Jueves 08 de Diciembre 2016

Pablo VI, el papa del diálogo

Por: Juan María Laboa 13-10-2016

Pablo VI ha sido uno de los papas más sugestivos e influyentes de la historia contemporánea y, nuestros obispos, con buen criterio, han decidido homenajear a quien aprobó la creación de la Conferencia episcopal española y tanto colaboró en su renovación.

Su talante espiritual se nutrió de confianza en la naturaleza humana y de amor por sus manifestaciones más sobresalientes, como el arte y el pensamiento, y se caracterizo por el equilibrio entre hombre y Dios, entre naturaleza y gracia, con una fuerte inspiración cristocéntrica y una cálida pasión por la iglesia. La pregunta que se hará con constancia: “yo, quién soy?” atraviesa su vida, tal como aparece en su correspondencia.

Como consiliario de la pastoral universitaria, fue consciente de que era responsable de “la formación de conciencias, capaces de un fuerte testimonio cristiano, no individualista sino comunitario y eclesial, alimentado por la Sagrada Escritura y la liturgia, alejado de devociones y emociones superficiales, que mira al mundo sin temor, sin rencor, sin complejos de inferioridad, porque tiene en Cristo su centro vital”.

En Milán mantuvo un estilo episcopal de escucha a todos sin excluir a nadie, con un talante que demostraba su profundo respeto y delicadeza para con toda clase de fieles, sin dejarse arrastrar por el ímpetu personalista, ni por el intervencionismo clerical, sobre todo cuando decidía cambiar el cargo de las personas o las líneas de actuación. Transmitió siempre un sentimiento de paterna solicitud y acogida, sin atisbo de personalismo, capricho o autoritarismo.

Fue un papa no bien aceptado en España ni por los integristas ni por los radicales, al estilo de cuanto sucede hoy con el papa Francisco. Más tarde, el largo pontificado de Juan Pablo II, tan diverso en su estilo, favoreció el olvido de los años montinianos. Ahora, Francisco le cita con frecuencia con afecto y admiración.

Dirigió con mano firme las últimas tres sesiones del concilio y durante los años siguientes puso en práctica sus decisiones: la liturgia, el sínodo, las conferencias episcopales, los viajes a las Iglesias; trazó los confines netos entre lo que es perenne y cuanto puede adaptarse a los cambios culturales, y en sus encíclicas insistió en la profundización de la fe en eclesiología, la doctrina eucarística, el ministerio sacerdotal, la vida religiosa, la evangelización. A su muerte, no obstante las dificultades existentes en la sociedad y en las comunidades creyentes, dejó una Iglesia rejuvenecida, más madura y reflexiva, más consciente de que como pueblo de Dios debía comprometerse activamente en la marcha del mundo y de la iglesia.

Sobresalió su intensa conciencia del significado del cargo que ejercía, al mismo tiempo que reconocía con delicada humildad sus limitaciones personales, de forma que, en los temas importantes, se preparaba, dialogaba, reflexionaba, y cuando llegaba a una determinación la imponía sin dudar, no sin desconcierto, a veces, de muchos fieles. No era hamletiano como le acusaron a menudo sino consciente de que sus decisiones exigían una preparación exhaustiva.

Se le considera el papa del diálogo, a causa de su primera encíclica, “Ecclesiam suam”, en la que trata ampliamente del tema, pero fue su carácter y su formación los que le llevaron a ser

profundamente respetuoso y cercano a los demás. Escuchó, acogió, acompañó con enorme respeto a sus dirigidos tanto en los movimientos universitarios como en los distintos puestos en los que ejerció su ministerio. Presidiendo la Iglesia, manifestó esa misma consideración por todos sus miembros Supo armonizar su responsabilidad en la Iglesia con la concordia y solidaridad de todos los obispos. Para él como para el concilio, tanto el pontificado como la colegialidad, armonizados y corresponsables edificaban la comunidad de los creyentes.

Pablo VI aprobó en 1966 la creación de la conferencia episcopal española, dirigió y acompaño eficazmente la renovación de los obispos, apoyó una Iglesia autónoma del poder político, con unos sacerdotes más preocupados por conseguir respuestas a los cambios sociales y culturales.

Pablo VI tuvo uno de los pontificados más dramáticos de la historia al producirse inesperadamente la sorprendente convulsión eclesial posterior al concilio, aunque, ciertamente no provocada por el concilio: una comunidad profundamente dividida, en continua contestación, el cisma lefevbriano sin gran transcendencia pero siempre doloroso, el espectáculo inédito de la secularización de miles de sacerdotes, el desconcierto de algunas congregaciones religiosas importantes, el rechazo del concilio por parte de agrupaciones integristas, el debilitamiento del sentido religioso.

El modo de conducir la situación demostró su talante y personalidad. El mundo moderno reclamaba una Iglesia moderna, es decir, capaz de defender la autonomía y la dignidad del hombre. La Iglesia ha sido el tema fundamental del magisterio de Pablo VI, quien se dedicó incansablemente a la tarea de purificarla y prepararla para su confrontación con este mundo actual, consiguiendo que fuese mensaje, palabra, coloquio, según las expresiones utilizadas en su primera encíclica, verdadero programa de su acción: diálogo respetuoso y leal con las personas y las instituciones, sin dejar de ser misionera y evangelizadora.

 
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