Domingo 30 de Abril 2017

Sin respeto no hay convivencia

Por: Juan María Laboa 17-04-2017

Hay eslóganes en sí indeterminados que resultan eficaces en una sociedad que piensa poco. Últimamente uno de ellos es “llamar al odio”, referida a juicios o expresiones o actuaciones que no gustan al que habla. A primeros de marzo un autobús de color naranja se ha paseado por Madrid con una afirmación gravada en su costado: “los niños tienen pene y las niñas vulva”. Inmediatamente se organizó una protesta acogida llamativamente por todos los medios de comunicación. El Ayuntamiento de Madrid, con insólita rapidez, prohibió su marcha por las calles de la ciudad, la policía inmovilizó el autobús y el fiscal de Madrid abrió la correspondiente investigación urgente por posible delito de odio. El Correo de Extremadura publicó un artículo que terminaba con esta frase: “Enhorabuena al activismo que lo ha frenado, a los partidos que han sabido responder y a la sociedad que ha tendido su mano a la tolerancia y el respeto”. Quiero subrayar solo esta frase para explicar mi reflexión de hoy.

Al mismo tiempo que este autobús iniciaba su corto recorrido por Madrid y coincidiendo con la reacción espontánea y, también, orquestada que comenta el citado artículo, en Las Palmas, durante los recientes carnavales una drag queen disfrazada de Virgen María que canta y baila impropiamente y, más tarde, en una escena que presentaba obscenamente la Crucifixión de Cristo, ataque público a lo más íntimo y sagrado de millones de españoles ganó el concurso de drag queens. Por otra parte, Javier Botella, concejal de Podemos, oficia una boda civil disfrazado de sacerdote con una bufanda del FC Barcelona a modo de estola eclesial en Puerto de Santa María.

No hablo de reparaciones o de actos de desagravio a Dios, porque estoy convencido de que por mucho que lo intentamos Dios no se siente agraviado por nuestras estupideces. Nadie escupe al cielo. Quiero referirme a los ciudadanos españoles creyentes, a sus derechos y atribuciones. La libertad religiosa, los derechos de los ciudadanos, la convivencia y el respeto mutuo, exigen que la fe, las creencias religiosas y las ideas de cada uno sean respetadas y defendidas públicamente. ¿No incita al odio la drag queen canaria o el concejal de un partido que acosa a los periodistas que los critican? ¿No tendrían que defender el respeto por las creencias religiosas, es decir, por la libertad religiosa, quienes con tanta diligencia atacan al autobús madrileño o defienden con tanto ardor actuaciones o ideas minoritarias?

Me desconcierta la parálisis de los católicos españoles que, no estando de acuerdo con el suceso canario ni con otros parecidos, aparentemente, no saben ni contestan y permanecen inermes, sean periodistas, tertulianos, profesores, intelectuales o personas públicas. Todos bajo el caparazón de la discreción o del temor a salir del armario. El déficit más grave de la comunidad católica española consiste en su deficiente conciencia de formar parte de una comunidad concreta y diferenciada, con sus valores y señas propias, que les obliga a vivir y aportar sus exigencias a la sociedad española a la que pertenecen con pleno derecho. Nuestra Iglesia arrastra una debilidad y una incoherencia destructiva si sus miembros no se sienten comprometidos con ella, con una identidad clara. Resulta incoherente una práctica religiosa personal sin ninguna pertenencia activa con a vida eclesial. Y también es incoherente su desinterés por defender los derechos de los ciudadanos, en primer lugar los suyos como creyentes. Más grave, aun si este desinterés coincide con un anticlericalismo anacrónico, pero activo en una izquierda que olvida, a menudo, su sentido social pero no sus fantasmas anticlericales más decadentes y obsoletos.

Un hijo adolescente de mi amigo José María, al escuchar su indignación por el suceso de las Palmas, le llamó carca. Aquí entramos de lleno en la formación de nuestros jóvenes. Es posible que estos jóvenes hablen también del peligro de inducir al odio, pero seguramente no se han parado a pensar en la necesidad de defender la libertad religiosa y la convivencia respetuosa de los ciudadanos. ¿Qué han tratado en las

clases de religión a las que han asistido? ¿Les suena a vejestorio la religión, la comunidad creyente, las creencias, sus ritos, su respeto?, y los adultos, los practicantes, ¿no sienten la urgencia de ser cristianos con mayor sentido de identidad? Contó Guillermo Rovirosa que un joven de la HOAC reaccionó con determinación al escuchar una blasfemia, y a la reacción” A ti ¿qué te importa? respondió. “¿Cómo no va a importarme si es mi Padre?”

 
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