Lunes 25 de Septiembre 2017

Alfonso Carcasona

Peregrino en constante búsqueda. Padre de familia católica que se dedica a intentar hacer un poco más felices a los demás, a la empresa y a hacer deporte.

Voluntariado voluntarista

Por: Alfonso Carcasona 19-09-2017

Leía el otro día que en esta vida no hay nada gratis, en contraposición a la buena nueva del Evangelio, “… lo que gratis has recibido (todo añado yo), dalo gratis”. 

 

Lo siento, pero no me gusta el concepto de voluntariado, aunque he de reconocer que es mejor que exista a que no. No me gusta, mejor dicho, como categoría absoluta. Como etapa de transición educativa, puede que sea la mejor manera de llegar a la padecer con. Ese concepto, a priori más abstracto, sí que me gusta. Utópico quizá, pero muy atractivo como proyecto vital.

 

Me explico. Por voluntariado me da la sensación que se entiende una obligación, un deber hacia los demás. Deber que cumplo -en el menos bueno de los casos- para completar mi curriculum, para acceder a universidades o puestos de trabajo como elemento diferenciador, una vez que las notas por conocimiento o las prácticas laborales  son incapaces de diferenciar a los candidatos.

 

En su segunda acepción se trata de un deber cívico. La sociedad ha logrado que el estado de bienestar cubra muchos servicios hacia los más desfavorecidos: ancianos, sin techo, solitarios, niños en peligro de exclusión… Para ser buen ciudadano tengo la obligación de dedicar una parte de mi tiempo, una parte de mis ingresos (parecido al diezmo medieval) para completar esos derechos sociales conquistados por el bien traído estado de bienestar. El voluntariado en este caso puede chocar con los derechos laborales de aquellos trabajadores a los que los impuestos pagan su salario por atenderles. Ojo, que si un voluntario hace algo que puede ser remunerado podemos poner en peligro un legítimo puesto de trabajo. De la misma manera, los voluntarios pueden cubrir las tareas cuando los presupuestos no alcanzan para atenderlas. El voluntario sirve al sistema para abaratar los costes quizá inasumibles y al voluntario le sirve para dedicar gratuitamente una parte de su tiempo en ser mejor ciudadano.

 

Vayamos a por la utopía. ¿Qué pasaría si lográsemos ver nuestro tiempo con gente que sufre (en cualquiera de sus variedades e intensidades) como un regalo más que como un deber o una obligación? Adela Cortina ha inventado la palabra “Aporofobia” para definir la aversión al pobre, al desgraciado, al desfavorecido. Es un sentimiento que dice tenemos todos. Y seguramente así es, en mayor o menor medida. Vivimos en una sociedad edulcorada, donde es muy importante ocultar el dolor y el sufrimiento. ¿Y si lo buscamos? No para sentirnos mejor, sino para hacer sentir mejor al de enfrente. ¿Por qué no padecer con, en lugar de situarnos en un nivel más elevado, compadeciéndonos?. ¿Por qué no ver oportunidades que debemos agradecer en lugar de obligaciones que  debemos cumplir?

 

El otro día acompañé brevemente a mi hija a lo que llaman “bocatas”. Un grupo de jóvenes que se integran con amigos que no tienen su suerte. Se preocupan verdaderamente por ellos, su función no acaba cuando terminan su noche en la Plaza Mayor. Hay alegría verdadera, preocupación por las historias que se comparten, hay canciones, guitarras, buen rollo. La clave de estos grupos, incluidos otros como san Egidio o Mensajeros de la Paz, no está en repartir los bocadillos. El secreto está en las amistades que se desarrollan, en la gratuidad de esa relación. No se trata de alargar el impagable trabajo de los servicios sociales. Se trata de vernos como hermanos, y dedicarnos más a los que la vida ha tratado peor. Si mi hermano o mi hijo tiene una dificultad la padezco con él. Compadecerse está bien, pero no es suficiente. Si lo que he recibido gratis lo doy gratis allí está la alegría perfecta, parafraseando a mi querido Francisco.

 

 

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El camino

Por: Alfonso Carcasona 15-01-2017

Hace 10 años, en una de las comidas dominicales familiares, saltó la idea de iniciar el Camino de Santiago.  Desconocíamos todo acerca de lo que es una peregrinación, de lo que era el propio camino. Sonaba a esfuerzo físico, para un grupo de personas que no habíamos andado distancias largas nunca. 

 

El plan fue tomando cuerpo, con entusiasmo vimos la posibilidad de acometer la aventura. El camino dejó de ser solo una idea peregrina -valga la redundancia- para convertirse en un firme propósito. 

 

El primer camino de Santiago nos llevó 8 años (con uno de parón). Sus 35 etapas fueron una verdadera universidad de conocimiento interno. Por supuesto que el esfuerzo físico estuvo presente en todos y casa uno de los 750 km recorridos. Pero a ese esfuerzo se unieron grandes amigos que conformaron preciosas historias.  7 Carcasonas empezamos en San Juan de pie de Puerto, y una familia de 23 llegó a Santiago. Disfrutamos de momentos de silencio, de grandes conversaciones, de confidencias, de diálogos con Dios, de misas inolvidables, de cenas sorprendentes, de fríos, calores, de subidas y bajadas, de risas, de ampollas, de agujetas... 

 

De los nervios de la noche en Roncesvalles por el temor a lo desconocido a la triunfal y sentida entrada en la plaza del Obradoiro. De la preparación durante siete años del viaje, de las discusiones acerca del tiempo y la vestimenta necesaria. 

 

Este año volvemos a iniciar esta preciosa peregrinación, por su vertiente del camino del norte. 800 km nos esperan. La parte del esfuerzo físico seguirá estando ahí (con 10 años más en nuestras espaldas), pero las enseñanzas del anterior nos permitirán seguir creciendo en lo que es verdaderamente importante.

 

Para mi la peregrinación es, ante todo, un viaje INDIVIDUAL. No importa la meta. Lo importante es el camino.  Cada uno elegimos el cómo y cuánto hacemos cada día. Nadie debe forzar a nadie a andar más o menos de lo que cada uno estime que es conveniente. Habrá etapas exigentes por su distancia y orografía. Otras se verán influidas por el clima (frío, calor, lluvia, viento, nieve, nieblas…). Otras por nuestra salud o el cansancio acumulado, o por las ampollas o por las lesiones. Nada de esto importa si conocemos el verdadero sentido del camino. No es una prueba física, no se trata de andar (eso se puede hacer todos los días por nuestro barrio, y es muy saludable). En mi caso se trata de un periodo de paz, de reflexión, de poder disfrutar en silencio y soledad de la compañía de mis seres más queridos. De observarles, de cuidarles  y sentirme cuidado. De pensar, de rezar. De divertirme y reír.  De compadecerme y recordar. De agradecer. De compartir confidencias durante algunos kilómetros, y de andar solo otros. De disfrutar de paisajes, de la gastronomía, de las gentes y culturas. De degustar la austeridad del camino. De dejarse embrujar por la aventura. De dejar al camino que me cuente sus historias. De correr el riesgo de perderme, para poder encontrarme. De estar fuera de la zona de confort, enfrentándome a situaciones nuevas, distintas a las habituales de todos los días. De llegar dolorido al final de la etapa y ser capaz de levantarme y visitar por la tarde.

¡¡¡Ultreia et suseia!!!!


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El laicismo

Por: Alfonso Carcasona 14-11-2015

El partido socialista

quiere hacer del laicismo una de sus banderas. Imagino que las encuestas internas les señalan su conveniencia, ya que hoy no parece haber mucha tensión en este aspecto.

Pablo Iglesias se declaraba un fan del papa Francisco, pero quiere acabar con los “privilegios” de la Iglesia en España. Iglesia soy yo, son las comunidades de creyentes que trabajan en la sociedad, las mas de las veces de manera altruista y desinteresada. Son los miles de sacerdotes, religiosos, monjas y religiosas, que dedican su vida a los demás. No sólo es la conferencia episcopal, que desafortunadamente parece ser lo único que se conoce por Iglesia en nuestro país. Yo no he visto ningún privilegio del estado en mi labor. ¿Qué la Iglesia está exenta del pago del IBI? Que se explique por qué, y qué da en contraprestación. Y después que se discuta la justicia económica de la relación. 

Lo mismo debe hacerse con partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales.

Nuestra nueva alcaldesa ha renovado los votos de la ciudad de Madrid a la Almudena. ¿Cálculo político o convicción de que entre sus representados existe una gran comunidad de creyentes? Le concedo el beneficio de la duda, y le agradezco que no anatemice las creencias de muchos de sus vecinos. Sin embargo, y para no desentonar del todo con lo políticamente correcto, inmediatamente ha señalado que la religión debe formar parte del ámbito personal del individuo. Y yo me pregunto, ¿por qué no puede formar parte de su ámbito público? ¿La religión católica no tiene nada que aportar en este campo?

Los católicos solo somos portada en las noticias por los escándalos o por posiciones intransigentes que llaman la atención. ¿No aportamos nada más?

¡Ay si nos hubiésemos quedado en aquello de Dios es amor, y en el puro evangelio, sine glosa! 

 

 

 

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Historias de la radio

Por: Alfonso Carcasona 09-11-2015

La verdad es que yo soy uno de esos españoles

 que declaran que ven la 2. Documentales y películas en blanco y negro, vs cine comercial y actualidad rabiosa del resto de cadenas.

Esta semana proyectaron una película de los años 50, la del título de esta reflexión. 

Una película deliciosa, con actores entrañables, que describía, a través de cuatro historietas unidas por el medio de comunicación del momento, la radio, la vida de España en aquella década. Cuatro historietas con trasfondo moral, en el que se trataba de mostrar la bondad de los personajes. Solidaridad, ternura, esfuerzo, dentro de una sociedad pobre. Pobre en lo económico, que no en valores. 

Tras la película se abrió una tertulia a la que estaban invitados tres de los grandes locutores de los últimos años. Iñaki Gabilondo, Luis del Olmo y Pepa Fernández. Se trataba de homenajear la radio, entiendo, y sin duda eran los mejores representantes. 

Sin embargo, me defraudó su aproximación a la película. Lo primero que remarcaron de la película es que se refería a una España gris, inocente hasta el extremo, manipulada. Las historias que se contaban allí tenían una moralina asfixiante. 

Por contraposición, nuestra sociedad es el paradigma de la excelencia. No es rehén de ningún valor pre establecido. 

Hoy vemos programas en los que los valores que se premian son muy distintos de aquellos propugnados por “Historias de la radio”. Sin ir más lejos, los “Gran Hermano”, “quiere casarse alguien con mi hijo”, “mujeres, hombres y viceversa” son consumidos no solo por nuestros adolescentes. 

 

Haciendo zapping el otro día incluso me encontré con una descerebrada que en un programa que quería ser de humor, afirmaba “ojalá que me castigue Dios, que es lo que más placer me da”. Y risas del respetable. Pues eso, así vamos. Criticando aquella sociedad gris, inocente y manipulada de “Historias de la radio”.

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Gentrificación

Por: Alfonso Carcasona 12-10-2015

Palabro anglosajón que significa

 -según Wikipedia- “proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y paupérrimo es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo a la vez que se renueva”. 

He de reconocer que nunca lo había oído, ni me había planteado que mejorar barrios pudiese tener efectos negativos para sus vecinos.  

Es más, no me había planteado que el desarrollo a través de la innovación, el emprendimiento o la inversión pudiese provocar migraciones que perjudicasen a los más desfavorecidos. Siempre lo había visto desde el ángulo del resultado final, en el que la sociedad resultante vivía mucho mejor que la anterior.

Sin embargo, hay movimientos que rechazan el establecimiento de determinados negocios en barrios deprimidos. En concreto, aquellos que revaloricen la zona, en especial en lo relativo a la vivienda. A viviendas más caras, expulsión de los más pobres que ya no podrán mantener los arrendamientos. Es de suponer que no se cuenta con los propietarios de viviendas, que imagino verán con buenos ojos esta revalorización de las mismas.

¿Dónde poner el límite al desarrollo? ¿Deben ser los barrios pobres eternamente pobres? ¿Su única solución debe ser sanearlos a costa de los impuestos de todos?

Crear empresa es moralmente bueno. Sin ellas no es posible sustentar la sociedad.

Obviamente debemos procurar una vida digna para todos nuestros vecinos o hermanos. Debemos mejorar sus niveles de vida, empezando por el barrio en el que viven y por la vivienda que ocupan. Debemos enseñarles a aprovechar las oportunidades que los nuevos negocios generan, no a odiarles y autoexcluirse de los mismos. No tengo claro que el inmovilismo sea la solución. 

Y, last but not least, hay que tratar los problemas de aquellas personas que no puedan adaptarse a los tiempos, ya sea por edad, por enfermedad o por incapacidad. No expulsarles alegremente de sus viviendas. Seguro que los comerciantes que entran en los barrios tienen una sensibilidad especial para ello.

 

 

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LGTB

Por: Alfonso Carcasona 27-06-2015

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos

ha fallado esta semana reconocer los matrimonios homosexuales como legales. Es decir, todos los estados deben reconocer y celebrar la unión entre dos personas del mismo sexo.

Ello ha provocado una pequeña conmoción en el mundo católico, que me hace reflexionar sobre este asunto.

Como católico de base, me hago las siguientes preguntas:

1.- El matrimonio homosexual ha sido legalizado por una decisión de este mundo, por una resolución de un órgano del estado, la corte suprema. Tras la misma, tiene la misma validez que un matrimonio civil heterosexual, es decir, reconoce los mismos derechos y obligaciones a los cónyuges con independencia de que sean del mismo o de distinto sexo. Poco podemos decir los católicos en una cuestión que parece atañe más al César que a Dios, ¿no?

2.- El matrimonio católico, como sacramento, no está en cuestión. Una unión civil de dos personas que deciden no prometer su compromiso delante de Dios, sino solo ante los hombres ya ha recibido el nombre de matrimonio y es comúnmente utilizada por todos. Entenderé la discusión si algún estado trata de imponer su jurisdicción en el magisterio de mi iglesia.

3.- Probablemente deberíamos abrir un debate para analizar la trascendencia que tiene el amor en los matrimonios que se celebran hoy en día, su compromiso, con independencia del sexo de los contrayentes, así como la preparación de los padres para recibir y educar los hijos que en su caso vengan a este mundo. ¿Por qué los católicos no nos preguntamos qué debemos hacer para que nuestros matrimonios sean agradables a los ojos de Dios? ¿cuál es el compromiso que asumimos? ¿cuántos matrimonios católicos se rompen hoy? ¿o son infelices? ¿cuántos hijos vienen hoy al mundo de padres no preparados para ello? ¿por qué no trabajamos más en la preparación de los mismos? ¿por qué no ponemos en el centro del matrimonio al Amor?

Quizá estas preguntas sean más importantes para los católicos que una decisión sobre los matrimonios civiles, sobre los que ya no teníamos ninguna jurisdicción…


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Ada Colau

Por: Alfonso Carcasona 29-05-2015

He que reconocer que no sigo mucho la prensa,

y por lo tanto no conozco más que algunos titulares de la actuación de la posible alcaldesa de Barcelona. Por ello, la presente reflexión no debe extenderse más allá de la noticia que comenta: “Ada Colau pasa la noche contabilizando “sin techo” en Barcelona”.

El hecho ocurre cuatro días después de ser la lista más votada de la ciudad, y por lo tanto, con serias posibilidades de convertirse en la regidora municipal. 

¿Medida populista? Puede serlo, el tiempo lo dirá. Pero de entrada yo me quito el sombrero ante lo que espero haya sido más que un signo o mensaje.

Se contabilizaron más de 900 personas durmiendo en la calle. Dormir en la calle rebaja la dignidad del individuo a cotas inadmisibles. Detrás de cada sin techo hay una historia, las más veces terrible. Las circunstancias que les llevan ahí son durísimas. No vale sentir compasión desde tu casa. Y por supuesto no vale pensar que la mayoría son vagos y que de alguna manera lo pueden tener merecido. O que hay que tener en cuenta el efecto llamada que intentar resolver el problema puede conllevar. Son personas, las más frágiles de la sociedad, a las que tenemos el deber de atender (y no como resolución de un problema macroeconómico).

Y para atenderlos hay que conocer la realidad. Desde el despacho de la alcaldía es imposible tener la mínima sensibilidad al problema. Se me responderá que el alcalde tiene colaboradores, asesores, directores o concejales. No vale. El alcalde tiene que conocer el mayor número de realidades de su ciudad, de sus vecinos. Y hay vecinos cualificados sobre otros. Y mucho más cualificados para los cristianos que para otros, incluso ateos como la protagonista de esta reflexión. Los pobres, los excluidos, los parias. Parafraseando a Eduardo Galeano, los nadies, los ningunos, los ninguneados. 

 

No comulgo con muchas de las ideas del partido de Ada Colau. Con esta sí. Ojalá no sea populismo.

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Propuestas electorales

Por: Alfonso Carcasona 05-05-2015

1.- Prohibir dormir en la calle

Entiendo que ante este problema (como ante la gran mayoría) cada cual debe tener una opinión formada en razón de sus valores. Y por lo tanto, pretendo abordarlo desde la utopía del ideal cristiano.

Un homeless es ante todo una persona, antes incluso de ser un ciudadano. Y como tal tiene una dignidad. En la inmensa mayoría de los casos no ha elegido ser homeless, y suelen encarnar historias tremendas a sus espaldas, que les han colocado en situaciones las más veces irreconducibles e irreversibles. No tienen nada, o lo poco que tienen lo arrastran en carritos. 

La solución propuesta por uno de los partidos que concurren a estas elecciones (sin mucho conocimiento de causa, ya que ya existe) es la de construir albergues que, como no puede ser de otro modo, tienen sus reglas: no se puede entrar más tarde de una hora (creo que las 20:00 o 21:00) y has de desalojar no más tarde de otra (creo que las 6:00 o 6:30 am). Por supuesto, no puedes dejar tus cosas en el albergue, por lo que, de elegir esta opción, has de prescindir de esas pocas pertenencias (hecho éste que tendría fácil solución).

Una vez contestada esta ocurrencia por parte de otro político (de su propio partido) en el sentido de que existen suficientes plazas construidas, es la de obligar a las personas que viven en la calle a desaparecer de las mismas para favorecer el turismo.

Tengo amigos que al fallecer su mujer, abandonarles sus hijos, y quedarse en paro perdieron la casa con 58 años. Les quedaban un par de años para la jubilación. Gente que hace solo unos meses dormía bajo techo. Cuando se quedaron en la calle preferían dormir en un garaje o en el metro antes de hacerlo en un albergue. Por algo será. No digo que haya gente que les valga, pero no conozco a ninguno que duerma en albergue y sí a bastantes que lo hacen en la calle. ¿Alguien les ha preguntado por qué? ¿Lo hacen solo por molestar?  ¿Prefieren no ducharse porque son unos guarros? ¿se orinan en la calle porque prefieren no hacerlo en los inexistentes urinarios públicos? 

Son menos de 800, muchos de ellos no votan (¡incluso son extranjeros!), así que para qué molestarse en entender su problema…

El problema de los homeless no se soluciona prohibiendo que duerman en la calle. Como no es solución quitarles lo poco que tienen. El problema de los homeless se soluciona atacando a su raíz, evitando que tengamos hermanos desesperados viviendo en la calle. ¿Cómo? No buscando la superioridad, sino la minoridad. Entendiendo cual es el problema, antes de intentar establecer medidas efectistas que sólo contentan determinadas mentalidades (que a lo peor se consideran cristianos ejemplares). ¿Se puede hacer desde el ejecutivo político? ¿se ha de delegar en la sociedad civil?

Un dato y una pista. El dato: nadie quiere ser un homeless si tiene una alternativa. La pista:

¿Qué ha hecho el papa Francisco con los muchos homeless que viven en el Vaticano? les ha facilitado duchas (no para que se duchen obligatoriamente), comedores, les ha invitado a los museos vaticanos en visita privada seguida de un almuerzo. Lo importante no es la medida en sí, sino la razón por la que se toma.

No creo que lo haya hecho para incrementar el turismo.

 

 

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Incoherencia

Por: Alfonso Carcasona 10-04-2015

Si un misionero español

enferma exponiendo su vida en un país extranjero la progresía pone el grito en el cielo porque se utilicen medios públicos para su repatriación y cuidado. Y si es religioso, como lo es en la gran mayoría de los casos, aún más protestas.

Si un espeleólogo amateur español tiene un accidente en el extranjero se está dispuesto a mandar equipos de rescate para salvarle la vida. Y si la salva, se le envía un avión privado para repatriarlo, sin que la misma progresía tenga nada que decir. Y además, te va a recibir el ministro a la escalerilla del avión. 

Y por supuesto, los medios de comunicación continúan haciendo su agosto buscando y alimentando polémicas, en sus tertulias, programas del corazón y lo que es más triste, abriendo noticiarios durante días.

En ambos casos se trata de utilizar medios públicos para salvar una vida, lo cual es muy loable. Pero parece que los ciudadanos de nuestro país tenemos esa especie de seguro cuando tenemos un accidente o una enfermedad fuera de nuestras fronteras.  La diferencia en los casos mencionados anteriormente s que el misionero no pide que le vayan a buscar. Es consciente y coherente con su vida y cómo y por qué la expone. El espeleólogo, montañero, submarinista  o turista en general arriesga mucho o poco su vida, como lo puede hacer en cualquier montaña, lago o ciudad  por lo visto espera que, en caso de que en el país al que va no tenga los medios iguales (o mejores) a los que tenemos aquí, se le manden para rescatarle. Y si por alguna razón no llegan, demanda que te crió. 

¿Se imaginan Uds que un marroquí tiene un accidente en cualquiera de las montañas españolas (que también las hay) y el gobierno alauita nos manda a su guardia real para rescatarle? ¿O si lo tiene un americano, por aquello de no cebarnos en países menos desarrollados, y la administración Obama nos manda a los marines? ¿Y si España se niega a dejarlos entrar?

 

Seamos coherentes. Cuando decidimos realizar una actividad de riesgo, asumamos dónde la realizamos y que puede ir mal. Contratemos los mejores guías con antelación, documentémonos adecuadamente,  si es necesario contratemos un seguro, y si luego tenemos un percance, no exijamos a quien no debemos. Si nos lo resuelve alguien gratuitamente, siempre podemos quedar agradecidos.

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Una Iglesia femenina

Por: Alfonso Carcasona 06-04-2015

Leo con estupor

 las declaraciones del cardenal Burke que, gracias a la total indiferencia de nuestros medios de comunicación, no han tenido ningún reflejo en nuestra sociedad, ni siquiera en medios más preocupados por la Iglesia. 

Básicamente, el recientemente cesado cardenal viene a decir que los ayudantes de los sacerdotes en misa (los acólitos) deberían ser varones. Que si hay niñas a los niños no les molará acercarse al altar, ya que “a los niños no les gusta hacer lo que hacen las niñas”. Y que debido a ello hay menos vocaciones hoy. Ole. No creo que los lectores de esta columna precisen una línea de comentario para saber lo que pienso al respecto, así que no la gastaré.

Nos encontramos con movimientos cristianos radicales en el peor sentido de la palabra. Totalitarios no en el cumplimiento del Evangelio, sino en defensa de postulados radicalmente en contra del mismo. Nos quejamos, con razón, del fundamentalismo de otras religiones –hoy por dolorosas razones de los musulmanes, de manera principal-. Pero no miramos la viga en nuestro ojo. Los cristianos debemos entender que Dios es amor, sin glosa. Y cualquier desviación, por pequeña que sea debe ser corregida antes de que, como la cizaña, se confunda entre el abundante trigo que nos rodea.

“Dejad que los niños se acerquen a mi” es uno de los versículos más conocidos de los evangelios sinópticos. Burke deja a las niñas fuera de esta orden de Jesús. Una iglesia solo de hombres… Esa no es la que yo quiero. Lo doloroso del asunto es que en aras a la pluralidad se encumbre a pensadores con este credo. 

Si no existen más vocaciones es precisamente por planteamientos caducos y trasnochados como el objeto de esta reflexión. No me imagino a Jesús diciendo, dejad que los niños se acerquen a mi… ¡he dicho niños, no niñas! 

Para mayor abundamiento, el recordatorio que nos hace constantemente el papa Francisco. Es LA Iglesia, no EL Iglesia.

 

 

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Las nuevas blasfemias

Por: Alfonso Carcasona 12-03-2015

"Fulano es un borracho,

Fulano es un borracho… es un borracho, Fulano es un borraaaacho” (referido un ejemplar futbolista 2015)

Este cántico, entonado en cualquier estadio de fútbol merece la condena, el rechazo y la sanción por los distintos comités antiviolencia de nuestro país. Insultar a uno de los nuevos dioses, jugadores de fútbol o de cualquier deporte, al árbitro o desear que un equipo pierda la categoría están prohibidos y penados en nuestro ordenamiento. O sea, tenemos una sociedad extremadamente sensible a que toquen a estos dioses, nacidos del pan y circo necesario para mantener a nuestra sociedad adormecida. 

Sin embargo, pintar a Mahoma con cuerpo de perro, al papa en actitud pedófila, a Jesús cocinado en un horno o a Moisés en un chiste verde, debe ser considerado, por muchos, libertad de expresión. Algunos se hacen cruces de que nuestro código penal todavía considere blasfemia como delito (de difícil aplicación, ya que no es popular entre el vulgo que nos gobierna), y piden su inmediata derogación. Ya no se trata solo del más elemental mal gusto. Se trata de molestara millones de creyentes en nombre del libertinaje de expresión.

Este fin de semana hemos vuelto a asistir a la barbarie de un atentado contra un dibujante que publicó viñetas manifiestamente ofensivas contra el Islam. Deleznable reacción que debe ser corregida de inmediato. No hay religión que no ponga la vida como el principal valor a defender. No es simétrica la reacción de ambos ataques. No es defendible de ninguna manera atentar contra una vida humana. Hay que condenar y trabajar para evitar que se vuelva a repetir algo así.

 

Pero también sería interesante que como sociedad nos planteásemos de verdad el concepto de libertad de expresión.  Desde los eventos deportivos, hasta asuntos más importantes: los sagrados.

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El año de la cabra

Por: Alfonso Carcasona 18-02-2015

Hoy miércoles, de ceniza,

coincide lamentablemente con el año nuevo chino. Y digo lamentablemente para los católicos, minoría es la España no ya de 2050, sino de 2015.

¿Cómo llego a esta conclusión? Pues viendo el plural telediario de la 1. Siete minutos dedicados al año nuevo chino, que ya sé que es el de la cabra y lo que significa (inteligencia, calma, tranquilidad y no se cuantos adjetivos más), cómo se celebra tanto en China como en España, con entrevistas a parejas mixtas o a chinas solteras más allá de los treinta años, y que por lo visto se estresan al volver a casa, no por Navidad como el turrón, sino por año nuevo. Por supuesto también nos han ilustrado acerca de los shows televisivos con los que los chinos despiden el año. 

Justo al acabar este micro reportaje, veinte segundos con imágenes de una iglesia en la que un sacerdote impone la ceniza a unas cuantas señoras mayores. En off la información de que hoy los católicos se ponen ceniza, sin más (imagino que se da por supuesto que todo el mundo sabe el significado, así que, para qué esforzarse…). Después un minuto y medio para hablar del bacalao y cómo se trata en diferentes restaurantes. ¿Por qué? Porque estos marcianos cristianos no comen carne algunos días en el próximo mes y medio. Una vez ilustrados sobre el potaje o el bacalao una ufana la voz en off señala que a pesar de no comer carne se han dado varias opciones para superar esa extraña costumbre. 

 

Pues nada, los chinos ya no solo compran nuestros edificios o clubes de fútbol. Para nuestros medios se configuran como noticia mucho más importante que los católicos. Veremos qué ocurre cuando nos impongan sus costumbres, ritos y creencias. ¿Recordaremos entonces el inicio y significado de la Cuaresma?

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Panteón de hombres ilustres

Por: Alfonso Carcasona 13-02-2015

Siendo un país carnita como somos,

el concepto de erigir un panteón para el enterramiento de hombres ilustres pudiera parecer una aventura hartamente atrevida.

Sin perjuicio de ello, en el siglo XIX se trataron de construir un par de ellos (¿por qué no uno? ). El primero en la Iglesia de S. Francisco el Grande y el actual pegado a la Basílica de la Iglesia de Atocha. 

Ninguna de las ideas ha cuajado. El panteón actual es un edificio precioso, diseñado por Fernando Arbós para recordarnos el conjunto arquitectónico de Pisa. Desafortunadamente no hemos sido capaces de darle la importancia debida y se encuentra escondido entre dos calles insulsas de Madrid, tapado por feos edificios y árboles sin cuidar.

El interior resulta de lo más desangelado. Seis españoles ilustres descansan en él, políticos del siglo XIX. Además en un pequeño mausoleo descansan otros siete. Diminuto bagaje para un país con la historia del nuestro. Las altas y amplias paredes están desnudas de reconocimientos a los muchos personajes ilustres de nuestra historia. 

Canalejas, Sagasta, Eduardo Dato, el primer marques de Duero, Cánovas del Castillo y Antonio de los Ríos Rosas, todos conocidos por los madrileños por dar nombres a algunas de sus más conocidas calles (que ya es triste ser solo conocido por eso)  son los principales moradores de los bellos catafalcos esculpidos por Mariano Benlliure, Agustí Querol y Pedro Estany. 

En el primer intento se encargó a la academia de la historia que determinase quien podría ser acreedor a descansar en este panteón. 

¡Qué bonito sería si los españoles fuésemos capaces de olvidar nuestras rencillas y reconocer a los personajes importantes de nuestra historia! No solo políticos (que también los hubo importantes por mucho que la mediocridad de los actuales nos pueda desanimar a pensarlo), sino muchos otros personajes que han contribuido a labrar la historia de no solo nuestro país, sino que han tenido influencia en el devenir del mundo. Ojalá nos pudiésemos quitar los complejos y los prejuicios que impedirían ver reconocidos en el panteón a personajes de diferentes ideologías, credos, pensamientos o corrientes, políticas, artísticas, religiosas o literarias.

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El que esté libre de pecado

Por: Alfonso Carcasona 06-02-2015

Hemos vivido los últimos meses

un festival de lapidaciones públicas, muertes sociales y juicios sumarísimos. Todo a cuenta de regenerar nuestras maltrecha sociedad. De repente nos dimos cuenta de que había que realizar una completa catarsis, en nombre de una justicia que algunos se atribuían la exclusiva de dictar.

Ello ha llevado a múltiples macroprocesos judiciales, a innumerables portadas y titulares que a corto plazo han conseguido la efímera fama de comunicadores y posiblemente sustanciosos réditos económicos, vía influencia de páginas leídas en internet o incremento de ventas en papel. Todo vale para ganar más dinero y o poder, y más si se hace en apariencia de defensa del bien común. El daño que se cause se considera colateral, como en una batalla. Da igual acabar con  la vida de unos pocos que a lo peor son hasta inocentes, si con ello conseguimos nuestro objetivo. Y además, la sociedad en la que he influido posiblemente me premie con un Pulitzer, o bien me de los votos en las urnas que me permitan gobernar, ejercer el poder, convertirme en denostada casta.

No parece que esta tendencia vaya a cambiar. La presunción de inocencia, la inviolabilidad de mis comunicaciones, de mis datos bancarios, de la información de mis gastos personales o de lo que hago con mi vida privada han pasado a tener una importancia muy secundaria, marginal. O ninguna.

Ayer, sin embargo, leí el primer artículo en el que alguien se preocupaba de estos derechos fundamentales de segunda. Y lo hacia a cuenta de la noticia de que uno de esos adalides de la pureza también había recibido dinero público que parece no será capaz de justificar. De manera indirecta reflexionaba el autor si personajes como el denunciante denunciado y el resto de adalides de la limpieza no se habían pasado un poco, si no se habían profanado esos derechos que antes parecían inviolables.

Esperemos que solo sea el comienzo para que seamos capaces de verdad de construir una sociedad más justa.

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Cómo ocuparse mejor de las cosas de Dios

Por: Alfonso Carcasona 01-02-2015

La segunda lectura de este domingo

nos muestra a Pablo aconsejándonos como mejor servir a Dios. 

Carta I de San Pablo a los Corintios 7,32-35. 

Hermanos: 
Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. 
En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, 
y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. 
Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor. 

Parece que esta lectura está referida a los célibes, a los solteros. Pero no solo serán los consagrados, sino también multitud de laicos, muchos de ellos casados los que la escucharán, ya que a todos está dirigida. Vaya faena… no nos podemos dedicar al Señor, ya tenemos bastante con agradar a nuestros maridos o mujeres…

El mensaje de Pablo se resume en tres ideas que nos afectan a todos los que formamos la Iglesia, célibes o no.

La primera es la primera declaración de Pablo: “Yo quiero que Uds. vivan sin inquietudes”. Toda una declaración de intenciones, que nos afecta a todos,  con independencia de nuestro estado conyugal. Vivir sin inquietudes es la misma invitación que le hace Jesús a Marta, en el pasaje en el que recrimina a María el que no le eche una mano en agradar al Señor. Jesús y Pablo quieren que vivamos sin inquietudes (deseo utópico en aquella y en nuestra sociedad).

La segunda afecta a la recomendación del tipo de vida que se debe llevar para agradar al Señor. Y como siempre, hay que contextualizarlo en la sociedad en la que se escribió ésta epístola. Mujer que se casaba, mujer que perdía todos los derechos en favor del marido, y marido que debía dedicar su vida a satisfacer las necesidades de su mujer y del resto de su familia. Este no es el caso hoy.  Pablo refiere al marido o a la mujer como obstáculos para llegar a Dios. Sin embargo  el acento no hay que ponerlo en la pareja, que pueda distraernos de preocuparnos de las cosas del Señor, sino en todo aquello que hoy nos aleja de él. En todas esas inquietudes de este mundo que no nos permiten disfrutar de El. El trabajo, la ambición, nuestro egoísmo, nuestra soberbia. Nuestras preocupaciones mundanas normalmente anteponen los problemas diarios a dedicarnos a las cosas del Señor. ¿Y que son las cosas del Señor? No solo rezar 24 horas al día. No solo contemplar o adorar 24 horas al día. Cosas del Señor es dedicar nuestros talentos a que produzcan. Y nuestros talentos producen en nuestros hermanos más desfavorecidos, no solo en nuestras cosas del día a día, por importantes y urgentes que parezcan.  Célibe o en pareja, el obstáculo no está en el otro, sino en todo caso, en nosotros mismos.

 

La tercera idea es la de la libertad. Pablo no impone en esta materia. Simplemente aconseja lo que para él es más conveniente. Pablo nos recomienda no estar inquietos por las cosas de este mundo, para disfrutar de la “parte mejor”. Nos recomienda que hagamos lo posible por entregarnos al Señor, seamos célibes o no, consagrados o laicos. Pero la decisión de cómo hacerlo mejor es nuestra.

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¡Absolutamente no!

Por: Alfonso Carcasona 25-01-2015

Vengo de disfrutar de un fin de semana

 en la Verna con unos muy queridos amigos. Es ya el quinto año que nos retiramos un fin de semana a este peculiar monte toscano, probablemente el lugar más sagrado para los franciscanos, ya que en él recibió los estigmas Francisco de Asís hace casi 800 años. 

No voy a glosar en esta tonta reflexión las bondades del lugar (ni la conveniencia, bajo mi punto de vista, de visitarlo en el duro invierno). Baste decir que lo recomiendo vivamente, bien sea por motivos espirituales o bien para disfrutar de paseos en bici o a pie por la montaña agreste.

Este año reflexionamos sobre la definición que da Francisco de la “Verdadera alegría”. Está contenida en el capítulo ocho de las Florecillas, para el que quiera leerlo (algo que recomiendo, a la vez de que se lea varias veces para entender su significado). Burdamente diré que el santo recomienda, como ya hizo Jesús en su momento, negarse a uno mismo, si se quiere disfrutar de la felicidad (o acceder al Reino, que viene a ser lo mismo). Y lo hace desde la paciencia y la humildad.

 

Cada viaje hemos podido disfrutar de una sencilla misa dicha por Juan Mari, para nuestro pequeño grupo de siete, en alguna de las capillas del monasterio (¡incluso la celebramos un año es el lugar de la recepción de los estigmas! ). Pero cada año se nos ponían más dificultades. A los frailes del lugar no les gusta que se celebren misas fuera de las de su comunidad. Este año, cuando pedimos permiso, la respuesta fue taxativa: “¡Absolutamente no!” Para nosotros fue una magnífica lección que nos daba Francisco en su morada. Nos cerraron la puerta de nuestra ilusión. Llamamos varias veces, con la misma respuesta. Murmuramos un poco, pero creo que en el fondo de nuestro corazón entendimos el mensaje. Gracias hermano Miguel por la oportunidad de entender, aunque sea de manera sencilla y adaptada a nuestro tiempo, el contenido de la octava florecilla. Y lo digo de corazón.

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Puñetazos

Por: Alfonso Carcasona 17-01-2015

Va Francisco y dice:

la libertad de expresión y la libertad de religión son dos derechos humanos fundamentales, y se arma el Belén.

Los partidarios de una libertad de expresión sin límites (bueno, sin limites distintos a los que ellos aceptan) se han puesto de uñas con las últimas declaraciones del Papa, en las que apuntaba que  “Creo que esto sea lo principal sobre la libertad religiosa: hay que hacerlo con libertad, sin ofender, pero sin imponer, sin matar”.  Me permito apostillar a Francisco en el sentido que eso es lo principal, no solo en cuanto a la libertad religiosa, sino en cuanto a cualquier libertad.

En esa entrevista de la que los medios titulan “el papa se quita la careta y limita la libertad de expresión” o “pon tus barbas a remojar…”, Francisco también dice “La libertad de expresión –prosiguió–: cada uno tiene no solo la libertad, el derecho; tiene también la obligación de decir lo que piensa para ayudar al bien común”. Impecable, ¿no? Ahí está la clave: los medios de comunicación tienen una obligación, no solo un derecho: contribuir al bien común. Los derechos tienen aparejadas obligaciones, y las obligaciones conllevan derechos. Violar, olvidar, ocultar la obligación desvirtúa el derecho. 

Otros apuntan a la inoportunidad de estas declaraciones. Je suis Charlie vs Je ne suis pas Charlie. Tercer extracto de la declaración del Papa (el más obvio, pero desafortunadamente esto quieren olvidarlo los tertulianos ilustrados): “no se puede ofender, hacer la guerra, matar a un hombre en nombre de la propia religión; en nombre de Dios. A nosotros, lo que está sucediendo ahora nos sorprende. Pero siempre pensamos en nuestra historia. ¿Cuántas guerras de religión hemos hecho? Piense usted en la noche de San Bartolomé ¿Cómo se entiende eso? También nosotros hemos pecado. Pero no se puede matar en nombre de Dios. Eso es una aberración. Matar en nombre de Dios es una aberración”.

 

Ofender es el germen de la violencia. Yo insulto a tu madre, y tu me das un puñetazo. Me levanto y te doy dos (o me los da tu hermano). Y de ahí a las barbaridades que vemos hoy, pues solo los pasos que Uds. quieran poner.  ¿Dice el papa que el cristiano debe responder con el puñetazo? ¿Que está bien darle un puñetazo? No, lo que dice es que insultar provoca violencia. Y quien no lo vea, está ciego. Y para eso vino Jesús a la tierra, para curar a los ciegos. ¡Bien Francisco!

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Jóvenes y vida pública por Blanca Carcasona

Por: Alfonso Carcasona 10-01-2015

Hoy en día ser político está peor visto que

 ser colocador de tazas en una tienda de souvenirs. Cada vez que alguien está discutiendo con otra persona en un bar, no hace falta más que agudizar el oído y nos daremos cuenta de que hablan de la subida del IVA, de la salida del euro o de la mala gestión de Rajoy. La política es un oficio en decadencia que necesita ser rescatado urgentemente por todos los que creemos en la humanidad. ¿Qué ha podido pasar para haber llegado a este punto? La desconfianza en nuestros representantes. Eso es, aquella seguridad que se gana con sudor y lágrimas y se pierde en un suspiro.

A finales de diciembre, los miembros de la generación del 97 recibieron una acreditación de su participación en el censo electoral  para las elecciones generales del 2015. En un año estarán votando algo en lo que sus mayores aborrecen, algo en lo que no creen porque desconocen. La mayoría votará en contra de un partido más que a favor para mantener la tradición española. Otros votarán para poder tomarse un selfie justo antes de introducir el sobre en la caja, ¡ya son mayores! Van a votar a un partido del que probablemente desconozcan su programa electoral y en el que seguramente no estén de acuerdo al 100%. Será porque tendrán solo 18 años, pero lo más triste es que señores y señoras de 40 o más se encontrarán en la misma situación. ¿Qué es lo que les diferencia a ellos de los adultos hechos y derechos? Que tienen mucho camino por recorrer, mucho mundo por conocer y todas las herramientas en sus manos para mejorar la situación.

 

Quizás las nuevas generaciones políticas sean capaces de sumar una buena política para España, más allá de lo que restan los políticos de ahora al criticar en vez de solucionar. El país necesita un aire nuevo, un carácter más parecido al de los modelos de referencia mundiales. Es el momento de sacar a la luz la verdadera preparación de la juventud y de enterrar bajo tierra los “relaxing cup of café con leche” de Ana Botella, ¡que se note la carga escolar que se le impone a los alumnos! ¡Los españoles SABEMOS hablar inglés, francés y si nos apuras mandarín! Y no solo en cuanto idiomas es necesario demostrar nuestra valía. Estamos en una era de creatividad y a eso no nos gana nadie, ¿y sino, quién hace los mejores anuncios de televisión? Pues esa creatividad se podría aprovechar en la política. El bipartidismo necesita una profunda reforma, o quizás una sustitución, quién sabe, eso lo dejaremos a manos de nuestros futuros pensadores. Lo que está claro es que si seguimos desprestigiando este oficio, solo llegarán a él iletrados, España saldrá del euro, la peseta volverá, se romperá el libre comercio con la Unión Europea y nos convertiremos en habitantes de un país tercermundista.

Blanca Carcasona

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El significado del Belén

Por: Alfonso Carcasona 06-01-2015

La llegada de sus majestades los Reyes Magos de Oriente marca el final de las fiestas de Navidad.

La actual tradición de colocar un pesebre en nuestras casas nació hace casi 800 años en Greccio. Allí se acercó Francisco de Asís, unos días antes de Navidad, y pidió a un amigo que organizase en la montaña un belén viviente. 

Desde entonces, las iglesias, los colegios, e incluso alguna ciudad y ayuntamiento, compiten en tener el belén más llamativo, invirtiendo en algunos casos buenas cantidades de dinero. También las familias cristianas engalanamos nuestros hogares con un conjunto de figuras más o menos extenso, más o menos creativo. Los que tenemos niños pequeños podemos utilizarlos a modo de catequesis, como se hacía en el Medioevo con las pinturas o esculturas. A medida que van creciendo el tamaño de los belenes se va reduciendo, hasta acabar en el Misterio, si acaso.

Leyendo la vida del santo, me ha llamado la atención el motivo por el cual Francisco pidió que se “montase” el belén. No fue para iniciar la bonita tradición que ha perdurado hasta nuestros días, ni por supuesto, para darse un capricho. La verdadera razón fue para poder “… sentir corporalmente, ver con sus propios ojos, la falta de confort y las necesidades del bebé que acababa de nacer…” Francisco quiso ver en su pesebre como “… se le daba a la simplicidad el lugar de honor, cómo era exaltada la pobreza, cómo se elogiaba la humildad, como en Greccio nacía una nueva Belén…”

Reconozco que nunca había mirado el pesebre de esa manera. Nunca había buscado en él la simplicidad del acontecimiento: la indefensión con la que viene Dios al mundo. Jesús no puede nacer de una manera más humilde, con más incomodidades. Eso es lo que quiso ver, sentir, Francisco al pedir que se representase la Natividad. No buscó figuras napolitanas, ni complejas construcciones, ni ricos ornamentos. Pidió a simples campesinos que figurasen el nacimiento en las frías montañas umbranas (imagino que el 25 de diciembre el tiempo sería gélido en Greccio).

Hasta hemos perdido el oremus discutiendo si de verdad había un buey y una mula en el nacimiento… si  nació en diciembre o en cualquier otro mes. Si había muchos o pocos pastores. Si los Reyes Magos existieron y una estrella les guió…

Hagamos que de nuestro hogar nazca cada año un nuevo Belén. Miremos al pesebre con ojos que nos permitan sentir su función: recordarnos cómo vino Jesús al mundo, su simplicidad, su pobreza, su humildad.  

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Felicitaciones digitales

Por: Alfonso Carcasona 01-01-2015

Sin duda se habrán dado cuenta

 de que cada año disminuye el número de tarjetas de felicitación. Desde un punto de vista ecológico probablemente será algo bueno, ya que lo mismo que antes se decía de puño y letra en un derivado de la resina, hoy se puede escribir en un email y enviarlo a tus personas queridas.

Hasta ahí todo bien. Sin embargo, la facilidad en la composición y envío de las felicitaciones están acabando por desnaturalizarlas. Hoy recibimos un texto que nos gusta, o una felicitación curiosa, la adoptamos como nuestra y en un segundo se la enviamos a toda nuestra libreta de direcciones. O las publicamos en Facebook, que con eso no hay ni que enviarlas. Despersonalizadas a tope, estas felicitaciones no creo que cumplan su función: acordarse de quien las recibe. Para desearle el bien a alguien, al menos habrá que visualizarle, ¿no?

Mi amigo Jesús se quejaba el otro día de que nadie le había llamado en Nochebuena. No tiene ordenador ni smartphone, así que ni siquiera recibe el spam de la compañía eléctrica felicitándole las fiestas. Los que somos “afortunados” por poseerlos recibimos decenas o cientos de emails o mensajes en el tablón de Facebook con imágenes, textos o videos compuestos por personas o máquinas distintos al que nos lo envía. Ya hay hasta programas que le meten tu nombre para que parezca que el que los manda se ha molestado un segundo en dedicártelo. 

Esta Nochevieja los sms, whatsapp, emails y Facebook volverán a hacer su agosto. Recibiremos ese ¡Feliz 2015! sin corazón, sin alma. Las llamadas de teléfono habrán desaparecido (hasta que alguien invente un programa que imite tu voz, marque a tu lista de direcciones y felicite el año nuevo en tu nombre). Incluso estando cerca de la persona a felicitar lo haremos por mensaje de texto. Es gratis y queda constancia, sin el mayor esfuerzo. Sólo mejorable en el caso de que desaparezca la moda de felicitar.  

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