Jueves 23 de Marzo 2017

Ni débil ni evanescente

Por: Juan María Laboa 14-02-2017

El hombre es capaz de todo, del bien y del mal, de la bondad y de la crueldad, de la generosidad y de la mezquindad, de la felicidad desbordante y de la angustia más destructiva. Pascal que admira y desdeña al ser humano llega a definirlo con la rotundidad de la que es capaz:”¡Qué quimera es, pues, el hombre! ¡Qué novedad qué monstruo, qué caos, que sujeto de contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excrecencia del universo”. Pero este hombre, que destruye y recompone, es capaz de pensar, y este atributo suyo, el más desbordante y más constitutivo, aunque no necesariamente el más utilizado, cambia todo. Pero ¿qué sucede si no piensa, si se le hace difícil, demasiado cuesta arriba, el pensar? En una ocasión, conduciendo por una carretera de Palencia, ví a lo lejos a un pastor con su rebaño. Paré el coche y fui campo a través hasta donde se encontraba. Mientras charlábamos, le pregunté si no se sentía solo en aquel páramo. ¿”Solo?, si estoy con Dios!”, respondió con serenidad. Su soledad estaba llena de Dios: pensaba, reflexionaba, hablaba y escuchaba a Dios. En su soledad, afrontaba, las últimas preguntas que todo ser humano ha afrontado durante siglos hasta ahora, porque hoy se parte con frecuencia con la convicción de que solo el presente tiene valor. Sin embargo, el pensamiento nos constituye, nos hace, nos centra y nos enfrenta a nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás, con la vida y con nuestros misterios personales. Nosotros enseñamos cosas, datos fórmulas, pero, ¿ayudamos a pensar?. Insistimos en la formación, pero, ¿también en el pensamiento? El pensamiento constituye un arma formidable más allá de la pura acción y repetición, porque el pensamiento lleva a la convicción personal razonada, a las determinaciones propias de quien discierne y elige de acuerdo a principios y valores. El hombre, demasiado a menudo, puede ser manipulado sometido y usado sin comprender, puede ser mancillado, dominado y atormentado, pero siempre es capaz de pensar y, en ese mismo momento, se hace interiormente libre. Las dictaduras de todo género tienden a dominar y anular la mente del ser humano, tienden a conseguir gregarios que se entusiasmen con sus dictados y programas, pero, a menudo, se encuentran con gente que piensa y porque piensa los consideran enemigos, destruibles. En nuestros días, da la impresión de que se intenta algo más sutil y aparentemente menos violento, la desaparición de algo tan fundamental y constitutivo como la consideración y la comprensión de lo que es y significa la muerte, sin caer en la cuenta o, tal vez, dándose plena cuenta, de que la comprensión de la muerte es lo que finalmente permite construir y afrontar humanamente la vida. Existe hoy tanta información y tan poco pensamiento! La forma sincopada de escribir en las redes parece ahorrarnos la reflexión y el tiempo dedicado a una más prolongada consideración de los temas. Hace unos decenios se decidió que Dios había muerto, pero, al no haberlo conseguido se tiende más sutilmente acabar con la muerte, pero si no captamos el sentido y las consecuencias de la muerte termina todo por no tener sentido, tal como afirmaba Unamuno. En la escuela, enseñar a pensar no consiste en ofrecer nuevas teorías, por revolucionarias que parezcan, sino en alentar a los alumnos a escuchar en su interior, animar a explorar en el país interior de nuestra vida, a descubrir la existencia del bien y del mal, a reconocer la presencia del amor universal, a responder a las últimas preguntas que todo ser humano debe plantearse si quiere conocer el significado de la vida y de la muerte. Es hora de rechazar el pensamiento débil y la conciencia perpleja como pauta real y aceptable. San Agustín consideraba que los hombres estamos siempre dispuestos a curiosear sobre vidas ajenas, pero no a conocernos a nosotros mismos y a corregir nuestras vidas. El examen de nuestras conciencias, el conocernos en plena transparencia, nos obliga finalmente a buscar la verdad y la coherencia, nos obliga a pensar y, al mismo tiempo, a olvidar la cultura y el hábito de lo provisional y relativo como forma de vida. Nuestra dignidad, originalidad y capacidad personal se centra en nuestro pensamiento, en nuestra capacidad de conocimiento, en el sufrimiento y la gloria de elegir entre el bien y el mal

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