lógica del amor, del perdón. Y ante la soledad de este proceso, de esta forma de ser y de estar, de no entender tantas veces; la pregunta: ¿por qué? Hay tanto dolor, tanta miseria, tanta maldad, tanta destrucción en un mundo roto, pero no lo olvidemos, salvado y amado hasta el extremo. Donde abundo el pecado sobreabundo la gracia.

¿Ingenuidad? Hay que mirar a fondo. Huir de los simplismos, de ese pensamiento débil. Sagaces como serpientes. Saber diferenciar. Preguntarse más. Conocer mejor.

¿Bondad? Pero no sólo la de las “buenas intenciones”. Sino la que viene de la sencillez del corazón, sencillos como palomas, la que mira más allá, la que invierte la lógica del trato hacia el prójimo porque lo siente prójimo, da igual que sea centurión, prostituta, recaudador de impuestos, escriba, de que subasten tus ropas, o se laven las manos. Con la mirada de un niño.

Todo esto me ha coincidido con la lectura de un libro de Juan José Aguirre obispo en Centroáfrica. Y los mensajes de tantos amigos víctimas del dolor, del terror o de la guerra.

Tiempo para echar raíces, para seguir creciendo.

  


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PROHIBIDO QUEJARSE

Por: Santos Urias 17-07-2017

 

En una de esas audiencias generales del Papa Francisco un conocido psicólogo le ha regalado un cartel en el que reza: “prohibido quejarse”. Algunos dirán: “pues vaya para algo que nos queda”. Otros: “ya estamos con la docilidad de los cristianos, sacrificio y conformismo”. Francisco ni corto ni perezoso ha colocado el cartel en la puerta del despacho de su residencia de Santa Marta para evitar así el síndrome de victimismo, la disminución del buen humor y la capacidad para enfrentar y resolver los problemas.

Y yo, por mi parte, he intentado recorrer uno de mis muchos días de actividad y trabajo. Quejas propias y quejas ajenas; quejas en la televisión; quejas de políticos, de empresarios, de trabajadores, de jóvenes, de ancianos; quejas en el autobús y en el metro; quejas de viandantes y de conductores cabreados; quejas a la hora de comer, al llegar a casa; quejas en el bar, con los amigos, de los amigos; quejas del jefe y del subordinado; quejas por los padres, por los hijos, por los hermanos, por los tíos; quejas de lo que tengo y de lo que querría tener. 

Y pienso en todas esas quejas canalizadas para impulsar el caudal de capacidades, de nuestras capacidades. Transformadas en aceptación o en potencialidad de acción. Desplazar del foco de los lamentos a los recursos. Actuar para mejorar la vida, nuestra vida, mi vida. 

Quejarse a veces, en un primer momento, puede ser útil para desatascar sentimientos pero instalarse en la queja es tan improductivo como dañino. Recuperar la mirada agradecida, combativa, recreadora; bonita tarea para este tiempo de verano

 
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HOY ME SIENTO BIEN

Por: Santos Urias 10-07-2017

“No hay educación si no hay verdad que transmitir, si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad.”

Fernando Savater

 

La diversidad en la familia humana debería ser causa de amor y armonía, como lo es en la música donde diferentes notas se funden logrando un acorde perfecto.

 Abdul Baha

 

HOY ME SIENTO BIEN

Me he levantado pronto. No sé si he soñado con algo pero una sonrisa estaba en mis labios. Me noto guapa hoy. A pesar de mis arrugas me siento una chica de veinte años. Si no fuera por mi pelo corto me haría unas trenzas. Puedo vestirme de algo llamativo o, quizás, un poco más sencilla. Saldré a la calle con mi juventud en los ojos. Por cierto hoy siento mis ojos verdes. Si, ya me ha dicho el espejo que son marrones, pero ¿para que están esas lentillas mágicas que te dan el tono que tú eliges?

Este año ha hecho un calor tremendo pero con las últimas tormentas apenas hemos podido disfrutar del sol. Y, que caray, hoy me siento negra. Siempre nos quedarán los rayos uva que te dan el tono. Pero yo hoy no tengo un sentimiento “de tono” si no de afroamericana. Y me siento especialmente esbelta esta mañana. No entiendo porque me quedan tan ajustadas estas prendas. Si, ya sé, me diréis que es que peso setenta y cinco kilos pero yo me veo con cincuenta.

Bueno voy a salir a comerme el mundo y si el mundo no se deja comer me comeré unos tallarines en fuente quemada que hoy siento que esos tallarines son angulas del cantábrico y no hay que perder la oportunidad. Espero que no me entren ganas de ir al cuarto de baño porque no tengo muy claro cómo voy a sentirme a media mañana. Y os confieso un secreto, pero así entre nosotros, me estoy enamorando de mi osito de peluche pero de verdad. Es tan rico y nunca me lleva la contraria.

Feliz día y a sentirse bien que es lo importante.

 
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CALOR

Por: Santos Urias 21-06-2017

Estoy afectado de calentamiento global. Yo, que soy de desierto, tengo mis luchas para conciliar el sueño y me despierto varias veces para ver pasar las horas en el reloj de la mesilla.

Y soñando en esas vigilias pensaba en los campos de refugiados al sur de Sudán. En los centros de Grecia y en los desiertos de Libia donde se agolpan tantos seres humanos. En los túneles de la frontera de México. En los niños de Centro África creciendo bajo el signo de la violencia. En la arena teñida de sangre en Mali. Y sigo dando vueltas buscando la postura que me deje dormir. Pero se me viene a la cabeza el rostro de esas chicas nigerianas secuestradas y violadas. La última bomba de Somalia. La canción de un preso en un chabolo de Honduras. Y nada que no concilio. Voy a tener que fabricarme un abanico de papel para ahuyentar la canica, que así lo llaman ahora, por lo menos tiene un nombre entretenido. O directamente comprar un aire acondicionado que ahuyente mis pesadillas y me permita dormir tranquilo. A ver si me va a dar un golpe de calor o me voy a deshidratar de humanidad.

Mientras tanto abriré la ventana como toda la vida y que corra el aire, si es que corre…

 
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SECRETOS

Por: Santos Urias 25-04-2017

Confiar un secreto es como empujar una puerta o una ventana, o salir a campo abierto. Dejar que el aire corra y empape con su frescura los silencios.

Hay secretos muy distintos: secretos pequeños y absurdos; secretos esquivos y voladores; secretos hirientes y despiadados; secretos únicos y misteriosos. A veces se visten de colores para distraer la atención: de un rojo llameante que prende las palabras; o de un blanco refulgente que deslumbra los ojos; o de un tibio ocre que no atraiga los sentidos.

Los secretos salen a pasear y envuelven el misterio de cada persona porque cada persona es un misterio.

Soy escuchador de secretos. No es un título, no; es un regalo que te llega envuelto por la escucha y lazado por la confianza. Porque no se confía en cualquiera ¿verdad?

Los secretos con frecuencia sonríen en el corazón, pero la mayor parte del tiempo aguijonean tus entrañas. Es lo que sucede cuando sabes más de lo que se dice pero no puedes decir más de lo que se sabe.

Por eso yo los meto en una cajita: secretos compartidos; secretos solitarios; mis secretos; secretos a voces; secretos confesados; secretos inconfesables; y con reverencia y serenidad los pongo en las manos del Único que alcanza a contemplar todos nuestros secretos.

 
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LA CREACION

Por: Santos Urias 10-03-2017

 

En el principio era el caos, la confusión y la oscuridad. Dijo el ser humano: “iluminaremos las ciudades y las casas, crearemos electrodomésticos que simplifiquen la vida, recibos que nos recuerden que hay que pagarla.” Día primero.

Mirando el firmamento vio el ser humano la necesidad de surcarlo, contemplando los océanos la urgencia de atravesarlos. Creo los aviones y los barcos: los grandes y los pequeños, los de pasajeros y los de carga, los de bajo costo y los jets. Día segundo.

Observando las aguas y los campos pensó en cómo sacarlos el mayor fruto: transgénicos, cámaras frigoríficas, métodos de regadío, abonos. Día tercero.

Como el día y la noche le cansaba, se acostumbró a salir durante la oscuridad con luces, neones y música, y a dormir en la claridad, mezclándolo todo. Día cuarto.

Viendo los animales sobre la tierra decidió extinguir los curiosos y salvajes y producir en masa, para el consumo, el resto. Y lo hizo de toda especie. Incluso se fabricaron bolsitas para apartar las cacas de las aceras. Día quinto

El ser humano, sabiéndose dueño de todo, sobre explotaba los recursos. Creo horarios para marcar un rendimiento adecuado; dejó de disfrutar de lo sencillo, sólo veía como mejorar los beneficios. Día sexto.

El séptimo día pensó en darse un respiro pero, ¿por qué no abrir también los comercios ese día? ¿Por qué no aprender a negociar con el ocio? ¿Para qué perder tiempo y dinero?

¿Dónde ha quedado el sentido de criatura? ¿Dónde los espacios de regalo, de gratuidad, de descanso, de don? De la máxima eficacia, líbranos Señor.  

 

 
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MAGDALENA

Por: Santos Urias 20-02-2017

 

Llaman a la puerta. Es muy tarde. Algunos curiosos miran entre sus cortinas. Los que se asoman ven a una chica de amplia melena rubia, con su peto rojo de falda corta, sus largas piernas sustentadas por unos zapatos negros de tacón de aguja. Ven a una mujer que busca.

Yo bajo abrir la puerta y me encuentro con “Magdalena”. Sus ojos vidriosos por las lágrimas y por el alcohol. Sus manos aun tiemblan fruto de otro desengaño y de la desesperación. No sabe donde acudir. Sola, como una niña desvalida. Veo a una mujer que busca.

- Invítame a una copa, he tenido un problema con mi chico y estoy en la calle otra vez.

Dudo. El alcohol no va a solucionar nada, pero, tal vez, nos ofrezca algo de tiempo para intentar buscar una salida. 

Sirvo dos limones manchados con ron. Ella no para de emitir pequeños sollozos y de repetir como en una jaculatoria: me ha traicionado. Descalza, acurrucada en posición fetal. Toco su cabeza con mi mano e intento abrir una rendija de esperanza:

- Necesitas tiempo, al menos para pensar, para ver las cosas con más perspectiva, para tranquilizarte. – Se lo digo, pero siento su desgarro, su síndrome de callejón sin salida.

Me viene a la cabeza ese Jesús bálsamo y consuelo para las lágrimas y la desesperación. Bañando sus pies en un cuenco de cabellos, de blancas manos, de salado llanto. Acogiendo, sin más palabra que el silencio, lo profundo e intimo de cada persona.

¿Sentiría también el Señor este drama de la impotencia, de la limitación humana, del misterio?

“Magdalena” ha terminado su copa en apenas dos tragos. Hoy no va a pensar, no quiere pensar. Saldrá a la calle con su sonrisa de: no pasa nada, todo está bien...

La noche será larga para ella. Los días serán largos para ella.

 

Pero volverá buscando paz, equilibrio, serenidad para su corazón. Volverá donde pueda enjugar las lágrimas, donde pueda regresar a hacerse niña. Donde las miradas vean por encima del rimel, de las faldas cortas, de los zapatos de tacón, de la hipocresía y de los prejuicios farisaicos. Volverá donde pueda sentirse amada, sin más... Cómo volvemos todos, ¿o no es cierto? 

 
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ÓXIDO

Por: Santos Urias 25-01-2017

 

La piel se oxida, lo escuché el otro día. Sí, como una verja o un portón. Al entrar en contacto con el oxígeno los tejidos se van dañando, surgen las arrugas, las manchas, se pierde el color original, la elasticidad y el brillo. Así envejecemos y nos llenamos de cremas, aceites y otros potingues.

Un maestro espiritual nos advertía: “Cuidado, los sueños también se oxidan”. Son muchas las inclemencias que te invitan al pragmatismo, a ir a lo tuyo, a acomodarte, ya sea en tus ambigüedades, ya sea en tus rezos; a no creer que “es posible”.

El paso del tiempo puede agrietar la piel de nuestra confianza, de mirar con ojos nuevos al diferente, de escuchar las voces que susurran y que gritan.

El paso del tiempo puede romper la elasticidad y el brillo de nuestro trabajo bien hecho, de la sencillez de vida, de la búsqueda constante, de la inquietud, del equilibrio y la paz interior.

El paso del tiempo puede llenarnos de cansancios, de reumatismos vitales, de artrosis del corazón, de cataratas en nuestra percepción social y eclesial.

El sueño de Dios ha visto pasar el tiempo, todo tiempo, con sus herrumbres y arrugas, impregnándose de oros y de lodos…

¿Sucumbirá al óxido?

 
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PREFIERO CON

Por: Santos Urias 25-12-2016

Estamos en la era “sin”. 

Cerveza sin alcohol. Café descafeinado. Sexo sin amor. Chocolate sin azúcar. Cumpleaños sin tarta. Omnívoros sin carne. Relaciones sin conocerse. Música sin músicos. Trabajos sin IVA. Solidarios sin compromiso. Cuentos sin moraleja. Economía sin personas. Reproducción sin contacto. Versos sin rima. Gimnasia sin esfuerzo. Meditación sin Dios. Pescado sin espinas. Lluvia sin mojarse. Perdón sin olvido. Transeúntes sin hogar. Diálogo sin concesiones. Jamón sin grasa. Navidades sin misterio. Lavabos sin toalla. Cielos sin estrellas. Convivencia sin normas. Fiestas sin júbilo. Mensajes sin personalizar. Intereses sin créditos. Barcos sin capitán. Letreros sin indicaciones. Huevos sin yema. Refugiados sin hospitalidad. Desplantes sin explicación. Identidad sin género. Vejez sin parecerlo. Acuerdos sin moral. Labios sin besos. Aprendizaje sin constancia. Ajedrez sin figuras. Tratamientos sin dolor. Sociedades sin diversidad. Bosques sin árboles. Trabajos sin sueldo. Arte sin sentido. Veranos sin calor. Personas sin compañía. Negocios sin escrúpulos. Películas sin argumento. Días sin atardeceres. Viajes sin aventura. Oración sin silencio. Ideologías sin alma. Familias sin calor. Actos sin responsabilidad. Amigos sin confianza. Cárceles sin reinserción. Guerras sin escándalo. Problemas sin solución. 

Yo soy de “con”. Lo aprendí desde niño cuando poníamos el Belén. Preguntaba: ¿Quién es ese niño de ahí? Es Dios con nosotros. Está contigo. Cuenta contigo. Está en ti. En todos. Dios con nosotros. 

Por eso, y aunque la vida se haga más complicada o más corta, soy de “con”. 

 
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DAR LA VIDA

Por: Santos Urias 09-12-2016

 

Vivimos en el tiempo de la comunicación: Medios de comunicación, internet, telefonía móvil, televisión digital, alta velocidad... Pero la comunicación verdadera radica en la comprensión. En que detrás de cada significante se esconda un verdadero significado.

Hoy en día muchas teorías, muchos discursos, muchas palabras, se han vaciado de sentido. Es una de las realidades que tiene que afrontar nuestra fe del siglo veintiuno, y en un país como el nuestro, acomodado, burgués, de misa de Domingo y gente “bien.”

De ahí, que cuando se habla de estar dispuestos a dar la vida, no conviene reducirlo a un concepto, a un sentido figurado, a una forma de hablar.

Es entonces cuando la miro. Cuando veo su fragilidad, su debilidad, el silencio de sus heridas y me digo: Yo daría la vida por esta persona, ya la he dado en muchos momentos.

Y si estamos dispuestos a dar la vida realmente por alguien, por alguien concreto, con su nombre y apellidos, ya no hay utopía. 

Por eso Cristo sigue vivo.

 
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RUIDO

Por: Santos Urias 06-11-2016

 

La contaminación aumenta, el agujero de la capa de ozono crece, los elementos naturales se vuelven contra nosotros gracias al llamado “cambio climático”. Pero hay otra contaminación que no se ve, que afecta a nuestros oídos, a la escucha: Es la llamada contaminación acústica. Cada vez cuesta más percibir el canto de los pájaros, el correr de un manantial, el agitar de los árboles. Nos lo impiden los ritmos de las máquinas, el rugir de los motores. Llegamos a casa y no somos capaces de permanecer en silencio, lo primero encender la televisión, buscar la compañía con unas voces de fondo, aunque no atraigan nuestra atención. Vamos en el bus o en el metro, y continuamos enchufados al mp3 o al mp4, música, radio, a veces a un volumen indecente. Estamos en el teatro, o en el cine, o en misa, y suena nuestro móvil, o, en mejor de los casos, vibra, y ya estamos mirando su pantalla luminosa mientras los que están a nuestro lado tienen que sufrir nuestra  disimulada dispersión. Vamos a un concierto y por encima del volumen de los batios, pugnan por sobresalir nuestros comentarios, como si no hubiera otro lugar u otro momento en el que compartir nuestros chascarrillos. 

Ruido que tapa la escucha. Ruido que adormece y que embota. Ruido que rasga el silencio. Y entre el ruido, como una brisa, sigue sonando la voz de Dios.

 
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EL CUENTO

Por: Santos Urias 16-10-2016

Un sabio se acercó al necio y le conminó: “cuéntame un cuento.”

El necio se sentó despacito y comenzó a narrarle: Érase una vez un hombre inteligente y listo que,  por su conocimiento, creía dominar el tiempo. Tenía una cajita, pequeña y redonda, llamada reloj, donde guardaba los segundos, los minutos y las horas, pensando que, teniéndolos allí encerrados, era como si le perteneciesen. Así, siempre estaba ocupado, corriendo de un lado para otro, como si la vida se le fuese a escapar. Y, efectivamente, la vida se le escapaba. Dejó de disfrutar de las charlas con sus amigos; dejó de saborear un buen vino y de gustar una sabrosa comida; dejó de pasear por la playa o por la montaña y de respirar el aire a bocanadas; dejó de contemplar un atardecer y de dar gracias a Dios por tanta hermosura; dejó de soñar, de reír, de “perder el tiempo”, ocupado en sus asuntos, preocupado por todo.

Y, lo más importante, dejó de escuchar: escuchar el canto de los pájaros, el correr de un río, la voz de las personas, el corazón de los que sufren, el roce de las hojas de los árboles, la música, el silencio... Dejó de escuchar la voz del Espíritu. Dejó de escuchar los cuentos de los necios.

 

Al terminar su relato el sabio ya no estaba. Probablemente habría tenido que salir corriendo a hacer algo urgente, que sólo él podría hacer, en no se sabe donde por no se sabe quién.  


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Jaima

Por: Santos Urias 11-10-2016

Como en la imagen bíblica hay momentos que invitan a descalzarse, a dejar atrás el polvo del camino, el trabajo acumulado, las urgencias y los requerimientos. Volver a pisar la fina arena del desierto o la suave tersura de las alfombras. El contacto con la madre tierra; con la inmensidad de la bóveda celeste; con las personas que te miran a los ojos y con las que te entiendes y compartes por encima de las culturas, de los credos y de las lenguas.

Allí no hay televisión; si alguna radio para escuchar las noticias o algo de música y muchas ranas que te hacen coro hasta cuando vas asearte.

“La prisa mata”: un té menta; unos panes con aceite de argán; una guitarra; una luz tenue y sintiéndote así: familia. Capaces de comer juntos, de reír juntos, de cantar juntos, de alabar juntos.

Y cuando el cansancio aprieta y las pocas lámparas se apagan, emergen las luciérnagas que vigilan desde el firmamento. Una suave brisa recorre todo e impregna todo. La respiración se detiene. Tumbado sobre una lona y un colchón crees soñar las estrellas; pero te equivocas, son ellas las que te sueñan a ti, las que dibujan con su trazo y su mano firme este instante. Te vuelven a recordar que todo es un regalo; que hay un Dios y que, como un cántaro de agua viva, se derrama y se esparce. Sólo cabe empaparse y dar las gracias.

 
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TAN LEJOS, TAN CERCA

Por: Santos Urias 07-09-2016

Me llamó mi amigo Alejandro desde México.

 Era un día de esos que los medios no funcionaban demasiado bien. La voz entrecortada, los continuos: “oye, oye”. Al final me envió un audio. Su voz serena, y sus palabras sencillas pero agradecidas. Me decía lo que para él había supuesto que siempre hubiera estado ahí: sin juzgar, acompañando, dialogando, escuchando… Momentos difíciles, sombras. Celebraciones, disfrute, fiesta. Sus palabras conmovieron estas entrañas que se debaten entre el barro y lo sublime. Nadando en las pobrezas propias y ajenas. Lo que mi hermano Alejandro me estaba recordando, casi sin darse cuenta, es que lo más parecido a como Dios nos trata es como el sentía que yo le había acompañado: sin juzgar, escuchando, confrontando y, siempre, siempre, queriendo. Su voz en ese audio descubrió en mi corazón esas flores que crecen en las basuras, ese milagro de poder rezar sabiendo que es el Señor el que nos hace portadores de su capacidad de comprender, de compadecer, a veces sin ser conscientes del todo.

Tú seguirás cantando a la belleza, a los ojos que te miran, a los que vienen con el sol, al Dios que te conforta. Yo pondré el altar de una ofrenda sincera, agradable, con cuerpo y sangre en tiempo real. 

Tan lejos y, sin embargo, tan cerca. Como la distancia; como el propio Dios; como el tiempo; como lo que nos enseña cada día la vida.

 

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CON LA BOLSA POR LOS SUELOS

Por: Santos Urias 09-08-2016

Venía de la compra semanal:

leche, yogures, zumos, fruta, embutidos, alguna conserva… Una bolsa bien repleta que me iba pasando de mano en mano para no cargarme demasiado la espalda y que los brazos no se cansasen. De repente noté que el plástico cedía. Casi no me dio tiempo de reaccionar, apenas pude bajar un poco la compra para que los frascos de cristal no se llegaran a romper con el impacto. En apenas unos segundos alimentos y bebidas rodaban entre mis piernas, con las que intentaba sujetar lo que podía. Algunos viandantes se solidarizaron con su mirada y sus expresiones: “vaya se ha roto”, “que mala suerte”. Cuando abrazaba el mayor número de productos e intentaba ponerme en pie con ellos, un chico se acercó saliendo de una tienda de tabaco. Había ido a preguntar si tenían alguna bolsa y corría con ella hacía mi: “no es muy grande pero es resistente”. Mi cara agradecida y mis apuros para caminar lo decían todo. Me ayudo a meter algunas cosas y en ese momento apareció de la tienda de al lado una mujer china con dos bolsas más: “toma, toma”. Yo me deshacía repitiendo: “muchas gracias, muchas gracias”. Recolocamos todo en dos bolsas y con más comodidad que antes pude regresar a mi casa con la compra, entre el calor y la sonrisa.

Nunca una bolsa por los suelos me hizo sentir tan bien. A veces tienen que romperse los mimbres para poder construir algo nuevo. Esta vez en forma de preocupación, de vecindad, de ayuda. ¿Quién dice que cada uno va a lo suyo y no le importan los demás? Puede que estemos equivocando a veces nuestros acentos educativos con individualismo, competitividad, hedonismo, pero en el fondo del ser humano está el sello de la bondad, de la belleza, de la cercanía… Una bolsa rota me llenó la semana no sólo de alimentos, sino de ternura y de esperanza; de que hay gente buena; de que la gente es buena. En China, en Madrid y en Tombuctú.

Gracias. Muchas gracias. 

 

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CUESTIO DE COHERENCIA

Por: Santos Urias 26-07-2016

Rejuvenecer una sociedad envejecida

y rechazar los flujos migratorios. Estar a favor de la pena de muerte y condenar el aborto. Desear una familia unida y favorecer un sistema económico que alarga los horarios de trabajo y dificulta la conciliación. Estar contra los transgénicos y apoyar el transgénero. Buscar la extensión de los derechos humanos a los animales lesionando los derechos humanos. Ofender la libertad religiosa de múltiples maneras justificándolo como una forma más de libertad de expresión, y juzgar y condenar opiniones discutibles pero fundadas tachándolas de homófobas y dogmáticas. Promover fundaciones o ayudas de carácter social y explotar a niños o mano de obra barata con contratos basura. Defender los derechos de la mujer y alimentar la instrumentalización sexual. Criticar a los políticos, los banqueros, los sindicatos, la iglesia, y reproducir sus errores a escala en nuestras vidas. Quejarnos del nivel intelectual y de formación viendo algún programa de la llamada telebasura. Hablar de solidaridad y no saludar a un transeúnte. Lanzar soflamas contra el sistema capitalista injusto y su consumismo desmesurado mientras me fumo un porro, hago botellón y manejo mi móvil de última generación. Tratar a las personas como objetos y no querer que me traten como un objeto. No cuidar mi ciudad y quejarme de sus servicios. Comprar tan, tan barato, sin preguntarme porque es tan, tan barato. Proclamarse antifascista y utilizar métodos fascistas. Gritar y armar jaleo de madrugada y molestarme que griten y armen jaleo de madrugada. Fomentar las relaciones virtuales y quejarme de la deshumanización de las relaciones. Sexo bueno, bonito y barato, y no asumir las enfermedades derivadas, los embarazos no deseados, las consecuencias afectivas. Proclamarse anticomunista y utilizar métodos stalinistas. Querer vivir más años y con más calidad de vida, y arrinconar a nuestros mayores porque son una carga y un estorbo. Pedir una sociedad reconciliada y no estar dispuesto a perdonar. Querer que mis hijos tengan un trabajo digno, y mantener mi empresa a costa de becarios, contratos en prácticas, temporalidad sin estabilidad. Evitar la muerte, los tanatorios, los funerales y no querer estar solo ante una perdida. Rechazar los prejuicios y prejuzgar por cuestiones ideológicas, religiosas, sociales… Querer un mundo más justo, más solidario, más pacífico y no mover un dedo cuando se produce una injusticia, una falta de solidaridad, una agresión o forma de violencia (o lo que es peor, justificarla). Sentirme rechazado por estar fuera de mi país y rechazar de alguna forma al que viene de otro país. Acusar de falta de transparencia, de verdad, de rigor y no contrastar las informaciones que me llegan y que difundo.

Intentar quejarme menos del otro y de los otros, y aprender a conjugar dos términos: coherencia y sentido común.

Coherencia: conexión, relación o unión de unas cosas con otras. Actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan.

Sentido Común: capacidad de entender o juzgar algo de forma razonable. 

 

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LUCA

Por: Santos Urias 06-07-2016

Luca a venido a Madrid a aprender castellano.

 Por no sé qué carambola cayó en sus manos un ejemplar de mi segundo libro: “El Reloj de Arena”. Quería que nos conociésemos. Sincero, sencillo, pausado. No concibe la vida sin ese Dios que se ha hecho compañero de camino. “No sólo creo, es que lo siento aquí”, me dice mientras se señala el pecho. Toma un sorbo de café y sigue hablando una mezcla de inglés, italiano y español. Me pregunta acerca de la Parroquia, de su carrera de empresariales y derecho, de su mundo afectivo bajo el prisma de la homosexualidad. 

Lleva algún tatuaje y quiere hacerse uno nuevo en la muñeca: un reloj de arena. Le ha impactado la imagen de ver pasar el tiempo con una mirada contemplativa. “Es que es verdad”, me dice con entusiasmo. El tiempo es sagrado; el tiempo nos habla de la vida; el tiempo es maestro y discípulo; es tiempo de Dios. Cae la arena de los días, de las horas, de los minutos, de los segundos. Cae despacio o, a veces, con la sensación de que cae demasiado deprisa. Los ritmos, los silencios son importantes. Luca me lo ha recordado. Todos llevamos tatuado un reloj de arena a la altura del pecho.

Le he regalado mi libro. El me ha regalado un buen rato en una terraza, de esos encuentros que tienen gusto a evangelio. Y le prometí contarlo. Y aunque acumulo multitud de defectos y me acompañan cientos de flaquezas, intento no faltar a mis promesas.

 

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DE UN HILO

Por: Santos Urias 20-06-2016

La vida es caprichosa.

 Se mueve grotescamente entre el orden y el caos. Orden que maravilla y fascina; caos que desconcierta y embelesa. Tú sacas tu entrada para el espectáculo de las veinticuatro horas, pero no sabes lo que se esconde tras el muro de los minutos y los tiempos. Hoy toca lo programado y saltas seguro sobre las baldosas. Mañana vuelas en parapente por detrás del silencio y con los ojos cerrados. 

No me acostumbro a no ser dueño de nada, y quizás esta es una de las lecciones que se aprende por el camino: Todo a tus pies sin que nada realmente te pertenezca, ni tu propia vida. Los muy racionalistas me dicen que como puedo creer en Dios en el siglo veintiuno; yo lo que no me explico es cómo puedes levantarte y acostarte sin creer, sin confiar, sin hacer de cada momento una pequeña oración de diálogo con el Eterno.

Así las heridas, los malestares, la violencia, el egoísmo, la rabia, los complejos, la prepotencia, el abuso, la venganza, el dolor, el aislamiento, la muerte…

En el fondo es una cuestión de fe. De aquello en lo que creemos, lo que compartimos, lo que generamos. Más allá de teorías, de ideologías, de palabras. 

La vida es caprichosa. La vida nos educa. Sólo hay que estar dispuesto a aprender. Es quizás la única condición que se nos pone para este viaje: andar en humildad. Conscientes de que todo, al fin y al cabo, pende de un maravilloso pero frágil hilo.

 

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