Lunes 25 de Septiembre 2017

Juan María Laboa

 

Profesor de historia de la Iglesia en la Universidad Comillas durante cuarenta años. Convencido de que esa historia conforma buena parte de nuestras raíces y enriquece nuestra cultura y muchos de nuestros puntos de referencia.

 

Un papa y un ermitaño

Por: Juan María Laboa 01-09-2017

El Verano, habitualmente, trae pocas noticias y de la Iglesia menos. Un cardenal italiano anciano y, probablemente, aburrido ,se ha sacado de la manga la noticia de que Pablo VI había escrito una carta a Secretaría de Estado en la que decidía en qué momentos de enfermedad o desconexión mental debía darse al papa como incapaz. Ya se habló del tema en su tiempo aunque no se conocía la existencia del documento. Fue con motivo de la visita de Pablo VI a la ermita al que se había retirado Celestino V después de su abandono del pontificado en 1294. Hoy el último derecho canónico es más claro en sus disposiciones, pero en estos días el problema no está en la dimisión, situación habitual en nuestro mundo, sino en la situación en la que queda el dimitido. En realidad, en el mundo real, el dimitido se retira y vive una vida de acuerdo a su nuevo estado. Tenía un cargo, lo deja y lo sustituyen. Todo normal. Solo que el mundo clerical o, al menos, una parte del clero y algunos laicos que son más clericales que el clero, ha aprovechado la extraña situación en la que se situó Ratzinger al renunciar a la diócesis de Roma manteniendo su sotana blanca y retirándose a una casa en el centro del Vaticano, para convertirlo en un arma que ellos desearían arrojadiza. No hace falta saber teología para conocer que los cardenales elijen al obispo de Roma y que este tranquilamente dejó su puesto como lo hacen todos los obispos, aunque estos por obligación. No existe hoy papa y medio ni cuarto de papa y mitad, ni siquiera papa emérito sino obispo de Roma emérito. El actual obispo de Roma y, por consiguiente Papa es el papa Francisco.

Falta en nuestro mundo eclesial naturalidad y resulta necesario recomponer imágenes y actitudes inexactas y gastadas. En el cristianismo el obispo de Roma ocupa un puesto y tiene unas atribuciones especiales. Es el centro de comunión de la Iglesia. Lo decidió Cristo y resulta imprescindible en la vida eclesial. En cuanto tal, los creyentes le debemos respeto y seguimiento. Pero no es un dios menor y cuando decide retirarse se retira con todas las consecuencias. Hay que afear la conducta de tantos cristianos de pacotilla que en nuestros días, tras endiosar a los papas anteriores porque les gustaba hoy se atreven a enlodar a este papa porque les molestan sus palabras y actuaciones, tal vez porque recuerdan demasiado a las de Cristo.

 
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¿Escuchar a los laicos?

Por: Juan María Laboa 26-06-2017

El despertar de los laicos es tan lento que nos asombra cualquier anuncio de mínimo cambio, anuncio que soñamos con que se convierta en realidad. Parece que el papa Francisco ha susurrado al consejo de los nueve la conveniencia de que se pregunte a laicos y clero su opinión sobre los candidatos al episcopado. Se podría, se debería, sería de sentido común y, además, no resultaría revolucionario. ¿Qué principio evangélico respalda el convencimiento de que Rouco o Munilla sean más aptos o razonables que los cristianos o los sacerdotes para elegir candidatos al episcopado? De cuanto sabemos podemos deducir que los apóstoles no hubieran instituido a presbíteros que hubiera desautorizado la comunidad. En la comunidad de Jerusalén y en otros muchos casos tenemos constancia de que cristianos laicos participaban normalmente en la elección de la Jerarquía. Hipólito en el siglo III afirmó que “el obispo sea ordenado cuando haya sido elegido por todos”;a Fabián (236) eligieron los sacerdotes y el pueblo al unísono, y en el mismo siglo Cipriano de Cartago señaló: “Manda Dios que las ordenaciones episcopales se han de hacer con el consentimiento del pueblo que asiste para que, estando presente el pueblo, se descubran los crímenes de los malos y se hagan públicos los méritos de los buenos, y la ordenación sea justa con el voto y juicio de todos”. El papa Ormisda y tantísimos otros obispos fueron elegidos por unanimidad y durante un tiempo todavía se mantuvo el principio de que quien a todos manda por todos sea elegido. San Ambrosio, y no fue el único, fue impuesto por el pueblo Sin embargo, desde el siglo IV los laicos comenzaron a ser excluídos poco a poco de la elección de los obispos y se limitó su participación a la aclamación final, acto formal que ya no significaba ratificación. La Iglesia se había convertido en clerical y vertical que no es lo mismo que tradicional. En la nueva sociedad cristiana el obispo se fue convirtiendo en una persona pública, e influyente de forma que los poderes eclesiásticos y políticos constataron la necesidad de controlarlo. Durante los siguientes siglos, papas, metropolítas y reyes impusieron sus candidatos y el pueblo y los sacerdotes fueron perdiendo presencia, posibilidades y protagonismo, permaneciendo silenciosos como sujetos pasivos. De hecho, parecía no preocupar tanto la conveniencia de la comunidad creyente, cuanto la expansión del poder y la progresiva marginación del pueblo cristiano en favor de una Iglesia muy clerical. En realidad, pues, la comunidad cristiana ha utilizado en estos dos mil años diversos modos de elegir a los obispos: los apóstoles, los presbíteros, los cristianos miembros de la comunidad, los canónigos de la diócesis, los obispos de la región. Poco a poco los poderes políticos fueron imponiendo su voluntad y han elegido a sus amigos, a sus políticos, a sus familiares, a quienes quisieran, sin más, de forma que durante siglos las monarquías absolutas, nuestro dictador Franco y otros muchos sátrapas controlaron de diversos modos estas elecciones. Tantos personajes pintorescos como Luis XV, Fernando VII o Isabel II impusieron alegremente sus candidaturas. Por otro lado, en períodos de reforma o de mayor respeto a Roma, los pontífices, lentamente fueron imponiendo su exclusiva autoridad y han ido nombrado a sus candidatos sin contrapisas. No está demostrado que alguno de esos sistemas fuera más apto para crear comunidad o para conseguir candidatos más dignos, pero, en cualquier caso, parece evidente que nuestros cristianos actuales, creyentes adultos, tienen todos los derechos para participar en la elección de su pastor y hermano mayor de la comunidad.

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Un centenario que nos interpela

Por: Juan María Laboa 05-06-2017

El 14 de mayo de 1907 nació Vicente Enrique Tarancón, de personalidad atrayente, de formación tradicional conservadora, marcado para siempre por las cuatro sesiones conciliares. El explicó que el impacto provocado en su vida episcopal por la“Lumen Gentium y la“Gaudium et spes”resultó definitivo Como presidente de una Conferencia episcopal que fue cambiando lentamente su talante gracias al apoyo de Pablo VI, se propuso aplicar las orientaciones del Vaticano II en lo referente a la independencia de la Iglesia de todo poder político y económico, a no estar nunca en la lucha por el poder, a no apoyar a ningún partido político, a defender la dignidad de la persona y los derechos de todos los ciudadanos Por carácter y por la enseñanza conciliar, don Vicente rechazó cualquier veleidad de restaurar los viejos aires de cruzada, y se esforzó por conseguir que la comunidad cristiana se convirtiese en instrumento eficaz de reconciliación entre los españoles enfrentados secularmente Es decir, se afanó para que la Iglesia perdiese influencia política y ganase credibilidad religiosa. Fue el cardenal del diálogo y de la reconciliación, muy consciente de que para lograrlo debía conseguir en primer lugar la reconciliación de los obispos y los creyentes entre sí, enfrentados no por motivos doctrinales sino políticos y de talante. Ellos estaban dispuestos a ser la conciencia crítica de la sociedad asumiendo una actitud profética, pero este profetismo no les llevaba siempre a ser críticos y exigentes consigo mismos. Resultó evidente que Pablo VI le había elegido para pilotar la transición eclesial española, pero buena parte de los políticos y algunos obispos le preferían en el paredón, actuaron contra él y contra buena parte de la Iglesia conciliar. Taráncón mantuvo una imperturbable fidelidad a Pablo VI y a Juan Pablo II, incluso cuando este le apartó sin misericordia. Dos temas más centraron su esfuerzo y dedicación, los sacerdotes y la Acción Católica. Fue el relator del Sínodo romano sobre el sacerdocio, dio el empujón sereno y bien preparado para que se celebrase la famosa encuesta del clero español en 1969, respaldó la asamblea conjunta y se enfrentó al grave problema de la secularización de miles de sacerdotes españoles. Fue comprensivo, acogedor y dialogante. La situación resultó dolorosa, pero supo llevarla con espíritu evangélico, consiguiendo que este complicado problema fuera resuelto sin excesivos traumas personales y sociales. El prestigio conseguido por la Iglesia de esos años estuvo detrás de la transición política, de la elaboración de la constitución y del clima de paz y esperanza que los acompañó. Tal vez por esta bonanza, no tuvo en cuenta el que la oposición estaba dispuesta a utilizar todos los medios para frustrar la renovación eclesial. El nuevo papa Juan Pablo II, muy apegado al español Martínez Somalo, a quien nombró Sustituto de la Secretaría de Estado, asumió las acusaciones y los prejuicios de la minoría episcopal y se decidió a favorecer un borrón y cuenta nueva en nuestra Iglesia cambiando su jerarquía. Probablemente, con el nuevo cambio de obispos no se consiguió una Iglesia más evangélica ni más evangelizadora, pero no cabe duda de que resultó más dividida y, tal vez, más separada y menos estimada por su pueblo. En cualquier caso, a pesar de la acogida entusiasta del papa en su viaje a España a finales de 1982, en los decenios siguientes hemos asistido a una Iglesia debilitada y sin programa propositivo y a una sociedad cada más agnóstica y secularizada. Hoy, ¿qué significado conserva la memoria de Tarancón en esta comunidad nuestra tan necesitada de testigos y tan cruel con sus hijos más lúcidos y perspicaces? En la diócesis de Madrid y en la Conferencia episcopal su centenario pasó desapercibido y, sorprendentemente, dos por uno, se trató de olvidar el concilio, identificando, tal vez, inconscientemente uno y otro. Tarancon y la Asamblea conjunta confiaron con coraje en los sacerdotes diocesanos y en la Acción Católica, pero el rechazo de ambos terminó depositando la nueva confianza pastoral en las manos de los movimientos y de la Prelatura. Estos obispos pusieron todos los huevos en una misma cesta y perdieron al clero y al laicado comprometido de sus parroquias. Desdeñaron a los religiosos y los empobrecieron a ellos y a la Iglesia. Hoy no quedan casi sacerdotes ni religiosos ni movimientos. Y, evidentemente, de esto no se puede culpar al concilio, pero no se les ocurre enfrentarse a un examen de conciencia. Francisco ha vuelto al concilio y a Pablo VI. Buen momento para recordar a Tarancón, pero una parte de la Iglesia española se agarra a Müller y a Sarah y reinterpreta a su gusto los documentos del papa actual. Esta Semana Ricardo Blázquez ha visitado al Papa y ha comentado que Francisco conoce bien la Iglesia española, pero que no les dio ninguna opinión, ninjún juicio. ¿Por qué será? Pablo VI conocía esta Iglesia y actuó. A Juan Pablo II le informaron y actuó en consecuencia. Francisco la conoce y no actúa. ¡por qué será?

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Sin respeto no hay convivencia

Por: Juan María Laboa 17-04-2017

Hay eslóganes en sí indeterminados que resultan eficaces en una sociedad que piensa poco. Últimamente uno de ellos es “llamar al odio”, referida a juicios o expresiones o actuaciones que no gustan al que habla. A primeros de marzo un autobús de color naranja se ha paseado por Madrid con una afirmación gravada en su costado: “los niños tienen pene y las niñas vulva”. Inmediatamente se organizó una protesta acogida llamativamente por todos los medios de comunicación. El Ayuntamiento de Madrid, con insólita rapidez, prohibió su marcha por las calles de la ciudad, la policía inmovilizó el autobús y el fiscal de Madrid abrió la correspondiente investigación urgente por posible delito de odio. El Correo de Extremadura publicó un artículo que terminaba con esta frase: “Enhorabuena al activismo que lo ha frenado, a los partidos que han sabido responder y a la sociedad que ha tendido su mano a la tolerancia y el respeto”. Quiero subrayar solo esta frase para explicar mi reflexión de hoy.

Al mismo tiempo que este autobús iniciaba su corto recorrido por Madrid y coincidiendo con la reacción espontánea y, también, orquestada que comenta el citado artículo, en Las Palmas, durante los recientes carnavales una drag queen disfrazada de Virgen María que canta y baila impropiamente y, más tarde, en una escena que presentaba obscenamente la Crucifixión de Cristo, ataque público a lo más íntimo y sagrado de millones de españoles ganó el concurso de drag queens. Por otra parte, Javier Botella, concejal de Podemos, oficia una boda civil disfrazado de sacerdote con una bufanda del FC Barcelona a modo de estola eclesial en Puerto de Santa María.

No hablo de reparaciones o de actos de desagravio a Dios, porque estoy convencido de que por mucho que lo intentamos Dios no se siente agraviado por nuestras estupideces. Nadie escupe al cielo. Quiero referirme a los ciudadanos españoles creyentes, a sus derechos y atribuciones. La libertad religiosa, los derechos de los ciudadanos, la convivencia y el respeto mutuo, exigen que la fe, las creencias religiosas y las ideas de cada uno sean respetadas y defendidas públicamente. ¿No incita al odio la drag queen canaria o el concejal de un partido que acosa a los periodistas que los critican? ¿No tendrían que defender el respeto por las creencias religiosas, es decir, por la libertad religiosa, quienes con tanta diligencia atacan al autobús madrileño o defienden con tanto ardor actuaciones o ideas minoritarias?

Me desconcierta la parálisis de los católicos españoles que, no estando de acuerdo con el suceso canario ni con otros parecidos, aparentemente, no saben ni contestan y permanecen inermes, sean periodistas, tertulianos, profesores, intelectuales o personas públicas. Todos bajo el caparazón de la discreción o del temor a salir del armario. El déficit más grave de la comunidad católica española consiste en su deficiente conciencia de formar parte de una comunidad concreta y diferenciada, con sus valores y señas propias, que les obliga a vivir y aportar sus exigencias a la sociedad española a la que pertenecen con pleno derecho. Nuestra Iglesia arrastra una debilidad y una incoherencia destructiva si sus miembros no se sienten comprometidos con ella, con una identidad clara. Resulta incoherente una práctica religiosa personal sin ninguna pertenencia activa con a vida eclesial. Y también es incoherente su desinterés por defender los derechos de los ciudadanos, en primer lugar los suyos como creyentes. Más grave, aun si este desinterés coincide con un anticlericalismo anacrónico, pero activo en una izquierda que olvida, a menudo, su sentido social pero no sus fantasmas anticlericales más decadentes y obsoletos.

Un hijo adolescente de mi amigo José María, al escuchar su indignación por el suceso de las Palmas, le llamó carca. Aquí entramos de lleno en la formación de nuestros jóvenes. Es posible que estos jóvenes hablen también del peligro de inducir al odio, pero seguramente no se han parado a pensar en la necesidad de defender la libertad religiosa y la convivencia respetuosa de los ciudadanos. ¿Qué han tratado en las

clases de religión a las que han asistido? ¿Les suena a vejestorio la religión, la comunidad creyente, las creencias, sus ritos, su respeto?, y los adultos, los practicantes, ¿no sienten la urgencia de ser cristianos con mayor sentido de identidad? Contó Guillermo Rovirosa que un joven de la HOAC reaccionó con determinación al escuchar una blasfemia, y a la reacción” A ti ¿qué te importa? respondió. “¿Cómo no va a importarme si es mi Padre?”

 
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La fragilidad de las tertulias

Por: Juan María Laboa 03-04-2017

El lunes pasado, poco antes de la una y media del mediodía pasé por delante de una televisión y escuché una voz femenina que proclamaba: “el celibato es la causa de la corrupción de la Iglesia”. Quedé desconcertado y miré a la pantalla de TVE con el deseo de conocer a quien correspondía la sorprendente y rotunda afirmación.

Me encontré con cinco tertulianas decididas, ante un cartel con la inscripción “Amigas y conocidas”, que comentaban sonrientes, según comprendí enseguida, la respuesta del papa a un periodista del periódico alemán Die Zeit:”debemos analizar si los “viri probati” son una posibilidad y también debemos establecer cuáles tareas podrían asumir, por ejemplo en comunidades aisladas”. Una afirmación tan matizada y que ha sido planteada por los últimos papas con motivo de la situación dramática de tantas comunidades que no pueden participar de la Eucaristía por la disminución drástica de sacerdotes, dio paso a una manifestación frívola y decididamente falsa: “el celibato es la causa de la corrupción existente en la Iglesia”, olvidando que, desde los primeros tiempos, el cristianismo ha valorado la castidad y la virginidad de aquellos de sus miembros que hayan decidido entregar su vida al servicio del Señor y de la comunidad. Por otra parte, atreverse a relacionar los actos de pederastia con la práctica del celibato de los sacerdotes supone desconocer que en no pocos núcleos familiares, por desgracia, los padres caen en ese pecado. Sorprendente, también, la atrevida afirmación de otra tertuliana de que en el protestantismo el matrimonio de sus clérigos había acabado con esa práctica.

No acabaron aquí las manifestaciones del animado encuentro. Una de ellas, desconozco sus nombres, no dudó en ofrecernos a los oyentes su lección magistral. “La imposición del celibato se debió a los muchos hijos que los clérigos casados tenían en el pasado, por lo que el patrimonio eclesial disminuía al dividirlo entre ellos”. La última razón, pues, de tal imposición, según esta tertuliana, fue la avaricia de la Iglesia que no estaba dispuesta a quedarse sin sus bienes.

Una tercera tertuliana, más serena y equilibrada en sus juicios, se refirió a un concilio del siglo VI en el que, a su parecer, se impuso la norma. Efectivamente en este siglo y en otros antes y después se animó a los sacerdotes a vivir el celibato, no siempre con éxito, pero hay que recordar que el convencimiento y la decisión de que los sacerdotes como los religiosos y religiosas fueran célibes y guardaran la castidad surge en los mismos orígenes de la Iglesia. De hecho, en el concilio de Iliberis o Elvira, en los primeros años del siglo IV, se da por supuesto el celibato de los sacerdotes.

Resulta evidente la popularidad de las tertulias, pero debemos ser conscientes de que, demasiado a menudo, resultan de una frivolidad llamativa al juzgar y pontificar con seguridad sobre temas que desconocen. Como los que escuchan, a menudo, no saben más sobre el tema, pero inconscientemente se fían de su honradez y de sus conocimientos, aceptan lo que ven y oyen .No cabe duda de que en esta situación de medios que pontifican y de oyentes que solo escuchan nos encontramos en franca desventaja y, a menudo, se aprovechan de nosotros.

 

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Ni débil ni evanescente

Por: Juan María Laboa 14-02-2017

El hombre es capaz de todo, del bien y del mal, de la bondad y de la crueldad, de la generosidad y de la mezquindad, de la felicidad desbordante y de la angustia más destructiva. Pascal que admira y desdeña al ser humano llega a definirlo con la rotundidad de la que es capaz:”¡Qué quimera es, pues, el hombre! ¡Qué novedad qué monstruo, qué caos, que sujeto de contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excrecencia del universo”. Pero este hombre, que destruye y recompone, es capaz de pensar, y este atributo suyo, el más desbordante y más constitutivo, aunque no necesariamente el más utilizado, cambia todo. Pero ¿qué sucede si no piensa, si se le hace difícil, demasiado cuesta arriba, el pensar? En una ocasión, conduciendo por una carretera de Palencia, ví a lo lejos a un pastor con su rebaño. Paré el coche y fui campo a través hasta donde se encontraba. Mientras charlábamos, le pregunté si no se sentía solo en aquel páramo. ¿”Solo?, si estoy con Dios!”, respondió con serenidad. Su soledad estaba llena de Dios: pensaba, reflexionaba, hablaba y escuchaba a Dios. En su soledad, afrontaba, las últimas preguntas que todo ser humano ha afrontado durante siglos hasta ahora, porque hoy se parte con frecuencia con la convicción de que solo el presente tiene valor. Sin embargo, el pensamiento nos constituye, nos hace, nos centra y nos enfrenta a nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás, con la vida y con nuestros misterios personales. Nosotros enseñamos cosas, datos fórmulas, pero, ¿ayudamos a pensar?. Insistimos en la formación, pero, ¿también en el pensamiento? El pensamiento constituye un arma formidable más allá de la pura acción y repetición, porque el pensamiento lleva a la convicción personal razonada, a las determinaciones propias de quien discierne y elige de acuerdo a principios y valores. El hombre, demasiado a menudo, puede ser manipulado sometido y usado sin comprender, puede ser mancillado, dominado y atormentado, pero siempre es capaz de pensar y, en ese mismo momento, se hace interiormente libre. Las dictaduras de todo género tienden a dominar y anular la mente del ser humano, tienden a conseguir gregarios que se entusiasmen con sus dictados y programas, pero, a menudo, se encuentran con gente que piensa y porque piensa los consideran enemigos, destruibles. En nuestros días, da la impresión de que se intenta algo más sutil y aparentemente menos violento, la desaparición de algo tan fundamental y constitutivo como la consideración y la comprensión de lo que es y significa la muerte, sin caer en la cuenta o, tal vez, dándose plena cuenta, de que la comprensión de la muerte es lo que finalmente permite construir y afrontar humanamente la vida. Existe hoy tanta información y tan poco pensamiento! La forma sincopada de escribir en las redes parece ahorrarnos la reflexión y el tiempo dedicado a una más prolongada consideración de los temas. Hace unos decenios se decidió que Dios había muerto, pero, al no haberlo conseguido se tiende más sutilmente acabar con la muerte, pero si no captamos el sentido y las consecuencias de la muerte termina todo por no tener sentido, tal como afirmaba Unamuno. En la escuela, enseñar a pensar no consiste en ofrecer nuevas teorías, por revolucionarias que parezcan, sino en alentar a los alumnos a escuchar en su interior, animar a explorar en el país interior de nuestra vida, a descubrir la existencia del bien y del mal, a reconocer la presencia del amor universal, a responder a las últimas preguntas que todo ser humano debe plantearse si quiere conocer el significado de la vida y de la muerte. Es hora de rechazar el pensamiento débil y la conciencia perpleja como pauta real y aceptable. San Agustín consideraba que los hombres estamos siempre dispuestos a curiosear sobre vidas ajenas, pero no a conocernos a nosotros mismos y a corregir nuestras vidas. El examen de nuestras conciencias, el conocernos en plena transparencia, nos obliga finalmente a buscar la verdad y la coherencia, nos obliga a pensar y, al mismo tiempo, a olvidar la cultura y el hábito de lo provisional y relativo como forma de vida. Nuestra dignidad, originalidad y capacidad personal se centra en nuestro pensamiento, en nuestra capacidad de conocimiento, en el sufrimiento y la gloria de elegir entre el bien y el mal

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Frente al anonimato de la historia

Por: Juan María Laboa 15-01-2017

A finales del 2016 da la impresión de que tanto los cristianos como la Iglesia se han guarecido en el anonimato, en un silencio individual e institucional sorprendente. No porque falten organizaciones o instituciones con nombres o proyectos cristianos sino porque su presencia resulta insípida, incolora e irrelevante. En el ámbito de la escuela, de la enseñanza, del análisis social, debemos preguntarnos sobre los por qué de esta situación. 

 

¿Por qué han desaparecido políticamente los cristianos? ¿Qué ha sucedido con los partidos de orientación cristiana, como las Democracias Cristianas, el PP, o el PNV? ¿Por qué vacila la cultura política cristiana, tan viva en la segunda parte del siglo XX? ¿Por qué parece inexistente el compromiso político cristiano?¿Qué de aquellas escuelas de ciudadanía o de formación política existentes en algunas diócesis? Quiero señalar el avance desconcertante de una crisis profunda de la identidad cristiana en su propia historia, presente, por ejemplo, en el intento revisionista de las cruzadas, de la evangelización americana, del fenómeno esclavista, de la labor de los misioneros en los diversos continentes, de la presencia e influjo, del cristianismo en la época contemporánea…hasta llegar a dudar sobre la dimensión histórica de la civilización cristiana. Las diferentes peticiones de perdón por parte cristiana han sido meritorias como acto de humildad, pero no han resultado equilibradas al no haberse contrapuesto con los muchos méritos existentes. Tantos libros y series de éxito, a menudo, inaceptables desde el rigor histórico, acusan inapelablemente al clero, la Iglesia, la educación católica. A esta situación se contrapone el temor y los complejos de los intelectuales católicos en su propuesta y defensa de la historia y formación católica. En consecuencia, unos y otros se quedan únicamente con las acusaciones y falsificaciones. 

 

Sin embargo, la historia objetiva y honesta sigue siendo el espacio posible y adecuado de la manifestación de los valores y testimonios positivos y reales de la comunidad creyente. Llevamos demasiados años en los que en el parlamento, en el cine y en el teatro, en la televisión, cualquier indocumentado se permite mentir y atacar a nuestra Iglesia, a nuestro clero, a nuestra enseñanza. Aceptamos en paz y tranquilidad la cuota de pecados que nos corresponde, pero ni uno más inventado por el creativo de turno. A pesar de la secularización omnipresente no podemos ni debemos aceptar el papel que los laicistas nos asignan, el de vivir nuestra fe solo en nuestra conciencia, traicionando así el reto de permanecer activos en la gran historia, porque esta presencia no significa amor al poder sino amor al Dios creador y a nuestros hermanos los seres humanos. No debemos apartarnos de la esfera pública abandonándola simplemente a los políticos, quienes no siendo ángeles, pueden terminar gobernando sin ética ni conciencia, o solo movidos por programas puramente ideológicos o destructivos. 

 

No podemos aceptar, porque no es verdad que la defensa de los derechos humanos esté más garantizada en manos de políticos o partidos sin religión que en las de los creyentes. La historia del siglo XX lo demuestra. Tras el concilio decidimos que no hubiera partidos apoyados por la Iglesia, convencidos de que los creyentes presentes en todos los partidos influirían desde dentro. No ha sido así y los cristianos han caído en el anonimato. La búsqueda y presentación del horizonte cristiano, la presentación de los valores y programas cristianos presentes en nuestra sociedad, la actuación del bien y del mal, del pecado y de la gracia, de los grandes creyentes y del pueblo movido por su fe, constituyen también una faceta enriquecedora de nuestra historia. No podemos resignarnos a cobijarnos en el anonimato y, en cuanto formadores e historiadores, seamos capaces de ofrecer una historia equilibrada y veraz. Pasó el tiempo del autobombo, que era mendaz, pero no debemos soportar un minuto más un masoquismo estúpido y autodestructivo, igualmente mendaz. 

 

El El Estado debe ser laico, pero no la sociedad. Los cristianos exigen conocer su historia, su larga y sugestiva historia que, en realidad es la historia de Occidente, nuestra historia y la de nuestros antepasados. Desde ese conocimiento podemos hablar, actuar, reunirnos, defender nuestras ideas y nuestros derechos Una sociedad civil madura y compacta resulta imprescindible en democracia y un laicado bien formado, compacto y activo en la vida social enriquece la vida civil y hace creíble una Iglesia que debe estar presente como tal en un Estado moderno equilibrado.

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El sentido de la muerte

Por: Juan María Laboa 08-12-2016

 

Una reflexión del papa Francisco sobre la incineración ha puesto de actualidad un tema tan antiguo como la humanidad y que me parece oportuno plantear ahora porque estimo que no debe permanecer ausente de la educación juvenil .Sabemos que la inhumación de los muertos ha sido la tradición permanente del cristianismo de acuerdo con su convicción de la resurrección de los cuerpos, aunque en los últimos tiempos, a causa del aumento desmesurado de la población , la Iglesia aceptó la incineración con algunas condiciones. Las reacciones a las palabras del papa, sobre todo en los aledaños de los cristianos practicantes, han sido, a veces desconsideradas o ignorantes . Conviene plantearlo.

Honrar a los muertos y relacionar los ritos de la muerte con el reconocimiento de la trascendencia es tan antiguo como el homo sapiens. Los antropólogos llaman lo” sagrado pedagógico” a los ritos de muertos, en cuanto se refieren implícitamente a la resurrección; es decir, a la relación con Dios a través de la muerte. Las tumbas y los ritos funerarios manifiestan la fe en la inmortalidad, manifiestan la creencia de la vida tras la muerte. Podríamos afirmar, pues, que el conjunto de ritos presentes en todas las civilizaciones a partir del Paleolítico manifiestan una experiencia religiosa de la muerte.

Resulta sugerente denominar nostalgia del futuro, a ese anhelo que acompaña al ser humano de que su breve vida se prolonga indefinidamente más allá de la muerte. “Y si muero, ya nada tiene sentido”, comentó Unamuno, expresando de manera clara lo que la interminable serie de tumbas, monumentos y cementerios a lo largo de la historia humana han manifestado en las cavernas, en el campo y los cementerios de diversa clase.

En el Libro de los Macabeos leemos: “Alegraos de que vuestros muertos estén escritos en el cielo” y el cristianismo siempre ha enterrado con veneración a sus muertos con la convicción de que resucitarían conCristo. Todos los ritos funerarios cristianos están vinculados con las palabras de Jesús de que Dios es Dios de vivos y toda nuestra liturgia se basa en ese dogma de fe que encontramos en el Credo. En el Medioevo los cristianos fundaban cofradías con el fin de que todo muerto gozara de sepultura y de las oraciones de la comunidad. La oración permanente de la Iglesia es tanto por los vivos como por los muertos porque todos están igualmente vivos en El. Durante siglos, los cementerios se levantaban junto a la parroquia para que la comunidad expresara con su cercanía su comunión de fe y de esperanza en la resurrección. El cementerio es también una manifestación palmaria de una comunidad cristiana que se reúne en la eucaristía para manifestar su de acción de gracias al Dios que salva, y entierra a sus muertos en el mismo espacio bendecido porque como creyentes esperan que sus muertos resucitarán.

Todavía hoy, el ser humano necesita de ritos, signos y símbolos para manifestar sus creencias, amores y aspiraciones. Tenemos museos, árboles genealógicos, conocimiento de las raíces, fotografías y recuerdos de nuestros seres queridos, venerando a los testigos del pasado para alimentar y sustentar nuestras ideas y sueños. El hombre sin memoria es hombre sin atributos y permanece en un presente inexplorado y sin mucho sentido.

Sin embargo, en nuestros días, asistimos a una situación inédita : intentamos olvidar o ningunear la muerte por insólito que parezca. No colocarán nuestro cuerpo en la tierra sino que lo incinerarán, no guardarán nuestras cenizas en lugar sagrado sino que las esparcirán. Celebrarán poco el día de los difuntos y algunos lo sustituirán por el halloween. Por primera vez en la historia de la humanidad las familias no tendrán un punto de referencia en el que encontrar los restos y el monumento al que acudir para rezar, reconducir la memoria, entrecruzarse sus descendientes a lo largo de las generaciones.

¿Es por pura comodidad y economía o, por desidia religiosa? Señalo algunas preguntas desde el punto de vista de la comunidad creyente. ¿Tienen en cuenta los familiares el sentido y los efectos que pueden tener ese voleo de cenizas por mar, tierra y aire? ¿Son conscientes de que el difunto se mantiene en vida, sigue amándoles y se ha encontrado ya con el Dios de la vida? ¿Sienten la nostalgia del futuro? ¿Rezarán por sus difuntos y por ellos mismos conscientes de que van a morir? Consideremos que al dar un sentido a la muerte, estamos dando un sentido a la vida.

 
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Pablo VI, el papa del diálogo

Por: Juan María Laboa 13-10-2016

Pablo VI ha sido uno de los papas más sugestivos e influyentes de la historia contemporánea y, nuestros obispos, con buen criterio, han decidido homenajear a quien aprobó la creación de la Conferencia episcopal española y tanto colaboró en su renovación.

Su talante espiritual se nutrió de confianza en la naturaleza humana y de amor por sus manifestaciones más sobresalientes, como el arte y el pensamiento, y se caracterizo por el equilibrio entre hombre y Dios, entre naturaleza y gracia, con una fuerte inspiración cristocéntrica y una cálida pasión por la iglesia. La pregunta que se hará con constancia: “yo, quién soy?” atraviesa su vida, tal como aparece en su correspondencia.

Como consiliario de la pastoral universitaria, fue consciente de que era responsable de “la formación de conciencias, capaces de un fuerte testimonio cristiano, no individualista sino comunitario y eclesial, alimentado por la Sagrada Escritura y la liturgia, alejado de devociones y emociones superficiales, que mira al mundo sin temor, sin rencor, sin complejos de inferioridad, porque tiene en Cristo su centro vital”.

En Milán mantuvo un estilo episcopal de escucha a todos sin excluir a nadie, con un talante que demostraba su profundo respeto y delicadeza para con toda clase de fieles, sin dejarse arrastrar por el ímpetu personalista, ni por el intervencionismo clerical, sobre todo cuando decidía cambiar el cargo de las personas o las líneas de actuación. Transmitió siempre un sentimiento de paterna solicitud y acogida, sin atisbo de personalismo, capricho o autoritarismo.

Fue un papa no bien aceptado en España ni por los integristas ni por los radicales, al estilo de cuanto sucede hoy con el papa Francisco. Más tarde, el largo pontificado de Juan Pablo II, tan diverso en su estilo, favoreció el olvido de los años montinianos. Ahora, Francisco le cita con frecuencia con afecto y admiración.

Dirigió con mano firme las últimas tres sesiones del concilio y durante los años siguientes puso en práctica sus decisiones: la liturgia, el sínodo, las conferencias episcopales, los viajes a las Iglesias; trazó los confines netos entre lo que es perenne y cuanto puede adaptarse a los cambios culturales, y en sus encíclicas insistió en la profundización de la fe en eclesiología, la doctrina eucarística, el ministerio sacerdotal, la vida religiosa, la evangelización. A su muerte, no obstante las dificultades existentes en la sociedad y en las comunidades creyentes, dejó una Iglesia rejuvenecida, más madura y reflexiva, más consciente de que como pueblo de Dios debía comprometerse activamente en la marcha del mundo y de la iglesia.

Sobresalió su intensa conciencia del significado del cargo que ejercía, al mismo tiempo que reconocía con delicada humildad sus limitaciones personales, de forma que, en los temas importantes, se preparaba, dialogaba, reflexionaba, y cuando llegaba a una determinación la imponía sin dudar, no sin desconcierto, a veces, de muchos fieles. No era hamletiano como le acusaron a menudo sino consciente de que sus decisiones exigían una preparación exhaustiva.

Se le considera el papa del diálogo, a causa de su primera encíclica, “Ecclesiam suam”, en la que trata ampliamente del tema, pero fue su carácter y su formación los que le llevaron a ser

profundamente respetuoso y cercano a los demás. Escuchó, acogió, acompañó con enorme respeto a sus dirigidos tanto en los movimientos universitarios como en los distintos puestos en los que ejerció su ministerio. Presidiendo la Iglesia, manifestó esa misma consideración por todos sus miembros Supo armonizar su responsabilidad en la Iglesia con la concordia y solidaridad de todos los obispos. Para él como para el concilio, tanto el pontificado como la colegialidad, armonizados y corresponsables edificaban la comunidad de los creyentes.

Pablo VI aprobó en 1966 la creación de la conferencia episcopal española, dirigió y acompaño eficazmente la renovación de los obispos, apoyó una Iglesia autónoma del poder político, con unos sacerdotes más preocupados por conseguir respuestas a los cambios sociales y culturales.

Pablo VI tuvo uno de los pontificados más dramáticos de la historia al producirse inesperadamente la sorprendente convulsión eclesial posterior al concilio, aunque, ciertamente no provocada por el concilio: una comunidad profundamente dividida, en continua contestación, el cisma lefevbriano sin gran transcendencia pero siempre doloroso, el espectáculo inédito de la secularización de miles de sacerdotes, el desconcierto de algunas congregaciones religiosas importantes, el rechazo del concilio por parte de agrupaciones integristas, el debilitamiento del sentido religioso.

El modo de conducir la situación demostró su talante y personalidad. El mundo moderno reclamaba una Iglesia moderna, es decir, capaz de defender la autonomía y la dignidad del hombre. La Iglesia ha sido el tema fundamental del magisterio de Pablo VI, quien se dedicó incansablemente a la tarea de purificarla y prepararla para su confrontación con este mundo actual, consiguiendo que fuese mensaje, palabra, coloquio, según las expresiones utilizadas en su primera encíclica, verdadero programa de su acción: diálogo respetuoso y leal con las personas y las instituciones, sin dejar de ser misionera y evangelizadora.

 
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Pablo VI y España

Por: Juan María Laboa 03-10-2016

 

Los obispos españoles han decidido conmemorar solemnemente a Pablo VI, el papa que aprobó la erección de la Conferencia episcopal española, con una serie de conferencias sobre su pontificado. Es un acto de justicia con un papa que ha sido importante en nuestra historia contemporánea , a pesar de que tanto los integristas como los progresistas radicales lo maltrataron. Su importancia tuvo que ver no solo con el desarrollo espiritual y eclesial de muestra comunidad creyente, sino también con el influjo determinante de sus nombramientos episcopales, de sus palabras y de su seguimiento personal en el proceso de democratización de España durante el último decenio del gobierno de Franco y durante los años de la transición.

Montini fue considerado con sospecha y desconfianza por parte de los políticos del régimen desde el primer momento porque se le consideraba cercano a la Democracia Cristiana y por su amistad con Maritain, causas suficientes para que fuera juzgado antifranquista. Por los puestos que ocupó en la Secretaría de Estado, mantuvo frecuente contacto con los obispos y embajadores españoles, conoció su manera de ser y la valía de cada uno; conoció la problemática propia de una dictadura confesional católica y la incapacidad crítica de buena parte de los obispos, quienes valoraban más los continuos apoyos recibidos por parte del Estado que la falta de libertades políticas y personales de los ciudadanos.

Durante estos años, los obispos españoles se encontrarán atrapados entre su inalterable admiración y agradecimiento por Franco y su gobierno, y su indudable veneración por la Sede Romana. En cualquier caso, los obispos afectos al régimen, que fueron disminuyendo en número a partir del inicio del pontificado de Pablo VI, no perdieron nunca esa cercanía a unos políticos a quienes agradecían haberles salvado de la persecución religiosa y haber protegido y respaldado a la Iglesia en todos sus objetivos. En esta actitud se sintieron apoyados por la parte más intransigente de la Curia romana con la que siempre se mantuvieron identificados y con quienes establecieron un estrecho contacto. No olvidemos que, precisamente, algunos de estos personajes curiales tuvieron que ver con el exilio a Milán del sustituto de la secretaría de Estado.

Telegrama de Montini a Franco

Desde su nombramiento como arzobispo de Milán, Montini redujo, obviamente, sus relaciones con España, aunque se mantuvo informado de las grandes líneas de su política gracias a su amistad con algunos obispos y católicos comprometidos del país. Con quien más trató fue con Ángel Herrera, obispo de Santander, a quien creó cardenal más adelante , probablemente, con Ruiz Gimenéz.

El gran choque con las autoridades españolas se produjo con motivo del telegrama del 3 de octubre de 1962 enviado a Franco a petición de los universitarios milaneses ante la noticia de

una condena pronunciada por un tribunal militar contra Jorge Conill , joven condenado a muerte por sus actividades en las juventudes libertarias y por haber colocado una bomba en la fachada del Instituto Nacional de Previsión que no produjo víctimas. El telegrama decía: “ En nombre de estudiantes católicos milaneses y en el mío propio ruego a vuecencia clemencia con estudiantes y obreros condenados a fin de que se ahorren vidas humanas y quede claro el orden público en una nación católica puede ser defendido diferentemente que en los países sin fe ni costumbres cristianas“. Este telegrama constituyó un ataque a la línea de flotación del régimen confesional franquista, puso muy nerviosos a algunos ministros1 y sirvió para montar en España una campaña emocional contra el cardenal de Milán. Los cuatro cardenales españoles le escribieron una dura carta, cuya espontaneidad puede ser discutida. Montini quedó asombrado de que estos cardenales no solo no le hubiesen defendido sino que se hubiesen alineado con el Gobierno2 en contra de una doctrina ya común en la Iglesia.

Creo que no resulta aventurado afirmar que en el cónclave de 1963 los cardenales españoles centraron su atención en Antoniutti, nuncio en España hasta el concilio y muy compenetrados con él, y tal vez, en Siri, mucho más cercanos ambos a su sicología y a sus ideas . Sin embargo, a las pocas horas de su elección, en su primera salida fuera del Vaticano, el nuevo papa Pablo VI visitó en el Colegio Español al cardenal Pla y Deniel, arzobispo de Toledo, seriamente enfermo, en un acto de generosidad y de deseo de captación de la voluntad de los españoles. En cualquier caso, con esta visita se ganó la simpatía de buena parte del pueblo y del clero.

El Concilio Vaticano II

La convocatoria y el desarrollo del Vaticano II cogió al episcopado español desprotegido y poco preparado. Vivían en el mejor de los mundos, felices con su España confesionalmente católica, protegida su fe y su moral por las leyes del Estado. No mostraron durante las sesiones ideas y proyectos comunes, hablaron por libre y pocas veces encontraron propuestas compartidas, aunque un grupo fuerte de ellos se opuso con rotundidad a la mayoría de las propuestas renovadoras. Esta actitud encontró el rechazo de buena parte de su clero, que había aceptado la convocatoria del concilio con alegría y esperanza. En los temas de la colegialidad y la libertad religiosa, buena parte de nuestro episcopado fueron belicosos contra los esquemas a aprobados. En la mayoría de sus intervenciones hablaron a la contra, sobre todo en el tema de la colegialidad y, en el de la libertad religiosa. Los más organizados estaban en contacto con algunos cardenales de la curia y con algunos obispos italianos del sector más intransigente. Se votaban entre ellos, con un espíritu sectario3 y desconfiaban de la mayoría conciliar. En octubre de 1964, Pabló VI intentó tranquilizarles: “No tengan miedo a la libertad religiosa. Sé muy bien que las circunstancias de España son

muy especiales. Estaré siempre con España. Pero los españoles estén con el Papa. No tengan miedo a la libertad religiosa 4 . Mons. Antonio Pildaín, obispo de Las Palmas, permanente admirador de Montini, tuvo una atrevida intervención escrita en el concilio sobre un tema muy sensible para Pablo VI y el gobierno español, el de la elección de los obispos. El papa tenía claro que los obispos debían ser elegidos libremente por el Sumo Pontífice, y sin ninguna intervención del poder civil., y actuó en consecuencia.

 

El hombre de Pablo VI en España fue indudablemente el cardenal Taráncón. Al ser creados cardenales, Tarancón y Tabera (28 marzo 1969) visitaron al Papa en una audiencia que duró una hora. Tras ser informado por ellos sobre la realidad política española, las relaciones Iglesia-política, la Conferencia episcopal y los cambios que se notaban en ella, Pablo VI les confió sus preocupaciones y proyectos. Escribe Tarancón: “Nos habló de los sacerdotes, especialmente de los sacerdotes jóvenes, pidiéndonos que les dedicásemos los obispos una atención especial y que recogiésemos, en lo posible, sus inquietudes. Insistió fuertemente en la espiritualidad sacerdotal y en la necesidad de que procurásemos superar la división que se iniciaba entre el clero. Nos habló también de la postura que había de mantener el episcopado respecto al Régimen: respecto a la autoridad, colaboración sincera en todo lo que fuese para el bien del pueblo, pero independencia real de la política. Insinuó, entonces, que la Santa Sede se había propuesto una línea respecto al nombramiento de obispos para renovar la conferencia, lamentando que el privilegio de presentación que tenía Franco cortase su libertad para estos nombramientos.

Intervenciones del Papa en España

A pocos episcopados dirigió Pablo VI palabras tan concretas, tan ceñidas a la situación que sus Iglesias vivían en cada momento, como a los españoles. Fue consciente del despertar de la nación y de la comunidad cristiana española, y de la necesidad de escucharles y orientarles En una importante alocución a los cardenales de la Curia del 24 de junio de 1969 se dirigió a los obispos españoles – “de quienes nos consta su laudable empeño en el anuncio fiel del evangelio-y les rogamos que realicen también un incansable acción de paz y distensión para llevar adelante, con previsora clarividencia, la consolidación del Reino de Dios en todas sus dimensiones. La presencia activa de los pastores en medio del pueblo- y deseamos ardientemente que esta presencia pueda darse también en las diócesis vacantes- su acción, siempre inconfundible de hombres de Iglesia, lograrán evitar la repetición de episodios dolorosos y conducirán- estamos seguros- por el camino recto las buenas aspiraciones, especialmente del clero y, sobre todo, de los sacerdotes jóvenes”.

Se trató probablemente de la reflexión más seria y más directa sobre España pronunciada por un Pontífice en un acto público. No podemos olvidar que estas palabras se incluían en un contexto de defensa de los derechos humanos. De hecho, se trató de una comprometida

llamada de atención tanto a los poderes públicos como a los eclesiásticos. El papa llamó la atención sobre la grave crisis de la Acción Católica y sobre la falta de sintonía de buena parte del episcopado con el clero más joven. El embajador Garrigues, como conclusión de la audiencia que tuvo poco después con el papa, escribió a Franco: “La no elevación al cardenalato en el último Consistorio del Arzobispo de Madrid ha tenido sin duda que ver con este asunto”. Por otra parte, las tensiones entre algunos obispos y la juventud, tanto clerical como laical, resultaban incontenibles. La llamada a una vigilancia más sensible para con las inquietudes y aspiraciones de los jóvenes alcanzó sin duda la diana.

No cabe duda de que el tema del nombramiento de obispos constituyó uno de los núcleos centrales de la preocupación del Papa por la Iglesia española. En la citada audiencia el Papa insistió al embajador que “todos estos eran problemas urgentes, alarmantes, de verdadera apostasía que no admitían demora. Y que el remedio más inmediato y más importante era el restablecimiento del prestigio y de la autoridad del Episcopado español. Que los obispos fueran obispos, obispos en la mejor armonía con el poder civil, pero sin sombra de politización”. Es decir, Pablo VI deseaba unos obispos libres de toda atadura política, respetados por su pueblo, cercanos a los jóvenes, capaces de liderar la nueva etapa española. Por otra parte, el gobierno español, que durante tanto tiempo mantuvo óptimas relaciones con el episcopado, no reconoció la figura jurídica de la Conferencia episcopal, apoyado tácitamente por la minoría episcopal, que se identificaba más fácilmente con las ideas de los ministros que con las de la nueva mayoría episcopal.

El complicado año de la reconciliación

Cuando Pablo VI declaró 1975 como año de la reconciliación, tuvo en cuenta una Iglesia desgarrada y desorientada y, en el caso de nuestro país, una España dividida con un futuro inmediato incierto. Durante el mes de setiembre de 1975 la ETA y otros grupos terroristas cometieron diversos .atentados con diversos muertos. Tras unos juicios sumarísimos cinco terroristas fueron condenados a muerte. Pablo VI intervino directamente ante el Gobierno español y ante Franco con la finalidad de que se conmutasen las sentencias de muerte, pero la ejecución programada se llevó a cabo. El 27 de setiembre, Pablo VI habló claramente de su disgusto y malestar por no haber sido atendida su petición de clemencia.

La reacción de los políticos del Régimen y de no pocos españoles, incluidos sacerdotes y un grupo de obispos, fue muy fuerte. El Papa era consciente de estas consecuencias, pero explicó posteriormente que lo hizo “por respeto al valor sagrado de la vida, por imperioso deber de su universal ministerio pastoral y por su entrañable amor a la noble y amadísima España”. Asumió con plena conciencia el riesgo de una impopularidad en España, como asumió riesgos parecidos con otras decisiones a nivel universal. Buscó fomentar los sentimientos de pacífico entendimiento y de fraternal comprensión del pueblo español entre sí. Buscó su reconciliación. Al final de su pontificado, casi todos los obispos y gran parte del pueblo español fueron conscientes de su generosa y profética aportación a la reconciliación de las llamadas dos Españas, a la purificación de la Iglesia y a su diálogo con el mundo moderno.

 
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Discernir, no mirar a otro lado

Por: Juan María Laboa 10-06-2016

La transparencia

 el ser consecuentes entre nuestras manifestaciones y nuestros actos, la libertad de espíritu suficiente para manifestar abiertamente lo que creemos que está bien o mal,  el saber discernir entre las personas, los programas, las alternativas, que nos exige siempre capacidad de juicio crítico con la realidad, distinguir entre el pecado y la gracia, entre las charlas de café y las convicciones profundas, entre la verdad y mis intereses.  Toda enseñanza, toda formación, deben ser capaces de llevar al enseñado a discernir y elegir bien. En nuestro tiempo de infinidad de mentiras impresas o vociferadas, de mediocridad y comodidad, mantener la capacidad crítica en la verdad resulta  imprescindible.

En los primeros meses de este curso se han leído y aprobado miles de tesis doctorales en las universidades españolas debido al cambio de normativa que regula los cursos de doctorado. Cientos de universitarios que tras inscribir su proyecto de tesis y abandonar el proyecto en el cajón, la han terminado y defendido al galope. No resulta difícil  comprobar que la calidad de muchas de ellas ha resultado mediocre o chapucera. La sociedad y el mundo universitario lo han aceptado sin levantar las armas de la protesta y el rechazo. Podemos imaginarnos cuánto ganará nuestra investigación con estos métodos y resulta escandaloso el silencio de los órganos rectores de las universidades.

Nos encontramos en un país donde la tolerancia de pensamiento e ideas resulta mínima aunque la tolerancia de acciones y formas de vida resulta disparatada. La discusión entre opiniones diversas  termina con frecuencia en la falta de respeto mutuo, en parte porque no se poseen ideas asentadas sino opiniones escuchadas en tertulias radiofónicas o charlas de televisión. En los debates públicos no se busca informar con datos comprobados presentados en su totalidad sino más bien destruir al adversario  y defender al correligionario con todas las armas a disposición. Resulta angustioso que la lucha contra la corrupción, demasiado frecuente y generalizada no se utilice fundamentalmente para respaldar los valores cívicos y una ética civil sino para abatir a los contrarios. Por otra parte, aunque se repite en todas las latitudes la convicción de que la falta de valores resulta preocupante, nunca se plantea la importancia que pueda tener en nuestra sociedad la decadencia de los valores morales cristianos.

Al hablar de las cuatro misioneras de la Caridad, asesinadas en el Yemen, los grandes medios de comunicación olvidan el motivo religioso. Se repite en otras noticias semejantes el silencio sobre los valores religiosos. Cualquier falta de los cristianos es magnificada, mientras que se silencia sistemáticamente, las aportaciones positivas de la Iglesia. Un caso paradigmático lo constituye el presentar Caritas como una organización comunitaria desvinculada de su realidad eclesial.

La pederastia de algunos sacerdotes católicos ha resultado más numerosa de lo que hubiéramos sospechado y con graves consecuencias. Pero tal como aparece en los medios de comunicación parece que ese crimen lo hubiera inventado el clero católico. Por desgracia es más frecuente y más extendido de lo que hemos sospechado siempre. Demasiado a menudo ocultado por motivos de vergüenza familiar o institucional, hay que atacarlo con todas nuestras capacidades, pero nunca debe convertirse en arma contra una institución. Esta actuación manifiesta que interesa más el ataque sistemático que la defensa de la verdad.

Somos muy sensibles con el uso de las palabras, pero resulta más laxa nuestra exigencia de verdad. A la histeria hoy llamamos” ataque disociativo” y podríamos poner mil ejemplos de este nominalismo exigente, Pero, aunque en política, en publicidad, en los medios de comunicación y en otros órdenes de la vida se nos miente con intensidad, lo admitimos con tranquilidad, tal vez como un mal necesario. Somos respetuosos con el efecto de las palabras, pero, no tanto con la verdad de lo que decimos o nos dicen, cuando es en la verdad cuando debiéramos ser intransigentemente exigentes. Demasiado, a menudo, cuando se trata de la verdad, miramos a otra parte.

 
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Exigencias de la fraternidad

Por: Juan María Laboa 30-05-2016

Quienes seguimos a Jesús, tenemos claro

 que cuantos creemos en él formamos parte de una comunidad de fe y esperanza. En una ocasión Jesús oró al Padre para que sus discípulos fueran uno, un discipulado, una Iglesia, una comunidad. Sin embargo, desde el inicio hubo disensiones y rupturas: los judeocristianos y quienes provenían del paganismo, los de Oriente y los de Occidente, los más filósofos y los más teólogos. Se multiplicaron las herejías y los cismas, pero la gran Iglesia mantuvo su liturgia y su doctrina con tesón y fidelidad.

Desde mi punto de vista, tan importante como la doctrina ha resultado el talante de los pueblos, sobre todo los del Oriente del Imperio y los de Occidente. Los griegos y romanos, los pertenecientes a los patriarcados de Antioquía, Alejandría y Constantinopla  y los agrupados alrededor de Roma. Poco a poco, fundamentalmente por motivos políticos, Oriente dependió de Constantinopla y del llamado Imperio bizantino, y Roma fue asimilando los pueblos bárbaros conquistado por Carlomagno o asentados en los países occidentales romanizados. Con el tiempo, los eslavos, desde Ucrania, Rusia,  Bulgaria seguirán la liturgia bizantina y se mantendrán bajo el paraguas de Constantinopla hasta que Rusia se independice, constituya un nuevo patriarcado y se declare la Tercera Roma. La doctrina era la misma, la obediencia se repartía entre los tres patriarcados, las diferencias aumentaban en función de la lengua litúrgica, de la desconfianza por Roma y de la sumisión congénita de griegos y eslavos por los poderes políticos establecidos. Hasta hoy, con todas las consecuencias.

Tras los siete concilios compartidos, las desconfianzas se han multiplicado, pero la ortodoxia se ha mantenido, a pesar de que los teólogos han intentado ahondar las diferencias. Prácticamente no las hay, pero el reino de las sospechas, desconfianzas y rencores se ha mantenido con perseverancia. Lutero, por su parte, dividió Occidente y su doctrina supuso cambios sustanciales y ruptura de tradiciones, dividiéndose, a su vez en distintas Iglesias.

El concilio Vaticano II ha supuesto un antes y después. Con Oriente, aparentemente, es más fácil y con los protestantes las diferencias doctrinales resultan más complicadas, pero el clima parece haber cambiado sustancialmente, aunque el patriarcado de Moscú, muy condicionado por el régimen marxista y por la devoción a Putin, ha mostrado toda clase de reticencias, a diferencia de Constantinopla que a partir de Atenágoras y sus sucesores ha entablado cordiales relaciones con Roma. Claro que, entre Constantinopla y Moscú existe, también, una sorda lucha y un desencuentro evidente. Constantinopla es el primer patriarcado de la Ortodoxia, pero a Moscú siguen los rusos, es decir la gran mayoría de los creyentes ortodoxos. Las diferencias entre ambos son la causa de que no se haya celebrado un concilio desde hace mil años y, de rebote, la lentitud de la aproximación con Roma.

El papa Francisco  ha demostrado desde el primer momento su intención de esforzarse y facilitar la unión de los cristianos con valentía y esperanza. Anunció que acudiría el 31 de octubre a Lund para asistir al inicio de las conmemoraciones de los quinientos años de la Reforma:”Estoy profundamente convencido que dedicándome a la reconciliación entre luteranos y católicos trabajamos a favor de la justicia, la paz y la reconciliación en un mundo herido por los conflictos y la violencia”. Por otra parte, señaló al patriarca Kirill que estaba dispuesto a reunirse con él en cualquier sitio. Finalmente, Moscú ha aceptado y se han reunido en Cuba.

El sorprendente lugar de encuentro, aeropuerto de la Habana, parece pulverizar los prejuicios y condicionantes de la historia europea al optar por la virginidad histórica del nuevo mundo, aunque, por otra parte, es en este continente donde se encuentra la mayoría de los católicos y donde el papa ha nacido.

De todas maneras, el drama que indudablemente les acerca se manifiesta dolorosamente en la desaparición de los cristianos de dos países íntimamente unidos a la historia cristiana, donde católicos y ortodoxos han sido masacrados y expulsados, Siria e Iraq. Tal vez, una vez más, los mártires cristianos conseguirán unir lo que el orgullo y la obstinación ha mantenido separado durante tantos siglos.

 

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La pedagogía de la memoria

Por: Juan María Laboa 30-01-2016

Desmenuzar el pasado con interés

 y pasión consigue atraer, interesar y formar la mente. La historia es con frecuencia el instrumento más poderoso de información, confrontación y reflexión. Solo los pueblos que conocen el significado de su pasado son capaces de afrontar con ventaja el futuro. A pesar de este convencimiento, somos conscientes del penoso desinterés generalizado por el estudio de nuestro ayer.

Este mes que está a punto de finalizar conmemora el cincuentenario del Vaticano II y los cuarenta años del inicio de la monarquía y la democracia en nuestro país. En nuestra sociedad y en nuestro catolicismo la asimilación del concilio tuvo mucho que ver con algunas virtudes y talantes de lo que denominamos transición española. Aunque los medios de comunicación apenas lo han mencionado, la homilía del cardenal Tarancón ante los nuevos reyes el 27 de noviembre de 1975 se convirtió en un signo relevante del nuevo talante religioso y político manifestado en esos días. Creo que podemos afirmar que sin este concilio y sin su influjo en el catolicismo español nuestra historia reciente no hubiera sido la misma.

La celebración del concilio fue muy bien acogida por buena parte de la población española y la Acción Católica, la HOAC, los intelectuales más abiertos, fueron conscientes del impacto de sus doctrinas en la renovación religiosa, política y social de los españoles. Nuestra Iglesia española tuvo menos poder, pero más prestigio y aumentó su credibilidad. Muchas conciencias se turbaron pero más abundantes fueron las que abandonaron la rutina y asumieron su responsabilidad política y social. Los cristianos comenzaron a hablar de reconciliación y la Iglesia fue convirtiéndose en un sorprendente espacio de solidaridad, con Cáritas, Proyecto Hombre, Manos Unidas y tantas otras experiencias y actividades parroquiales.

Estos cuarenta años han resultado conflictivos entre quienes optaban por mantener el espíritu conciliar de diálogo con el mundo y la cultura moderna con optimismo y humildad, y quienes consideraban que esa actitud desembocaba en la dispersión y debilitamiento de identidad. A veces, la vida interna eclesial no ha resultado fácil y el peligro de volver a las andadas ha estado muy presente, pero, vista con perspectiva, la comunidad creyente ha sido tan viva, apasionada, contradictoria y creadora como la sociedad española en general.

Es verdad que los jóvenes actuales no conocen el concilio ni su significado histórico, aunque vivan un cristianismo marcado por sus documentos y talantes, pero podemos afirmar que en general nos encontramos con una Iglesia distinta de la de hace cuarenta años, más juvenil y esperanzada, más cercana y atenta a los problemas del momento. No es, ciertamente, tan hierática y autocomplaciente, pero su rostro humano resulta más accesible y acogedor; no se presenta tan uniforme porque da cabida a un pluralismo enriquecedor; no es todavía un espacio de comunión en el que confluyan todas las sensibilidades presentes en su seno, pero, al menos, se es consciente del problema; ha abandonado su constante tono magisterial y se muestra dispuesta a escuchar y aprender. Está dispuesta a participar en todos los asuntos en los que se trabaje a favor del bienestar y la justicia humana sin tener en cuenta la rentabilidad confesional. Sigue siendo la Iglesia de la mayoría de los españoles, pero procura, en medio de dificultades y, tal vez, de contradicciones, poner su influjo y sus medios al servicio de todos los ciudadanos. 

 

Todo joven español debiera conocer el significado del concilio y de la transición, cómo fueron posibles y su influjo en la cambio social. La consideración de la historia nos hace humanos, mientras que vivir al día nos hace perder horizonte y profundidad. Conmemorar, mantener relación con las raíces, saber de dónde venimos y a dónde vamos nos ayuda  a comprender y relacionar. Muchas de las frívolas decisiones sobre temas religiosos tienen su origen en la despreocupación acerca de la historia. En las ciudades de Oriente se buscan los colores del presente y las sombras del pasado, pero nosotros nos sentimos adamitas y nos centramos solo en el presente, dando por supuesto que todo nace con nosotros. Desechando los preliminares podemos descarriar el presente.

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Un clérigo conciliar

Por: Juan María Laboa 11-01-2016

Para el que ama su vocación y su gente,

el tiempo se convierte en siembra y cosecha. Su vida resultó, a menudo, complicada y discutida, pero se puede afirmar que todo ha sido gracia porque se afanó por la doctrina de Jesús y por el bien de sus hermanos. 

Vivió el desarrollo del concilio como superior del seminario de Albacete y en toda su actividad posterior demostró haber asimilado su espíritu.  Fue hombre profundamente espiritual, de carácter equilibrado y austero, experto en liturgia, elemento activo de cohesión entre los elementos de las comunidades cristianas con las que trabajó y apoyó. Delegado episcopal para los seminarios Mayor y Menor, fue hombre de confianza del obispo Ireneo González, uno de los primeros obispos posconciliares de España.

Las asambleas diocesanas que prepararon la Asamblea conjunta resultaron un auténtico revulsivo del clero y de la pastoral diocesana. Don Alberto participó activamente en el desarrollo de la asamblea de Albacete, especialmente participativa, y también en la Asamblea conjunta celebrada en Madrid. A lo largo de su vida permaneció fiel a cuanto se aprobó en ella. De hecho, tanto Tarancón como el nuncio Dadaglio se fijaron en él por su actuación tanto en el Secretariado Nacional de Liturgia como en la Asamblea Conjunta.

Como obispo auxiliar de Madrid resalta su presencia y actividad en Vallecas, donde fue sensible a los múltiples y agudos problemas humanos que afectaban a su población y que condicionaban profundamente la situación de la Iglesia en esta zona, el ejercicio de su misión y la misma responsabilidad de los cristianos. En Vallecas y, de manera especial, en la preparación de la Asamblea cristiana, chocaron todos los problemas existentes entonces, tanto políticos como ideológicos y eclesiales. Tarancón tuvo en cuenta no solo el bien de su diócesis y las características de esta vicaría sino también las dudas romanas, el clima político y la armonía de una Iglesia dividida, mientras que Iniesta quedó entrampado entre la complejidad vallecana y la conveniencia de afrontar cristianamente la situación de la vicaría encomendada. Creo que fue Iniesta absolutamente leal a Tarancón y al pueblo encomendado, pero hoy sabemos, tal como lo experimentó Pablo VI, que resultaba casi imposible ensamblar ideologías y doctrinas, secularismos e identidades cristianas, amor y solidaridad, en una Iglesia incapaz de digerir el concilio. Vallecas no fracasó, pero tampoco maduró.

La caída de Tarancón supuso automáticamente la congelación de don Alberto. Suquía y Rouco se mostraron amables, pero no contaron con él. Tampoco Roma. Permaneció como auxiliar y esto sorprendió en una España en la que existe la pésima tradición de que todo auxiliar debe acabar siendo residencial aunque no sea lo más conveniente para una diócesis. En Iniesta no fue esta la causa. Hubiese sido un espléndido obispo para una diócesis, pero estaba marcado, tal vez, porque fue un representante eminente del espíritu de la recepción conciliar en España. 

 

 

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En el umbral de un año nuevo

Por: Juan María Laboa 30-12-2015

Hay un Dios en el cielo

 y un día tendremos que darle cuenta. Nuestro tiempo solo tiene dos puntos de referencia: el momento en el que uno es creado y cuando el Señor viene a buscarnos. Mientras tanto, a menudo, nos olvidamos nuestro origen y nuestra finalidad, actuamos  como si todo dependiera de nosotros, desconsideramos la creación y nos creemos que vamos a vivir eternamente.

Estamos tan acostumbrados a recrear la realidad y a disfrazarnos para los demás que, al final, nos disfrazamos para nosotros mismos. Sin embargo, aunque la división en meses y años constituye una convención, el fin de año constituye un recordatorio de que el tiempo es escaso, pasa rápido y nos vamos acercando al momento de la verdad. 

La vida siempre ofrece nuevas oportunidades de regeneración, de búsqueda de la verdad, de encontrar la amistad y el amor, de colaborar  en el permanente esfuerzo por una sociedad mejor. El examen de conciencia nos ayuda a conocernos más, a descubrir nuestros engaños, a potenciar nuestras buenas cualidades, a ser más generosos y, sobre todo, a amar más y mejor.

Nos encontramos rodeados de masas de personas, pero solo reconocemos a aquellos a quienes amamos. Si nuestra capacidad de amar es escasa o egoísta reconoceremos a pocos y nos encontraremos solos, pero si somos capaces de amar y entregarnos con generosidad, el mundo será nuestra familia. El Evangelio de Jesús lo anuncia  con estruendo: se hizo humanidad y murió por nosotros.

Reflexionemos con el poeta: el tiempo es demasiado lento para los que esperan, demasiado rápido para quienes tienen miedo, demasiado largo para los afligidos, demasiado corto para los alegres, pero para quienes aman, el tiempo es la eternidad.

 

Que seamos capaces de contribuir en un año mejor.

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La fuerza de la palabra

Por: Juan María Laboa 23-12-2015

Dios creó el mundo por su palabra,

 hombre de palabra, dio su palabra, apalabrar, bajo su palabra, de una sola palabra. Todas expresiones que señalan la importancia definitiva de la palabra. Siendo niño acompañé a mi padre con un encuentro en el que concertaron un negocio importante. Terminaron el encuentro con un apretón de manos.  Pregunté a mi padre si no tenían que firmar nada. “Somos hombres de palabra”, me contestó.

Hoy se utilizan y vuelan demasiadas palabras. Antes nos contentábamos con las charlas familiares o con algunos intercambios verbales en la calle o en la plaza, pero ahora quedamos inundados por el torrente de palabras de la televisión, la radio, los móviles, los mítines…Son palabras, a menudo, violentas, mentirosas, calumniadoras, fútiles, escandalosas, desquiciantes. Tanta imagen y tanta palabra  nos impiden concentrarnos, seleccionar, meditar, comprobar su utilidad. Quedamos desquiciados por tanta palabrería y, con frecuencia, somos incapaces de quedarnos con las verdaderas, las que edifican y enseñan.

La palabra tiene también una fuerza destructiva. En una sociedad de la media palabra, de la interpretación sesgada y torticera, con unos medios de comunicación en los que, a menudo, los titulares no corresponden al artículo o a la noticia en su integridad, en los que el periodismo de investigación propone sus intuiciones o sus subjetivas interpretaciones como la verdad, cuando las rectificaciones se producen cuando el mal está completado, estamos sujetos a lo que nos cuentan sin que solo tarde o nunca conozcamos la verdad completa de lo dicho, o de lo sucedido.

En lo regímenes totalitarios, la verdad está sometida a la decisión de quienes mandan, pero en democracia sucede, también, algo parecido. ¿Cómo es posible que los cargos de las diversas instituciones estatales, incluidos los jueces, voten según el dedo de quienes les han elegido? Y esto sucede con las “castas” viejas y las nuevas.

La palabra es la conciencia, el bien común, el pensamiento reflexionado por encima de lo inmediato, la transparencia exigente, la generosidad con lo propio, la búsqueda incansable de la verdad. Me preocupa el buenismo sin ideas ni autoexigencia, la generosidad de lo ajeno y la ausencia de esfuerzo propio.   

 

“La Verdad se ha hecho carne”. Es uno mismo quien responde de sus promesas, de sus decisiones, de su responsabilidad, de sus exigencias. Solo el que ama se entrega, solo quien está dispuesto a dar su vida por su ideal es creíble. Mentir y manipular con la palabra puede resultar habitual, pero constituye probablemente, la acción más nefasta contra la convivencia, la solidaridad y la fraternidad.

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La libertad topa con la economía

Por: Juan María Laboa 12-05-2015

China está de moda en el mundo.

Nuestros niños eligen y estudian chino, nuestros gobernantes, situados en fila para ser recibidos en Pekín, hacen carantoñas a sus gobernantes con el fin de que compren nuestros productos y sus millonarios inviertan en nuestro país. Nunca hemos contemplado una manifestación en nuestras calles a favor de la libertad de los derechos humanos en aquel país y soñamos con el aumento de sus turistas de acuerdo con su población en nuestras playas y ciudades. Sin embargo el régimen que gobierna el inmenso país sigue siendo una dictadura cruel que utiliza el chantaje del comercio para esclavizar cruelmente la mitad de su población y prohibir los más elementales derechos de sus ciudadanos.

Pío XII, hace más de sesenta años, anunció a los católicos que el régimen comunista, que había expulsado a todos los misioneros extranjeros y asesinado o encarcelado a obispos, sacerdotes y laicos cristianos, había fomentado un cisma en la Iglesia católica china, cisma que continúa todavía hoy a pesar de la emocionante fidelidad de gran parte del clero y de los creyentes católicos.

Desde hace algunos años, sus autoridades han coqueteado con el Vaticano, han utilizado la sonrisa y la represión, desconcertando a la prensa mundial y a las autoridades de las Iglesias cristianas, pero, en realidad, nada ha cambiado ni se ha producido alguna apertura.

Ahora están prohibiendo las cruces en los campanarios o en las portadas de las iglesias, llegando a arrasar aquellas iglesias que sobrepasan la media de los tejados de pueblos y ciudades. Y, naturalmente, el tamaño de la cruz debe ser pequeño y su color tan neutro que no sobresalga en la construcción. Las autoridades han ofrecido una explicación convincente:” así se defiende la libertad religiosa de todos y se promueve una arquitectura científica”. Nos recuerdan, también, para que tomemos nota, que durante el año pasado decenas de iglesias cristianas fueron demolidas por violación de los planos reguladores. Quieren que permanezcan en la sombra y están decididos a mantener la persecución según les interese.

En realidad, no están dispuestos a permitir la fidelidad de tantos creyentes, aunque sean una mínima parte de la población. No quieren que la crisis ideológica presente en buena parte de la población abra las mentes a Dios y a los valores cristianos. Ellos tienen todos los resortes del poder, imponen sus criterios sin miramientos, continúan con la persecución con razones tan nimias como las apuntadas, pero, en realidad, parecen tener miedo a que los creyentes cristianos muestren su autonomía y su coherencia con las normas de Cristo. Así se explica su imposición de un cristianismo “adaptado a la China”, es decir, sumiso a la voluntad del partido. De hecho, obligan a los seminaristas católicos a una reeducación política porque consideran que son poco obedientes

En este Occidente en el que vivimos, también nos sentimos sumisos a las necesidades del mercado y estamos dispuestos a olvidarnos de nuestros principios, de nuestras exigencias, de nuestra coherencia, si esta choca con nuestros intereses económicos. China es el ejemplo más llamativo de esta debilidad. Resulta obvio que las dificultades entre el Vaticano y la China no son de orden diplomático sino que derivan simplemente de la defensa o rechazo de la libertad religiosa.

Para la China, abandonar el control de la Iglesia a través de la Asociación Patriótica, controlada por el gobierno, y renunciar a elegir los obispos, significa abandonar su pretensión de controlar la vida espiritual de los chinos, y no están dispuestos a dar este paso. No olvidemos que la libertad religiosa constituye el corazón de los derechos humanos.

 

No olvidemos, tampoco, que esta actitud de sospecha, recelo y autoritarismo, debe aumentar, todavía más, a causa de la personalidad y la actitud del papa Francisco, que coloca al ser humano en el centro de la historia, por encima de los intereses de los Estados y de las Iglesias. Una Iglesia china preocupada por los pequeños, los excluidos, los abandonados y los pobres sería más peligrosa que todo el Vaticano con su prestigio. Un hombre comprometido como el papa tuvo que chocar con los Kichner y debe provocar todas las alarmas del partido comunista chino. Por otra parte, la insistencia en la misericordia puede ayudar al interior de una Iglesia todavía dividida, una parte permitida y la otra maltratada.

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Renovarse o morir lentamente

Por: Juan María Laboa 15-04-2015

La inmensa mayoría de los creyentes

queremos un cambio eclesial, aunque no todos sepamos cómo empezar o encarnarlo. En la Iglesia, el nuevo papa ha resultado en sí mismo un cambio espectacular de talante, de imagen y de planteamientos, pero la Iglesia es una institución tan mastodóntica y tan desigual que implantar esa renovación va a resultar dolorosa.

Una primera salida, aparentemente cómoda es la política lampedusista: cambiar cosas para que no cambie nada. Recuerdo la decisión “revolucionaria” de Pío XII de reducir la cola de las capas purpúreas de los cardenales de diez a seis metros. Obviamente, no fueron suficientes para que dejaran de ser “príncipes de la Iglesia”. En nuestros días, los consejos presbiterales de las diócesis y otras decisiones conciliares importantes siguen sin cumplir su razón de ser y han quedado en cambios cosméticos. Es el grave peligro de una institución con tantos intereses que se contenta con decisiones inoperantes, en un momento en el que las adhesiones son más débiles y más dependientes de influjos clientelares. 

Sin embargo, el papa Francisco ha resultado un milagro en una Iglesia acongojada y desconcertada, tras un abandono del papa reinante que resultó más una fuga que la consecuencia de la idea de que los papas debían atenerse al principio aplicado a todos los obispos. Ha sido una bendición para la Iglesia tanto por su estilo al hablar y actuar, como por la aplicación de cuando decidió y vivió el Vaticano II en eclesiología y teología.

De hecho, gran parte del pueblo de Dios de todos los continentes se han identificado con él y están convencidos de que está favoreciendo una comunidad creyente que recuerda y se identifica más que nunca con la misericordia del Padre, la predicación del Hijo, que no tenía donde reclinar su cabeza, y la libertad del Espíritu.

Pero solo Dios conoce la medida del tiempo futuro. El papa tiene setenta y ocho años y una tarea inmensa. Ha nombrado veinte cardenales y les ha dicho que de ningún modo se sientan príncipes de la Iglesia, porque no lo son, pero en la misma Roma, a un tiro de piedra del Vaticano, residen más de cincuenta cardenales que sí se consideran príncipes y constituyen un lastre inoperante, pero germen de barullos innecesarios.

El papa Francisco ha expresado su deseo de que los miembros del sínodo y de los consistorios hablen con franqueza y eso seguramente es bueno y, en cualquier caso, es novedoso en nuestra Iglesia, pero no podemos olvidar a cardenales, clero, movimientos y otras especies, que se sienten obligados a defender la ortodoxia, su ortodoxia, desconcertando por su descaro a muchos creyentes

Nos encontramos  sometidos a temas que hoy resultan especialmente problemáticos  y que  gran parte del pueblo de Dios considera que deben ser reconsiderados de acuerdo con la esencia del Vaticano II: temas litúrgicos, morales, la presencia de la mujer, la formación del clero diocesano y religioso, la organización eclesial. 

Los deseos se han centrado fundamentalmente en los cambios de la Curia romana, en el tema económico, en los abusos sexuales, y las reuniones de los nueve cardenales, y el último consistorio, abundaron  en estos problemas en un proceso excesivamente lento. Pero el tema central sigue siendo el de una relectura y reflexión de tantas tradiciones, comentarios de escuelas teológicas, magisterios individuales, que han marcado demasiado la doctrina y la vida eclesial en estos últimos siglos. En este trabajo decisivo, ya iniciado por Francisco, entran en juego tres elementos: la referencia constante a la Escritura, el conocimiento de las grandes tradiciones cristianas y la comprensión actual del hombre y del mundo.

 

Nos resulta imprescindible una visión amplia que tenga en cuenta la unidad de la fe sin temer las diferencias y los retos, una perspectiva abierta a un sano pluralismo capaz de evitar rígidos esquemas mentales, evitando caer en un talante cerrado por el miedo y los prejuicios. Hay que elegir entre  dos lógicas de pensamiento: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos, el miedo a perder la tradición y el deseo de distinguir la esencia del mensaje de tantas elucubraciones y disquisiciones, incluso de santos eminentes. La fe no debe caer en un pluralismo desnortado ni en un conformismo cerril. Retrasar esta renovación significa morir lentamente.

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¿Colonización ideológica?

Por: Juan María Laboa 12-03-2015

No cabe duda de que entre las preocupaciones

del ámbito cristiano resultan centrales las de la familia y de la educación, temas que con diversas variaciones resultan igualmente importantes a personas no necesariamente creyentes, pero que participan de una semejante antropología.

Resulta importante educar en el respeto a las opiniones, pero parece evidente que en algunas posiciones se termina colonizando las mentes de niños y jóvenes con una visión antropológica que, en el fondo, es minoritaria, pero que se impone, a veces, sin contar con los padres, con el poder de los votos y de los medios.

Creo que en esta democracia nuestra y, sobre todo, en temas que resultan fundamentales, se debiera tener más respeto para la objeción de conciencia, incluso en temas y en países en los que los objetores fueran mayoría. Resulta difícil de aceptar que en países en los que se es tan respetuoso con las minorías en algunos aspectos, los padres no puedan objetar si en la escuela se les enseña algo que vaya contra su conciencia. La educación de la juventud resulta tan delicada y preciosa que no puede admitir chantajes o engaños de ningún tipo. Cualquier amenaza para la familia constituye una amenaza para el mismo modelo de sociedad que sigue siendo el nuestro.

Tenemos que preguntarnos con interés y estudio sobre cuál es la finalidad de la colonización que algunos pretenden. ¿Tal vez poner al revés el alfabeto humano y redefinir las bases de la persona y de la sociedad? Se dice familia, pero ¿se piensa a cualquier núcleo efectivo, prescindiendo del matrimonio y de los dos géneros? Se habla de hijos  como si se tratasen de un derecho de los adultos y un objeto de producción en laboratorio, en lugar de un don que se acoge. En algunos países se desea declarar el aborto como un derecho fundamental, de forma que se impida la objeción de conciencia, y se lucha, también, para que sea reconocido el llamado aborto post partum.

El papa Francisco animó a los médicos a tener coraje y a ser capaces de elegir contra corriente, hasta llegar, en algunos casos, a la objeción de conciencia. “El pensamiento dominante propone una falsa compasión: la que considera que se ayuda a la mujer al favorecer el aborto, un acto de dignidad procurar la eutanasia, una conquista científica “producir” un hijo como si fuese un derecho en lugar de acogerlo como un don”.“Permaneced atentos, experimentar con la vida, jugar con ella, constituye un pecado contra el creador. El aborto no es un problema religioso o filosófico. Es un problema científico, no es lícito destruir una vida humana para solucionar un problema”.

Resulta claro que está en cuestión la posición tradicional de la Iglesia sobre el aborto, la eutanasia y la fecundación artificial. Francisco la mantiene y explica que la verdadera compasión es la del “buen samaritano”, que ve, se acerca y ofrece ayuda concreta. Y esta ayuda para el cristiano consiste en favorecer la vida. Por esta misma razón, este papa y tantos creyentes con él defienden con la misma intensidad la justicia social y la solidaridad activa y permanente. Debemos ser capaces de defender con coraje la vida de cuantos se encuentran en situaciones difíciles y poco dignas, de defender las diversas situaciones familiares y de convivencia difíciles, para defender también la de cuantos se encuentran en camino. En realidad, para los creyentes y, de manera especial, para los médicos, se trata de la posibilidad de respetar al mismo tiempo algunas leyes imperantes y el primado de la conciencia. 

Vale la pena ser conscientes de que las conquistas de la ciencia y de la medicina contribuirán de manera especial a la vida en la medida en que se mantienen en la raíz ética de tales disciplinas. 

Por otra parte, quisiera, también, señalar algunas aberraciones del fundamentalismo islámico, dolorosas estos días, también, para gran parte de los musulmanes. Nos hemos adherido a las manifestaciones de París, pero nos sorprende que no se den otras con la misma intensidad en contra del asesinato de cristianos y de la falta de libertad religiosa en el 60% del planeta. Resulta absolutamente intolerable que el persistente genocidio de cristianos y el rechazo del derecho de libertad religiosa no sean igualmente públicamente condenados por cuantos tanto defendieron la libertad de palabra.

 

 

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Libres para ser blasfemos

Por: Juan María Laboa 03-02-2015

Así ha respondido alegremente

uno de los responsables de la revista Charlie cuando le han preguntado si pensaban continuar editando la revista. Asumiendo una actitud casi mesiánica ha afirmado su voluntad de construir un mundo nuevo, en la laicidad. ¿Quiere esto decir que la laicidad incluye la blasfemia como una de sus características? Me sorprende que miembros de una sociedad que defiende el respeto mutuo y la fraternidad admitan el derecho y la práctica de atacar y burlarse de algunos de los sentimientos más profundos de la persona humana.

¿Solo se puede atacar de esa manera a las religiones y no a los partidos políticos o a las familias o a las personas individuales? ¿Presupone esta libertad blasfema el convencimiento de que las religiones son pura falsedad y que en cuanto tales son nada, por lo que se puede atacar impunemente la nada? Si es así, ¿en qué queda la libertad religiosa, uno de los derechos fundamentales de la sociedad humana? ¿O no tan fundamental para ellos?

Lo que más me sorprende es la gratuidad. Atacan, desprecian, se ríen de lo más intimo de algunos o de muchos ciudadanos porque sí, porque les divierte a ellos y a otros cuantos. No a muchos, porque no era una revista boyante. Ahora, durante un tiempo, venderán más porque la sangre de los mártires es fructífera, pero, probablemente, no durará mucho. En general, la mayoría de las personas procura mantener la dignidad de los otros como desea que los demás mantengan la suya.

¿Comprendemos la respuesta vengativa de sus asesinos? No, ciertamente, al menos desde nuestra mentalidad occidental actual, pero tal vez ellos tengan más apego a sus principios que a sus vidas. Tal vez, sus principios religiosos y morales sean más importantes y fundamentales en su particular Declaración de los derechos humanos que el derecho a la vida.

 

Charlie no informa, se mofa y difama. Aunque muchos millones salgamos a la calle a defender su derecho a la vida, no estamos de acuerdo ni con su humos, ni con su filosofía ni con su desparpajo altanero y egoísta.

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