Jueves 23 de Marzo 2017

Dolores Aleixandre

Religiosa del Sagrado Corazón. Biblista y escritora. Jubilada feliz después de 20 años de docencia de Sagrada Escritura en la Universidad de Comillas.

APRENDIZAJES

Por: Dolores Aleixandre 17-03-2017

Historia reciente de un convento: a la hermana sacristana, ya  anciana, ha empezado a  ayudarle  una empleada joven que trabaja en la casa. Como es de esperar,  no tiene ni idea  de los utensilios litúrgicos, se hace un lío con los nombres que les da la monja y no sabe qué le está pidiendo que traiga, prepare, ponga o guarde. Menos mal que es muy espabilada y ha discurrido una solución: hace  una foto con el móvil a cada utensilio o vestimenta de la sacristía  y escribe, junto al nombre “oficial”,  su propia descripción para aclararse. Algunos ejemplos: Alba: bata. Roquete: camisón con puntillas. Casulla: abrigo. Cíngulo: cordón. Estola: corbata. Corporal: mantelito cuadrado. Purificador: pañito alargado. Cáliz: copa. Patena: plato. Credencia: mesita. Portaviático: cajita redonda. Incensario: braserito con cadenas para echar el humo. Acetre: cubo pequeño con asa. Hisopo: varita con bola y agujeros.

Le queda mucho por aprender a esta chica, y eso que ha tenido la suerte de que estén ya en desuso (y bien que les pesa a algunos…),  la dalmática, la capa pluvial, el amito, el manípulo, el conopeo,  el paño humeral…,  a más de otras vestimentas y capisayos con sus diferentes botonaduras, ribetes, tonos y texturas.

Jesús, que iba por la vida sin túnica de repuesto, invitaba a mirar los lirios que no necesitaban revestirse de nada.  Debía  fascinarle esa belleza simple que superaba   en  gloria al esplendor  de la corte de Salomón. 

Cuánto nos queda por aprender también a nosotros.

 
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PRISAS

Por: Dolores Aleixandre 02-03-2017

De un tiempo a esta parte  las prisas se precipitan en caída libre por el abismo del desprestigio. Se las critica sin piedad y todo son encomios para el ritmo slow: la gimnasia sueca  de toda la vida desaparece ante los movimientos lentos del chi-kung;  triunfa  quien resiste más tiempo en atención plena  mientras saborea una pasa  y en el kinhin, paseo meditativo del zen, se emplean quince minutos en recorrer diez metros. El Papa Francisco apoya la tendencia:A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». (…) La velocidad que las acciones humanas imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica” (Laudato Si 18). 

Influenciada por estos argumentos, aplico la sospecha a la Biblia y descubro a algunos de sus personajes claramente afectados por la rapidación: Abraham, por ej., queriendo agasajar a sus huéspedes, corrió a ordenar a Sara “¡Deprisa! Amasa tres medidas de flor de harina…!” (Gen 18,6). Es evidente que ese tono desabrido, impropio del patriarca y más parecido al de Donald dirigiéndose a Hilaria, pobrecilla, solo podía nacer de las prisas. También el administrador de la parábola,  gürtélico a tope, azuzaba así a un deudor de su amo: “¡En seguida! Siéntate y escribe 50” (Lc 16,6). 

Hasta aquí bien. El problema surge cuando aparece María caminando a toda prisa a casa de su prima Isabel; o  los pastores en la noche de Belén y  las mujeres en la mañana de Pascua,  corriendo sin aliento en busca  del Niño o del Resucitado. O Jesús mismo pidiéndole a Zaqueo: “¡Baja deprisa!” Para  estos casos sería conveniente crear, a título excepcional, el apartado “Rapidación Mesiánica”: así  sus protagonistas podrían acogerse a esta especie de “quinta enmienda” y seguir con su apasionamiento apresurado exentos de reproches, y hasta resultando modelos ejemplares de diligencia y presteza.

 Quizá algún canonista pueda matizar y mejorar la propuesta.

 
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INOCENCIA ORIGINAL

Por: Dolores Aleixandre 20-02-2017

 

He conocido personalmente hace poco a Andrés Aberasturi, el escritor y periodista. Es también miembro fundador del centro de rehabilitación, educación especial y residencia El Despertar,  de  la fundación NIDO para personas con parálisis cerebral (lleva funcionando ya treinta años). Ha sido en vísperas de navidad y todo el edificio era una explosión de animación,  colores, cintas, bolas, guirnaldas y un sinfín de adornos originales y creativos. Los catorce residentes (dentro de poco se ampliará el número…), necesitan la asistencia individualizada de uno o dos adultos las veinticuatro horas del día y en todos los hábitos y conductas de su vida diaria. Cuánta gente girando en torno a esas vidas frágiles, qué exquisitez y profesionalidad en los cuidados, qué derroche de afecto,  de imaginación y de empeño por sacar adelante el proyecto.

Hablo con Aberasturi y le cuento las muchísimas veces que  he citado su forma de despedirse cuando conducía los telediarios de fin de semana de la 2 TV: “Sean moderadamente felices”. Hablamos de la felicidad, y de la fe, y me dice que él es “humildemente agnóstico”: “Me gustaría ser ateo militante o creyente absoluto, pero no puedo y se me escapa ese concepto de un dios personal, creador y padre. Puede que tenga algo de panteísta, puede que la divinidad sea la armonía, la inocencia, la mirada de Cris, puede que dios sea mi hijo”. 

Me regala su libro de poemas Un blanco deslumbramiento (Palabras para Cris)  “Lo comencé una madrugada fría en la que, de vuelta a casa, pasé como siempre por el cuarto de Cris – mi hijo con parálisis cerebral-, que medio se despertó, me miró, me dedicó una sonrisa un poco de cumplido y se dio la vuelta para seguir durmiendo con sus manos entre la almohada y la mejilla”.

Como  el libro me deja enganchada,  después del encuentro  sigo la pista a su autor por internet y leo: “No sabemos cómo enfrentarnos al sufrimiento del otro,  qué palabras usar que no suenen a mentiras piadosas ni hurguen en la herida. Uno llega a una edad en la que cree que tiene todas las respuestas y luego se da cuenta de que ninguna respuesta es válida". Veo en un video escenas de su relación con su hijo: "Vivir es una fiesta con él" y reconoce "la enorme alegría que da a la familia y el convencimiento de que él sabe que somos suyos".

Sigo dando vueltas a lo de “humildemente agnóstico” y recuerdo algo leído en “Penúltimas noticias acerca de Yeshúa/Jesús” de Erri de Luca: «Amarás en todo tu corazón, y en todo tu aliento, y en todas tus fuerzas». (…) El corazón es el centro de mando, la capital de la persona humana. Dentro de ella, «en», se libera la fuerza centrífuga del amor a la divinidad. Tres veces se reclama aquí la totalidad de las energías físicas, su consumo y agotamiento. Falta en el listado, porque resulta inservible, el requisito de recurrir a la inteligencia de la mente, a su búsqueda e indagación. Aquí, en este asunto del amor a la divinidad, no se incluye, ni siquiera al final de la lista, una ciencia, un estudio, una teología. Aquí el amor reclama otras fuerzas totalmente distintas, plantadas en todas las criaturas como la savia en el árbol. Aquí se pide a la linfa que suba”.

 Y pienso qué poco necesitan de razones teológicas o de indagaciones mentales los que se mueven en torno al mundo de la discapacidad. Su contacto con esas vidas en estado de inocencia original pone en movimiento la totalidad de sus energías físicas, libera las fuerzas centrifugas del amor y la linfa sube en ellos palpitando. ¿Y no son esos otros nombres de la fe…?

 
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COLABORADORAS Y COMPLICES

Por: Dolores Aleixandre 31-01-2017

Parece que les está costando entenderse a estos chicos de Podemos y como ciudadana interesada por la gobernanza de este país, preparo un escrito ejemplarizante sobre el liderazgo participativo. Estoy convencida de que se puede aprender mucho de estas seis mujeres bíblicas y adelanto en exclusiva a Vida Nueva  una primicia del texto:

 Noemí y Rut: dos viudas supermarchosas, espabiladas  e imaginativas que,  a pesar de ser suegra y nuera y de sus diferencias de edad, religión y procedencia, traman juntas un plan astuto para enganchar a Booz, un soltero madurito pero con posibles. La cosa acaba en boda y en un niño con un futuro prometedor.

María e Isabel también muy distintas: una joven y otra anciana, una galilea y la otra judía, cada cual con su acento, sus costumbres y su manera diferente de hacer las sopas de ajo. Al encontrarse no se pusieron a rivalizar  en plan competitivo (“Mi niño da saltos y el tuyo no”,  “Pero el mío va a ser el líder y el tuyo solo portavoz…”; “Le estoy tejiendo a mi Juanito un gorro de lana de ovejas de Galaad”, “Allá tú, pero esa lana pica y es mejor el lino de Séforis ¿a ti no te dijo nunca tu madre que lo barato sale caro?”). En vez de decirse ese tipo de impertinencias, se pusieron a ver juntas sus ecografías y se rieron mucho haciendo los ejercicios de respiración que estaban aprendiendo para prepararse al parto. 

Marta y María tenían incompatibilidades casi de libro: “Me pones de los nervios con tu lentitud” decía la una, “Me apabullas con tu actividad”, decía la otra;  “Qué cómodo quedarse sentada y sin dar golpe con el pretexto de atender a los huéspedes…”;  “Sí, pero tú vas tan acelerada que el cordero de ayer estaba crudo…”. Menos mal que después  se intercambiaban tuiters de reconciliación y conseguían que Jesús se sintiera muy a gusto en su casa. 

De esto va mi escrito, solo que más fundamentado. Y no quiero hacerme ilusiones, pero hay rumores de que pueden incluirlo como ponencia en Vistalegre II.  

Quizá esté a punto de  asaltar los cielo

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VIERNES NEGRO

Por: Dolores Aleixandre 17-01-2017

 

Hasta hace poco yo creía que  Black Friday era el título de una  película de terror pero este año me he enterado por fin de lo que es: impresionante  ver en la TV las imágenes de tanta  gente en diversas partes del mundo agolpándose  a la puerta de las tiendas, entrando como una manada de  búfalos y comprando los  productos rebajados  ese día. En un reportaje paralelo, un señor con aire de mandar mucho explica lo que sucede cada vez que hacemos click para comprar algo en su empresa:  el centro de distribución que dirige es un hangar inmenso donde se almacenan los productos y se distribuyen los pedidos. Hay 800 empleados yendo y viniendo afanosos como en un hormiguero,  moviéndose entre estanterías y cintas transportadoras  llenas de paquetes. De vez en cuando se van abriendo compuertas laterales y algunos paquetes son engullidos por rampas donde los esperan otros empleados con lápices lectores que los controlan, marcan, registran, revisan y etiquetan.  “Las pasadas Navidades – se nos informa-, se utilizaron más de 24.000 metros de papel de regalo reciclado, el equivalente a envolver dos veces el paseo de la Castellana”.

Para desconectar de semejante agobio, cojo una revista y encuentro esta noticia: hay algunas poblaciones en Paquistán en las que casi todos sus habitantes  tienen solo un riñón porque el otro se lo han vendido a una organización de tráfico de órganos. 

En este final del Viernes Negro tomo tres decisiones: considerar artrítico el índice de mi mano derecha imposibilitándolo para cualquier click de pedidos; declarar una cuarentena de ayuno y abstinencia en lo que se refiere a compraventas y  anular mi anterior propósito de sustituir un jersey viejo por otro nuevo.

Lo malo es que voy a quebrantar la cuarentena yendo una mercería a comprar unas coderas. 

 

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LA INQUILINA

Por: Dolores Aleixandre 30-12-2016

 

“En el cielo ¿las bicicletas serán de oro?” Me lo preguntó un niño hace años (los niños del siglo pasado preguntaban ese tipo de cosas),  y le contesté que  por supuesto que  sí, que tratándose  del cielo cómo no iban a ser de oro.  Esta asociación de lo áureo con lo celeste es recurrente y por eso llamamos a María  “Casa de oro” en las letanías del rosario. Sin embargo,  al buscar en los evangelios la relación María/casa,  muy frecuente por cierto, lo que se dice sobre ello tiene poco de  áureo:  María aparece más bien como  una mujer con experiencia costosa de mudanzas, traslados y desplazamientos: deja su casa para ir a la de Isabel y luego a la de José;  vive el rechazo de la posada de Belén y conoce, antes que su hijo, lo que significa no tener dónde reclinar la cabeza. Quizá recordó aquella noche las palabras del Salmo 84 que había rezado tantas veces: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos…”, preguntándose por qué no se cumplían sus promesas y  la tórtola no encontraba nido donde colocar a su polluelo. Migrante después en Egipto y vecina de nuevo en  Nazaret, experimentando demasiado pronto  el vacío que deja en el hogar el hijo que se va. Realojada finalmente en casa de Juan después de la muerte de Jesús, experta ya en dejar atrás el cobijo de lo conocido para ser recibida bajo otro techo y adaptarse a otras costumbres. Orante junto a los discípulos y discípulas en la habitación de arriba de una casa en Jerusalén, mientras  esperaban el huracán del Espíritu.

María Casa y Puerta del cielo, empujándonos a parecernos a ella en cuidar la casa común y abrirla,   en reclamar derechos para los privados de asilo, en el empeño por  construir una Iglesia más cálida, más parecida a ese “hospital de campaña” que desea Francisco para ofrecer refugio a los desplazados y excluidos por la pobreza, la violencia y la degradación ambiental. 

Inquilina de nuestra tierra,  sabedora de desamparos,  intemperies y desarraigos, sigue caminando con nosotros.

 
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PASARSE

Por: Dolores Aleixandre 19-12-2016

Según el Diccionario de la RAE: sobrar, superar, rebasar, aventajar, desbordar, abundar, extralimitarse, propasarse, desmadrarse, excederse; entre sus antónimos: contenerse, reprimirse, limitarse y quedarse corto.

El verbo ha entrado recientemente en el lenguaje coloquial (“te has pasao”, “pasarse tres pueblos…”) y  hay que reconocerle el mérito de describir divinamente, y nunca mejor dicho, las costumbres de Dios según las cuenta la Biblia: el éxodo no fue un vadear arremangados el Mar de los Juncos buscando la orillita, sino un paseo triunfal sobre lo seco entre murallas de agua;  llovió tanto maná  que, como dicen los gallegos, “no daban acabado”;  las codornices fueron otro diluvio inesperado;  las murallas de Jericó se vinieron abajo solo con tocar  las trompetas.   En los evangelios siguen desbordándose las cosas: la abundancia de peces casi hunde la barca en el lago; el vino que  sobró en Caná bastaba para emborrachar a los paisanos de media Galilea;  sobraron tantos panes y peces después del banquete en el descampado, que hicieron falta doce canastos para recogerlos;  Nicodemo se presentó en el Calvario con 35 kilos de perfume para ungir el cadáver de Jesús. 

Cuando nosotros, europeos comedidos y formales, queremos hablar de algo desmedido que nos desborda, echamos mano,  todo lo más, a  signos de admiración o a  mayúsculas, pero lo de los orientales es otra cosa y “se pasan” mucho a la hora de contarlo.  Si en vez de en Galilea Jesús hubiera nacido en Escandinavia o en Pomerania Occidental, su discurso hubiera sido probablemente más contenido y circunspecto y no hubiera usado imágenes tan disparatadas como las que de vez en cuando se le ocurrían. Pero era un judío de imaginación calenturienta y se le ocurrió un día aquello de la morera ultraobediente que, ante la orden de alguien con fe, se arrancaba ella sola y se plantaba en medio del mar (Lc 17,10). 

Lo descabellado del ejemplo nos invita a hacernos preguntas: qué fe tan rara es esta de la que habla, qué poco se parece a aquello que decía el catecismo  de “creer lo que no vemos”, qué falta de homologación  con el lenguaje habitual de las encíclicas  anteriores a Francisco. A lo que de verdad recuerda es a ese estado de exaltación y  arrebato que produce el enamoramiento: quien está viviendo esa experiencia de éxtasis, se siente empujado  más allá del umbral de la lógica y no se detiene ante lo que parece imposible: saltar tapias,  andar sobre telas de araña, escuchar en plena noche el canto de los pájaros. Son imágenes que emplea el Romeo de Shakespeare para describir la exaltación de su amor y solo el Evangelio supera su audacia: perdedores que ganan,  caminantes descalzos pisando escorpiones,  granitos de mostaza convertidos en árboles, céntimos que valen una fortuna, hijos encontrados y cubiertos de besos, últimos que resultan primeros,  el paraíso prometido por un crucificado a otro que agoniza a su lado. 

La noche de Belén fue “de eso”: de pasarse, de excederse y derrochar, de saltarse todos los límites, todas las medidas, todo lo convenido, todo lo adecuado:  oscuridad inundada de resplandor, silencio estallando en himnos, pastores corriendo en busca del Pastor, una cuadra convertida en palacio del Rey. En palabras de  Efrén de Nísibe, allá por el s. IV: el Grande se hacía pequeño, el Silencioso se volvía Palabra, el Señor se convertía  en siervo, el Centinela se quedaba dormido sobre un pesebre. 

Cuando decimos  “felices Pascuas” estamos diciendo sencillamente eso:  para alegría de la buena, la de quienes acompañan en su camino a Aquel que se pasó primero. 

 

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MONÓLOGOS Y SOLILOQUIOS

Por: Dolores Aleixandre 08-12-2016

Al evangelista Lucas parecen interesarle los monólogos internos de sus personajes: al administrador sinvergüenza lo presenta como si lo  conociera hasta los tuétanos y sus pensamientos le fueran transparentes:  “El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer…? Para cavar no tengo fuerzas, mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer…” (Lc 16, 3). Del rico que había tenido abundante cosecha también nos revela cuáles eran sus cavilaciones: “Empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha».  Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes, y me diré…” (Lc 10, 17).

Es una  lástima  que el contenido de las reflexiones de ambos gire en torno a cómo enriquecerse más y tampoco  consuela mucho que el hijo pródigo salga del agujero negro en el que estaba gracias a que “entró en sí” y se dijo  “me levantaré…, iré…le diré…” (Lc 15, 17): la realidad es que tenía un hambre tan feroz que sus pensares le fluían desde el estómago.

Menos mal que aparece María, la madre de Jesús, con una interioridad “decente” y respiramos al saber que ella rumiaba otras cosas y todo lo que tenía que ver con su Hijo “lo guardaba dándole vueltas en su corazón” (Lc 2,19). Santa Teresa hablará después de “un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma…”

Qué suerte contar con maestras que orienten nuestros soliloquios en otra dirección…

 
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EXPLICACIONES

Por: Dolores Aleixandre 18-11-2016

Parece ser que cuando entre en vigor el nuevo Misal Romano, se dirá en la fórmula de la consagración del cáliz:  “mi sangre que será derramada por vosotros y por muchos, en vez de por todos como antes. Motivo del cambio: “se ha aplicado un principio de correspondencia literal”. Como la expresión suena a excluyente, se recomienda hacer una catequesis para que los fieles nos enteremos de que en arameo “multitud” significa  “totalidad” y, por lo tanto, se está expresando de modo inequívoco la universalidad de la salvación. 

A  ver si lo he entendido bien: cuando escuchábamos “por todos”, resultaba inequívoca esa universalidad pero como  ahora lo de  “por muchos” pude ser equívoco,  necesitamos una explicación, no vaya a ser que entendamos lo que no debemos entender. ¿Alguien puede explicarme esta complicación?

Más misterios: asisto a la consagración de un nuevo templo y la ceremonia, a pesar de durar más de dos horas, no se hace larga: pocas veces se encuentra una comunidad tan  viva, tan festiva y que participe tan intensamente, apiñada en torno a un párroco excepcional. En las moniciones se va explicando cada símbolo, excepto esta secuencia enigmática: entra el obispo en procesión llevando mitra y  báculo pero, después de besar el altar, un diácono le quita la mitra y antes de la primera lectura, se la vuelve a poner.  Al proclamar el Evangelio se la quita de nuevo y le entrega el báculo, pero se lo quita otra vez al terminar el Evangelio. Antes de la homilía, le pone la mitra pero, al terminar, se la quita. Después del Credo se la pone pero, al acercarse al altar para el ofertorio, se la quita de nuevo; después del Santo le quita el solideo y, después de la comunión, se lo pone otra vez y también la mitra. Al final, le da el báculo, y sale del altar con báculo y mitra.

No sé si me salto algo, en todo caso quiero pensar que en algún momento futuro, se simplificará este trasiego de difícil comprensión.  Mientras tanto, yo casi prefiero que no intenten explicármelo.

 
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RAREZAS Y MISTERIOS

Por: Dolores Aleixandre 06-11-2016

 

Un sabio de Israel reconoce: Hay tres cosas que me rebasan y una cuarta que no comprendo: el camino del águila por el cielo, el camino de la serpiente por la peña, el  camino de la nave por el mar, el camino del varón por la doncella (Pr 30,19). Esta joya literaria  activa inmediatamente en mi cabeza otros caminos que también a mí me rebasan, por ej.: el camino desde Australia para tirarse tomates en Buñol,  el camino a Borja para ver  el Ecce Homo, el camino a comprar  vaqueros de marca con agujeros.  También queda fuera de mi alcance entender el impacto estético que se consigue llevando una mariposa tatuada en el cogote o el refuerzo identitario que seguramente experimenta  quien se perfora la lengua con  un piercing.   Pero esas son bagatelas en comparación con este otro misterio inexplicable: la pasmosa divergencia de opinión en torno a la duración de una homilía, según provenga de los fieles sentados en los bancos o de quienes las pronuncian. 

El sentir del primer grupo es casi unánime: en general nos parecen largas. Y  nos atrevemos a  decirlo en alto, envalentonados (empoderados se dice ahora) al saber que tenemos al Papa de nuestra parte: “La homilía-  dice en la Evangelii Gaudium- es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase. (…) Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo” (nº138). El subrayado es mío y el total acuerdo también, excepto en el empleo del subjuntivo: no estamos ante una lejana e hipotética posibilidad de que se prolongue una homilía, sino ante un indicativo puro, duro y constatable: salvo excepciones que la “bancada” comenta elogiosamente a la salida, las homilías tienden a ser más largas de lo aconsejado por el Magisterio.

Un ejemplo reciente: los organizadores de un encuentro numeroso de educadores católicos, piden al obispo que va a presidir la Eucaristía  que, por favor,  no se alargue mucho porque los autobuses esperan a una hora determinada a los que tienen que viajar;  el obispo accede amablemente pero, al comenzar, se disculpa por tener que hacer una homilía breve. Y aquí aparece la anómala desviación perceptiva: la brevedad homilética que unos lamentan,  es motivo de agradecido alivio para sus destinatarios.

Se me ocurre como solución salomónica un intercambio de posiciones: un grupo de homiletizados, elegidos por sorteo, haríamos la experiencia de preparar  algunas homilías buenas y breves: seguramente nos serviría para darnos cuenta de lo difícil que resulta.  Por su parte, los miembros del  grupo de homiletizadores, se sentarían a lo largo de varios  domingos junto a nosotros  y escucharían las homilías de sus colegas.  

Y después volveríamos a opinar.

 

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DUTY FREE

Por: Dolores Aleixandre 18-10-2016

“-¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra ¿a quiénes cobran los impuestos y contribuciones: a sus hijos o a los extraños?  Pedro contestó:  -A los extraños, Jesús le dijo:-Por tanto, los hijos están libres…” (Mt 17, 25-27). En plena temporada en que sería obligación de los partidos hablar sobre sus políticas de impuestos más que de sus enfrentamientos, aparece en la liturgia este texto sorprendente. Las autoridades judías, con intenciones  capciosas,  han preguntado a Pedro si su Maestro es culpable de evasión fiscal  y él,  convencido de que Jesús va a felicitarle por su postura virtuosa de ciudadano modélico, contesta que por supuesto que no, que a honradez y decencia tributaria no le gana nadie. Pero Jesús reacciona una vez más inesperadamente y se declara duty free,  haciendo temblar de golpe a los sistemas retributivos,  la bolsa,  las fuentes tributarias de financiación y el ministro de finanzas. 

Quizá trató de explicárselo después a Pedro: - ¿Cómo se te ocurre que entre un padre y sus hijos se interponga el IRPF? ¿No te parece absurdo pensar que Dios  reclame un IVA por querer a sus hijos? ¿No te das cuenta de que, cuando aparece el amor,  huye todo lo que suene a obligatorio e impuesto y solo fluyen la gratuidad, el derroche y la esplendidez?

No era fácil de entender, así que lo mandó a pescar al lago: en la boca del primer pez pescado estaba lo justito para cumplir los dos con sus obligaciones de Hacienda. 

Aún le faltaba tiempo para conseguir que entendiéramos hasta donde llegaba su libertad.   

 
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HOLA SOY DORY

Por: Dolores Aleixandre 03-10-2016

 

Pocas cosas me ponen tan contenta como encontrar coincidencias entre lo que dice la Biblia y lo que leo en el periódico o veo en el cine. Acaba de pasarme con la protagonista de la película de Disney y Pixar, Buscando a Dory: me ha hecho recordar en el acto una metáfora del profeta Oseas y un adjetivo del evangelio de Marcos (soy de la gramática antigua). Dory es una entrañable pez azul con serios problemas de memoria a la que ya conocíamos en Buscando a Nemo: se le olvida todo al momento y va de un sitio para otro diciendo: “Hola, soy Dory ¿podrían ayudarme…?” 

También a los israelitas del s. VIII a.C. se les olvidaba en seguida lo que el Señor hacía por ellos y  Oseas se lo reprochaba: “Vuestro amor es como una nube mañanera, como rocío que se evapora al alba” (Os 6,4),  y algo parecido les pasaba a los  receptores “pedregosos” de la parábola de la semilla de Mc 4,16 que aparecen caracterizados como  proskairoi (transitorios, momentáneos, ocasionales…). En  ellos podemos vernos reflejados también nosotros,  emparentados con Dory  en sus olvidos persistentes,  parecidísimos a la tierra incapaz de retener  la humedad que la había refrescado al amanecer, afectados por  esa memoria quebradiza y fugitiva que no deja echar raíces a los recuerdos que hacen vivir. 

Hagamos la prueba: ¿qué recordamos de la encíclica Laudato si  a solo unos meses de su aparición? ¿Qué huella nos ha dejado su llamada urgente a “cuidar la casa común”? ¿Qué pasos hemos dado en dirección a esa “cultura de la sobriedad y conversión ecológica”? ¿Estamos dispuestos a reemplazar el “discurso verde” (y que se nos pegue la lengua al paladar…) por la adicción  a las 3R de reducir, reutilizar, reciclar?  ¿Cómo de determinados estamos, por ejemplo,  a abrigarnos más en invierno  y bajar la calefacción? ¿A evitar plásticos,  utilizar transporte público y reducir el consumo de agua? 

“No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo”,  dice Francisco (LS 211).   

No hay que renunciar tampoco a la posibilidad de que Dory recupere la memoria.

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EL DESALOJO DEL ADIOS

Por: Dolores Aleixandre 15-09-2016

 

De un tiempo a esta parte  despedirse diciendo adiós empieza a resultar raro y está siendo desalojado por otras fórmulas: “Hasta luego” (aunque el luego no esté en el horizonte), “Suerte”, “Cuídate”  o  “Que tengas un buen día”. Lo del buen día te lo desean por  igual  los que te asaltan a la salida del metro con sus carpetas de causas benéficas, o la  gitana del ramito de romero, y además te lo repiten aunque no firmes nada ni cojas el ramito,  dejándote un poco abochornada ante su amabilidad. Quizá sea una consigna municipal y diocesana: hasta los curas que parecían más adustos han sucumbido a la frase y nos lo desean al final de la misa, esbozando un amago de sonrisa. 

Si pienso en lo que considero “tener un buen día” (que las cosas salgan según mis planes, no tener contratiempos…), veo que mi coincidencia con el Evangelio es nula porque  Jesús pone como modelo de “buen día” el de aquel samaritano al que se  le fastidió su itinerario por atender al herido. En todo caso me suena bien la posibilidad de que le dijera  al joven rico aunque le dejaba plantado y se alejaba a toda prisa para consultar el IBEX 35: “¡Que tengas un buen díaaaaa!”.

 
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TRES DEPORTES APOSTOLICOS

Por: Dolores Aleixandre 01-09-2016

 

A saber: saltar, nadar, correr. No se asusten quienes se consideren  de condición artrítica, endeble o extenuada: aunque sean tres verbos asociados con el deporte (estamos en plenas olimpiadas…), su ejercicio está al alcance de todos. Tienen como sujeto a tres personajes evangélicos cuya fiesta hemos celebrado recientemente: Pedro, Pablo y María Magdalena. Es verdad que no representan las acciones más significativas de cada uno, pero sí  dicen algo de algunos rasgos vitales compartidos por los tres:  ímpetu, energía, prisa, vigor, prontitud, ardor y urgencia.  Todo lo contrario de la lentitud, apatía, tibieza, indolencia o parsimonia que caracterizan tantas veces nuestra vida cristiana. 

Lo de saltar y nadar fueron cosa solo de Pedro: saltó de la barca a las frías aguas del lago en la madrugada del primer día de la semana y se echó a nadar hacia la playa donde esperaba Jesús. Le recordamos también corriendo hacia el sepulcro en aquella misma mañana de entrenamiento intensivo para todos: María de Magdala  corría  también a toda prisa después de su encuentro con el Viviente para anunciar a los discípulos: “-¡He visto al Señor!” Años más tarde no había decaído el vigor atlético de los orígenes: Pablo se ve a sí mismo como un corredor sin aliento, lanzado detrás del Señor y sin otra meta que alcanzarle. 

Pedro, Pablo y María de Magdala, en expresión de Galeano, “ardieron la vida con ganas” y de ahí mi propuesta: que se celebre conjuntamente el 29 de Junio la fiesta de los tres, añadiendo el nombre de ella a los de Pedro y Pablo.  Intuyo que la idea puede sobresaltar a muchos, pero al menos no se pueden objetar incompatibilidades litúrgicas: el Papa Francisco ha convertido en “fiesta” del Calendario Romano lo que antes era  “memoria obligatoria” de María Magdalena, reconociéndola como una figura de indiscutible relevancia en la historia del cristianismo.  Y si este ascenso en el escalafón la equipara al resto de los apóstoles ¿qué inconveniente habría para una celebración conjunta?

 

Después de escribir esto me acomete el desánimo: he buscado el icono de Pedro y Pablo y los he visto tan pegados el uno al otro, con las cabezas tan unidas que parecen siameses, que preveo la dificultad de encontrar un hueco para nadie más, por muy “Apostola apostolorum” que sea ella. 

El 22 de Julio le he dicho con mucho cariño a María Magdalena: -“Siento decírtelo, bonita, pero me temo que te queda aún bastante tiempo de esperar sentada en esta fecha. A pesar de lo bien que supiste correr”.

 
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QUE ALEGRIA NO SER MONOS

Por: Dolores Aleixandre 03-08-2016

Leo en el periódico que los monos,

 a medida que envejecen,  restringen sus interacciones sociales, pierden curiosidad  y reducen su interés al grupo de monos  que les resultan más previsibles y no les suponen riesgos; y parece ser que, con el paso del tiempo, los humanos tendemos a reaccionar de manera parecida a la de esos monos asustadizos.  Creo que la tentación de aferramiento a lo conocido y de huida de los riesgos nos acecha a todos en cualquier edad y no conozco mejor remedio que este:  exponernos cada día a la Palabra que llega a nosotros desbordando energía y chorreando vida nueva.   Así lo expresa Erri de Luca: “Cada mañana con la cabeza despejada y serena, acojo las palabras sagradas. He llegado a entender que acogerlas no significa aferrarlas, sino ser alcanzado por ellas; estar tan tranquilo que me deje agitar por ellas; tan indiferente y sin planes personales previos que pueda recibirlos de ellas, tan soso que me deje salar por ellas”. 

Los que de mi generación leíamos piadosamente el “Ejercicio de perfección y virtudes cristianas” del P. Alonso Rodríguez SJ,  esperábamos impacientes la parte  final de cada capítulo en la que “se confirmaba lo dicho con algunos ejemplos”.  Inspirada por tan sabia metodología, propongo tres textos del evangelio con poder para  “agitar” y “salar” la inercia y la sosera que amenazan nuestra existencia.

 “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Cuánto sobresalta esta imagen a nuestra tendencia  a “reclinar la cabeza” en todo aquello que creemos saber, controlar o dominar,  en  ideas apolilladas que nos dan seguridad,  en hábitos oxidados que nos sujetan a nuestras rutinas.  Un pequeño paso hacia esa forma de “intemperie” practicada por Jesús puede abrirnos a las sorpresas que el Dios de la vida va desplegando ante nosotros.

“Se levantó de la mesa, se quitó el manto…”  (Jn 13,1). El gesto describe un desplazamiento arriesgado: alejarse de los lugares de privilegio y situarse a ras de suelo y a la altura de los pies de los demás: un cambio de plano que nos pone en contacto con lo elemental de cada persona, con su desnudez, con las limitaciones de su corporalidad. Sentimos vértigo ante ese descenso y sin embargo, los que han hecho ese tránsito, hablan de  la extraña alegría que les esperaba precisamente ahí.

“Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Frente a nuestros aburridos  lamentos  por  los pesos  que decimos soportar,  la Palabra nos anuncia una bendita contradicción:  el Evangelio es  “una pesada carga ligera” y, cuando creíamos ser  nosotros quienes cargábamos con él, descubrimos que es él el que nos lleva. Y el que nos hace respirar con la frescura y el asombro de los comienzos del mundo.  

 

Qué alegría no ser monos.

 
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DEJARSE NACER

Por: Dolores Aleixandre 17-05-2016

La expresión es de Miguel Márquez,

 provincial de los Carmelitas Descalzos en su reciente conferencia en Roma, en la clausura del año de la vida consagrada. Además de ser una “consigna pascual” preciosa me ha recordado un texto muy desconocido de Oseas en el que dedica a Israel este reproche cáustico: “Cuando su madre estaba con dolores, fue una criatura tan torpe, que no supo ponerse a tiempo en la embocadura del parto” (Os 13,13). La ironía del profeta es corrosiva: -“No es solo que seas tonto de remate, es que de puro torpe, casi  ni acertaste a nacer…”. Quizá es porque se empeñaba en controlar él su propio alumbramiento, en vez de confiarse a la misteriosa energía que lo provoca. 

Lo de “dejarse” es difícil: estamos más acostumbrados a vivir en clave de esfuerzo, trabajo, empeño y obtención de resultados y tenemos poca práctica en  abandonarnos, soltar, ceder, cejar,  permitir…“Rendíos y reconoced que soy Dios” (Sal 46,11) decía un salmista y a ese tipo de rendición suena el “Señor mío y Dios mío” de Tomás aquella tarde en que el Resucitado le invitó a  “dejarse nacer” …

 

 

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Al atardecer llegó con los doce

Por: Dolores Aleixandre 22-03-2016

El relato de Marcos

 sobre los preparativos de la cena pascual, hay un significativo  desplazamiento de lenguaje. El texto comienza diciendo: «El primer día de los ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?… » (Mc 14,12). Sin embargo,  cuando es Jesús quien  da las instrucciones para el dueño de la casa,  habla de «cenar con mis discípulos»,  desaparecen las alusiones a lo litúrgico y no hay ya ni una palabra  sobre ázimos, cordero, hierbas amargas,  oraciones o textos bíblicos: solo pan y vino, lo esencial en una comida familiar. Quiere cenar con los suyos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos: ese es el único objetivo que permanece y que Lucas subraya  aún con  más fuerza « ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua!» (Lc 22, 15). El «con vosotros»  es más intenso que la conmemoración del pasado,  lo ritual deja paso a los gestos elementales que se hacen entre amigos: compartir el pan, beber de la misma copa, disfrutar de la mutua intimidad,  entrar en el ámbito de las confidencias.

Su relación con ellos venía de lejos: llevaban largo tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una  necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso; les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31). 

Sin embargo,  las cosas que él decía y las conductas insólitas que esperaba de ellos les  resultaban ajenas a su manera  de pensar y de sentir, a sus deseos, ambiciones y discordias y una distancia en apariencia insalvable se iba creando  entre ellos: le sentían  a veces como un extraño venido de un país lejano que les hablaba en un lenguaje incomprensible.

Pero aunque ninguno de ellos se sentía capaz de salvar aquella distancia, Jesús encontraba siempre la manera de hacerlo. El día en que admiró la fe de los que descolgaron por el tejado al paralítico (Mc 2,5), estaba en el fondo reconociéndose a sí mismo: también él removía obstáculos con tal de no estar separado de los suyos y nada le impedía seguir contando con su presencia y con su compañía, como si los necesitara hasta para respirar.  Ellos se comportaban tal y como eran, más ocupados en sus pequeñas rencillas de poder que en escucharle, más interesados en lo inmediato que en acoger sus palabras,  torpes de corazón a la hora de entenderlas.  Pero  él se había ido inmunizando contra la decepción: los quería tal como eran sin poderlo remediar, los disculpaba,  seguía confiando en ellos.

« Todos vais a tropezar, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mc 14,27),  dijo  durante la cena. No habló de culpa, ni de abandono, ni de traición: eran amigos frágiles que tropezaban y no se puede culpar a un rebaño desorientado cuando se dispersa y se pierde. Sabía que iban a abandonarle pronto  y que, si no habían sido capaces de comprenderle cuando les hablaba de sufrimiento y de muerte, tampoco lo serían para afrontarlo a su lado, pero sobre sus hombros no pesaba  carga alguna de reproches o de recriminaciones. Libre de toda exigencia de que correspondieran a su  amor, estaba seguro de que, lo mismo que su abandono en el Padre le daría fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño apego que sentía por los suyos sería más fuerte que su decepción por su torpeza.  

Y seguiría considerándolos amigos, también cuando uno de ellos llegara al huerto para entregarle con un beso

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TRANSFIGURACIONES

Por: Dolores Aleixandre 19-02-2016

Leo en la autobiografía de Oliver Sacks:

 “Fue solo entonces, es esa extraordinaria reunión, cuando comprendí plenamente la riqueza de la personalidad de Wystan, su genio para las amistades de todo tipo. Allí estaba, con una sonrisa radiante, en medio de sus amigos, totalmente relajado, o eso me pareció. Y sin embargo, entreverada con todo eso, también flotaba una sensación de ocaso, de despedida"[1]

Tengo la impresión de que tanto él como Lucas en el evangelio de este domingo, están contando, cada cual  a su manera, una experiencia de transfiguración. Estamos ante dos narradores que dan cuenta de algo que les ha impactado  profundamente a nivel relacional y, a partir de ahí y con diferente grado de intensidad,  se salen de la esfera plana de las descripciones precisas y  exactas y se expresan en el lenguaje de lo excesivo, lo simbólico y lo totalizante: “solo entonces”, “extraordinaria reunión”, “comprendí plenamente”, “totalmente relajado”, “riqueza”, “genio”, “radiante…”  Son expresione vigorosas de Sacks que comunican la emoción de haber descubierto el 

“rostro otro” de un amigo. También Lucas quiere transmitir algo de la experiencia límite de conocer a Jesús de una manera “otra” y emplea para ellos un lenguaje  intenso:  “subió a un monte”,  “oraba”, “cambió de aspecto”,  “sus vestidos resplandecían de blancura”,  “su rostro se volvió otro”, Moisés y Elías, dos nombres que hacían estremecerse a cualquier judío, “aparecieron gloriosos”; una  “nube hizo sombra”, y  una “voz”,  saliendo de la nube, llamó “Hijo” a Jesús dejándolo amparado y envuelto en una ternura torrencial.  Una palabra grave: “éxodo”,  tiñe también esta escena de la “sensación de ocaso y despedida”. Y como contraste oscuro frente a tanta luz, tres hombrecillos asustados que balbucean desatinos y que preferirían  dormir y quedarse al margen de tanta desmesura.

 

También nosotros lo preferiríamos, seguramente. Quedarnos tranquilos, entretenidos en lo inmediato, ajenos a la capacidad de transfiguración que se esconde tras la aparente trivialidad de las personas y las cosas. “El mundo está lleno de esplendor espiritual y de secretos maravillosos”,  decía el Baal Sem Tov  fundador del judaísmo jasídico, “pero basta una pequeña manita sobre nuestros ojos para esconderlo todo”. También Job reconocía esa ceguera al decir: “Cruza junto a mí y no lo veo, pasa rozándome y no lo siento” (Jb 9,11).   

El Evangelio de hoy nos propone precisamente lo contrario: una atención despierta capaz de detectar el  roce de la vida y del  Señor que la habita;  una terca convicción de que toda realidad esconde en su entraña el poder de resplandecer, de “volverse otra”. Y una escucha expectante que nos permita oír, en medio de la algarabía de  tantas voces, la Voz que se nos dirige a cada uno y que nos susurra las palabras que poseen el poder de  transfigurarnos: “Tú eres mi hijo amado”. 

 

 

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SINAPSIS

Por: Dolores Aleixandre 19-01-2016

Me pasa siempre con los textos bíblicos que,

 mientras estoy leyendo uno,  me viene a la memoria otro y se juntan en mi cabeza hasta formar una pareja feliz. No siempre me resulta fácil explicar a otros dónde les veo el parecido y por qué me empeño en unir lo que para ellos no tiene nada que ver. En esos casos esgrimo el argumento de que tampoco resulta fácil entender en qué consiste eso de la sinapsis en la que, según leo,  la terminación de una neurita se junta con la de una dendrita.  Vamos al ejemplo: la escena de aquel paralítico al que descolgaron entre cuatro  por el tejado para que pudiera estar junto a Jesús (Mc 2,3-4), me ha hecho recordar algo que hemos leído en Navidad: “Al mediar la noche su carrera,  tu omnipotente palabra se abalanzó desde los cielos…” (Sab 18, 14).  Me conmueve ese abalanzarse presente con distinta intensidad  tanto en el paralítico descendiendo al encuentro de Jesús, como en la Palabra al descendiendo encuentro de nuestra humanidad. 

 

            Al llegar aquí el lector puede elegir entre dos opciones: considerar esto como una afortunada sinapsis entre una biblioneurita y otra bibliodendrita,  o sentenciarlo como  desvarío de una imaginación calenturienta. Recibo con mansa aceptación  cualquiera de los dos veredictos.

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TX9

Por: Dolores Aleixandre 14-12-2015

Os  mamm t tddwm mdd ggg sr acá bu. Esto que acaban de leer es la versión que ha aparecido en la pantalla de mi nuevo móvil en lugar de “Esta tarde hacemos compra” que es lo que yo quería escribir. Motivo: había pulsado sin querer la tecla TX9 que propone un “texto predictivo”.  Acostumbrada como tantos de mi generación a tratar a mamporrros  una Olivetti,  no consigo adaptar mis dedos a estos teclados tan melindrosos y, como reincido en la equivocación una vez y otra,  termino por aborrecer conjuntamente la tecla y su significado: qué agobiante es esto de un texto que decide por su cuenta, pienso enfadada; no hay derecho a que te impongan desde fuera lo que quieres decir o ser; a mí que no me asfixien con predicciones…

En medio de estas divagaciones, aparecen las primeras bolas doradas navideñas, esas que a algunos les provocan depresión pero que en mí tienen un efecto balsámico: llega el Imprevisible, el Impredecible, el Improbable, el Anómalo, el Excéntrico, el Divergente,  el Rarísimo. (Me encanta endosarle esos títulos que nunca aparecerán en los libros de teología). 

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, con la TK9 gravitando también sobre él, dispuesta a sumergirle sin remedio en trayectorias de estancamiento y circularidad. Un mensajero poco aficionado a la innovación le había aplicado el texto predictivo correspondiente:  “Será grande, Hijo del Altísimo, sentado en el trono de David, reinando por los siglos de los siglos…”, pero él se las arregló para escapar de la tecla y desde su nacimiento se sacudió augurios y predicciones: vaya grandeza rara mostrarse tan pequeño; qué poco pedigree davídico ser hijo de inmigrantes galileos;  menudo  trono de risa el de un pesebre y una cuadra; qué  peste a estiércol en vez de a los olores mesiánicos homologados de  mirra y áloe. 

Se había salido del guión establecido, le había cogido el  gusto y las cosas fueron a más: - “Qué, María, ¿no se os casa el chico?”,  preguntaban  las vecinas,  - “Con lo espabilado que es y lo majo, podría apuntarse a un master en Rabinato. Dicen que los que hacen el erasmus en Séforis salen casi todos colocados…” Y ella callada. Y él callado también, silbando la melodía del Siervo mientras aserraba tablones. Ni Salomón, ni David, ni Ezequías: le gustaba aquel personaje oscuro y silencioso,  colgado de Dios, que aguantaba las cargas de otros, entregaba la vida y elegía siempre el último lugar.

A la hora de independizarse, compartió intemperies con una panda de idealistasinfronteras.com. Carente del gen del cálculo, del instinto de auto conservación, del aferramiento a lo propio, tomaba opciones insólitas, arriesgaba rupturas, ensayaba  lenguajes peculiares. A su lado la gente se sentía liberada del fatalismo de destinos que creían inexorables: un paralítico volvía a caminar; un ciego daba un salto desde su cuneta y entraba en la luz; una mujer encorvada se enderezaba; Zaqueo abría su casa a Jesús y  su dinero dejaba de interesarle; el viejo Nicodemo nacía de nuevo. 

Los que pensaban que nunca podrían escapar de sus adicciones  (dinero, poder,  ira, desesperanza…), descubrían la belleza de una vida simple, la anchura de perdonar,  la asombrosa libertad de servir gratuitamente, el ánimo para comenzar de nuevo. 

La muerte no tiene ya dominio sobre él”, decía Pablo.  ¡Ni la TX9 tampoco!, cantaron los ángeles en Belén inundando de resplandor aquella noche,  amenazada como las de hoy por sombríos textos predictivos ( ), parecidísimos  a esos en los que querríamos encerrar sin salida a políticos ineptos o a sinodales cerriles.

 

 Pero “desde las alturas” nos invitan a mantener pulsada otra tecla, la S esa que inunda de alegría nuestra pantalla vital con la impredecible noticia de que Somos mente Queridos.

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