Dolores AleixandreReligiosa del Sagrado Corazón. Biblista y escritora. Jubilada feliz después de 20 años de docencia de Sagrada Escritura en la Universidad de Comillas.
Por: Dolores Aleixandre 06-05-2013
Por: Dolores Aleixandre 06-04-2013
pero como en tu saludo inicial no nos llamaste “hijos e hijas” sino “hermanos y hermanas”, siento que tengo permiso para hacerlo. Y me sale también un tú, aunque llenísimo de respeto, porque no me imagino llamando de usted a un hermano de verdad y el vos argentino no me va a salir.
En el diario “La Nación” del 14 de Marzo he leído que tu elección “ha resultado balsámica” y me ha parecido un adjetivo perfecto para calificar lo que nos está pasando desde que nos saludaste desde el balcón, con aquel tono en el que se mezclaban la timidez y la confianza. Primer efecto balsámico: te vemos distendido y hasta bromista (¡qué maravilla, un papa con sentido del humor…!), sin dar en ningún momento la impresión de estar abrumado por el peso de esa responsabilidad agobiante y desmesurada que los Papas se han ido echando sobre los hombros, como si les tocara a ellos solos encargarse de toda la Iglesia universal. Como si no existieran los otros Pastores, como si el pueblo de Dios fuera un fardo con el que cargar y no una comunidad de hombres y mujeres capaces de iniciativa y con deseos de participar y de colaborar, como soñamos con el Concilio.
Tú, en cambio, estás consiguiendo comunicarnos la convicción de que ese camino que comienzas lo vas a hacer acompañado por todos nosotros. Qué manera tan franciscana por lo sencilla y tan ignaciana por su lucidez de señalar un nuevo estilo eclesial. Porque si lo que deseas es que se nos reconozca por la fraternidad, el amor y la confianza, empiezan a sobrar y a estorbar (hace tiempo que a bastantes ya nos estaban sobrando y estorbando…) tantas conductas, prácticas y costumbres en las que se han ido confundiendo la dignidad con la magnificencia y lo solemne con lo suntuoso. Resulta una sorpresa balsámica sentir que ahora te tenemos como cómplice en el deseo de ir cambiando esas usanzas e inercias que nadie se decidía a declarar obsoletas y ante cuya incongruencia habían dejado de dispararse las alarmas. No son cuestiones irrelevantes, son indicadores que revelan una preocupante atrofia de los sensores que tendrían que haber puesto alerta, hace mucho, de que estaban en contradicción con los usos de Jesús. Así que bienvenida sea esa tarea que emprendes de volver a la frescura del Evangelio y a la radicalidad de sus palabras: ya nos estamos dando cuenta de que, en lo que toca a los pobres, no vas a darnos tregua.
Comienzas tu camino en momentos de extrema debilidad de la Iglesia: lo mismo que aquel joven que huyó desnudo en el huerto, a ella le han sido arrancadas las vestiduras con las que se protegía: secretismo, hermetismo, ocultamiento, negación de lo evidente. Pero es precisamente ahora, cuando aparece desnuda y despojada ante la mirada enjuiciadora del mundo, cuando se le presenta inesperadamente una ocasión maravillosa: la de revestirse por fin, únicamente, del manto de la gloria de su Señor.
Nos has confiado la tarea de sostenerte con nuestra oración y en estos momentos estoy pidiendo para ti unas cuantas cosas: paciencia ante el rastreo que la prensa está haciendo de tu pasado y que es una consecuencia de lo que dijiste a los periodistas: “Habéis trabajado ¿eh?, habéis trabajado…”. Pues eso, se han crecido y siguen trabajando. También pido que no te agobien más de la cuenta las expectativas descomunales que estás despertando y que te sientas muy libre (y muy hábil también) para elegir a quienes creas que pueden ayudarte en el gobierno de la Iglesia, aunque suponga un ERE para la curia.
Vas a encontrar muchas piedras en ese camino: críticas, resistencias y hasta zancadillas así que, siguiendo la recomendación de tu preciosa homilía el día de San José, trata de custodiarte un poco a ti mismo. Y por si no aciertas del todo, que se ocupen de ello las santas de la Iglesia de Roma: Cecilia, Inés, Domitila, Tatiana, Agripina, Demetria, Martina, Basilisa, Melania, Anastasia, Digna, Emérita, Martina, Sabina.
Han ido a buscarte casi hasta el fin del mundo y ha sido un acierto: gracias por haber aceptado quedarte, sin poder volver a recoger tus cosas. Menos mal que los zapatos que llevas parecen cómodos.
Muchos nos sentimos ahora responsables de rezar por ti, aunque no seamos de tu diócesis y nos alegra saber que estás también encargado de velar por la Iglesia universal. De pronto, está recobrando sentido llamar Papa al Obispo de Roma.
Que el Señor te bendiga, te guarde y derrame sobre ti el bálsamo de su paz.
Por: Dolores Aleixandre 16-03-2013
Es un adjetivo que marca con su sello dramático una existencia y hace que una estéril sea comparada con un muerto viviente, un ciego, un leproso o un pobre. La vida en la Biblia no tiene sentido más que en referencia a la promesa de Dios en Abraham de llegar a ser una gran nación, no vale más que abierta al infinito de las generaciones: por eso la esterilidad supone muerte y desolación. Una estéril lleva el signo del castigo de Dios por sus supuestos pecados (cf.Gen 20,18) y su situación la imposibilita para ser digna compañera de su marido. Israel estimaba y respetaba a la mujer sobre todo por su maternidad, no por su femineidad y eso aparece tan acentuado que, en alguna ocasión y por metonimia, se habla de ella como rajam: “un vientre” (Jue 5,30).
Aparece por primera vez al presentar a Saray, la mujer de Abraham y vuele a calificar después a Rebeca (Gen 25,21), mujer de Isaac; a Raquel, mujer de Jacob; a Ana, la que será madre de Samuel (1Sam 1,5) y a la madre de Sansón (Jue 13,2). Resulta llamativo que, de las cuatro matriarcas que engendraron en sus orígenes al pueblo de Israel, (Lía es fecunda desde el primer momento), tres aparecen marcadas por la esterilidad.
Para calificar su situación ellas recurren al término ´oni : desgracia, desdicha que LXX traducirá casi siempre al griego como tapeinosis, que no significa “humildad” sino “humillación”, uno de los términos más fuertes del vocabulario de pobreza del AT. Quizá por eso Raquel pide angustiada a Jacob: “¡Dame hijos o me muero!” y obtiene una respuesta irritada que revela a quién se atribuía el origen de toda fecundidad: “¿Hago yo las veces de Dios para negarte el fruto del vientre?” (Gen 30,1-2).
Los textos presentan a las matriarcas usando todos los medios a su alcance para vencer la desgracia de su suerte: dan sus esclavas a sus maridos, lloran, ruegan, pelean, usan artimañas... , pero en todas sus historias se pone de relieve que fueron arrancadas de su condición humillante gracias a la acción de Dios mismo que es reconocida por Lía y Raquel en estos términos: “Dios me ha hecho justicia”; “Dios me ha hecho un buen regalo”; “Dios me ha retirado mi afrenta”; “El Señor ha visto, ha oído” (Gen 29, 6.20.23.32). La acción de Dios se expresa a través de los verbos bendecir, escuchar, recordar, abrir el seno, visitar (cuidar): “Dijo Dios a Abrahán: - Saray tu mujer ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones” (Gen 17,15-16); “Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. El Señor lo escuchó Rebeca, su mujer, concibió.” (Gen 25,21); “Dios se acordó de Raquel, la escuchó y abrió su seno.” (Gen 30, 22)
Son verbos que vuelven a aparecer cuando Ana, la madre de Samuel, aún estéril, acude a Siló para “derramar su corazón ante el Señor”. El sacerdote Elí le desea: “Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido” (...) Elcaná se unió a su mujer Ana y el Señor se acordó de ella. Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: -¡Al Señor se lo pedí!” (1Sam 1,19-20) “El Señor visitó a (cuidó de) Ana, que concibió y dio a luz tres niños y dos niñas” (1Sam 2,21). En el caso de la madre de Sansón: “El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: - Eres estéril y no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo.(...) Ella fue a decirle a su marido: -Me ha visitado un hombre de Dios.”(Jue 13,3.6)
Su acción se celebrará en la liturgia: “Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los nobles de su pueblo, y pone al frente de la casa a la estéril, madre feliz de hijos.”(Sal 113,7-8)
Las mujeres llamadas a gestar un pueblo para Dios fueron estériles y esto no supone una coincidencia casual, ni un detalle superfluo introducido en los textos. En la intuición de los autores, esta convergencia recobra un sentido profundo que toca el origen de la fecundidad: ellas dieron inicio al pueblo de Dios no a pesar de ser estériles, sino a causa de ello.
Es una manera de dejar claro que, cuando Dios interviene para cambiar la suerte de su pueblo, nada tienen que ver los “méritos” de éste (su fecundidad en este caso), sino Su absoluta gratuidad. Esa es una de la principales “convicciones fundantes” que inspiran los relatos bíblicos, tanto a los sabios que ponen por escrito las antiguas sagas sobre los patriarcas y matriarcas, como a los narradores de las tradiciones sobre los orígenes del mundo y de la humanidad. Todos ellos están inspirados por el recuerdo del Éxodo en el que todo aconteció a partir de la impotencia absoluta de un pueblo humillado: el Señor cambió su suerte sacándolo de una situación de muerte y lo llevó a una tierra fecunda que manaba leche y miel. También los profetas postexílicos acuden a esa fuente de inspiración para cantar el poder del Señor ejercido, una vez más, sobre el vacío y la incapacidad de un pueblo sometido a poderes enemigos. La esterilidad ha ensanchado su significado, las narraciones en torno a las matriarcas se han vuelto poesía y cántico, la esterilidad se ha convertido en metáfora para ilustrar el “cambio de suerte”, lo mismo que lo son el vacío, el caos, las tinieblas, la opresión o la muerte.
Hablar de “la estéril” es evidentemente una referencia a Sara, pero su recuerdo se estiliza y lo acontecido en ella sirve para iluminar la experiencia presente de Israel en el exilio de Babilonia. YHWH puede seguir haciendo ahora, en esta nueva situación de esterilidad que vive el pueblo, lo que hizo con Sara bendiciéndola con la fecundidad. El pasado se ha introducido en el presente, arrojando su luz sobre el momento que vive una generación acostumbrada ya a ver a Babilonia como su único horizonte posible y poseída por la misma ironía escéptica que hizo murmurar a Sara por lo bajo: “Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?” (Gen 18,12).
Los exilados de Israel, amenazados de la misma reticencia e incredulidad ante el anuncio de su retorno a Sión, necesitaban escuchar también las mismas palabras que el Señor dirigió a Abraham y Sara en el encinar de Mambré: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo:-Cómo que voy a tener un hijo a mis años? ¿Hay algo imposible para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.” (Gen 18,13-14). La pregunta no va dirigida a las posibilidades de Sara, sino a las de Dios, y su recuerdo encierra una energía subversiva capaz de movilizar imágenes alternativas y de despertar esperanzas dormidas. De pronto, todo cambia de perspectiva y de significado: la esterilidad pierde su poder de muerte, deja de cerrar el futuro para convertirse en ocasión de irrupción del poder de Dios, dador de vida y de fecundidad.
Por: Dolores Aleixandre 15-02-2013
los teólogos reflexionan constantemente acerca de su misterio y la liturgia le invoca con muchos títulos: “Todopoderoso”, “Eterno”, “Señor”, “Santo”…. Pero no es muy frecuente hablar de Él como “el que hace reír” aunque es uno de los primeros nombres con que se le invoca en el libro del Génesis. Conocemos la historia: Sara, la esposa de Abraham, después de muchos años de esterilidad y siendo ya muy vieja, da a luz un hijo al que ponen el nombre de Isaac (del verbo tsjaq, reír). “Y Sara dijo: -Dios me ha hecho reír, y todos los que lo oigan reirán conmigo (Gen 21, 3-6). Un salmista hace la misma experiencia: “Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion, éramos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa, y nuestra lengua de gritos de alegría” (Sal 126, 1-2). De nuevo, una acción de Dios llena de risa la boca de quienes la han recibido y se convierte en la mejor de las promesas que se le pueden hacer a alguien uno de los amigos de Job le anuncia: “El Señor aún ha de llenar de risa tu boca, y tus labios de gritos de júbilo” (Job 8,21)
La historia de la risa en la relación con Dios viene de lejos: cuando Abraham escuchó la promesa de Dios de que Sara iba a tener un hijo: “cayó rostro en tierra y se puso a reír pensando para sí: ¿Puede un nombre de cien años tener un hijo, y Sara ser madre a los noventa?” (Gen 17,15-17). También Sara se rió al escuchar el mismo anuncio: "Sara se rió por lo bajo, pensando: “Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?”. Pero el Señor dijo a Abrahán: ‑ ¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: “¿Cómo que voy a tener un hijo, a mis años”? ¿Hay algo difícil para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Pero Sara, que estaba asustada, lo negó: ‑No me he reído. El replicó: ‑No lo niegues, te has reído” (Gen 18,11-15).
Aunque parezca extraño para nuestra mentalidad de hoy, el narrador habla con total frescura de ese “reírse de Dios” y de sus promesas, como si reaccionar así no desdijera en nada la categoría creyente de dos personajes tan emblemáticos como Abraham y Sara.
A nadie le gusta convertirse en blanco de las risas y burlas de otros y los salmistas lo temen frecuentemente en forma de queja: “Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza…”(Sal 22,8). “Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos (Sal 22, 8). “Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí; cuando me visto de sayal, se ríen de mí; sentados a la puerta cuchichean, mientras beben vino me sacan coplas” (Sal 69 11-12). Por eso le reprochan a Dios: “Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los paganos, nos hacen muecas las naciones (Sal 44 14-15).
En el Nuevo Testamento vuelve a aparecer esta situación humillante de ser puesto en ridículo y Jesús es objeto de burla en distintas ocasiones: cuando afirma la imposibilidad de servir a la vez a Dios y al dinero, “los fariseos, que eran amigos del dinero, se burlaban de él” (Lc 16, 14); y cuando entra en casa de Jairo y dice que la niña no estaba muerta sino dormida, también “se burlaban de Él” (Mc 5,40)
Las burlas que recibe durante la pasión son especialmente dramáticas: “Los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; y arrodillándose delante de Él, le hacían burla, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!
Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron para crucificarle (Mat 27,28-31). Y este modo de afrenta continúa al pie de la cruz: “Los principales sacerdotes junto con los escribas, burlándose de él entre ellos, decían: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse…” (Mc 15,31).
Pablo será también puesto en ridículo en Atenas después de hablar de la resurrección en el areópago: “Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, algunos se burlaban, y otros dijeron: Te escucharemos en otra ocasión acerca de esto. Entonces Pablo salió de entre ellos” (He 17,32).
Y es que lo propio de un discípulo es compartir la suerte de su Maestro.
Por: Dolores Aleixandre 15-01-2013
¿Podemos decir de él que es lalon, un hablante, un comunicador…? A esta pregunta, serían hoy seguramente muchos los que se inclinarían por lo primera opción y llamarían a Dios “el Silencioso” con cierto tono de reproche. No lo pensaba así Israel, todo lo contrario. Una convicción de los autores bíblicos es la de que Dios está constantemente dirigiéndose a nosotros y “emitiendo señales”: el arco iris (Gen 9,12), el sábado (Ez 20,12), la sangre (Ex 12,13), la luna (Eclo 43,8), una piedra (Jos 4,6)...Los “signos, prodigios, gestas, maravillas y señales portentosas” con que califican las acciones de Dios para con su pueblo, no parecen tener otro fin que el de convertirse en aviso, signo, guiño, contraseña o recordatorio de su presencia activa, de su incansable deseo de comunicarse y entrar en relación. El cielo “narra”, el firmamento “pregona”, el día “transmite”, la noche “ susurra” (Sal 19,2). Juan lo recuerda a su manera en el prólogo de su evangelio: “En el principio existía la Palabra...” (Jn 1,1) Y es como si nos dijera: “Dios es todo comunicación, el rasgo más característico de su identidad es precisamente ese: su expectativa de conversación y diálogo con nosotros. Y eso desde que esperaba con impaciencia la brisa de la tarde para bajar a encontrarse con nuestros padres en el jardín”.
Por eso el gran imperativo de Israel es “¡Escucha” y el peor reproche profético es el del embotamiento y la torpeza de ojos, oídos y corazón (Is 6,10). Están convencidos de que Dios nunca está “fuera de cobertura”, sino que quiere seguir tejiendo una historia relacional entre El y nosotros, para apasionarnos por una aventura espiritual que sólo es posible si el fondo de nuestro corazón está habitado por el deseo de encuentro que nace del amor.
Lo sabía bien el orante que decía:
“Aguardo al Señor, lo aguarda mi alma
esperando su palabra;
mi alma a mi dueño
más que el centinela a la aurora,
el centinela a la aurora...” (Sal 130,5-6)
Sin al menos una “brizna” de este deseo en el alma, ya podemos olvidarnos de teologías, métodos o escuelas bíblicas. Todo ese esfuerzo se pierde como la semilla en el camino si no se apoya en la conciencia de que entre nosotros y Dios ha ocurrido “algo”, y que a ese “algo”, experimentado como un encuentro dialogal que ha hecho comenzar una historia de amor (Cf.DV 2), le llamamos “Sagrada Escritura”, pero su verdadero nombre sería el de “la gran carta que el Padre envía a sus hijos que peregrinan en el mundo y con quienes se entretiene mediante el Espíritu Santo” ( DV 21).
Cuando la mujer samaritana intenta desviar la conversación y dice a aquel galileo desconocido que la había esperado en el pozo: “Cuando venga el Mesías nos lo explicará todo”, él vuelve su atención al presente: “Soy yo, el que habla (lalon) contigo”. Precioso título este que nos permite sentirnos incluidos en la escena y llamar a Jesús: Tú eres “el-que-habla-conmigo”.
Casi todo lo que Israel sabía de su Dios era que estaba siempre en camino hacia ellos y de sí mismo había aprendido que estaban convocados por Él a la escucha y a vivir “con el corazón en vela”: “Escucha, Israel, YHWH, nuestro Dios, es Uno. Y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Lo único que su Dios pedía de ellos era esa actitud de elemental receptividad, atención y escucha, porque sólo así podían reconocer la Palabra que Él pronunciaba en la historia y responder a las acciones que quería realizar en ellos: levantarlos, enderezarlos, ponerlos en pie, sacarlos de Egipto, llevarlos a una tierra que manaba leche y miel.
Una escena del Cantar nos permite oír los pasos decididos y ágiles de alguien que camina en dirección a una casa, se detiene ante su puerta y pronuncia una invitación apremiante a la mujer que está dentro durmiendo, pero con el corazón en vela (5,2). Su mano roza la cerradura de la puerta intentando abrirla (Cant 5,4) y al oírlo, ella exclama en medio de la noche: “¡Una voz! Llega mi amado…” (5,8). La posición enfática en el verso del término hebreo qol (voz, sonido, rumor…) expresa el presentimiento, la expectación y la sorpresa ante una presencia largo tiempo deseada.
Por: Dolores Aleixandre 26-12-2012
para que quede entre nosotros: me parece que Dios es un genérico. Voy a repetirlo de otra manera aún más discreta para evitar posibles represalias mafiosas de alguna multinacional farmacéutica: Dios ha elegido estar entre nosotros en formato de genérico. En vez de incorporar el principio activo y la biodisponibilidad de su presencia a alguna corporación reconocida y poderosa (fariseos, sacerdotes o escribas que eran entonces las Bayer, Merck o Roche de hoy), prescindió de la protección de sus patentes y, para estar al alcance de todo el mundo, corrió el riesgo de comercializarse a precio ínfimo y con margen cero de beneficio. (Si a alguien le escandaliza esto de la comercialización, le recuerdo aquella antiquísima antífona de la liturgia navideña que llama a la encarnación admirabile commercium entre Dios y nosotros).
Hoy resulta decisivo el lanzamiento promocional de lo que sea: un medicamento, un famoso, una película o un libro y de cómo se haga esa campaña dependerá la clave de su éxito y su prestigio futuro. Se supone que para promocionar el “evento Jesús” habría que cuidar al máximo las estrategias: cuál iba a ser la población diana, qué emociones despertar, qué sueños poner en marcha, cómo presentar sus rasgos más seductores y lo más impactante de su mensaje.
Al evangelista Lucas le tocó hacer de cronista de la campaña y dada la rareza de las cosas que pasaron, va preparando poco a poco a los lectores para que no se le desquicien: presenta primero al venerable Zacarías con todos los atributos y cachiperres de la más rancia estirpe: de casta sacerdotal, residente en Jerusalén, con su barba y su incensario y oficiando solemnemente en el templo. A continuación aparece María, genérica total, diminuta e insignificante: joven, pueblerina y domiciliada en una aldea perdida de Galilea, comarca cuajada de indignados y de rebeldes anti-sistema. Pero, mira por dónde, es ella y no el honorable Zacarías la inundada de gracia y la elegida para vivir a la sombra del Espíritu; es ella la primera en escuchar el nombre de Jesús y la invitada a presenciar y participar en la primera mañana de la nueva creación. Ya empiezan a descolocarse las cosas para nuestros ordenados criterios.
Luego llegó la “operación lanzamiento” del Dios-con-nosotros. Qué desatinado y desconcertante resultó su diseño: por qué Belén, por qué un pesebre en una cuadra; por qué en medio de la oscuridad y el anonimato de la noche. Por qué en la peor franja horaria en vez de en el cenit resplandeciente del mediodía y la audiencia; por qué en el extrarradio y no en Eurovegas o en el World Trade Center de Jerusalén. Por qué recibieron su anuncio unos indocumentados y no la gente con glamour, la clase docta, religiosa, pudiente y refinada, capaz de influir en el vulgo. Sin consultar al G8, ni a los lobbies de poder, al FMI o al Banco Mundial. Sin hacer un cálculo del daño irreparable que iba a sufrir la marca Emmanuel y de sus consecuencias en la reacción de los mercados.
Aquella noche fue un “especial genéricos”, destinado a los que nunca verán su foto en el Huffington Post o en la revista Forbes; a los que nunca se sentirán aludidos al leer: “Marca la diferencia. Haz un master”, o “Acostúmbrate a sentirte único”, porque su destino no es ser ni diferentes ni únicos, sino rellenar estadísticas: el 25% en situación de riesgo, el tercio que no llega a fin de mes, los amenazados por desahucio o que ya han perdido la tarjeta sanitaria.
Los signos de la gloria del Emmanuel serán también para ellos: apiñados en torno a Jesús le escucharán proclamarlos “dichosos”, probarán el mejor de los vinos en una boda de pueblo, se sentarán en la hierba y comerán sardinas y pan hasta saciarse.
Estaba con ellos el que no había retenido ávidamente su denominación divina de origen, el que se había despojado de todo prestigio, el que había elegido estar entre nosotros como uno de tantos, como el último del ranking. Y por eso recibió el Nombre sobre todo nombre y la Marca sobre toda marca.
Por: Dolores Aleixandre 27-11-2012
esa ha sido mi impresión después de hacer una lectura seguida de los textos de Adviento. Vienen cargados de tantas palabras resplandecientes: alegría, seguridad, gloria, esplendor, paz, confianza, salvación…, que esa insistencia luminosa resulta casi insultante en estos tiempos de tanta oscuridad. Puestos a elegir, preferiríamos otras promesas más cercanas a nuestra realidad: en vez de colinas que se abajan y valles que se levantan, esperaríamos el anuncio de que bajan las hipotecas, desciende la prima de riesgo y se eleva la responsabilidad de los bancos que han dejado sin ahorros a tantas familias.
Estupendo que lo torcido se enderece, pero nos suena a música celestial mientras continúen los métodos tortuosos de muchos empresarios para solicitar EREs y mandar al paro a tanta gente. Baruc nos exhorta a envolvernos en el manto de la justicia de Dios y es una magnífica cobertura pero ¿de qué les va a servir a los inmigrantes sin papeles si se quedan sin la sanitaria? La teología y sus eruditos se defienden: “Se trata de una perspectiva escatológica”, distinguen. Claro, pero sólo con eso no llego a fin de mes, piensa más de uno.
Jesús, que afortunadamente no era un erudito, propone otras salidas: da por sentada la existencia de situaciones desastrosas que nos sacuden llenándonos de ansiedad y preocupación pero, donde nosotros no vemos más que catástrofes, él ve “señales”. La condición para descubrirlas es “levantar los ojos”, ir más allá de lo inmediato que nos ciega y atrapa en redes de deseos insatisfechos, en obsesiones por retener modos de vida que considerábamos definitivos, en temores que embotan nuestro corazón impidiendo el fluir de la vida.
Y esas “señales” ¿dónde buscarlas?: en el desierto, responde el evangelio de Lucas en el 2º Domingo, en esos lugares marginales que nos obligan a afrontar sin distracciones esas preguntas de las que tratamos de escapar, que nos inquietan más allá de lo económico y que se enmascaran bajo pretextos de impotencias y desánimos. Los personajes políticos y religiosos nombrados (Poncio Pilato, Herodes, Anás, Caifás….) quizá fueron peores que los que hoy nos gobiernan pero, a pesar de sus poderes e intrigas, no consiguieron extinguir la esperanza que convocaba la voz profética de Juan desde la periferia.
En la tercera semana las señales se vuelven más concretas: hay que abrirse a la alteridad hasta llegar a compartir con otros, hay que salir del estrecho círculo de “lo mío” para que la esclavitud del poseer deje paso a la libertad de preferir el bien mayor de la relación: la alegría de que una túnica sobrante abrigue ahora el cuerpo aterido de un hermano.
Las señales de la cuarta semana nos devuelven a la belleza de lo pequeño, a la humildad de lo cotidiano: Dios elige como morada a Belén, un pueblo insignificante; y un sencillo saludo, esa experiencia universal de acogida del otro, desencadena un torrente de comunicación entre dos mujeres embarazadas que se llenan de alegría, bendicen y se ríen juntas mientras la vida crece en sus entrañas.
No son señales fáciles ni evidentes porque el Evangelio es siempre un tesoro escondido, un don exigente, una gracia cara. Después de todo, quizá el Adviento pueda conducirnos “oportunamente” hacia ese júbilo que se atreve con tanto descaro a prometer.
Por: Dolores Aleixandre 01-11-2012
tres términos francamente fastidiosos. Ya lo avisa la preposición anti en el adjetivo antilegómenos que acompaña a la “señal” que emite Jesús. No nos gustan los “antis”, detestamos que nos contradigan, nos adaptamos mal a lo que desbarata nuestros planes y rechazamos lo que se opone a nuestra idea de cómo deberían ser las cosas. Preferimos lo que discurre a nuestro favor, lo armónico, lo que fluye sin obstáculos, lo que permite que cada cosa se quede pacíficamente en su sitio.
Pero llegó Jesús a Jerusalén con sólo cuarenta días, todo él fragilidad y ternura, y al viejecito que lo tomó en sus brazos no se le ocurrió decirles otra cosa a sus padres más que esto: “Este niño va a ser un signo de contradicción”. Y se marchó tan tranquilo dejándolos perplejos y tratando de consolarse recordando que e el profeta Isaías había dicho otra cosa y le había llamado “Príncipe de la paz”.
El tiempo iba a dar la razón al viejo Simeón: el “Príncipe de la paz” iba a ejercer su título de una manera extraña y lo de menos es que, en vez de sobre un caballo, hiciera su segunda entrada en Jerusalén montado en un asno. Lo grave es que introducía en los comportamientos y costumbres más arraigadas gérmenes de disidencia, invitando a los que le escuchaban a escapar de los patrones establecidos: “Habéis oído …pero yo os digo…”, decía. Argumentaba con razones cuestionadoras, molestas y sorprendentes, como si pretendiera convertir a sus seguidores en transgresores de viejos principios adquiridos. Sus palabras y actuaciones eran retazos de paño nuevo que rasgaban el antiguo y los viejos odres ya podían contener el vino joven del Reino. Por eso levantaba una polvareda de resistencias y preguntas: ¿De dónde eres? (Jn 19,9), ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1,46), ¿Qué tienes que ver con nosotros? (Mc 1,24), ¿Dónde vives? (Jn 1,38), ¿Dónde vas? (Jn 13,36), ¿Quién es este hombre? (Mt 8,27), ¿Dónde has aprendido todo esto? (Mc 6,2), ¿De dónde te viene…? (Mc 13,56)
Era una “enseñanza nueva con autoridad” que contradecía antiguos saberes, abría caminos nuevos, invitaba a adherirse libremente a él, comunicaba una buena noticia con palabras que daban vida, comunicaban energía y hacían emerger espacios nuevos de alegría y libertad: es mejor dar que recibir, existe una dicha que es propiedad sólo de los pobres, los últimos van a ser los primeros, los llamados presidir tienen que ponerse a los pies de todos, el camino para ganar es el de perder.
Demasiado distinto de nuestro modo de pensar, excesivamente audaz como para obtener reconocimiento o conseguir influencia. Los que poseían el poder actuaron como los que en el libro de la Sabiduría se decían: “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos reprende las faltas contra la educación que nos dieron; declara que conoce a Dios y dice que él es hijo del Señor; se ha vuelto acusador de nuestras convicciones, lleva una vida distinta de los demás y va por un camino aparte; proclama dichoso el destino del justo y se gloría de tener por padre a Dios. Vamos, a ver si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte; si el justo ése es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo arrancará de las manos de sus enemigos. Lo someteremos a tormentos despiadados, para apreciar su paciencia y comprobar su temple; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien mira por él” (Sab 2, 12-20).
Sí, aquél a quien Jesús llamaba Abba “miró por él” y lo resucitó de entre los muertos. Por eso hoy podemos proclamar con alegría: el que fue “signo de contradicción”, acertó con los caminos de su Padre.
Por: Dolores Aleixandre 30-09-2012
Por: Dolores Aleixandre 04-09-2012
Dos sencillas sílabas en hebreo y cuántas resistencias a creernos lo que afirman: que Dios está “a favor nuestro”, que está de nuestra parte. En rincones escondidos de nuestro corazón anidan sabandijas y otros bichos dañinos que dan pequeños mordiscos a la confianza dejándonos una marca de dudas y sospechas. ¿Es Dios realmente “de fiar”, nos preguntamos? Sus intenciones hacia nosotros ¿son buenas?
No somos los primeros en hacernos esas preguntas : ya se las habían hecho los israelitas en el comienzos de la travesía del desierto, cuando empezaban a darse cuenta de que llegar a la tierra prometida iba para largo. Cayeron en la cuenta de que una cosa era haber atravesado el mar Rojo y otra emprender un camino a través del desierto, sin saber cuánto iba a durar y si iba a poder sobrevivir ante tantas carencias. Cuando les faltó el agua, crecieron sus dudas y su malestar y, aunque se lo expresaban a Moisés, el verdadero destinatario era Dios: “‑¿Por qué nos has sacado de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado? Moisés clamó al Señor: ‑¿Qué hago con este pueblo? Por poco me apedrean. El Señor respondió a Moisés: ‑Pasa delante del pueblo, acompañado de las autoridades de Israel, empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina; yo te espero allí, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para que beba el pueblo. Moisés lo hizo ante las autoridades israelitas y llamó al lugar Tentación y Careo, porque los israelitas se habían careado y habían tentado al Señor, preguntando: “¿Está o no está con nosotros el Señor?” (Ex 16, 2-7). En el fondo la pregunta era la misma que la nuestra: ¿Está Dios o no a nuestro favor?
Un salmista responde a su manera a esta cuestión decisiva para la fe: recorre la historia de su pueblo y se siente en condiciones de afirmar que, si no hubiera sido por la presencia de Dios a su lado, Israel no hubiera sobrevivido:
“Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte (lanu)
-que lo diga Israel-, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte (lanu),
cuando nos asaltaban los hombres, nos habría devorado vivos (…)
Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador:
la trampa se rompió y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor que hizo el cielo y la tierra”(Sal 124)
Lo difícil, pensamos nosotros, es cómo seguir proclamando esa salvación en medio de un incendio que nos devora, o cuando nos llegan las aguas al cuello, o cuando estamos enredados en una trampa de la que no conseguimos escapar. ¿Dónde está en esos momentos el Dios del que nos dicen que está “de nuestra parte”?
Sólo Jesús posee respuesta para esas preguntas: cuando leemos el relato de su pasión (por ej. Mc 14,43 a 15, 4), encontramos en él dos partes muy difrenciadas: la primera empieza con la detención de Jesús en el huerto y, en ese momento, pasa de estar en medio de su grupo de discípulos que “estaban a su favor”, a ser prisionero del bando de los que están “en su contra”. En todas las escenas que siguen le vemos rodeado de hostilidad, insultos, golpes y burlas hasta desembocar en la muerte en cruz. Sólo después de ese momento, después de que José de Arimatea pide a Pilato el cadáver, volvemos a encontrarlo “entre los suyos”: José lo descuelga de la cruz, lo envuelve en un lienzo y lo pone en el sepulcro, mientras María Magdalena y María la de José contemplan la escena: son ya tres personajes “a su favor”.
Podemos preguntarnos cómo vivió Jesús el tiempo en el que estuvo en manos de quienes estaban en su contra y recordar aquella afirmación suya: “Se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que cada uno de vosotros se irá a lo suyo y a mí me dejaréis solo. Aunque yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32).
Él había dejado atrás cualquier previsión y defensa, abandonando su existencia al Padre que lo enviaba y conducía. Sabía que no necesitaba preocuparse aunque estuviera en medio de la contradicción, el dolor, el fracaso o la muerte: el Padre estaba “a favor suyo” y él estaba seguro de que lo recogería al final extremo de la noche.
Esta confianza suya inaugura la existencia creyente y Jesús ha sido el primero en recorrerla. Detrás de él vamos nosotros, apoyados en la tranquila audacia que hizo decir a Pablo: “Si Dios está a favor nuestro, ¿quién estará contra nosotros? 32 El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?(…) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? 36 Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. 38 Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, 39 ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom 8, 31-39)
Por: Dolores Aleixandre 31-05-2012
que no ha querido identificarse, se ha hecho cargo del total del débito de su hipoteca. Puede pasarse por nuestra oficinas para firmar su cancelación definitiva”. Esta situación, tan improbable como la de que el beneficiario de un pagaré lo rompa en presencia de su deudor, es precisamente la que evoca la carta a los Colosenses: “Dios os ha dado vida con Cristo, perdonando todos nuestros delitos y, cancelando el recibo (quirógrafo) que nos pasaban los preceptos de la Ley, lo quitó de en medio clavándolo en la cruz” (Col 2, 14). Quizá el quirógrafo designaba el “libro divino” del que hablan muchos escritos judíos intertestamentarios en el que están consignados los pecados humanos. La anulación de esa deuda consiste en un perdón gratuito de esos pecados y en su desaparición total y definitiva.
En los iconos de la Iglesia de Oriente Jesús aparece con frecuencia llevando en su mano un rollo de pergamino (“escrito a mano”, de ahí lo de “quirógrafo”) que simboliza un supuesto documento jurídico donde queda cancelada nuestra deuda, consumando así nuestra reconciliación con Dios
Estamos ante una metáfora bellísima que puede ser interpretada de dos maneras: cargando sombríamente el acento en nuestra condición de “deudores” y reforzando nuestra conciencia de culpa; o celebrando el aspecto luminoso de su simbolismo: Cristo enarbola triunfante el “documento” de nuestra liberación, recordándonos al mismo tiempo con las heridas de sus manos, que el amor tiene siempre un precio. La carta a los Efesios dice lo mismo con otras palabras: “De balde os han salvado en la fe, no por mérito vuestro, sino por don de Dios; no por la obras, para que nadie se jacte. Sois una obra de arte de Dios” (Ef 2,8).
Si estiramos un poco más el símbolo, podemos reconocer que, a la hora de relacionarnos unos con otros, todos somos portadores de un quirógrafo particular en el que llevamos escritos los fallos y defectos de los otros, junto con lo que creemos nos “adeudan”. Vamos apuntando en ese particular libro de contabilidad las carencias, deficiencias y errores ajenos y, cuando entramos en relación con ellos, ese quirógrafo invisible se interpone entre nosotros y nos distancia.
En el texto evangélico en que Jesús cura al paralítico al que habían descolgado por el tejado, le dice antes de curarle: “Hijo, tus pecados están perdonados” (Mc 2,5). Podemos visualizar la escena imaginando a Jesús rompiendo en pedazos el quirógrafo de las culpabilidades de aquel hombre, como si le dijera: “No hay nada que se interponga entre tú y yo; entre nosotros no existen barreras, ni distancias, ni reproches”.
¿Qué ocurriría si fuéramos al encuentro de los otros “sin quirógrafo”?. El gesto de dar la mano de alguien expresaba en la antigüedad la ausencia de armas amenazadoras ¿no podría decirle al otro silenciosamente que llevamos la mano libres para ir a su encuentro?
Por: Dolores Aleixandre 05-05-2012
Son fórmulas de cortesía que desaparecen en el acto si la escena se da en una cola y alguien se nos pone delante. El tema de la precedencia se estudia a fondo en la carrera de “Protocolo y organización de eventos” y es que es un asunto delicado: no hay más que recordar lo mal que sentó en la curia romana que en la oración por la paz de Juan Pablo II con otros líderes religiosos en Asís en 1986, no quedara claro que el Papa tenía que tener en todo la precedencia. Jesús, tan contracultural a la hora de usar adverbios y adjetivos (recuerden cómo usa lo de arriba/abajo, dentro/fuera, más/menos, mayor/menor…), se muestra tajante en este punto: cuando Pedro le increpó por hablar de sufrimiento y de cruz, él le cortó de manera enérgica diciéndole: “Pedro ¡detrás!” (Mc 8,33), para dejar muy claro que el que iba delante y marcaba el camino era él, y lo propio del discípulo era y es, seguirle e ir detrás.
Antes de su pasión había dicho: “El Hijo del hombre se va…” y se va “llevado debajo”, sometido como tantos seres humanos al poder de la violencia y de la injusticia. Pero “cuando sea puesto en pie, iré delante de vosotros a Galilea” (Mc 14,28) y para ese “ir delante” usa proago. No se confundan con la otra palabra que era hypago, las lenguas, es lo que tienen. Pero Marcos, que es el evangelista que usa los dos verbos, los distingue muy bien y casi le bastan los dos para contar el misterio pascual. “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas pero, cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea” (Mc 14,27). El “Pastor herido” es puesto en pie (el verbo va en pasiva porque Jesús no se “resucita” a sí mismo, los textos dejan siempre claro que es siempre el Padre quien le “despierta” o “pone en pie”…)
Si él es siempre el que “precede”, la buena noticia pascual es que nosotros caminamos por la vida siempre “precedidos”: él ha recorrido el camino antes y se adelanta para “prepararnos lugar” (Jn 14,3). Dios, en su Hijo, no está ausente de ningún lugar, incluso de aquellos de los que la violencia, el odio o el sin sentido parecen excluirle y que se manifiestan a escala mundial. Podemos transitar por esos ámbitos donde la muerte ha echado su firma, sabiendo que contamos para ello con la gracia de nuestro bautismo.
Cuando todo parece estar definitivamente bloqueado, cuando se tiene la sensación de que todo está perdido y que estamos en un camino sin salida, la seguridad de sabernos “precedidos” posee una energía capaz de sostener nuestra permanencia y librarnos de la tentación de desánimo y desesperanza. Nos ofrece el poder del Resucitado y su mano tendida para agarrarnos precisamente cuando nos parece que hemos llegado al límite de nuestras fuerzas.
En palabras de Antonio Oliver: “Con su muerte y resurrección, Cristo alcanzó las profundidades de la historia: morir le abrió las puertas de la profundidad , aquel lugar recóndito donde cada cosa es lo que es. Las profundidades de lo humano han sido llenadas de luz por su muerte, el eje de la tierra, el cogollo de la historia, ha sido redimido. Los agujeros más negros del dolor humano han tenido ya la visita de su presencia. y, como lo que le sucede a él nos sucede a cada uno de nosotros, jamás nos meteremos en un agujero donde Cristo no haya estado , nunca llegaremos a un agujero desde el cual no podamos volver siempre atrás y remontar la bajada con la bandera de la victoria en las manos”.
Si él va delante de nosotros, no existe ninguna situación humana, por catastrófica que sea y por cerrada que aparezca, que no haya quedado afectada por la Resurrección de Cristo. Cualquier pretensión humana de encerrarse o encerrar a otros en ámbitos de exclusión y "perdición", sean del tipo que sean, queda descalificada y privada de la posibilidad de tener la última palabra.
Por: Dolores Aleixandre 30-03-2012
cada vez más, algo de mal gusto. Y eso a las personas profundas, conscientes y conspicuas les parece fatal y no les falta razón. Pero, mira por donde, unas palabras de Jesús parecen dar la razón a los que evitan nombrar a la muerte. En los preámbulos de la última cena con sus discípulos según la cuenta el evangelio de Marcos, les dijo: “El Hijo del hombre se va, según está escrito de él…” (Mc 14,20).
Podía haber dicho: “mi muerte está próxima”, “emprendo el camino hacia la muerte” …, o alguna otra expresión así, pero elude el término “muerte” o el verbo “morir” y escoge el verbo hypago, compuesto por la preposición hypó (bajo, debajo, por debajo... , como en hipotermia, hipoglucemia, hipócrita…) y el verbo ago: ir, marchar, dirigirse a…
El resultado es que está evocando un modo de caminar no escogido por propia iniciativa sino guiado, conducido, sometido, bajo presión de algo a alguien. “Irse” no significa “morir”, aunque haya que pasar por ahí: es una manera de caminar que nace de su condición de “Hijo del hombre”, es una consecuencia de haber elegido esa forma de estar en la existencia. Según el texto, él “no se entrega” sino que “es entregado”. Ha sido su manera de vivir, sus elecciones, sus palabras, sus gestos, sus compañías, las que han ido tramando una red que ahora cae sobre él atrapándole. Con frecuencia para hablar de situaciones así empleamos frases como: “él se lo ha buscado”, “se veía venir…”, “ahora, que apenque con las consecuencias…”. Y ese es precisamente el sentido del hypago. Si no se hubiera señalado tanto, si hubiera sido un poco más prudente, si se hubiera tragado las palabras, si no se hubiera rodeado de tanta gentuza, si no hubiera provocado a los poderosos, si…
Y además ¿no ha elegido entrar en lo más hondo de la condición humana?, ¿no se ha atrevido a descender a los infiernos donde están los últimos?, ¿no ha abrazado su misma condición, comportándose como un hombre cualquiera? Pues que no se queje ahora, porque ha sido él quien se lo ha buscado: si has criado cuervos, no te extrañe que te saquen los ojos y quien mal anda, mal acaba. Por eso “se va” de esa manera: sometido a las leyes que rigen la vida de los que carecen de privilegios, arrastrado por las consecuencias de sus opciones, aplastado por los resultados de conductas que podía haber evitado.
“El Hijo del hombre se va”. No se trata de un destino inexorable prefijado por la Escritura: él no se refiere a ella como si fuera un banco de datos de donde extraer informaciones. Acoge y descifra ese tejido de significaciones en las que se hace oír la palabra de Otro y, al presentarse la situación que ahora vive, se pone a la escucha. Es consciente de lo que le traen las circunstancias y asume su destino como Hijo del Padre y como Hijo del hombre.
Por: Dolores Aleixandre 02-03-2012
El término dialogismós, emparentado con la noble familia del logos y por tanto del diálogo, la lógica, la logística o la logoterapia, aparece en el Nuevo Testamento desvinculado de su aristocrático árbol genealógico, como un hijo ilegítimo que renegara de la categoría de su cuna. Usado casi siempre en plural, expresa actitudes de retorcimiento, doblez y descontento que salen al exterior en forma de crítica, protesta o murmuración: “Del corazón salen los pensamientos malvados (dialogismoi)” (Mt 15,19) “Estaban allí sentados unos letrados que murmuraban para sus adentros…”(Mc 2,8). Discutían los discípulos sobre quién era el más importante y Jesús “conociendo los pensamientos de sus corazones, tomando un niño lo puso en medio…” (Luc 9,46). En una de sus apariciones a los suyos en el cenáculo les reprochaba: “¿Por qué suben esos pensamientos a vuestros corazones?” (Luc 24,38). “El Señor conoce los pensamientos de los sabios, y son malos” decía Pablo a los Corintios citando el Salmo 94; y recomendaba a los cristianos de Filipos: “Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones ” (Fil 2,14), lamentándose también de que los Romanos hubieran puesto “sus pensamientos en cosas sin valor, oscureciendo su insensato corazón” (Rom 1,21).
Desde los comienzos del cristianismo, los maestros del espíritu han prevenido acerca de los peligros de una mente distraída, enredada en búsquedas egoístas, miedos, dudas, falsas ilusiones y sospechas. Estaban convencidos de que quienes permiten que su interior esté habitado por estos pensamientos “según la carne”, alejados de la influencia del Evangelio, no viven la libre vida de los hijos, sino el sometimiento de los esclavos.
Pero no se trata sólo de un tema “moral”: implica la tarea de adiestrar nuestra interioridad para no permitir que nuestra mente se deje enmarañar en una selva de pensamientos irrelevantes: la consecuencia será entonces el vivir una vida trivial, presa de la distracción y del descuido. En una sociedad en la que nos bombardean estímulos y solicitaciones de todo tipo, corremos el peligro de dispersar nuestra atención de aquello que, como decía Paul Tillich, “nos atañe incondicionalmente” .
Cuando Thomas Merton viajó a Asia, tomó mayor conciencia del riesgo de vivir a merced de esos pensamientos vacíos, previniendo contra este viejo hábito de dejar vagar nuestra mente “a su aire”, sin hacer nada por sujetarla. Frente a ello, propone la disciplina de “la mente despierta”: ser consciente de lo que se está haciendo, de eso y nada más que de eso. “Es decir, que si uno está andando, en vez de estar en el habitual estado de distracción, esperanza, temores etc., esa clásica confusión de pensamiento y fantasía que nada tienen que ver con el hecho de andar, en vez de eso, mantiene la atención orientada a la conciencia del movimiento corporal de las piernas y a oír y ver en la medida en que sea necesario”.
Un monje de Poblet, ya fallecido, Agustí Altisent 0SB, nos transmite lo que consideraba su “regla de oro”: «Hay que dar a cada cosa que se hace, por ínfima que sea, un valor de infinito, y hacerlas todas tan atenta y relajadamente que uno se posea a cada momento y tenga la calma de lo eterno». En la práctica, supongo que hay que prestar tan amorosa atención al hecho de barrer o de lavarse los dientes como al de dar una conferencia, recibir una distinción honorífica o formar una multinacional. No todo es igual, pero todo es igualmente maravilloso si se hace con cariño, si se le presta morosa atención; si se hace algo nerviosamente es porque lo despreciamos y pensamos sólo en lo siguiente: y por el desprecio alejamos de nosotros muchas maravillosas cosas. No todo es igual, pero sí lo es en lo que a posesión de nosotros mismos se refiere. Decirlo es fácil; hacerlo...
Por: Dolores Aleixandre 03-02-2012
que junto al número de entradas de cada búsqueda aparecía el tiempo empleado: 0,75 seg; 0,30 seg… Los perros hacen lo mismo, pensaba yo: les tiras un palo lejos y te lo traen en la boca, orgullosísimos de lo poco que han tardado en encontrarlo, ni siquiera ellos escapan de esta manía de calcular el tiempo. Nos encanta dividirlo en fracciones minúsculas e inventar para ello instrumentos de altísima precisión. Las marcas de los atletas se miden en centésimas de segundo y nos irrita que el tren de alta velocidad se retrase unos minutos porque nos hemos vuelto súbditos del reloj y de la agenda y les permitimos reinar sobre nosotros, como una despótica pareja sentada en su trono. Rendimos homenaje al tiempo con frases rotundas: “Cuida los minutos, pues las horas ya cuidarán de sí mismas”; “Consulta al tiempo, porque el tiempo es la máxima sabiduría”. “Es el tiempo que has perdido por tu rosa lo que hace que tu rosa sea tan importante”… Son expresiones impregnadas por el aroma de ese incienso con que rendimos homenaje al dios Cronos.
Pero frente a su tiranía, el Nuevo Testamento se atreve a pronunciar otra palabra: kairós como un desafío al cronos ritmado por el curso de los astros y dividido por calendarios y cronómetros. Kairós es otra clase de tiempo y está marcado por un deseo, un proyecto, un acontecimiento. Sus ritmos son esos momentos (kairoi) en los que algo llega a término u ofrece nuevas posibilidades: el parto después de un embarazo (Lc 1,57; 2,6); la cosecha tan esperada (Mc 12,2); el momento de llevar a cabo un proyecto largamente acariciado (Mc 14,12). Son ocasiones emergentes que exigen una atención vigilante para no dejarlas escapar.
Jesús comenzó su predicación proclamando que el kairós se había cumplido y el reino de Dios se había acercado (Mc 1,35). Era una noticia que desbordaba todas las expectativas y llegaba como una ráfaga de alegría, como un evangelio.
Cuando ese kairós rozaba la vida de alguien, lo transformaba: Nicodemo, consciente de la medida de sus años, pensaba con realismo que cambiar a su edad era ya imposible. El paralítico tumbado junto a la piscina respondía con escepticismo a Jesús: -“Si llevo ya aquí 38 años…!” Aquella mujer encorvada sabía que, después de 18 años así, el paso del tiempo no haría más que seguir deformando su espalda. Pero de pronto en sus vidas prisioneras por las ataduras del chronos, irrumpía de manera inesperada una posibilidad insólita: nacer de nuevo, ponerse en pie, volver a erguirse.
A otros los acechaba el kairós cuando iban de camino: a Pablo que galopaba camino de Damasco para detener a los seguidores del nazareno, se le cruzó el mismo Jesús al que perseguía y le cambió de itinerario y de orientación vital. Al samaritano que caminaba al paso de su mula, el encuentro con el hombre herido en la cuneta le aceleró los pasos y el corazón; y, en vez de alejarse y seguir el ritmo de sus planes, acogió el imprevisto que se le presentaba. Y desde entonces, allá donde de anuncia el evangelio, se sigue recordando su gesto de acercarse al otro, en memoria suya.
“Un acontecimiento, dice el filósofo Miguel García Baró, es la llegada súbita de lo inesperable, de lo que no nos cabe en la cabeza ni en el corazón, de lo que desde entonces pasa a ser por completo inolvidable. Es como un exceso tal de la experiencia, que se interrumpe la trama tranquila de la vida (…). Ya no podemos seguir contando nuestra vida como si tuviera un seguro argumento cuyo hilo central es nuestro proyecto sobre ella, lo que para ella hemos pensado y querido y que habitualmente se iba realizando”.
Haber conocido a Jesús y tener en nuestras manos su Evangelio pertenece a esa clase de “excesos de experiencia” que son por completo inolvidables.
Por: Dolores Aleixandre 31-12-2011
que es discreto por naturaleza. Mediante el silencio no es posible manipular a nadie. Con el silencio es imposible manejar la realidad; la realidad, con el silencio, queda ahí, virgen y misteriosa. El silencio es, por ello, la forma más sublime de respeto existencial” (Pablo D’Ors).
Sublime, si, pero de difícil conquista este habitar el silencio en medio de una cultura dominada por el ruido. Nos lo ofrecen ya como experiencia exótica las agencias de viaje y el costo es alejarse del escenario cotidiano y buscar silencio en lugares muy distantes aún no alcanzados por la civilización y sus estrépitos. Cuando no está a nuestro alcance, podemos recurrir a la imaginación y escapar del centro bullicioso de la ciudad y su tormento de rugidos, embotellamientos y claxones para trasladarnos mentalmente, como si fuéramos espeleólogos, a una sima profundísima y absolutamente silenciosa.
Debió ser algo parecido a eso los que le pasó Elías el profeta que, sin moverse de la cima del monte Horeb, pasó de oír el bramido de la tormenta, el estruendo del terremoto, el gemido del huracán o el crepitar pavoroso de un incendio, a escuchar “la voz de un silencio tenue” (1Re 19,12). Y entonces se le fue el miedo, salió de la gruta en que estaba acurrucado y se puso en pie envuelto en su manto porque aquel silencio, como un heraldo, le anunció que Dios se estaba acercando.
Repetía a su manera lo que había hecho Moisés cuando subió al mismo monte con dos tablas de piedra sin nada escrito en ellas y sin palabras en su boca para aprender a esperar calladamente lo que Dios quisiera comunicarle (Ex 34).
Otos creyentes de la Biblia supieron también de silencios: aquel salmista que se sentía en brazos de Dios tranquilo y silencioso, como un niño satisfecho después de mamar (Sal 131) O aquel orante que, como hablando con su yo profundo, decía: Descansa (permanece silenciosa, quieta…) sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza… (Sal 62,6).
Cuenta también una tradición de Israel que Josué mandó detenerse al sol y él se quedó quieto y callado (en hebreo su significado es parecido) (Jos 10,12). También Jesús acalló la tempestad cuando despertó de aquel profundo y asombroso sueño que le tenía tranquilamente dormido en la barca mientras sus discípulos gritaban atemorizados (Mc 4,19).
A Isaías se le acabaron las palabras después de tanto tiempo de gritarlas sin resultado alguno y entonces decidió callarse y quedarse a la espera (Is 8,17). Jeremías también recurrió a gestos acompañados de silencio y, sin decir nada, estrelló un cántaro contra el suelo en presencia de mucha gente. Y sólo cuando le preguntaron anunció que así iba a ser el final del reino, tan sin remedio como un cacharro roto (Jer 19). Jesús recogió esta tradición profética de realizar en silencio algún signo sorprendente que despertara atenciones dormidas y, en la noche en que iba a ser entregado, agarró una jofaina y una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos, desconcertados y mudos.
Tampoco se atrevían a abrir la boca aquellos reyes de los que habla el Segundo Isaías cuando contemplaron que el misterioso personaje que aparece como “Siervo de Yahvé” ni siquiera tenía aspecto humano (Is 52,15). Era el mismo que había sido enviado por el Señor a proclamar su palabra pero sin gritar, ni clamar, ni vocear por las calles (Is 42,2).
En el Evangelio aparecen personajes de los que sólo se recuerda lo que hicieron y ni una sola de sus palabras: José acogió calladamente a María en su casa (Mat 1, 24); Lázaro salió fuera de su tumba convocado por la orden de su amigo Jesús (Jn 11); una viuda pobre echó cuanto tenía en las ofrendas del templo (Lc 13 41-44); las mujeres que ungieron a Jesús, (Lc 7 36 ss; Mc 14,3-11; Jn 12,1-11) derramaron silenciosamente sus perfumes sobre sus pies o su cabeza. Eran gestos tan elocuentes que no necesitaban el apoyo de las palabras.
También Jesús guardó silencio en su Pasión (Mc 15,17; Lc 23,9) porque con su seguir amando fielmente hasta el final, ya lo estaba diciendo todo.
La palabra silencio (damamah) es femenina en hebreo y posee la belleza casi inaccesible de una novia a la que se ronda con delicadeza y respeto. No se entrega de una vez por todas, hay que irse aproximando a ella con cuidado. Si nos sentimos atraídos por ella, podemos empezar por cosas muy sencillas: apagar cualquier artilugio emisor de ruido, poner nuestro índice en el pulso y sentir los latidos de nuestro corazón; estar atentos al ir y venir de la respiración; juntar una palma con otra y sentir el flujo de energía que fluye de ahí…
Aprender también de los pájaros que, como cuenta Thomas Merton, piden permiso a Dios antes de salir de su silencio de la noche: “Los primeros gorjeos de los pájaros diurnos que despiertan marcan el point vierge, el «punto virgen» del amanecer bajo un cielo aún como sin luz auténtica, un momento de respeto e inocencia inexpresable, cuando el Padre abre los ojos en perfecto silencio. Empiezan a hablarle, no con un canto fluido, sino con una pregunta que despierta, que es su estado auroral, su estado en el point vierge. Su situación pregunta si es hora de que «existan». Él responde «sí». Luego despiertan uno a uno y se hacen pájaros. Se manifiestan como pájaros, empezando a cantar. Al fin, son del todo ellos mismos, y hasta vuelan” (Conjeturas de un espectador culpable p.161).
Quizá ellos participan de la sabiduría del creyente bíblico que afirmaba: “Es bueno esperar en silencio la salvación de Dios” (Lam 3, 25).
Por: Dolores Aleixandre 26-12-2011
esa especie de ogro corporativo y siniestro al que hay que tener contento aunque nos esté asfixiando y triturando. Giramos en torno a sus estados de ánimo y al punto de la mañana ya estamos pensando: ¿cómo se habrá despertado? ¿estará irritado y nos pegará un zarpazo? ¿qué podemos hacer para que no frunza el ceño? Bramamos contra él y lo colmamos de vituperios sin darnos cuenta de que, en el fondo, nos está prestando el servicio impagable de que como “el malo” es él con su codicia insaciable y su carencia absoluta de ética, no necesitamos mirarnos al espejo y preguntarnos: “Espejito, espejito ¿no me estará contaminado a mí el estilo mercado, aunque sea en talla junior?”
En una de sus parábolas, cargada de cierto humor negro, Jesús cuenta la historia de un hombre que tuvo una gran cosecha (o se apañó un retiro millonario) y se puso a echar cálculos: “¿Qué puedo hacer? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros mayores para meter mi trigo y mis posesiones (o conseguiré un ERE) y después me diré: Querido, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta ( y búscate un paraíso fiscal…). Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida (estás al borde del infarto…). Lo que has guardado ¿para quién será? (se lo va a llevar Hacienda…)” (Lc 12,16-21). Es curioso que el reproche merecido no sea de índole moral sino intelectual: más que como un sinvergüenza aparece sencillamente como un imbécil.
Aquellos graneros son el símbolo de ese modo de vivir que tan bien conocemos: hay que defender “el grano” de lo que poseemos de cualquier tipo que sea y, para eso, hay que levantar muros protectores que lo pongan a salvo. Si no estamos con cien ojos, nos comportaremos como clones del personaje de la parábola y su modelo granero: “Ya sé lo que hacer” , repetimos como él, “blindaré los accesos a “mi grano”, que ya está bien de tanta solidaridad; protegeré mi sensibilidad y cambiaré de canal en cuanto empiecen esos documentales espantosos de niños famélicos; buscaré los informativos que refuercen mis convicciones: “a los que piden en las calles los ponía yo a asfaltar carreteras”, “los parados que espabilen”, “los inmigrantes, que se vuelvan”…
Pero, aunque estamos para pocos villancicos y bombillitas de colores, llega la Navidad con su modelo pesebre: sin puertas, sin alarmas, sin defensas, abierto a cualquiera que quiera acercarse y llevarse ese “grano” que descansa sobre él. Es la otra manera de vivir inaugurada por Jesús que intenta seducirnos con su estilo alternativo. Hay que reconocer que él llevaba ventaja porque nacer en un establo en vez de en una casa como Dios manda, lo marcó para siempre y con poco remedio. Y es que como te descuides en la elección de relaciones y se te arrimen peones agropecuarios no cualificados, ya no te vas a quitar nunca de encima a esa gente: te rodearán, te empujarán y te incordiarán a todas horas: “Tengo a mi hijo endemoniado con el paro”. “No tienen vino ni papeles tampoco”. “No soy digno de que entres en mi casa, que tengo alquiladas todas las habitaciones para pagar la hipoteca”. “Señor, que vea cómo llegar a fin de mes”; “Aumenta mi fe que todos mis amigos son de los “indignados” y no entienden que yo sea creyente”… Y detrás de todo eso, un deseo desvalido y acuciante: si rozaras mi vida, si me hablaras, si te sintiera cerca, si me dijeras por qué vale la pena vivir…
Y él ahí, entonces y ahora, tan a la intemperie como en Belén, tan expuesto como un pan que se parte. Acogiendo todos los gritos y todas las lágrimas de un gentío abatido y derrotado: “Ánimo, no tengas miedo, yo no te condeno, vente conmigo, tus pecados te son perdonados, levántate, sal fuera, vete en paz. Mi vida es para vosotros: tomad, comed…”
No sabemos ser como él, pero si su existencia nos sigue deslumbrando, podemos dejarnos caer esa noche por las afueras de Belén, contemplar un rato el pesebre y repetirnos de nuevo la pregunta: “¿Qué puedo hacer?”
Quizá la respuesta no nos resulte cómoda ni placentera, pero es de las que llegan al corazón y lo desbordan con esa alegría que nadie puede arrebatarnos.
Por: Dolores Aleixandre 06-12-2011
de un tiempo a esta parte, instalar sus tiendas en nuestro imaginario y familiarizarnos con esa precaria manera de vivir, tan distinta de la de quienes vivimos asentados y domiciliados de manera estable y segura. Una tienda es frágil y está expuesta a todos los vientos, lluvias e intemperies; el que acampa no suele disponer de un terreno ni ejercer derechos de propiedad sobre él: ni siquiera puede estar seguro de que no será arrojado fuera. Una tienda se instala casi sin hacer ruido, como pidiendo tímidamente permiso y asegurando que no va a molestar. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia.
Fue el modo de vivir de los patriarcas y también después, en la etapa del desierto; por eso el vocabulario bíblico habla con frecuencia de pieles, lonas, estacas, clavos, cortinas y cuerdas. Muchas historias de mujeres suceden en las tiendas o en sus alrededores: Sara se había refugiado del calor del mediodía en la suya, plantada bajo las encinas de Mambré y fue allí donde escuchó, con sonrisa incrédula, la promesa de fecundidad que le hacían unos extraños visitantes (Gen 18,11). La bellísima Rebeca se encontró con Isaac en medio del campo y cuando él la introdujo en su tienda para hacerla su esposa, ella le devolvió la alegría que había perdido con la muerte de Sara, su madre (Gen 24,67). Raquel, la esposa de Jacob, antes de emprender la huída de la casa de Labán, se apoderó de los amuletos que pertenecían a su padre y , para esconderlos, se sentó sobre la montura de un camello dentro de la tienda y alegó que no podía moverse porque le había venido “la cosa de las mujeres” (Gen 31,33-36). Sísara y Holofernes, dos enemigos feroces de Israel, sucumbieron a mano de Yael y Judit cuando descansaban en sus tiendas (Jue 4,21; Jdt 13).
Durante la travesía del desierto, Moisés levantó “la tienda de Dios”, la plantó a distancia del campamento y la llamó “Tienda del encuentro” y cuando Moisés entraba en ella, “la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés, como habla un hombre con un amigo…” (Ex 33, 7-11)
Cuando estaba ya instalado en Jerusalén, David se sintió avergonzado un día pensando: “Yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca de Dios vive en una tienda” (2Sam 7,2), a pesar de que el proyecto de construir un templo fue rechazado desde el comienzo por los profetas: como si Dios mismo temiese el momento en que su pueblos ya no lo querría como caminante y vecino, sino como un Dios separado dentro de un recinto sagrado a quien se denegaba el acceso a la vida “profana”.
Pero un día, ese mismo Dios a quien nadie había visto nunca, envió a su Hijo a plantar su tienda entre nosotros. La Palabra “que estaba junto a Dios” –lo dice Juan en el comienzo de su evangelio- buscó ser vecino nuestro. Nosotros sabemos bien qué es eso de estar unos junto a otros; somos conscientes de necesitar el cobijo y el calor que da la cercanía humana pero sabemos menos qué puede significar eso de «estar junto a Dios». A decir verdad, no sabemos gran cosa sobre ello: Somos habitantes de la noche y por nosotros mismos no podemos alcanzar el ámbito de la Luz.
Pero Él decidió acampar entre nosotros: no venía a imponer nada, ni a ejercer la fuerza de su señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos categóricos. Le oiremos decir: «Si quieres»..., «si alguno se quiere venir conmigo...», «estoy a la puerta y llamo: si alguien me abre...» Sabremos que es él, porque la caña cascada se enderezará entre sus manos. Porque su aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritará ni se impondrá con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a su autoridad, y alguien reconocerá con asombro: «Tú tienes palabras de vida eterna».
El que «estaba junto a Dios» no plantó su tienda en ningún centro de poder y eligió el descampado de un pueblo del que había que precisar que era «de Judea», como habrá que precisar también que Nazaret era «de Galilea». Belén y Nazaret no tienen categoría por sí mismos, no son conocidos como lo serían Roma o Jerusalén: pertenecen a esa esfera poco significativa habitada por una masa anónima de gente de abajo, de pequeña gente que no cuenta a los ojos del mundo. Pero es su cercanía y no otra la que ha buscado en primer lugar la Palabra al tomar nuestra carne.
Y desde entonces ya sabemos junto a quiénes tenemos que plantar nuestra tienda si queremos tener como vecino al que ha venido a vivir entre nosotros.
Por: Dolores Aleixandre 26-11-2011
“Pretendemos llevar a Cristo sin necesidad de hablar de Él”
Entrevista al hermano José Luis Navarro, Monasterio de Notre Dame de l’Atlas (Marruecos)
Por Koldo Aldai
Tras vivir su particular conversión, vistió ya de adulto el hábito de la Trapa. Enamorado de los poetas y místicos sufís, la vida de este monje español está llena de un Dios, que a menudo calza las sandalias de Allah. Entre campanada y campanada hay un sitio para nuestro encuentro. Entre oración y oración, el hermano José Luis, tiene el tiempo suficiente para desgranarnos las razones de su presencia en el remoto Monasterio de Notre Dame de l’Atlas.
Él en realidad pertenece al Monasterio cisterciense de Santa María de la Huerta. En medio del verde de Soria debió sentir la atracción de los desiertos lejanos y su mística, debió sentir una llamada al encuentro con la religión hermana del Islam. Por ello se encuentra desde hace ya varios años en este monasterio legatario del espíritu de Tibhirine (Película “De Dioses y hombres”), situado en un extremo de la ciudad marroquí de Midelt.
El hermano José Luis lleva el espíritu del encuentro religioso en su alma. Para él no representa esfuerzo alguno llegarse hasta el otro que profesa otra religión, que llama a Dios con distinto nombre. En las charlas que hemos mantenido, hemos podido atestiguar su cercanía con la religión del Profeta. Maneja los términos en árabe, conoce al detalle la cultura y el calendario religioso musulmán, pero sobre todo ha hecho suya su mística.
Tras diferentes conversaciones informales, hacemos realidad la “amenaza” de poner grabadora sobre la mesa, pues tal es el disfrute contagiante de este hombre cuando habla de ese Dios, “que los hombres distintos llamamos con distintos nombres”. (Lanza de Vasto)
¿Qué es lo que te llevó a abrazar la vida monástica?
En un momento quise llevar una vida cristiana más radical. Deseo vivir mi cristianismo en comunidad. Creo que es más evangélico compartir la vida. La opción contemplativa me proporciona además una mayor facilidad para progresar en la vida mística.
¿Qué representa para ti una vida cristiana más radical?
Representa una existencia más integral, poder volcar la vida entera a la Realidad superior. Para ello es necesario que el seguimiento del Señor sea maduro. La atracción por la simple liturgia o los cantos gregorianos no es motivación suficiente. Ha de haber algo más hondo. De la misma manera una atracción física nunca puede ser el apoyo único de una relación de pareja. Tras un tiempo eso se pasa.
¿Y de la cultura árabe y musulmana, qué es lo que te ha atraído?
Estar aquí me ha permitido otra forma de ver el Islam. Es la religión que tiene mi amigo Jalil, o mi amigo tal… Ya no es algo lejano, esa religión tiene rostros concretos y cercanos.
Para el dialogo interreligioso entiendo que es muy importante el aspecto relacional, el sentimiento de amistad con quienes profesan otra religión. La religión está formada, al fin y al cabo, por seres humanos.
¿Qué te ha dado el Islam?
“Dios está más cerca de ti que tu vena yugular” dicen los musulmanes. Veo mucha coherencia entre la vida y la fe en los practicantes del Islam. Lo profano y lo sagrado no representan para ellos compartimentos estancos, todo es un conjunto. Ello es algo que hemos perdido en Occidente, donde contemplamos dos esferas distintas: la vida social y la espiritualidad. En el Islam esas dos esferas están integradas. Me consta que para muchos en Occidente eso representa un atraso. Para mí no lo es, más al contrario representa un coherencia, una vivencia más intensa de la fe.
La palabra musulmán indica “sometido a Dios”. El Islam es muy anterior a la saria que fue una legislación de los reyes omeyas.
¿Qué habéis aprendido junto a los musulmanes?
Con ellos hemos aprendido a vivir esa presencia constante de Dios. Con ellos hemos aprendido también un nuevo sentido del ayuno, del perdón, del arrepentimiento puro, de la reparación del daño causado… Son aspectos a los que el Islam les concede una especial importancia.
De cualquier forma, hay muchos aspectos concordantes con nuestra propia religión. Al fin y al cabo es el Espíritu el que inflama todos los credos. El espíritu se manifiesta en las diferentes culturas a través de las religiones. Estamos hechos todos a imagen de Dios. Todos llegaremos a la Verdad y nos disolveremos en ella.
¿Ese Espíritu que inflama, como bien apuntas, todas las religiones, no puede quedar ahogado en medio de una vida monacal monótona y excesivamente repetitiva, en medio de unas oraciones prácticamente iguales cada día?
Nunca hay dos días iguales. Primero que la liturgia lleva cada día sus salmos y oraciones diferentes. Después que nuestra vida no se basa exclusivamente en la liturgia, en las formas. Las formas son sólo camino. Nuestra vida desborda el momento de la oración y las cuestiones regulares.
¿No hay peligro de anquilosamiento en unas formas que son tan antiguas?
Sí puede haberlo. Existe el peligro de caer en rutina, sin embargo deseo puntualizar que también las fórmulas repetitivas proporcionan paz. Son oraciones de la Iglesia para las que estamos poniendo nuestra boca. Prestamos nuestra voz, nuestro cuerpo para unas plegarias que se rezan a lo largo de toda la geografía mundial. Aceptamos desde la humildad una oración, no particular, sino de Iglesia entera, una oración que en realidad no es nuestra, que simplemente vocalizamos. Somos meros instrumentos y transmisores. Las variaciones son muy pequeñas en una y otra orden en cuanto al recitado de los salmos o las oraciones de las horas.
¿Hasta qué punto os ha marcado lo que ocurrió en Tibhirine en vuestra vida cotidiana?
Totalmente. Consideramos providencial la escritura previa del testamento por parte de Christian. Ese testamento proporciona sentido y visión a todo lo que ocurrió después. El testamento invita a no culpar a los que les mataron y hace de lo ocurrido una entrega de amor al pueblo al que querían. Es muy diferente eso a considerarlo como un crimen de carácter religioso.
Hubo una clara opción de los hermanos de Tibhirine a quedarse allí con todas las consecuencias. Ello nos anima a nosotros a proseguir con su labor.
¿Cuál es la razón de ser de un monasterio cristiano en un entorno casi absolutamente musulmán?
Hemos optado por vivir aquí en medio de los musulmanes una vida en gratuidad, es decir, no esperamos nada a cambio, por supuesto no esperamos conversiones, no deseamos que las haya.
Por el hecho de estar aquí no va haber más cristianos o más vocaciones. Estamos conviviendo, es decir “viviendo con”. Pretendemos llevar a Cristo sin necesidad de hablar de Él, tal como invitaba a hacer el padre Christian aludiendo al misterio de la Visitación. No tiene lugar aquí hablar de teología, pretendemos que ellos vean al Cristo en nosotros.
¿Hay alguna sombra de proselitismo?
Nunca entre los católicos, sí ha habido algunos casos de proselitismo entre los protestantes y eso ha motivado expulsiones. El resto de los cristianos estamos por la convivencia.
Vds. contribuyen, por lo que observo, de alguna forma a mermar la distancia entre la cruz y la media luna…
Hay veces que me toca ser “embajador de los musulmanes” en medio de un mundo cristiano; proclamar que el musulmán no es ningún enemigo, que es igual que nosotros, que sigue al mismo Dios con el mismo amor que nosotros, buscando el mismo Reino de Dios que nosotros.
Una Iglesia próxima a los musulmanes, que no tiene ningún interés especial de conseguir nada de ellos, ayuda a que los propios musulmanes adquieran un buen concepto de los cristianos. Hay hermanas que aquí en Midelt o en Tattiwine están volcadas enteramente en los más necesitados y saben que eso no les va a reportar ningún beneficio concreto de vuelta.
¿Cómo vivís el diálogo interreligioso?
Lo vivimos en el día a día, en el tú a tú, en el compartir sus alegrías y sus penas, en el festejar sus celebraciones y que ellos festejen las nuestras… Acudimos a sus duelos, a sus entierros, a sus circuncisiones… Su fiesta principal, denominada Aïd el Kibir, la celebramos nosotros también. Es la fiesta grande, la fiesta del cordero que puede durar hasta tres días. Nos llaman de unos y otros sitios y nosotros vamos. Ellos están orgullosos de nuestra presencia en esas fiestas.
Hacemos también el Ramadán, al igual que cumplimos con la Cuaresma. El Ramadán son treinta días.
¿Correcto, pero a nivel más global cómo concibes ese diálogo?
Si la Primera Realidad para todos es Dios, el camino está abierto. El Punto de fusión ya es percibido. Dios es el Centro de todas las religiones. Una vez establecido ese Centro, el diálogo es sencillo, sobre todo si lo abordamos desde la mística.
¿Y eso a nivel práctico…?
Descubriéndonos uno con Él. El diálogo interreligioso es fruto del amor a Dios. Una vez me dijo un imán. “Solamente hay un Dios y por lo tanto es el mismo para los dos. ¡Lailahailala! (“Sólo hay un Dios”)
El místico Hallaj llegó a decir “Yo soy la verdad” y eso le costó la vida. En realidad quiso expresar que había llegado a un profunda unión con la Divinidad.
¿Podríamos concluir, por lo tanto, que de la mano de la mística es más sencillo el encuentro entre las religiones?
Por supuesto, aunque desde una visión canónica estricta, este misticismo puede ser considerado un panteísmo. Juan de la Cruz tuvo que explicar esa mística con poemas, pues de lo contrario habría acabado seguramente en la hoguera. Teresa expuso también como pudo esa vivencia similar, esa plena armonía con Dios y con cuanto la rodeaba. Francisco de Asís se expresa de forma parecida cuando se dirige al Hermano Sol y a la Hermana Luna. Son teofanías, manifestaciones de Dios. No hay que admirar las cosas al igual que a Dios, pero sí como manifestaciones de Dios. Esa teofanía no ha terminado, ni puede terminar.
¿La tradición sufí está particularmente abierta a este encuentro?
Cierto, entre los sufís el Objeto y el Fin se hacen Uno mismo. Por ejemplo, en el dirk (oración conjunta en formación circular y en movimiento) de los sufís, al igual que en hesicanismo, la materia, que es el nombre de Dios, y el objeto de la oración que es Dios, representan lo mismo. Todo está en unión plena con Dios, su cuerpo, sus sentidos, sus espíritus… En esos momentos de éxtasis penetran en la armonía del mundo. Algo semejante ocurre con los derviches. Giran en armonía con la propia tierra que a su vez gira, con los planetas que también giran, con las constelaciones igualmente en movimiento… Todos están sumidos en la misma armonía.
¿Y la Iglesia ideal del mañana, cómo la concibe José Luis?
Confío en el Espíritu. Confío en que la Iglesia institución sea en el futuro menos institución. Confío en un Vaticano III, confío en que la Iglesia católica devendrá en verdad católica es decir universal… Confío que en ella entrarán todos, no sólo los “amigos”. Desde nuestra propia parcela hemos de aceptar al otro diferente también en el seno de nuestra Iglesia.
La Iglesia ideal será cuando hayamos construido el Reino de Dios. El Reino será. La evolución tiene que llegar a su punto de plenitud. No puede salir mal si la empezó Dios. Todo llegará. Dios funciona con otros tiempos.
¿Cómo ves el entronque de la Iglesia con la nueva espiritualidad sin nombre que está emergiendo?
Hay mucha gente con el corazón abierto y algo surgirá de todo esto. El espíritu de la nueva espiritualidad se encuentra en realidad en nuestros propios místicos clásicos. Lo podemos encontrar en nuestro santo cisterciense, S. Elredo de Rieval, lo podemos encontrar en el Maestro Eckhart, en Tomas Merton…
¿Función de la religión en nuestros días?
Hablar de Dios es inclusión, sin embargo hablar de religión puede implicar exclusión. Los peldaños de las diferentes religiones nos deberían llevar a Dios. La vidriera hace ver la luz que hay detrás. La vidriera es la religión.
Koldo Aldai
Entrevista realizada en septiembre de 2011
UN MUNDO, UNA HUMANIDAD
ONE WORLD, ONE HUMANITY
http://www.fundacionananta.org
Por: Dolores Aleixandre 21-11-2011
El rector de la Universidad ORT Uruguay, Dr. Jorge Grünberg, ofreció un discurso en la ceremonia de graduación de la casa de estudios que se realizó en el Teatro Solís y contó esta anécdota. "Hace dos semanas estaba en el auto esperando a mi hijo y leyendo en un iPad y se me acercó un niño cuida coches a pedir una moneda. Al acercarse me preguntó qué tipo de aparato era el iPad. Le contesté que es una computadora como la que te dieron en la escuela por el Ceibal. Nos quedamos mirando, ninguno de los dos muy convencidos, pero se quedó pensando, se olvidó de la moneda y se fue. Al rato volvió y me dijo que él no sabía para qué usar la computadora que le habían dado. Le dije que yo mucho tampoco pero le comenté que la uso para leer los diarios, estar en contacto con otras personas y buscar información", contó.
"A la semana siguiente estaba parado yo en el mismo lugar y volvió el mismo chico y me dijo que había empezado a usar su computadora para leer sobre fútbol argentino, mirar videos de los Wachiturros y que de paso encontró información sobre el Bicentenario que había leído por primera vez porque en su casa no hay ni libros ni revistas. Nos quedamos conversando", continuó.
"Aproveché para regalarle una versión de Scratch, que es un lenguaje de programación que estoy aprendiendo con la ayuda de la Dra. Inés Kereki para usar con mi hijo y le mostré para qué servía. De paso le comenté que yo no lograba programar que el arquero saltara como yo quería en la pantalla. A la semana siguiente otra vez encontré al mismo chico porque voy siempre al mismo lugar. Se le iban todos los coches sin dejar monedas porque estaba sentado en el cordón de la vereda con su computadora, distraído. Cuando me vio me dijo que yo era un burro y me explicó cómo se programa el salto del golero. Le agradecí, nos quedamos mirando otra vez", culminó.
"Cuando el niño de escuela le enseña al Rector de la Universidad todo es posible. Ese es el país que me quiero imaginar", concluyó Grünberg.
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