Jueves 29 de Septiembre 2016

Discernir, no mirar a otro lado

Por: Juan María Laboa 10-06-2016

La transparencia

 el ser consecuentes entre nuestras manifestaciones y nuestros actos, la libertad de espíritu suficiente para manifestar abiertamente lo que creemos que está bien o mal,  el saber discernir entre las personas, los programas, las alternativas, que nos exige siempre capacidad de juicio crítico con la realidad, distinguir entre el pecado y la gracia, entre las charlas de café y las convicciones profundas, entre la verdad y mis intereses.  Toda enseñanza, toda formación, deben ser capaces de llevar al enseñado a discernir y elegir bien. En nuestro tiempo de infinidad de mentiras impresas o vociferadas, de mediocridad y comodidad, mantener la capacidad crítica en la verdad resulta  imprescindible.

En los primeros meses de este curso se han leído y aprobado miles de tesis doctorales en las universidades españolas debido al cambio de normativa que regula los cursos de doctorado. Cientos de universitarios que tras inscribir su proyecto de tesis y abandonar el proyecto en el cajón, la han terminado y defendido al galope. No resulta difícil  comprobar que la calidad de muchas de ellas ha resultado mediocre o chapucera. La sociedad y el mundo universitario lo han aceptado sin levantar las armas de la protesta y el rechazo. Podemos imaginarnos cuánto ganará nuestra investigación con estos métodos y resulta escandaloso el silencio de los órganos rectores de las universidades.

Nos encontramos en un país donde la tolerancia de pensamiento e ideas resulta mínima aunque la tolerancia de acciones y formas de vida resulta disparatada. La discusión entre opiniones diversas  termina con frecuencia en la falta de respeto mutuo, en parte porque no se poseen ideas asentadas sino opiniones escuchadas en tertulias radiofónicas o charlas de televisión. En los debates públicos no se busca informar con datos comprobados presentados en su totalidad sino más bien destruir al adversario  y defender al correligionario con todas las armas a disposición. Resulta angustioso que la lucha contra la corrupción, demasiado frecuente y generalizada no se utilice fundamentalmente para respaldar los valores cívicos y una ética civil sino para abatir a los contrarios. Por otra parte, aunque se repite en todas las latitudes la convicción de que la falta de valores resulta preocupante, nunca se plantea la importancia que pueda tener en nuestra sociedad la decadencia de los valores morales cristianos.

Al hablar de las cuatro misioneras de la Caridad, asesinadas en el Yemen, los grandes medios de comunicación olvidan el motivo religioso. Se repite en otras noticias semejantes el silencio sobre los valores religiosos. Cualquier falta de los cristianos es magnificada, mientras que se silencia sistemáticamente, las aportaciones positivas de la Iglesia. Un caso paradigmático lo constituye el presentar Caritas como una organización comunitaria desvinculada de su realidad eclesial.

La pederastia de algunos sacerdotes católicos ha resultado más numerosa de lo que hubiéramos sospechado y con graves consecuencias. Pero tal como aparece en los medios de comunicación parece que ese crimen lo hubiera inventado el clero católico. Por desgracia es más frecuente y más extendido de lo que hemos sospechado siempre. Demasiado a menudo ocultado por motivos de vergüenza familiar o institucional, hay que atacarlo con todas nuestras capacidades, pero nunca debe convertirse en arma contra una institución. Esta actuación manifiesta que interesa más el ataque sistemático que la defensa de la verdad.

Somos muy sensibles con el uso de las palabras, pero resulta más laxa nuestra exigencia de verdad. A la histeria hoy llamamos” ataque disociativo” y podríamos poner mil ejemplos de este nominalismo exigente, Pero, aunque en política, en publicidad, en los medios de comunicación y en otros órdenes de la vida se nos miente con intensidad, lo admitimos con tranquilidad, tal vez como un mal necesario. Somos respetuosos con el efecto de las palabras, pero, no tanto con la verdad de lo que decimos o nos dicen, cuando es en la verdad cuando debiéramos ser intransigentemente exigentes. Demasiado, a menudo, cuando se trata de la verdad, miramos a otra parte.

 
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